Domingo 6º del Tiempo Ordinario
Ciclo C

17 de febrero 2019
 

Otro mundo posible... ya, ahora


    Como el mismo Pablo dice, el objeto de la esperanza cristiana no se agota en esta vida; el mensaje de Jesús ofrece una esperanza que traspasa los límites de nuestra existencia personal y de la historia de la humanidad toda. Pero también queda claro en el evangelio que el cimiento de esa esperanza para ese más o menos lejano futuro es otra esperanza más inmediata, más cercana: la construcción de una humanidad fraterna aquí y ahora. Y después... Dios dirá.

 




   
El evangelio no es neutral


    El evangelio no es neutral: nada de lo que se refiere al Señor de la liberación o a su hijo, Jesús de Nazaret, y a su proyecto sobre el hombre puede ser neutral ante la pobreza. Y no lo puede ser porque la pobreza es siempre un fracaso de la humanidad en su conjunto y, desde el punto de vista del evangelio, consecuencia del pecado, porque la pobreza es consecuencia de la injusticia y porque pecado es todo aquello que hace sufrir injustamente a los hombres; Dios no puede ser neutral ante la pobreza porque no soporta que la estupidez de muchos y la ambición de unos pocos condene al sufrimiento a quienes él destinó a la felicidad. Dios no es neutral ni el evangelio tampoco: «Dichosos vosotros, los pobres...»; «¡Ay de vosotros, los ricos...!»
   
Las bienaventuranzas de Mateo (5,1-12)1, contienen una precisión, pobres de espíritu, que ha permitido que esa primera bienaventuranza haya sido manipulada y mal interpretada para no molestar a los ricos piadosos y  -quizá- “benefactores”, para no dejar en evidencia a quienes quieren poner una vela a Dios y otra al diablo, a quienes quieren, a la vez, servir a Dios y al dinero. Por supuesto que dicha interpretación es incompatible con el conjunto del mensaje de Mateo; pero con el texto de Lucas esa manipulación resulta imposible: está claro que este evangelista no habla nada de pobreza interior, no dice nada del “espíritu” que pueda interpretarse en ese sentido y, además, opone un ¡ay! a cada una de las promesas de felicidad, con lo que, por contraste, queda mucho más claro el sentido de las bienaventuranzas.
    La contraposición entre bien- y malaventuranzas, por un lado, describe una realidad: el mundo de los hombres está dividido entre pobres y ricos; y, ante esa realidad, Dios y el evangelio de Jesús han tomado partido: se han puesto del lado de los pobres y en contra de la riqueza (véase Lc 1,51-53).
    En segundo lugar, esa contraposición aclara, -si es que era necesario aclararlo- el sentido de la palabra «pobre»: el evangelio se está refiriendo a esos millones que no tienen lo suficiente para vivir: a los que hoy no tienen para comer o para vestirse, a los que no les llega el agua o la electricidad, a los que carecen de un techo bajo el que cobijarse, a los que les faltan las medicinas más elementales para cuidar su salud, a quienes no tienen medios para dar una buena educación a sus hijos... Esos, sí, esos, son los pobres de los que habla el evangelio y a los que el evangelio les hace una promesa de felicidad.
    Y en tercer lugar, esa antítesis muestra que, siguiendo la línea del Antiguo Testamento, el evangelio considera que los ricos son los culpables de la miseria de los pobres.




