Domingo 20º del Tiempo Ordinario
Ciclo C

18 de agosto de 2019
 

Paz... ¿pero qué paz?

     ¡Qué fácilmente nos engañan y nos dan otra cosa (pasividad, indiferencia... y hasta muerte) con el nombre de «paz»! Jesús rechaza esa falsa paz, basada en la mentira y en la injusticia, así como la unidad fundada en el silencio cobarde o en el sometimiento y la complicidad; por eso declara la guerra a la falsa paz. Por supuesto que esta guerra no contradice su compromiso de amor: nace de él.

 




Paz, paz, y no hay paz


     La palabra de Dios, si se escucha y se comprende en toda su autenticidad, no puede producir indiferencia: o se acepta apasionadamente, o provoca el más violento rechazo. Los profetas, los voceros de Dios, han expe­rimentado esta realidad al encontrarse atrapados entre la fidelidad a Dios y las presiones de los que su palabra pone en evidencia. Valgan como ejemplo estas palabras de Jeremías: «Me sedu­jiste, Señor, y me dejé seducir; me forzaste y me violaste. Yo era el hazmerreír todo el día, todos se burlaban de mí. Siempre que hablo tengo que gritar "Violencia", proclamando "Des­trucción". La palabra de Dios se volvió para mi oprobio y desprecio todo el día. Me dije: No me acordaré de él, no hablaré más en su nombre; pero ella era en mis entrañas fuego ardiente, encerrado en los huesos; intentaba contenerlo y no podía» (Jr 20,79). No fue sólo burlas lo que sufrió el profeta: en la primera lectura de hoy podemos leer uno de los graves conflictos en los que estuvo a punto de perder la vida porque a algunos de los poderosos que escuchaban su mensaje les resultaba incómodo, peligroso para sus intereses, comprometedor para la conservación de sus privilegios; aunque ellos se escudaban, como siempre, tras el bien del pueblo: «Y los príncipes dijeron al rey: Muera ese hombre, porque está desmoralizando a los soldados que quedan en la ciudad, y a todo el pueblo, con semejantes discursos. Este hombre no busca el bien del pueblo, sino su desgracia».
     La razón de estos conflictos reside en que la palabra de Dios tiende siempre a iluminar los lados oscuros de nuestra realidad, y los que viven cubriéndose por la tiniebla intentarán siempre apagar esa luz (véase Jn 1,5). Por eso, para evitarse problemas, siempre ha habido quienes, queriendo vivir a costa de la palabra de Dios -profetas profesionales- (Jer 37,19-20; ver también Am 7,14), la han dulcificado: limándole las aristas, convirtiéndola en apoyo del sistema establecido, en un mensaje de salvación para la otra vida sin nada que decir sobre la vida presente. A éstos son a los que denuncia el profeta Jeremías, porque engañan al pueblo ocultándole que está enfermo y haciendo así impo­sible su curación: «Porque, pequeños y grandes, todos procu­ran aprovecharse; profetas y sacerdotes practican el engaño. Pretenden curar a la ligera la fractura de mi pueblo diciendo:  paz, paz, ¡y no hay paz!» (Jr 6,13-14). Porque no hay verdadera paz cuando no hay justicia.


