Domingo 2º de Navidad
Ciclo B

3 de enero 2021
 

 

El rostro humano de Dios

    De las muchas imágenes de Dios que a lo largo de la historia del hombre se han propuesto como auténticas, ¿cuál es la que corresponde al ser de Dios? ¿Cómo es Dios realmente? ¿Amable, severo, comprensivo, implacable, amo, justiciero, cercano, lejano, misericordioso, cruel, tirano, liberador...? A lo largo de la historia muchos han sido los que han hablado de Dios, y muchos los dioses de los que han hablado. Pero la pregunta continúa exigiendo una respuesta clara, convincente, definitiva. ¿Dónde se podrá encontrar esa respuesta?

 




Nadie lo ha visto...

    No. «A Dios nadie lo ha visto jamás». Ni Moisés, ni los profetas, ni los sabios de Israel. Tampoco los filósofos, ni los sacerdotes de ninguna de las religiones de la Tierra. Por eso las imágenes de Dios que cualquiera de esos hombres presentan son incompletas y, por tanto, parcialmente falsas. Entonces... ¿cómo encontrar a Dios? ¿Cómo reconocer al Dios verdadero? Por supuesto, Dios no juega con nosotros al escondite ni a las adivinanzas. Dios se manifiesta siempre tal cual es; pero el hombre es tan limitado que nunca podrá comprenderlo del todo. Y cuando habla de Dios, siempre habla del pedazo de Dios que él ha podido conocer. O, y esto ya es peor pero quizá no menos frecuente, del dios que a él le interesa. Y eso que en el proyecto primero de la creación era misión del hombre mismo, creado a imagen y semejanza de Dios (Gn 1,26-28; véase también Sal 8), hacer presente a Dios en el mundo. Pero el ser humano escogió otro papel (Gn 3,5-6).

 

La luz y la tiniebla

    El hombre prefirió competir con su Creador, quiso ser como Dios, y entonces se inventó la imagen de Dios que a él más le convenía. Y así, desde el principio han sido impuestas a la humanidad imágenes de Dios que favorecían los intereses de quienes se habían endiosado. ¿Que interesaba legitimar el poder? Pues un Dios a imagen y semejanza de los poderosos y, además, origen de su poder. ¿Que había que justificar la pena de muerte? Pues un Dios que aniquila a sus adversarios. ¿Que hacía falta defender la propiedad privada? Pues un Dios que hace ricos a unos y pobres a otros, según le parece oportuno. ¿Que era necesario mantener dócil al pueblo? Pues un Dios caprichoso que manda más males que bienes, ante el que hay que estar agradecido a veces, resignado casi siempre y esperando, llenos de temor e incluso de terror, que no se acuerde demasiado de nosotros. Esta es la tiniebla de la que habla el evangelio de Juan, tiniebla que quiso, pero que no pudo, apagar la luz.

 

«...y la palabra era Dios»

     Luz y tiniebla, como bien se puede comprender, son incompatibles, y desde el principio la tiniebla intentó sofocar la luz: «esa luz brilla en la tiniebla y la tiniebla no la ha extinguido». Ese conflicto representa a la lucha de Dios en favor de la humanidad, lucha que, paradójicamente, se hace a veces en contra de los intereses de algunos hombres. Una lucha en la que Dios no impone nada, sino que, respetando la libre decisión del ser humano, se limita a ofrecer, por amor, su vida, su propia vida. Porque el proyecto de Dios consiste precisamente en que el hombre llegue a participar de su propia vida y de su misma naturaleza divina: el amor (Dios es amor 1 Jn 4,8).
     Ese proyecto se hizo realidad, «se hizo carne», en Jesús de Nazaret. Y también en él se hizo carne el conflicto que enfrentaba a la luz y a la tiniebla: «el mundo no la reconoció... Vino a su casa, pero los suyos no la acogieron». Pero por primera vez en la historia de la humanidad hubo un hombre que no se dejó asustar por la oscuridad de la muerte, y llevando hasta el final su compromiso de amor, arriesgó la vida y se entregó a la muerte, haciendo así que brillara toda la luz de la vida: «y hemos contemplado su gloria -la gloria que un hijo único recibe de su padre: plenitud de amor y lealtad».

 

La explicación

    La Palabra, el proyecto que Dios tenía para la humanidad desde el principio, la Palabra, que siempre existió en constante diálogo con Dios, se hizo carne, se hizo presente entre los hombres en un hombre: Jesús de Nazaret. Él, que hablaba de un Dios que no convenía a los poderosos de su tiempo (ni a los de ningún tiempo), sufrió por eso el rechazo del orden establecido («... el mundo no la reconoció») y el de los suyos («Vino a su casa, pero los suyos no la acogieron»), fue considerado hereje y peligroso para la seguridad nacional y para la recta doctrina, marginado y perseguido; pero en su amor, fiel hasta la muerte, brilló la gloria de Dios. Así, de esta manera, Él fue la explicación de Dios: «A la divinidad nadie la ha visto nunca; un Hijo único, Dios, el que está de cara al Padre, él ha sido la explicación». Él, con su palabra, pero sobre todo con su vida y con su muerte, nos ha mostrado el verdadero ser de Dios: amor leal. Pero esta explicación tiene una dificultad: no se entiende mientras no se pone en práctica «un amor que responda a su amor». ¡Qué sorpresa! La explicación de Dios es la realización de un proyecto de hombre: un ser humano que se caracteriza por el amor leal.

