Domingo de Resurrección
Ciclo C

21 de abril de 2019
 

El amor siempre será subversivo

    La muerte de Jesús no entraba, como tal muerte, dentro del plan de Dios; pero, visto el desarrollo de la actividad de Jesús, era seguro que llegaría puesto que él, por encima de todos los conflictos y persecuciones que hubo de afrontar, mantuvo con firmeza su compromiso de amor con la justicia. Pero el amor es siempre la derrota de la muerte y la victoria de la vida. Murió por amor, y el amor lo devolvió a la vida. Decir esto en un mundo de muerte sigue siendo subversivo, pero, por eso, necesario.

 




Lo mataron


    La muerte de Jesús fue un asesinato. Uno de los muchos homicidios con los que los piadosos de este mundo han tratado de esconder su hipocresía; uno de los muchos crímenes con que los poderosos de este mundo han tratado siempre de afianzar su poder y sus privilegios. Jesús la había visto venir y su cercanía le hizo sudar sangre. No le gustaba. Primero porque a nadie le gusta sufrir, y a Jesús menos que a nadie; él sabía que el sufrimiento es, en la mayoría de las ocasiones, producto de la injusticia, mientras que la felicidad más intensa es el fruto del amor. Y, en segundo lugar, porque aquella muerte era el resultado de una traición y de un rechazo y, al menos momentáneamente, expresión de un fracaso. No le gustaba, pero la aceptó por coherencia consigo mismo, por amor a los hermanos y por fidelidad al Padre.
    Por eso, aquella muerte estaba cargada de fuerza salvadora; pero no por ser muerte, sino por expresar la fidelidad del Hombre a sus compromisos, por ser bandera de una lucha pacífica en favor de la justicia y por manifestar la más plena aceptación del plan de Dios para la humanidad. En aquella cruz se manifestó también qué Dios es el que quiere ser llamado Padre y cuál es la calidad de su amor. Así se convirtió aquella cruz en la llave de la casa del Padre para que pudieran abrirla y entrar en ella todos los hombres que estuvieran dispuestos, en adelante, a tomar como modelo el amor del crucificado.
    Por eso Dios no asistió indiferente a aquellos hechos; estuvo presente y activo, como siempre que actúa en la historia de los hombres: eficaz en su acción liberadora. En esta ocasión el enemigo era precisamente la muerte; y el enemigo quedó vencido: «Lo mataron colgándolo de un madero. A éste Dios lo resucitó al tercer día».



Lo encontró el amor

    El nuevo día amaneció y, con él, nació un hombre nuevo. El relato del evangelio que leemos en la eucaristía de este domingo, está lleno de alusiones a la creación: con la resurrección de Jesús, Dios, el Padre, ha puesto fin a su obra creadora. El mundo viejo queda atrás y, desde ahora es posible una nueva vida para el hombre, gracias al Espíritu -energía vital del Padre-  que Jesús había entregado (Juan 19,30) poco antes.
    Pero para descubrir y participar de esa nueva vida hay que poseer una sensibilidad especial de la que carecen los que siguen aferrados a las ideas del pasado.

    Aquel día, aunque ya había amanecido, María Magdalena (que simboliza a la comunidad de Jesús) estaba aún en tinieblas pues, muy a su pesar, creía que la tiniebla había vencido definitivamente a la luz, que la muerte había prevalecido sobre la vida, que el poder había vencido al amor. Cuando llegó al sepulcro no encontró al Señor: la tumba estaba vacía. Sólo quedaban los lienzos con los que lo ataron después de su muerte. María se asustó. Y fue corriendo a avisar a los discípulos.
    Ante el anuncio de María reaccionan dos discípulos: Pedro, el que había negado a Jesús porque en el fondo creía que la muerte es más fuerte que el amor (Jn 18,16.25-27), y el otro discípulo que había entrado con Jesús en la sala del juicio y lo había acompañado hasta la misma cruz (Jn 18,15; 19,26), dispuesto a dar la vida, por amor, como él, con él. Allí, al pie de la cruz, fue testigo de que cuando la vida se entrega por amor es fuente de más y más vida. Por eso, al llegar al sepulcro, sólo él supo interpretar los signos que tenían ante sí y sólo él creyó.
    María tardó muy poco -lo cuenta el evangelio en el párrafo siguiente (20,11-18)- en descubrir vivo a Jesús. María Magdalena y el discípulo amado son, en el evangelio de Juan, figuras simbólicas del amor de Jesús -ternura y compromiso- que da fruto en la comunidad cristiana; ellos son figura de la comunidad que ha recibido y aceptado el amor de Jesús, amor que están dispuestos a poner en práctica. Y porque están identificados con su amor, lo buscan y lo encuentran vivo.
    Pedro tardó un poco más. Entra el primero y ve antes que nadie que el sepulcro está vacío...; vio, pero no creyó. Porque no había aceptado todavía ni la fuerza revolucionaria del amor ni la revolución que nace de esa fuerza. Él, preocupado por conseguir el poder y por aumentar el prestigio de su santa religión, tardó un poco más en acoger sin condiciones el mensaje de Jesús. Cuando lo hizo, entonces sí: aceptó el amor sin límites a la humanidad y decidió seguir a Jesús y comprometerse a ser, como él, pastor dispuesto a dar la vida por las ovejas, compromiso que lo llevaría a manifestar, también él, con una muerte por amor, la gloria de Dios (Jn 21,15-19).



