Navidad
Ciclo B

24 de diciembre 2020
 

 

Hacer que la Tierra ya sea el Cielo


    Desde lo alto del cielo a lo más humilde de la tierra: los ángeles hablando con unos marginados, los pastores; el Altísimo que toma rostro humano en un recién nacido en un establo. Dios nos sorprende al revelarse y al descubrir del todo su designio sobre la humanidad: fundir el Cielo con la Tierra; hacer que la Tierra empiece a ser ya el Cielo. Ese proyecto ya empieza a realizarse con el niño de Belén; pero no estará completo mientras que sigan naciendo niños que no pueden, ni siquiera, cobijarse en un establo.

 



Dios sorprendente


    Todavía hoy se sigue reflexionando, dialogando y discutiendo sobre la existencia de Dios.  Pero ¡que difícil resulta armonizar la imagen de ese niño recién nacido, acostado en un pesebre, en una cuadra... con el Dios de los filósofos y los científicos! ¡Qué diferente suenan las palabras que los ángeles dirigen a los pastores y las de Aristóteles y Santo Tomás de Aquino que llaman a Dios “primer motor” o las de algunos científicos modernos que hablan del “principio antrópico cristiano” o de la “teoría de las cuerdas” como fundamento de la afirmación de un Ser Supremo! Sin duda, la cercanía de Dios es una afirmación de difícil comprensión, especialmente para los sabios y entendidos, aunque mucho más al alcance de la inteligencia de la gente sencilla (Lc 10,21).
    Pero es que las mismas palabras del anuncio a los pastores son ya sorprendentes: El Mesías, “el Señor” (así nombraban a Dios los israelitas para evitar el nombre sagrado de Dios, Yavheh) se encuentra en un pesebre, en un establo. Y ha nacido allí porque sus padres han tenido que “ocupar” aquellas instalaciones porque nadie les había dado un cobijo más digno. ¿Es esto propio de quien es la “plenitud del ser”? ¿Es así como el Altísimo muestra su omnipotencia? ¿Es posible una paradoja mayor? ¿Cómo es que “el que todo lo sabe” no supo prever que no habría sitio en la posada? ¿Cómo es que “el que todo lo puede” no pudo preparar una mejor habitación -un lujoso palacio, tal vez, o un suntuoso templo- para el nacimiento de su Hijo?
    Independientemente del sentido simbólico -o precisamente por ese simbolismo- que tienen los relatos del nacimiento de Jesús, una cosa queda clara: la medida de la grandeza no es la misma para Dios que para nosotros; el poder de Dios nada tiene que ver con el poder de los hombres; la sabiduría divina se aplica de manera muy diferente a los saberes humanos.
    Por eso esa inesperada aparición de la divinidad en medio de la humanidad desconcertó a los hombres religiosos y asustó a los ricos y poderosos.

 

El proyecto de la Navidad

    Leamos con detenimiento las lecturas de esta celebración: Dios, nos dicen, se ha acercado a la humanidad con una intención, con un objetivo: hacer que en este mundo injusto reine la justicia; conseguir la paz en este mundo violento; hacer que prevalezca la alegría en medio de tantas razones para la tristeza y que la luz brille disipando toda oscuridad. Dios, nos dicen estos textos, se ha acercado a los más pobres, a los más desfavorecidos, a los que están excluidos, fuera de los márgenes del sistema. En Palestina, en la época en la que sitúa el relato, los pastores son uno de esos grupos marginales, despreciados, objeto de la desconfianza de la mayoría y, en especial, de la gente religiosa. Y es precisamente a ellos a quienes se dirige en primer lugar el anuncio de que Dios está entre nosotros, de que ha nacido un niño y en él, sólo en él a partir de ahora, es posible descubrir el rostro humano de Dios.
    Buena noticia y motivo de alegría para ellos, porque la noticia contiene un proyecto ilusionante: convertir este mundo en un mundo verdaderamente humano. Y hacerlo desde abajo: desde un establo... que ni siquiera era suyo. Por eso los pastores son los primeros; por eso para ellos es, antes que para nadie, motivo de gran alegría.
    Curioso: lo más alto del Cielo -una muchedumbre del ejército celestial- y lo más humilde de la Tierra -los pastores- se unen en la celebración y en el anuncio: el Cielo y la Tierra se fundirán cuando los pobres no tengan que considerar que la Tierra es su infierno. Entonces, en la Tierra habrá paz. Y esa será la paz que proclamará la gloria del Cielo.

