Domingo 2º de Cuaresma
Ciclo C

17 de marzo 2019
 

Una humanidad transfigurada

    La transfiguración de Jesús anuncia su resurrección y confirma que a ella se llegará a través de un n «éxodo», es decir, a través de un proceso. Éste  será duro y conflictivo y en él que inevitable enfrentarse a los poderes de este mundo, que son quienes reducen al hombre a la bajeza en que se encuentra. Para hacer este camino sólo un guía es válido: Jesús, sólo Jesús. Moisés y Elías, siendo personajes importantísimos en la Historia de la Salvación, ya no son los portavoces de Dios. Por eso, sólo a él, único portavoz del Padre, debemos escuchar; y sólo siguiéndolo a él podremos llegar a ver el mundo de los hombres transfigurado.

 




La bajeza de nuestro ser

    San Pablo se muestra bastante pesimista con la realidad de su tiempo, con el mundo en que le tocó vivir, con las normas y costumbres religiosas que él mismo profesó y por las que llegó a perseguir a los cristianos, con los valores más apreciados de su tiempo, especialmente la Ley de Moisés, que, según el mismo Pablo, hacía imposible realizar la que, también según él mismo, es la vocación cristiana, la libertad.
    Ese conjunto de valores, normas y costumbres dan forma a un tipo de persona que Pablo considera muy alejado del proyecto encarnado en Jesús y llama a eso como «la bajeza de nuestro ser». (No se trata de desprecio hacia la condición humana, en cuanto tal, sino de crítica a lo que los hombres hemos hecho de nosotros mismos).
    Pablo ya ha roto con ese modelo de hombre para ponerse incondicionalmente, del lado de Jesús: «todo eso que para mí era ganancia, lo tuve por pérdida, comparado con el Mesías... Por él perdí todo aquello y lo tengo por basura...» (Filipenses 3,7-8). Y, precisamente porque él ha llevado a cabo esa ruptura, se propone como modelo -«Hermanos, seguid todos mi ejemplo...»-, y afirma ser portador de una esperanza a la que anima a los destinatarios de esta carta: «él transformará la bajeza de nuestro ser reproduciendo en nosotros el esplendor del suyo, con esa energía que le permite incluso someterse el universo». Es la esperanza en un hombre transfigurado y, a la vez, la confianza en que un día el mundo será el que Dios quiere.



El Hombre transfigurado

    También Jesús, en el episodio de las tentaciones, mostraba que era necesario romper con determinados valores que constituyen la espina dorsal de un mundo vuelto de espaldas a Dios. Pero esa ruptura no sería incruenta. Los discípulos habían descubierto que Jesús era el Mesías, pero tenían una idea equivocada de cómo iba a desarrollar su tarea. Para ellos el Mesías de Dios tenía que llevarlos a un triunfo inmediato y total, castigando a los malvados y derrotando a los enemigos de Israel.
    Jesús, para sacarlos de su error, les acababa de anunciar (Lc 9,18-27) que su misión provocaría un duro conflicto con las autoridades en el que él llevaría, en un primer momento, la peor parte -«El Hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser rechazado por los senadores, sumos sacerdotes y letrados, sufrir la muerte...»-, aunque, la victoria final estaba asegurada -«...y, al tercer día, resucitar». Y, de la misma manera que él estaba dispuesto a asumir ese conflicto y sus consecuencias, sus seguidores debían hacer lo mismo: «El que quiera venirse conmigo, que cargue cada día con su cruz y entonces me siga».
    No era fácil, para la mentalidad de los discípulos, aceptar un programa como este. A los seguidores de Jesús a los que el evangelista llama «discípulos» -con este término se refiere a aquellos seguidores suyos que eran todavía fieles a sus tradiciones, seguían plenamente convencidos de que Dios estaba sólo con su pueblo y mantenían íntegra su confianza en las instituciones de Israel aunque pensaran que los que las dirigían estaban corrompidos y que debían ser sustituidos- les resultaba muy difícil asimilar la predicción de Jesús porque, si los senadores, sumos sacerdotes y letrados lo estaban haciendo mal, debían ser castigados por el Mesías y no al revés. Por otra parte, el que las relaciones del Mesías con las instituciones de Israel terminaran con una ruptura tan violenta, tampoco debió parecerles aceptable: ¿cómo se podría volver a confiar en las instituciones que decretaron la muerte del Mesías? ¿Quién podría pensar que Dios iba a seguir presente en medio de su pueblo a través de ellas? Toda esta carga ideológica oscureció la parte más importante del anuncio: la victoria final, la resurrección. Por eso Jesús ofreció a los discípulos que se habían manifestado más reticentes la experiencia que nos cuenta el evangelio de hoy: el destino que Jesús propone para el hombre no es el de un hombre sufriente, sino el de un hombre glorioso, transfigurado.



Ocho días después...

