Domingo 31º del Tiempo Ordinario
Ciclo B

4 de noviembre de 2018
 

No es la ley, es el amor

     Hay quien no conoce a Dios, pero ama a sus semejantes: aunque no lo sepa, ése camina en dirección a Dios; habrá también quien no conozca a Jesús de Nazaret ni su Buena Noticia, pero que ya sabe que conocer a Dios es amarlo: está en camino hacia el Dios de Jesús; y si alguno ya sabe que el amor de Dios va siempre unido al amor a los demás y pone en práctica eso que sabe, ése está ya a las puertas del reino de Dios. Pero si alguno dice que sabe mucho de Dios pero nada sabe de amor... no sabe lo que dice.

 



¿Para qué los mandamientos?

     La religión de Israel tuvo su origen en el proceso de liberación de un grupo de esclavos. Los que vivieron aquella experiencia liberadora sintieron que el Señor los había elegido a ellos para liberarlos de la esclavitud y hacer de ellos un pueblo de personas libres; y para que, después, una vez en la tierra prometida, organizaran la convivencia de tal modo que, entre ellas,  no se reprodujera la injusticia que habían soportado en la tierra de opresión. Con aquellas personas, ya libres, el Señor hizo una alianza: Él se comprometía a ser siempre Dios de aquel pueblo y demandaba a sus miembros que cumplieran los mandatos que, por Moisés, les entregaba: quedaba prohibido ir tras otros dioses que justifican la esclavitud y la injusticia (ver salmo 81/82), y se exigía respetar los derechos y la dignidad de los demás; de esta manera, en el pueblo que había sido liberado por Dios, nadie volvería a sufrir la opresión. Para la felicidad de los hombres se dieron, pues, los mandamientos.
     Pero olvidando el original proyecto de Dios, los teólogos del régimen se dedicaron a angustiar las conciencias de la gente sencilla y, en lugar de presentar al pueblo el proyecto liberador del Señor, se perdían en discusiones interminables, tratando, por ejemplo, de averiguar cuál era el mandamiento más importante de todos. Este planteamiento es defectuoso desde su inicio porque los mandamientos, en su conjunto, constituyen un proyecto unitario de humanidad según el cual, el Señor es autor de la libertad y los hombres deben conquistarla y conservarla para todos practicando la justicia. Pero esto era demasiado exigente en la práctica y, quizá, demasiado simple para aquellos intelectuales, la mayoría de los cuales opinaba que entre todos los mandamientos había uno que era el más importante: el precepto del sábado. Y explicaban este mandato no según su sentido original (asegurar al menos un día de descanso a la semana para los trabajadores, Ex 23,12; Dt 5,12- 15), sino como una obligación puramente religiosa (no se debía trabajar para poder asistir a las funciones religiosas que se celebraban el sábado, día sagrado, dedicado exclusivamente a Dios).



Ley y Profetas

     Si hacemos una lectura crítica del Antiguo Testamento, veremos que, en multitud de ocasiones, se pasó por alto lo que Dios realmente quería para acabar convirtiendo su proyecto de humanidad en una religión más, con sus leyes, sus ritos, sus ceremonias, centrada en sí misma y únicamente preocupada de su propia perpetuación.     Los fariseos y su modo de entender la fe en el Señor prueban con toda claridad la verdad de lo que estamos diciendo: consideraban que un buen israelita, para estar bien con Dios, lo que tenía que hacer era cumplir sus
deberes religiosos
: participar en la celebración del sábado en la sinagoga, respetar la ley del descanso en los días de fiesta, visitar al menos una vez al año el templo de Jerusalén, no comer carne de animales impuros, pagar sus impuestos religiosos... Estas preocupaciones constituían el centro de sus vidas y, por influencia de ellos, acabaron siendo la preocupación central de los israelitas que pretendían ser verdaderamente religiosos.



