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Domingo 22º del Tiempo Ordinario
Ciclo C

1 de septiembre de 2019
 Autoestima más solidaridad

     La humildad es una virtud sólo si es expresión de la solidaridad y el amor. Sentirse o considerarse pequeño debe tener como motivación el respeto y el reconocimiento de la valía de los demás, nunca el desprecio de nosotros mismos; y como objetivo primordial la solidaridad con los más pequeños y el compromiso en la construcción de un mundo sin soberbias ni humillaciones, un mundo de personas hermanadas, simbolizado en los evangelios mediante la imagen de una fiesta, de un banquete. En ese banquete no hay puestos de privilegio, y si se pone un asiento más alto, ese puesto será siempre para alzar al más pequeño.
     La vida no debería ser una permanente competición. O tal vez sí; pero en este caso el único competidor a superar, debe ser uno mismo.

 



Grandezas humanas


     La humildad, ¿es en realidad un valor? ¿Debe considerarse como una virtud, como una cualidad positiva de la persona? ¿No supone más bien la renuncia a potenciar al máximo las propias capacidades, al desarrollo de uno mismo, al afán de superación? ¿No se confunde con la cobardía? ¿No será más bien miedo a afrontar las dificultades que trae consigo el aspirar y el tratar de alcanzar metas siempre más altas?
     Responder a estas preguntas no es sencillo; y la cuestión se hace más difícil todavía si prestamos atención a un hecho que suele repetirse con cierta frecuencia: los que aconsejan a los demás que sean humildes suelen ser quienes ocupan la cima de algún escalafón; no es raro comprobar que algunos de los que más predican la humildad han dejado dominar su vida por la ambición -a veces ciega, pero más frecuentemente muy lúcida- de ser más, de ser mejores, de ser más grandes o, incluso, de ser más humildes que nadie.
     Cierto. La humildad puede ser cobardía, o cómoda pasividad; pero también puede ser una trampa que usan los que disfrutan de las grandezas humanas para eliminar competidores. Santa Teresa de Ávila enseñaba que la verdadera humildad no es más que simple realismo, el reconocimiento de lo que cada uno es, con sus defectos y con sus valores, sin recrearse en los primeros ni negar los segundos; pero el evangelio propone un modelo mucho más ambicioso de humildad convirtiendo esta virtud en una actitud revolucionaria, esto es, una fuerza transformadora de la realidad: denuncia de una situación negativa y apuesta y compromiso por un mundo mejor.
     Esta última dimensión, que parece ser la más olvidada, la menos usual de las tres, está ya apuntada con bastante claridad en todo el Antiguo Testamento -especialmente en los libros proféticos, en los que se identifica pobre con humilde o, dicho con más precisión, empobrecido con humillado- que muestra la predilección de Dios por los pobres y humildes y su plan de acabar con la pobreza y la humillación entre los seres humanos. Correlativamente, las grandezas humanas aparecen en muchos de sus escritos como la expresión o el resultado de la injusticia y, en su expresión teológica, consecuencia del pecado (por citar algunos ejemplos: Job 24,2-2; Is 3,14-15; 5,8; Ez 22,29-30; Am 5,12; Prov 30,14); por eso, para estar cerca de Dios es necesario renunciar a esas grandezas humanas: «Hazte pequeño en las grandezas humanas y alcanzarás el favor de Dios; porque es grande la misericordia de Dios, y revela sus secretos a los humildes».



Los primeros puestos

     Para “el mundo” (esto es, la sociedad humana tal y como está -mal- organizada), las personas no somos iguales, y este hecho debe quedar siempre claro. Por eso, en cualquier reunión de gente importante -dirigentes políticos, artistas famosos, gente de mundo...- se plantea siempre un problema que en esos círculos se considera muy grave: determinar el puesto que corresponde a cada uno, el puesto en el que cada cual se debe situar. Cartelitos con los nombres y los títulos -señor, monseñor, excelencia, eminencia, señoría...- que es lo que más importa, se colocan en las mesas, en los asientos... para que se mantengan las distintas categorías y las jerarquías sean siempre rigurosamente respetadas.