 

Capaces de hacerse hijos de Dios

    Si. Realmente es una sorpresa: iremos conociendo a Dios a medida que vayamos construyendo, haciéndonos, una nueva humanidad. Nos realizaremos plenamente como personas llegando a ser hijos de Dios. Y ambas cosas mediante una sola actividad: la práctica del amor fraterno. No hay que ser fuerte, ni mucho menos poderoso, ni sabio, ni rico; ni siquiera es necesario estar dispuesto a sacrificarse, salvo cuando el sacrificio sea exigencia del amor.    Este es el único camino cristiano para conocer de verdad a Dios: conocer al Hombre, a Jesús de Nazaret, reconocerlo como la luz que ilumina este mundo; realizar, como hizo él, el proyecto de hombre que en él Dios nos propone: un hombre -varón o mujer, que para el cristiano no hay diferencia: Gál 3,28-  que se sabe hermano de los hombres y que por ellos está dispuesto a dar la vida... con la fuerza del amor de Dios. He aquí la respuesta cristiana a la pregunta sobre Dios: desde el punto de vista cristiano, sólo Jesús nos lleva a Dios; con él, el ser humano nos lleva a Dios. A través de Jesús, hermano nuestro, y de los demás hermanos se llega al Padre.
    Pero sólo el conocimiento, no basta.
    Jesús de Nazaret reveló plenamente que era él Hijo de Dios cuando demostró, de hecho, que es posible que un hombre entregue su carne y derrame su sangre por amor a sus semejantes. Así hizo brillar la gloria -el amor leal- de Dios y señaló hasta dónde puede llegar el hombre: hasta entregar la vida por amor. Y para que nadie se sintiera sin fuerzas para tal empresa ofreció el Espíritu, la vida de Dios que él poseía en plenitud. Y a todos los que aceptaron el ofrecimiento les entregó ese Espíritu suyo y «los hizo capaces de hacerse hijos de Dios».

 

La experiencia de la comunidad

     La comunidad a la que Juan dirige su evangelio es consciente de que en ellos se ha realizado algo verdaderamente trascendental: ellos, que han aceptado al hombre Jesús como el Hijo de Dios y como modelo de hombre, participan de la plenitud de la vida y de la gloria que el Hijo recibió de Dios; saben que han nacido de Dios, que han recibido el Espíritu y, con él, la capacidad de hacerse hijos de Dios. Son conscientes de que ser hijos de Dios es un proceso que se habrá de realizar progresivamente, pero que ya está en marcha; lo saben por experiencia, porque ellos están gozando de una vivencia realmente apasionante: constituyen, como grupo, la prueba más clara de que la entrega de Jesús no fue en vano, pues en ellos, hombres nuevos, está ya creciendo la nueva humanidad, la familia de los hijos de Dios. La abundancia de vida que ellos sienten bullir en lo más profundo de sus personas les descubre la verdad del Hijo de Dios; la felicidad que les proporciona compartir tal amor ilumina su existencia, la vida tiene un sentido: «La prueba es que de su plenitud todos nosotros hemos recibido: un amor que responde a su amor». Y mediante la práctica del amor leal y fiel se van haciendo hijos de Dios.

 

Una nueva humanidad

    De este modo, allí donde la comunidad cristiana se constituye como tal, Dios se hace presente en el mundo. Pero esta presencia no es algo jurídico (¿se atrevería alguien a atar a Dios mediante un vínculo jurídico humano?); es consecuencia, primero, del amor de Dios, y después, de la respuesta que a ese amor den los hombres, constituidos en la familia de los hijos de Dios: «....a cuantos la han aceptado, los ha hecho capaces de hacerse hijos de Dios».
    Ahora el proyecto -la palabra- somos nosotros. La comunidad de Juan era consciente de que ellos eran los depositarios de la herencia de Jesús de Nazaret, los responsables de conservar y transmitir fielmente la Palabra, los responsables de hacer presente a Dios en este mundo: «A la divinidad nadie la ha visto nunca; si nos amamos mutuamente, Dios habita en nosotros y su amor queda realizado en nosotros.» (1Jn 4,12). La comunidad cristiana se convierte así en el rostro humano de Dios.
    No es ésta una cuestión de defensa de la ortodoxia. Si el contenido de la Palabra era la vida, conservarla y trasmitirla no puede consistir en otra cosa que en vivir y en ayudar a vivir; y puesto que la vida de la que esa Palabra hablaba era -es- el amor leal -imposible si antes no se dan el respeto a la dignidad de la persona, la justicia y la solidaridad-, la lealtad en el amor es lo único que hace válida la trasmisión del mensaje evangélico y lo único que hace auténtica la vida de una comunidad que se llama cristiana.

    ¿Quién lo iba a decir? Sí. Se conoce a Dios construyendo una nueva humanidad; se le tiene cerca cuando se vive según el estilo de esa humanidad nueva; y se hace presente al Padre mostrando a los hombres que pueden ser hermanos practicando... «un amor que responda a su amor».

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