Dichosos los pobres   

    Si de ninguna manera tiene justificación la interpretación del evangelio de Mateo según la cual los pobres del evangelio son los que interiormente están desprendidos del dinero -desprendimiento interior que permitiría ser inmensamente rico en lo exterior-, decir lo mismo con el evangelio de hoy en la mano sería una muestra del más descarado cinismo.
    Las bienaventuranzas, cuya proclamación sitúa Lucas en el llano (y no en el monte, como Mateo), en medio de la gente, son una promesa de felicidad para los que son pobres; y son pobres «los que ahora pasáis hambre», «los que ahora lloráis». A los que son pobres, pasan hambre y lloran Jesús les promete, en nombre de Dios, un mundo mejor: «os van a saciar...  vais a reír».  Estas promesas no son para la otra vida, sino para esta: «Os lo aseguro: no hay ninguno que haya dejado casa o mujer o hermanos, o padre o hijos, por causa del reinado de Dios, que no reciba en este tiempo     mucho más y en la edad futura vida definitiva» (Lc 18,29-30).    Hay pobres que saben que la riqueza de unos es la causa de la riqueza de otros y saben además que Dios está en contra del reparto injusto de la riqueza; éstos, para que Dios reine, «por causa del reinado de Dios», renuncian a la riqueza para trabajar por un mundo organizado de acuerdo con la voluntad de Dios. Esos ya son dichosos, ya están sintiendo sobre ellos el amor de un Rey que gobierna como Padre.
    Otros pobres nada saben de ese Dios que está impaciente por ver que los hombres no comparten las riquezas que Él puso para todos en este mundo y creen que su salvación está en el dinero. Éstos irán siendo felices a medida que el Reino de Dios se vaya implantando en el mundo; y quizá al conocer el Reino acepten también al Padre.
    Según esto, ¿podemos decir “dichosos los pobres porque son pobres”?
    ¡No! El evangelio dice que los pobres son dichosos porque van a dejar de serlo: porque entre ellos quiere Dios implantar su justicia, porque para ellos está a punto de hacerse realidad el proyecto de Dios, el reinado de Dios.



Una propuesta, un desafío   

    El reino de Dios no es un lugar, no es ni el Cielo ni la Tierra: el reino de Dios es el grupo de personas sobre las que Dios reina, el grupo que ya intenta vivir de acuerdo con el proyecto que, a través de Jesús, Dios propone a la humanidad. A medida que los hombres vayan aceptando y realizando ese proyecto, a medida que el reinado de Dios se vaya consolidando, los pobres irán dejando de sufrir, porque dejarán de ser pobres, su hambre se verá saciada y su llanto se cambiará en risa.
    Dios quiere la felicidad para el hombre y la quiere ya para el presente -«tenéis»- o para un futuro inmediato. No se trata de una promesa para el más allá, no es que Dios va a compensar los sufrimientos de los pobres dándoles un premio en la otra vida; lo que Jesús dice es que, si dejamos que Dios reine sobre nosotros, entre nosotros no habrá pobres porque no habrá ricos, nadie pasará hambre porque nadie acaparará lo que otros necesitan, no habrá quien sufra porque nadie hará sufrir. Allí donde se deje reinar a Dios, es decir, allí donde la convivencia se organice de acuerdo con el proyecto de humanidad que contiene su palabra, todos compartirán el alimento y la vida, y queriéndose, reirán felices. Esa es la propuesta de Dios a la humanidad; pero, ¿seremos alguna vez capaces de acogerla y ponerla en práctica? Este es el desafío.
    Y la advertencia o amenaza para los ricos también es para esta vida: aferrados como están a una sociedad injusta, culpables como son del sufrimiento de los pobres y puesto que se niegan a cambiar y se resisten a que nada cambie, no podrán participar de la alegría de un mundo de hermanos; ellos mismos se cierran las puertas a la felicidad que nace de la experiencia del amor compartido.



¿Pero, qué es la felicidad?   