 

¿Y nosotros?

    Cuando llegaron los pastores al establo y vieron al niño recién nacido
«comunicaron las palabras que les habían dicho acerca de aquel niño.Todos los que lo oyeron quedaron sorprendidos de lo que decían los pastores.» (Lc 2,17-18) Y a nosotros, ¿nos sorprende o nos asusta? ¿O quizá nos entusiasma y nos ilusiona? ¿O tal vez nos aliena, nos aleja de la realidad?
    María, por su parte, va interiorizando las experiencias que va acumulando en todo lo que está viviendo para no olvidarlo nunca y para ir desentrañando su pleno sentido.
    Nosotros estamos demasiado acostumbrados a festejar la Navidad, demasiado habituados a hablar de Jesús de Nazaret y decir que él es el Hijo de Dios. Tan acostumbrados estamos que ya no nos asombra y quizá no comprendemos en su plenitud el hecho que celebramos o la fe que profesamos y acabamos olvidando las consecuencias para nuestra vida y las exigencias para nuestro comportamiento de esa fe.
    Entre el Cielo y lo mejor y más sufrido de la Tierra sigue instalado, impidiendo su fusión definitiva, un orden de violencia, opresión e injusticia. Un orden de mentira que ha conseguido convertir la Navidad en un gran negocio.
    No tendrá sentido celebrar la Navidad si no nos desvinculamos de ese (des)orden, si no nos colocamos en donde se situó Jesús y, al mismo tiempo, nos comprometemos a empujar el proyecto de salvación -salvación histórica, de la otra ya se ocupa el Padre-, el proyecto de una paz construida sobre la justicia, que anunciaron los ángeles a los pastores y que comenzó en el establo de Belén.  Si interiorizamos y meditamos el significado de la Navidad, comprenderemos que nuestro papel en esta historia es trabajar por sustituir ese orden por otro nuevo de justicia, libertad, amor y paz. Y así la Tierra se irá convirtiendo en el Cielo.

 

¿Alegría... con lo que está pasando?

    Es difícil hablar de que la tierra puede convertirse en un cielo en el momento que estamos viviendo: miles de personas pierden su vida diariamente a causa de una pandemia, a causa de un maldito virus que nos pilló totalmente desprevenidos. ¿Se puede hablar de felicidad y de alegría en esta situación sin burlarlos de los miles que sufren por la enfermedad o o por la pérdida de sus seres queridos? ¿Se puede hablar de alegría viendo los muertos que cada día se traga el mar entre aquellos seres humanos que huyen del dolor, de la miseria o de la persecución injusta?
    La alegría que expresan los ángeles que anuncian a los pastores el nacimiento de Jesús se produce precisamente en un contexto de pobreza, de marginación y de exclusión social; pero la causa de esa alegría es que, como hemos dicho antes, se anuncia la llegada de quien va a comenzar un proceso y va a ofrecer un proyecto para vencer al dolor, a la miseria y a la injusticia y para lograr que la justicia en la organización de la convivencia y la solidaridad en las relaciones entre los pueblo y las personas ayuden a soportar el dolor inevitable de la enfermedad, de la debilidad propia de la naturaleza humana.
    Eso supone, en el plano de la comunidad humana, una sociedad en el que todos, absolutamente todos, tengan acceso a los servicios esenciales, como es, por ejemplo, la sanidad; y el plano de las relaciones interpersonales, paliar con la solidaridad lo que de justicia y equidad se pierda por las grietas del sistema.
    Asumir ese proyecto y comprometernos seriamente en su realización será lo justificará nuestra alegría, lo que dará sentido a nuestra celebración.

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