Barred la levadura vieja

    Era «el primer día de la semana», el día que empezó una nueva cuenta de los días porque un hombre nuevo y una nueva humanidad habían nacido del costado abierto del Nazareno; surgía una nueva posibilidad,  un modo nuevo de ser persona caracterizado por el compromiso en la tarea de transformar este mundo y de construir y consolidar una nueva humanidad y un nuevo modelo de relaciones entre los seres humanos, respuesta al amor recibido de Dios: relaciones basadas en el amor y la vida, en la verdad y la justicia; y en la libertad, la única tierra capaz de producir amor y vida, verdad, justicia y paz.
    En esta nueva etapa continuará el conflicto entre el amor y la muerte, pero desde ahora con la certeza de que la victoria -¡la victoria del amor y de la vida, por supuesto! -se iría logrando. Aunque no sin resistencias, que persisten hasta el presente: el odio y la arrogancia del poder todavía son fuertes, el imperio aún se opone al designio de Dios, que quiere la libertad para los hombres y para los pueblos; todavía hay poderes que buscan la alianza del altar para poner también a Dios a su servicio y, al mismo tiempo, disponen el silencio y hasta la cárcel y la muerte de los que están del lado de los pobres, y todavía hay algún altar que acepta con gusto la alianza con el poder. Todavía queda mucha levadura (en este párrafo de Pablo la levadura simboliza todo lo viejo, todo lo que hay que abandonar para poder ser cristiano) por barrer para que este mundo llegue a «ser una masa nueva». En el momento presente no son el amor y la vida los valores en los que se funda la convivencia entre los hombres. Siguen siendo el dinero, el fanatismo, el poder, el supremacismo, el machismo..., la muerte. La muerte voluntaria de aquellos que renuncian a amar para aparentar que siguen viviendo, y la muerte violenta de los que, para que otros vivan, se juegan la vida y momentáneamente la pierden. Por eso no podemos soltar la escoba: hay que seguir barriendo. No podemos bajar la guardia: hay que seguir luchando.



La victoria de la vida

    Hoy, domingo de resurrección, proclamamos la victoria de la vida.
    Las circunstancias del momento presente (decenas de guerras repartidas por todo el mundo -y ocultadas, cuando no justificadas por los grandes medios de comunicación de masas-, cientos de miles de muertos inocentes, millones de desplazados de sus tierras, centenares de miles de fugitivos del terror y de la violencia a los que nadie quiere dar refugio, la miseria que, a pesar de que sobran los recursos para garantizar una vida digna a todos, tiene ante las puertas de la muerte a centenares de millones de seres humanos) no parecen confirmar esta proclamación.
    Jesús se enfrentó al desorden que representaban el poder religioso y el imperio, enemigos entre sí, pero aliados para procurar su muerte. Y rechazó también la violencia de los nacionalistas fanáticos, que pretendían vencer al imperio con sus mismas armas, con su misma violencia; por eso Barrabás fue preferido por los sumos sacerdotes y liberado por el representante de Roma. Al proclamar la victoria de la vida, estamos afirmando que Dios, el Padre, no estaba ni con los sumos sacerdotes, ni con el imperio, ni con la violencia de los rebeldes  sino con Jesús y con su pacífica rebeldía.
    Por eso, si queremos dar testimonio de que a Dios no se le puede atribuir la muerte, sino la vida, si creemos que el amor vencerá, que está venciendo a pesar de las apariencias, si seguimos creyendo en la resurrección..., no nos podemos rendir, no podemos abandonar.
    ¡Aunque nos llamen idealistas! ¿No es el ideal divino de un mundo más humano lo que nos mueve?
    ¡Aunque nos llamen subversivos! ¿Es que acaso no debemos serlo?

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