    El evangelio de Lucas relaciona la felicidad con cuatro realidades de la vida del hombre y sus correspondientes antítesis: pobreza/riqueza, hambre/hartura, llanto/risa, rechazo/aceptación por los demás.
    Las dos primeras oposiciones están estrechamente unidas: se refieren a dos situaciones extremas en relación con la posesión de riquezas y con la satisfacción de las necesidades básicas; los pobres son los que no poseen nada, ni siquiera lo necesario para saciar la más elemental de las necesidades, el hambre; los ricos no son los que tienen esas necesidades resueltas, sino aquellos que tienen de sobra y, por supuesto, los que está repletos de todo. La última oposición, rechazo/aceptación por los demás tiene que ver con la necesidad que todos tenemos de ser aceptados y queridos.
    La felicidad del hombre tiene que ver, por tanto, con la satisfacción de todas las necesidades que tiene el hombre en cuanto tal: desde las más materiales, como es el estar suficientemente alimentado, a las más espirituales, como es el ser querido y aceptado por los demás.
    El llanto y la risa, la tercera antítesis, no son más que la expresión externa de una situación de dolor y de bienestar respectivamente.
    Pero, ¿de qué lado está la felicidad, entonces? Parece claro que son más felices los hombres que, teniendo sus necesidades básicas resueltas, tienen además una vida afectiva intensa y son objeto de mucho, de muchísimo amor. Es decir, de acuerdo con la experiencia humana son felices los que tienen resuelta la vida, los que están hartos, los que ríen, los que son aceptados por los demás... Pero el evangelio parece decir exactamente los contrario. ¿cómo es esto posible?
    El evangelio no puede decir -estaría contradiciendo la experiencia, estaría negando hechos evidentes- que la felicidad consiste en ser pobre, en pasar hambre y en llorar porque todos nos odian, nos excluyen de su afecto y nos insultan. NO. Aunque parezca que rechazamos la letra del evangelio, la felicidad para Jesús consiste en estar bien alimentado y vestido, en tener una vivienda digna... y, sobre todo, en ser muy querido por todos.
    Pero lo que el evangelio nos plantea es otra cosa: ¿para cuántos es posible la felicidad en un mundo como el nuestro en el que el rey -el dios- es el dinero?




Hay que cambiar de rey   

    Observemos la realidad: ¿cuántos hombres tienen los asegurados los recursos necesarios para ser felices? ¿tiene la mayoría resueltas esas necesidades a la que nos referíamos antes?
    Hay miles de millones de seres humanos que, con este sistema, ni tienen ni nunca podrán alcanzar la felicidad que ofrece nuestro mundo. Y lo que nos dice el evangelio es que hace falta crear un mundo nuevo en el que todos puedan ser del todo felices. Eso es lo que Jesús nos viene a proponer que construyamos una sociedad en la que todos tengan lo necesario para vivir y todos puedan experimentar la alegría de sentirse queridos. Un mundo en el que la felicidad sea un bien al alcance de todos.
    Pero para que ese mundo sea posible hay que cambiar de rey    : en el gobierno del mundo, Dios debe sustituir al dinero: el orden del dinero debe ser sustituido por el proyecto de Jesús de Nazaret. En la nueva sociedad en la Dios, que es un Padre lleno de amor, es el rey, los hombres viviremos como hermanos, compartiendo la riqueza, el alimento, la alegría y el amor. Esa será la felicidad, ése será el cumplimiento de la promesa de las bienaventuranzas. Y la amenaza: porque los que quieran seguir dedicando su vida al dinero, los que busquen la felicidad en la hartura insolidaria acabarán fracasando.
 



¿Dichosos? ¿Hasta cuando?

    El evangelio no es un cuento de hadas en el que todo se resuelve de la mejor manera por arte de birlibirloque. Jesús tiene los pies firmemente asentados en la tierra. Sabe que construir una sociedad nueva, hacer una revolución mediante la palabra, ganando uno a uno los corazones de los que se adhieran a ella, no es empresa fácil. Los privilegiados, los que se benefician de que la sociedad esté tan mal organizada, los que prefieren a la ternura el consuelo del dinero, los que piensan que si su estómago está lleno no importa cuántos se quedan vacíos, los que en la injusticia presente encuentran motivos para la risa, se resistirán a que la situación cambie, y aunque los que proponen y luchan por una nueva sociedad utilicen medios pacíficos, ellos les responderán con la violencia, con la persecución y, si lo creen necesario, con la muerte.
    Pero tampoco en ese caso Dios abandonará a los que han querido que Él sea su rey. En medio de la persecución y el dolor les hará sentir con fuerza la alegría de una recompensa presente, pero que se proyecta a un futuro sin término: el amor de los hermanos y su propio e ilimitado amor serán razón suficiente para alegrarse y saltar de gozo. Por eso, con Pablo (segunda lectura), sabemos que la esperanza que tenemos en el Mesías no es sólo para esta vida: Dios acogerá en su casa de Padre a todos los que hayan querido vivir como hermanos.

 


 

1. En el comentario correspondiente al 4º Domingo del T. O. se explica con más detenimiento el significado del concepto “pobre” en el A. T. Y el significado de “pobre de espíritu” en el evangelio de Mateo.

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