Paz no, sino división

     Jesús -ya anunció el anciano Simeón a María, su madre, que sería una «bandera discutida» (Lc 2,34)- sabe que es necesario que la palabra de Dios provoque -o más bien destape, descubra- los conflictos propios de un mundo en el que domina la injusticia, la miseria y la muerte. Él sabe que la humanidad está dividida: en pobres hambrientos que lloran y en ricos hartos que ríen, y sabe que, ante esta situación, hay falsos profetas que tratan de no crearse conflictos, de quedar bien con todos, especialmente con los que tienen poder para hacerles favores o daño, y profetas ver­daderos que por decir la verdad y denunciar la injusticia son marginados, insultados y proscritos (Lc 6,20-26; véase el  comentario al domingo 6º del T.O.); Jesús sabe que «anunciar la buena noticia a los pobres» y «la libertad a los presos», devolver «la vista a los ciegos», tratar de «poner en libertad a los oprimidos» y proclamar sólo «el año favorable del Señor» y no el día de su venganza (Lc 4,18-19; véase el comentario al domingo 3º del T.O.) le traerá problemas con los ricos, los carceleros, los responsables de la ceguera del pueblo, los opresores y los que hacen del rencor y de la venganza el motor de sus vidas; y de la misma manera sabe que tiene que entrar en conflicto y enfrentarse con la institución religiosa, desvelar la mentira de quienes dicen que hablan en nombre de Dios y lo que hacen en realidad es explotar al pueblo (Lc 5,12-16; 9,51; 19,45), y anunciar que dicha institución ha llegado ya a su fin (Lc 5,33-39), y proclamar que el bien del Hombre, el bien de cada una de las personas y el del conjunto de todas ellas, es un criterio de mayor rango que la ley religiosa (Lc 6,1-5), declarando así que la fe, esto es, la adhesión personal y libre al proyecto de Dios es lo que de verdad importa y no la raza, la nación y la religión (Lc 6,2-10); todo esto lo pondrá en práctica, juntándose con descreídos (Lc 5,29-31), dejándose acariciar por una prostituta delante de un grupo de beatos y poniéndola de ejemplo para ellos (7,36-50), pre­sentando como modelo de oración la de un colaborador de los opresores romanos que había tomado conciencia de su crimen (Lc 18,9-14) y diciéndole a todo un pueblo que se sentía orgulloso de ser el pueblo elegido de Dios, que estaban a punto de dejar de ser la viña de Dios (20,9-19); y, por supuesto, sabía que, por ese enfrentamiento, se atraería el odio de los letrados y de los sumos sacerdotes. Pero no le importó, como tampoco se echó para atrás a la hora de llamarle «don nadie» al mismí­simo rey Herodes (Lc 13,31-33) o de declarar que no sólo no había que pagar los impuestos a los romanos, sino que había que romper con todo lo que representaba el poder del César (Lc 20,20-26).
     Estos son algunos ejemplos de la guerra de Jesús: guerra contra la pobreza, la injusticia y la explotación del hombre por el hombre, contra la hipocresía, la manipulación de Dios y la opresión de los débiles; pero en esta guerra no se derramará más sangre que la suya -«tengo que ser sumergido por las aguas...»-  y la de algunos de sus seguidores, desde Este­ban a Óscar Romero y a Ignacio Ellacuría y sus compañeros, testigos apasio­nados de la justicia y el amor.

 


Prender la tierra

     Este amor apasionado por la justicia y la fraternidad es el fruto del Espíritu que Jesús ofrece a la humanidad, éste es el fuego que él quiere que prenda definitivamente en nuestra tierra. No es el fuego destructor de un incendio; y, por supuesto, no es el fuego mortífero de un conflicto armado, sino la llama vivificadora del Espíritu que al hacernos hijos de un mismo Padre nos hace a todos hermanos. Por encima de razas y del color de la piel, por encima incluso de las tradiciones religiosas. No puede haber nada más conflictivo en este mundo nuestro en el que gobierna el interés económico, en el que todo se subordina al beneficio, que considerar hermano a toda persona, por el solo hecho de ser humana. Por ejemplo: hoy podría ser considerado un delincuente, en cualquiera de los muy cristianos países de la Unión Europea, quien prestara ayuda a un inmigrante ilegal sin denunciarlo. Hoy, en la muy cristiana U.E. hay personas acusadas de tráfico de personas por dedicar su tiempo y sus recursos a salvar náufragos en peligro de muerte a las que se les pide hasta veinte años de cárcel. Y, por el contrario, son considerados ciudadanos respetabilísimos los que engordan sus cuentas corrientes con el negocio más sucio de todos los que existen: el tráfico -legal o ilegal, en cualquier caso su fin es provocar la muerte- de armas.
     Esos traficantes de muerte se llenarán la boca diciendo paz, paz, cuando viven gracias a los instrumentos de guerra, cuando necesitan de la guerra para que sus beneficios aumenten, cuando provocan las guerras porque las necesitan como escaparates de sus productos.
     Es lógico e inevitable que, en estas circunstancias, el compromiso cristiano entre en conflicto con este orden de mentira que llama paz a una situación en la que no sólo se desprecia a la persona y se viola permanentemente su dignidad sino que, si se dejara de preparar la guerra, el sistema entero quebraría.

     Por eso, los cristianos del siglo XXI nos debemos preguntar si y hasta qué punto estamos dispuestos a complicarnos la vida para ser fieles a la palabra de Dios que escuchamos y anunciamos. También a nosotros se nos puede aplicar la frase del con la que termina la segunda lectura: «Aún no hemos llegado a la sangre en nuestra lucha contra el pecado».

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