    En el lenguaje de los evangelios los números tienen -como en el lenguaje normal de su cultura- un valor simbólico. Al colocar este episodio «ocho días después», Lucas está situando su relato en la época en la que el proyecto creador de Dios se ha completado definitivamente -el mundo fue creado en siete días, según la tradición israelita; el octavo día, el primero de una nueva semana, es el día de la resurrección de Jesús-. Ese día nacerá el Hombre Nuevo, la nueva humanidad, y comenzará una nueva etapa de la historia. Ahora Jesús ofrece un adelanto, una experiencia anticipada de su verdadera meta a los tres que más se resisten a aceptar y a seguir a Jesús por el camino que les indica y que, como hemos dicho, culminará en Jerusalén en un duro enfrentamiento con las instituciones judías: «Mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió y sus vestidos refulgían de blancos».
    Al final Jesús triunfará, pero el suyo será un triunfo distinto del que los discípulos esperaban de acuerdo con su tradiciones. No será el triunfo del Mesías de Israel, sino el triunfo del Hombre. Por eso será inevitable la ruptura con unas instituciones que se han revelado contrarias al bien del hombre, a su dignidad y a su libertad y son, por eso, culpables de haber llevado al fracaso el primer plan de Dios y culpables ahora de intentar llevar también al desastre su último proyecto.
    Moisés y Elías aparecen en escena, y se muestran de acuerdo con Jesús: «se presentaron dos hombres que conversaban con él: eran Moisés y Elías, que se habían aparecido resplandecientes y hablaban de su éxodo que iba a completar en Jerusalén».



Demasiado fácil

    La presencia en aquel monte de Moisés y Elías, Ley y profetas tenía como finalidad ayudar a los discípulos a descubrir en las tradiciones que recogen su propia fe los dos extremos de la revelación que acaba de hacer Jesús: por un lado, la exigencia del camino; por el otro, la gloria que les espera cuando lleguen a la meta. La misión de Jesús se sitúa de esta manera en la línea de las anteriores intervenciones de Dios en la historia del Israel. Se trata de un nuevo éxodo, un proceso de liberación que consta de tres momentos: la ruptura con un mundo viejo, la tierra de esclavitud, seguido de un difícil proceso de aprendizaje de lo que significa vivir en libertad, la marcha por el desierto y, finalmente, la realización de una sociedad de hombres libres, el establecimiento en esa nueva tierra prometida.
    Pero los discípulos, aturdidos por el sueño -«Pedro y sus compañeros estaban amodorrados por el sueño, pero se espabilaron y vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él», el sueño es su vieja mentalidad nacionalista, su religiosidad excluyente-, no entienden nada sino que, muy al contrario, experimentan una peligrosa tentación: detenerse allí, convertir en meta aquel alto en el camino destinado a acopiar fuerzas para las etapas futuras: «Jefe, viene muy bien que estemos aquí nosotros.»
    Pretenden no sólo dar por finalizado su camino y detener la historia de liberación de la humanidad, sino también anular la radical novedad del mensaje del Reino, al considerar la palabra de Jesús al mismo nivel que la de los profetas anteriores: «podríamos hacer tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.» Tres chozas, las tres al mismo nivel... «No sabía lo que decía...».

 

El único portavoz

    Ya no habría problemas con las instituciones de Jerusalén, ni tendrían que ver al Mesías condenado por las autoridades religiosas de su pueblo, ni sería necesario superar el proyecto representado por Moisés y Elías. La privilegiada cabeza de Pedro había encontrado la solución: la antigua Alianza, que ellos conocían a través de la Ley y los Profetas podría ser perfeccionada por Jesús, pero conservándola. Moisés, Elías y Jesús quedaban a la misma altura, en el mismo plano.
    Todo quedaba así resuelto: habían llegado a la meta sin tener que esforzarse en completar el camino; podrían quedarse del lado de Jesús sin tener que renunciar a sus viejas creencias. Allí, en el valle, quedaban olvidados los hombres y su historia, sus sufrimientos y sus luchas: ellos ya habían llegado, ¿para qué seguir luchando? Allí tenían todo lo que querían, el pasado -Moisés y Elías-, el presente -Jesús- y su futuro asegurado por aquellas tres chozas que pretendían convertir en meta definitiva una experiencia que era sólo un anticipo, un medio para recuperar fuerzas con las que completar el camino
    No era este el plan de Dios. Y el Señor hizo sentir de nuevo su presencia -como en el primer éxodo, cuando acompañó a los israelitas por del desierto en una nube- y dejó oír su voz: «Éste es mi hijo, el elegido. Escuchadlo a él».




Escuchadlo a él

    Lo que Jesús les había anunciado (el final glorioso, la resurrección después de la muerte) se ve así ratificado por el mismo Dios. Pero, además, esas palabras contienen una doble advertencia.
    En primer lugar, la pretensión de poner al mismo nivel a Moisés y Elías queda desautorizada por el mismo Dios liberador, que eligió a Moisés y a Elías como portavoces suyos en otro tiempo: ahora el único que puede hablar con autoridad en nombre de Dios es Jesús, y su mensaje será el criterio último para aceptar o rechazar cualquier otro mensaje, para discernir la validez de cualquier otra tradición anterior o posterior.
    En segundo lugar, no se puede detener la historia en favor de unos pocos: el camino del que Jesús les había hablado hay que completarlo, el proceso de liberación que él ha iniciado hay que llevarlo a término. Aunque cueste sangre. Y -esto hay que repetirlo siempre que se hable de la muerte de Jesús- no porque Dios exija sufrimiento para otorgar a cambio su favor; es la injusticia establecida y los que la convierten en el eje estructurante de la convivencia humana quienes provocan la muerte: la de los pobres y oprimidos y -con ellos y por todos- la de Jesús.
    El proyecto de Jesús debe completarse porque quiere abarcar a la humanidad entera. Dios ofrece su vida gratuitamente: Jesús resucitará porque posee la vida de Dios en plenitud; y cuando los hombres acepten la vida de ese Dios, también la humanidad -toda en su conjunto y cada ser humano en particular- se verá transfigurada.

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