Enfrentado con el clero

     Jesús está ya en Jerusalén.
     El evangelio de hoy forma parte de los capítulos inmediatamente anteriores a los relatos de la pasión. En ellos Marcos cuenta la fase más dura de la confrontación que mantuvo Jesús con los representantes de las instituciones religiosas de su tiempo y que desembocó en la cruz.
     Después de su entrada triunfal  en el centro religioso de Israel, Jesús denuncia la esterilidad de la religión judía, denuncia a los dirigentes por haber convertido la religión en un negocio y anuncia que el reinado de Dios ya no será un privilegio exclusivo del pueblo judío, cuyos dirigentes ya habían decidido eliminarlo a él, el Hijo del dueño de la viña (Mc 12,1- 12).
     Estos dirigentes todavía no se atreven a actuar directamente contra Jesús; saben que es muy numerosa la gente que lo quiere, que se ha ganado el cariño y la admiración de una parte muy importante del pueblo y quieren primero desacreditarlo. Para ello provocan una serie de debates sobre cuestiones teóricas en los que siempre se encierra alguna trampa.
     De los dos últimos debates - si se debe pagar el tributo al César y si hay o no resurrección-  fue testigo un letrado que, como veremos, no estaba plenamente de acuerdo con las opiniones que defendían la mayoría de sus compañeros; la pregunta del letrado dará a Jesús la oportunidad de explicar cuál era el núcleo de la religión de Israel, lo más importante de las exigencias de Dios al pueblo, exigencias a las que Israel había sido infiel por culpa de los dirigentes.




Amor y... más amor

     El letrado aquel, «que había oído la discusión y notado lo bien que respondía» Jesús a los saduceos, planteó a Jesús una de las cuestiones discutidas por ellos: «¿Qué mandamiento es el primero de todos?». La respuesta de Jesús revela el verdadero  sentido del Antiguo Testamento: la Historia de las relaciones de Dios con Israel fue una historia de amor de Dios al pueblo y debió haber sido una historia de amor del pueblo a Dios y de amor de los hombres entre sí. Jesús viene a decir que el principal mandamiento... son dos: amor a Dios y amor al prójimo: toda la Ley y los Profetas encuentra su sentido en estos dos mandamientos que exigen amor a Dios y amor al prójimo. Además, al citarlos juntos, al juntarlos cuando en la Biblia están separados (Dt 6,4-5, 1ª lectura de hoy, y Lv 19,18), Jesús indica que estos dos amores son inseparables.
      Seguramente aquel letrado era un disidente, pues su opinión no coincide con la teología oficial ya que, sorprendentemente, se muestra de acuerdo con Jesús y, además, añade que el amor a Dios y al prójimo «Supera todos los holocaustos y sacrificios»; es decir: el letrado afirma que amar es más importante que todas las ceremonias religiosas juntas. Algo así como si dijéramos que el amor es más importante que todas las misas, todas las procesiones y todos los rezos juntos.
     Jesús se muestra de acuerdo y felicita al letrado: «No estás lejos del reino de Dios», le dice; porque los dos mandamientos, lo más genuino de la antigua religión, que dará integrados y superados en el mandamiento nuevo. Por eso aquel letrado, al contrario que sus colegas, está cerca del reino de Dios, está preparado para aceptar el mensaje de Jesús e incorporarse a la tarea de culminar el proceso de liberación que Dios inició en Egipto y que ahora Jesús ofrece en plenitud a la humanidad.




Cerca, pero no dentro

     Pero es necesario evitar un error al interpretar la respuesta de Jesús. Estos dos mandamiento no forman parte del evangelio en sentido estricto. Aceptar que estos dos mandamientos constituyen la esencia del proyecto de Dios para Israel prepara a aquel letrado para entrar a formar parte del reinado de Dios; pero todavía no está dentro.
     El reino de Dios es la realización del proyecto de Jesús, la realización del mensaje contenido en el evangelio. El reino de Dios no es, digámoslo una vez más, un lugar sino
 el conjunto de las personas que se han enterado y han aceptado la Buena Noticia: todas las personas que saben que Dios es Padre y tratan de vivir como hermanas; y, además, hacen todo lo que pueden para extender ese reino, para hacer crecer el número de quienes forman parte de él.
     Desde la perspectiva cristiana, entrar a formar parte del reino de Dios es el punto culminante de la evolución de un ser humano, es la meta hacia la que se dirige la humanidad; y el camino que lleva a esa meta ha ido siendo mostrado por la palabra de Dios que ha querido estar en permanente diálogo con la humanidad.
     Por supuesto que no se trata de una evolución biológica; quien entra a formar parte del reino de Dios sigue siendo del mismo hueso y de la misma carne (y eso hasta tal punto que Dios quiso participar de esa carne para poner en marcha la última etapa del proceso que conduce hacia su reino) pero sí que se trata de una evolución vital: es un nuevo modo de vivir radicalmente distinto al que los hombres hemos practicado y todavía practicamos.
     Y ese modo radical de vivir lo resumió Jesús en el mandamiento del amor fraterno que no es igual que ninguno de los anteriores, sino un mandamiento nuevo que deja anticuados a todos los demás, que supera todos los anteriores integrando todo lo valioso que aquellos contenían. El punto de vista, sin embargo, sigue siendo el mismo: lo que da sentido a todo lo demás es el amor... y más amor.