     Jesús, convidado a comer en casa de un fariseo, se dio cuenta de que los invitados, según iban llegando, se colocaban en los puestos más importantes. Seguro que, con una falsa sonrisa en los labios, aquellos piadosos fariseos se daban algún que otro codazo para conseguir arrebatarse unos a otros el sitio mejor.
     Jesús sabe que no se trata de un incidente irrelevante, sino que descubre algo más hondo, una cierta filosofía de la vida, una determinada manera de entender las relaciones humanas: el querer darse importancia y el deseo de figurar por encima de los demás manifestaba que aquellas personas entendían la vida como una competición y que, por consiguiente, consideraban a todos los demás como adversarios y competidores... a los que había que vencer. El comportamiento de los fariseos descubre la escala de valores de su mundo, es decir de este mundo nuestro, en el que la realización personal parece coincidir siempre con el éxito y éste con el quedar por encima de los demás.




La humildad cristiana

     Para Jesús, la vida del nombre no es una competición, sino una maravillosa aventura, una tarea común: convertir este mundo en un mundo de hermanos. Y ese proyecto resultaba incompatible con la mentalidad que reflejaba el comportamiento de aquellos invitados al banquete: no se puede tratar a un hermano como competidor; no se puede vivir como hermano de los que consideramos adversarios.
     Por eso Jesús propone una actitud de verdadera humildad: renunciar al deseo de quedar por encima de todos, abandonar el temor a que el otro me arrebate ese primer puesto que ya no pretendo y considerar que, en lo que de verdad importa, todos somos iguales y que no hay razón para que nadie busque sobresalir por encima de los demás.
     Pero cuidado: la humildad cristiana no consiste en el desprecio de nosotros mismos ni en aceptar las injustas humillaciones a que nos intenten someter otros. Humildad no equivale a servilismo, de la misma manera que soberbia no equivale a libertad. El punto de partida de esta actitud es la consideración de la persona humana como la cúspide de nuestra escala de valores; desde esta perspectiva, lo que es importante en nosotros, el ser personas, eso nos iguala, mientras que lo que nos puede diferenciar es totalmente accesorio. Y si además creemos que estamos llamados a ser todos hijos de Dios...
     En el nuevo orden que propone Jesús, la invitación «Amigo, sube más arriba» no implica minusvaloración de nadie, no supone rebajar a nadie. Porque en ese nuevo orden la vida no consistirá en una permanente competición. O tal vez sí; pero en este caso el único competidor a superar, ha de ser uno mismo.
     La humildad cristiana, continuando con la imagen del banquete, quedaría representada en una mesa redonda, en la que no hay, y nadie pretende ni puede pretender, lugares de privilegio; una mesa alrededor de la cual se sientan los hermanos en un plano de igualdad, porque entre ellos no hay privilegios.


Pero privilegiados... sí que hay

     Bueno, sí que hay privilegiados. Como en todas las buenas familias, también hay privilegiados entre los hijos del Padre del cielo, los pequeños: «los pobres, lisiados, cojos y ciegos».
     En una familia en la que todos se quieren de verdad y se sienten solidarios, los privilegios se conceden al más pequeño, al más débil, al que no puede valerse por sí mismo. Entre los seguidores de Jesús, el amor se derrama con más generosidad en aquellos que más faltos están de él. Y estos privilegios tienen un objetivo muy concreto: compensar las desigualdades para que sea posible la igualdad.
     Estos deben ser los privilegiados dentro de la comunidad cristiana: los que saben menos, los que tienen menos títulos, los que tienen menos experiencia, y hasta los que andan escasos de fuerzas para ser fieles a su compromiso. Porque los más pequeños, los menos importantes, los menos valorados por nuestro mundo son, sin embargo, los que Dios prefiere: «Porque a todo el que se encumbra, lo abajarán, y al que se abaja, lo encumbrarán».
     Y a éstos se debe dirigir, de manera privilegiada, la atención de la Iglesia: a todos los que este mundo (esta sociedad tan mal organizada) ha dejado «pobres, lisiados, cojos y ciegos...», marginados, oprimidos, explotados, parados, mendigos, inmigrantes sin papeles, e incluso a los que ignoran su propia indigencia, su propia situación de sometimiento... Y sin paternalismos. Ofreciéndoles una silla, igual a la de todos, e invitándolos a que se sienten a la mesa con los hermanos y hermanas y como hermanas y hermanos. El objetivo -revolucionario, puesto que busca sustituir un modelo de relaciones sociales por otro radicalmente distinto- consiste en construir un mundo sin grandes ni pequeños, en el que sea posible para todos alcanzar juntos una felicidad que jamás acabará.
     Porque, como muestra la bienaventuranza que cierra el evangelio de hoy, la humildad es una exigencia de la gratuidad del amor: «y dichoso tú entonces, porque no pueden pagarte». Aunque, por supuesto, Dios no se olvidará de corresponder graciosamente a ninguna muestra de amor: «te pagarán cuando resuciten los justos».

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