Domingo 6º del Tiempo Ordinario
Ciclo B

11 de febrero de 2024
 

 

La enfermedad no está en el enfermo

     El leproso no estaba enfermo; la enfermedad estaba en la institución religiosa y en la sociedad que lo marginaba. Por eso la salud llega con el amor, con la solidaridad que se expresa en la rebeldía compartida contra la Ley injusta. Esa es la enseñanza del evangelio de este domingo.
     Nuestra sociedad genera cada vez más marginación. Pero nos equivocamos cuando buscamos la causa en los marginados. La enfermedad está en este otro lado.
     ¿La solución? Leamos atentamente este pasaje del evangelio y asimilemos su enseñanza. Y saquemos -cada uno, cada comunidad- las consecuencias
.

 




Impuros

     El concepto de impureza en la religión judía era mucho más amplio que el nuestro: era impuro todo lo relacionado con la muerte, la actividad sexual, las enfermedades de la piel... y algunos animales (el cerdo, las serpientes...). Entre todas las impurezas la más grave, después de la que provocaba la muerte, era la de la lepra, «primogénita de la muerte», según el libro de Job (18,13). Las personas que contraían impureza no podían participar en las celebra­ciones religiosas, (a excepción de los ritos que, una vez desaparecida la causa de la impureza, estaban previstos para recobrar la pureza y que se debían iniciar fuera del campamento, -ver Lv 14,1-9) pues eran consideradas repugnantes para Dios. (El libro del Levítico dedica cinco largos capítulos, del 11 al 15, a describir las distintas impurezas y los correspon­dientes ritos de purificación.) Algunas de las cosas impuras se consideraban así, originariamente, por razones de higiene (por ejemplo, el cerdo se empezó a considerar un animal impuro porque transmitía con frecuencia una enfermedad, la triquinosis, que provocaba la muerte; como no sabían explicar estas muertes, se concluyó que el cerdo era un animal repug­nante a Dios, impuro; la muerte se interpretaba como el castigo de Dios por haber comido un animal que él consideraba repugnante). En el caso de la lepra, nombre que incluye a todas las enfermedades de la piel, debió de influir, además de su aspecto repulsivo, el miedo al contagio: en principio, para evitar el contagio, se excluye al que la padece de la convivencia con los demás hombres y, desde una interpretación religiosa, le hace aparecer como portador de un castigo divino. En otros casos, el origen estaba en lo misterioso o inexplicable para el hombre primitivo de ciertos fenómenos (la transmisión de la vida, por ejemplo). Cualquiera que fuese el origen y el desarrollo posterior de estas creencias, lo cierto es que, al final, se acabó dando a todo un sentido religioso.
     En tiempos de Jesús, este punto de vista religioso y ritual se había impuesto a todos los demás, llegando en el desarrollo posterior de las normas contenidas en los escritos bíblicos a la más ridícula exageración: no sólo era considerado impuro el que padecía una enfermedad en la piel, sino todo aquel que entraba en contacto con él de cualquier manera, aún sin darse cuenta, (Lv 5,3), incluso el que tocaba a un leproso para curarle las heridas; y según los más extremistas, se contraía impureza ¡sólo con pasar bajo la misma sombra -por ejemplo, la sombra de un árbol- que en ese momento estuviera cobijando a un leproso! Por supuesto, eran considerados impuros todos los pecadores y todos los paganos.

 

Marginados por la ley

     La primera consecuencia de estas normas relativas a la pureza era la marginación de un número importante de personas. En el caso de los leprosos, estaba prescrito por la Ley de Moisés, como leemos en la primera lectura, que tenían que vivir fuera de los pueblos y ciudades y, si se acercaban a un lugar habitado o se cruzaban con alguien en el camino, estaban obligados a gritar manifestando su condición de impuros para evitar que alguien se les acercase: «El que haya sido declarado enfermo de lepra, andará harapiento y despeinado, con la barba tapada y gritando: “¡Impuro, impuro!" Mientras le dure la lepra, seguirá impuro: vivirá solo y tendrá su morada fuera del campamento» (Lv 13,45-46), pues la presencia de personas impuras en el campamento, incluidos los leprosos, hace impuro al campamento entero (Nm 5,2)
     Esta situación de marginación se hacía aún más gravosa por la mentalidad de la época que consideraba que cualquier sufrimiento o cualquier enfermedad que pudiera padecer una persona era un castigo de Dios por el pecado.
     De la precaución higiénica se había pasado a la marginación social justificada con argumentos religiosos. Con ello, los que estaban sanos no sólo se podían desentender tranquilamente de los enfermos, sino que también podían presumir de buenos.

 

El amor vence a la ley

     Jesús está descubriendo las características más importantes del reinado de Dios mediante signos, o acciones liberadoras. La gira por toda Galilea que se pone en marcha a continuación de los hechos que sucedieron en Cafarnaún (Mc 1,38.39) culmina con este episodio. En la sinagoga de Cafarnaún Jesús había ofrecido a los israelitas la liberación desenmascarando una religiosidad que se había alejado definitivamente del plan de Dios (1,21b-28); en la casa de Pedro trató de alejar a los suyos del peligro del fanatismo, exclusivista y violento (1,29-30) y enseguida huyó de la tentación de triunfalismo en la que cayó la ciudad entera, incluidos sus discípulos, entusiasmada por la vida desbordante que ofrecía Jesús (1,32-38). Toda esta actividad, decimos, culmina en la acción que relata el evangelio de hoy: la purificación de un leproso.
     Estas circunstancias y el hecho llamativo de que se acerque un solo enfermo y que sea él el que tome la iniciativa de dirigirse a Jesús (lo que históricamente es poco menos que imposible) ponen de manifiesto el carácter representativo del personaje: en él se ponen delante de Jesús todos los marginados por las leyes religiosas que, sabiendo que en la religión oficial no iban a encontrar salvación alguna, se han sentido esperanzados al escuchar la proclamación del reinado de Dios que Jesús ha realizado por toda Galilea.

      El leproso del evangelio, al aproximarse a Jesús, está ya vio­lando la ley (como hemos visto, no tenía derecho a relacionarse con los demás, ni siquiera para buscar su salud). Pero es que Jesús, permitién­dole que se acercara a él y tocándolo, también viola la ley, según la cual, en ese mismo instante, Jesús queda contaminado de impureza (Lv 5,3). Lo que sucede, sin embargo, es exactamente lo contrario de lo que decía la ley: no es Jesús el que se contamina de impureza, es el leproso el que resulta limpio, el que queda puro.
     Es curioso que en ningún momento el leproso pida la salud o se diga que queda curado de su enfermedad («si quiere, puedes limpiarme... -quiero, queda limpio... se le quitó la lepra y quedó limpio»). Es de la suciedad que acompaña a su enfermedad, de la impureza, de lo que realmente quiere liberarse aquel hombre; y es de esa marginación a la que lo condenaba su presunta suciedad de lo que lo libera Jesús.
     Para describir las emociones de Jesús ante la situación de aquel hombre, Marcos usa un verbo (conmovido) que se corresponde en su forma adjetival con la definición de Dios en el libro del Éxodo y en otros lugares del A.T.: «El Señor, el Señor, el Dios compasivo y clemente, paciente, misericordioso y fiel...» (Ex 34,6; ver también Dt 4,31). Este verbo se usa sólo para referirse a Dios en el A.T y a Jesús y al Padre en el Nuevo. Es, por tanto, el amor de Dios escondido por la ley y manifestado ahora por medio de Jesús, lo que libera a aquel hombre. Es el amor solidario de Jesús, su compromiso con la felicidad de sus semejantes, lo que hace que la lepra se marche del leproso librándolo a un tiempo de la enfermedad y de la marginación.
     La vida -el amor es la manifestación más genuina de la vida- venció a la ley y Jesús dejó claro que la enfermedad no puede considerarse nunca un castigo divino. Y, además, el gesto de Jesús se convierte en denuncia de una religión que ni sirve para poner a los hombres bien con Dios ni ayuda a los hombres a relacionarse armónicamente entre ellos, sino que es causa de la marginación y el abandono de los que más necesitados están de solidaridad y de ternura; una religión que, para colmo, echa la culpa a Dios de tal marginación.

 

Otro era el enfermo

     El relato evangélico descubre de este modo que la causa de la marginación a la que estaba sometido aquel leproso -y, con él, todos los que él representa- no es su enfermedad; la causa de su marginación no estaba en él sino en la sociedad, en la Ley que lo condenaba a no relacionarse con nadie que no estuviese como él y a gritar ¡impuro, impuro! siempre que alguien se le acercaba.
     Al acercarse a Jesús, el leproso viola la ley; al tocarlo, Jesús viola la ley: al romper ambos con la causa de su enfermedad -¡con la ley!, la enfermedad desaparece. Y su salud se convierte así en testimonio contra los responsables de que una religión que nació en un proceso de liberación y de justicia se hubiera convertido en causa de injusticia y de marginación: «ve a que te examine el sacerdote y ofrece por tu purificación lo que prescribió Moisés como prueba contra ellos».
     Con esta orden, Jesús no propone al leproso que cumpla con el complicado procedimiento ritual prescrito en la ley (Lv 14,1-32) para ser reconocido y admitido de nuevo en la sociedad; lo que Jesús pretende es poner delante de la institución religiosa una denuncia viviente: la curación del leproso es prueba contra ellos, denuncia de una religión que se había olvidado de la misericordia de Dios y negaba a los hombres la posibilidad de ser objeto de ese amor. Jesús quiere dejar constancia de cuáles eran las consecuencias de la margi­nación y cuáles las del amor. Y dejar claro que Dios nos es un Dios justiciero, que no rechaza a nadie que quiera ser objeto de lo que Él es en esencia: compasión y amor.
     En cualquier caso, y al menos por algún tiempo, Jesús tuvo que pagar su solidaridad con el leproso sufriendo él mismo la marginación: «en consecuencia, [Jesús] no podía entrar ya manifiestamente en ninguna ciudad; se quedaba fuera, en despoblado, pero acudía a él de todas partes».

       En nuestra sociedad y en nuestra Iglesia aún se dan mu­chos casos de marginación. Y muchos de estos casos se siguen justificando en nombre de Dios.
     ¿No se llegó a decir -¡por gente seria!- que el SIDA era un castigo de Dios por nuestros muchos pecados? Y, cuando esta enfermedad se descubrió ¿no se repitió en el caso de las personas que la padecían la marginación que sufrieron los leprosos en otras épocas?
     ¿No nos inclinamos a considerar malos, pecadores, a ciertos grupos de personas -drogadictos, prostitutas, delincuentes de poca monta, inmigrantes, vagabundos, sin techo- antes que luchar contra la verdadera causa de esas situaciones, que es una organización social injusta que, precisamente por ser injusta empuja a muchos a situarse en el margen y después los condena y los excluye?
     En este momento, el Papa Francisco está haciendo un esfuerzo enorme para superar la marginación que determinados grupos de personas han sufrido y todavía sufren en la comunidad cristiana, esfuerzo que se ve constantemente obstaculizado desde dentro de la misma Iglesia. La cuestión a la que debemos responder es esta: ¿Qué respuesta damos en la comu­nidad cristiana a los divorciados, a los homosexuales, a las madres solteras, a las personas prostituidas...? ¿La margi­nación? ¿La rígida aplicación de su ley por encima de la única ley válida, el mandamiento del amor?
     ¿Quiénes son los verdaderos pecadores, los margina­dos o los marginadores? ¿A quiénes tendería su mano Jesús, a quiénes reprocharía su conducta? ¿A los que el sistema considera impuros o a los puritanos?

 

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