Domingo 34º del Tiempo Ordinario
Cristo Rey - Ciclo B

28 de noviembre 2018
 

Otro rey, otro reinado, otro mundo

     Jesucristo, Rey del Universo.
     Rey sí, y de esta Tierra. Porque otros quieren hacerlo rey sin ninguna relación con este planeta y con la historia de sus gentes.
     Rey sí, pero de otra manera. Jesús no es, como muchos pretendieron siempre, un rey como los reyes de este mundo.
     Unos y otros manipulan la realeza de Jesús, porque unos y otros, cada cual a su manera, quieren ponerlo al servicio de los grandes intereses de este sistema.




Poder y... poder

     El capítulo séptimo del libro de Daniel explica, en forma de visión, un esquema de la historia desde le punto de vista del profeta. En la visión aparecen en primer lugar dominación fieras (7,1-8) que, según la explicación del libro mismo (7,15-26), representan cuatro imperios cuya característica principal es, especialmente en el cuarto de ellos, el ejercicio soberbio, insolente, cruel y despiadado del poder.
     Después de la presentación de estos imperios aparece Dios en figura de un anciano que somete a juicio y condena a los imperios (7,9-12).
     Lo que sigue es la primera lectura de hoy. Después de la ejecución de la condena aparece un hombre, que se acerca al trono del anciano y a quien se le concede «poder, honor y reino», todo el poder y para siempre.
     La interpretación de esta parte de la visión la ofrece también el libro de Daniel (7,27): el hombre es figura del pueblo de Israel, a quien corresponderá el poder una vez que los imperios sean destruidos.
     Una lectura actualizada podría ser esta: El profeta nos presenta un modo de organizar la convivencia y las relaciones entre los hombres y los pueblos contrario al plan de Dios. Se trata del modelo representado por los imperios, que se caracteriza por el endiosamiento del poder, por la opresión de los pueblos más débiles por los más fuertes y, dentro de cada sociedad, por el abuso de los grandes sobre los pequeños. Esa manera de organizar la convivencia, cuyo fundamento es el poder entendido como dominio, como sometimiento, será destruida y sustituida por otra que Dios quiere que sea definitiva y que está representada por el pueblo que encarna el modelo de convivencia que Dios propone, Israel, a quien el profeta llama «el pueblo de los santos del Altísimo» (7,27) y en el que se realizará en primer lugar el proyecto del Dios de la liberación.
     A pesar de lo claro que está en el Antiguo Testamento, Israel no entendió cuál era realmente su papel como pueblo elegido para ser modelo de convivencia; y quiso imitar a sus vecinos y, como ellos, dotarse de un rey que los gobernara, que los hiciera un pueblo poderoso y los llevara a la victoria sobre sus enemigos (1º Samuel 8,5.20). Por eso fue necesario que Jesús mostrara cuál era la verdadera realeza a los ojos de Dios.




El rey de los judíos

     Con la acusación de que Jesús intentaba proclamarse rey de los judíos se presentaron los dirigentes religiosos judíos ante Pilato. El hecho de que fueran precisamente ellos los que acusaran a Jesús ante el tribunal romano indica hasta qué punto se había corrompido la jerarquía religiosa judía. Ellos eran, al menos en teoría, los representantes del Señor, el Dios que liberó a su pueblo de la esclavitud de Egipto y les dio la posibilidad de ser un pueblo soberano; y son precisamente ellos quienes ponen al que viene a continuar y llevar a su culminación la obra liberadora del Señor en manos del representante del Imperio romano, del imperio que en aquel momento subyugaba a Israel y le negaba la libertad que el Señor le había dado.
     Claro que la idea que ellos tenían de la realeza del Mesías era la misma que los discípulos habían manifestado en otras ocasiones, la misma que sin duda tenía Pilato: todos suponían que el rey de los judíos se rebelaría contra la dominación extranjera poniéndose al frente de un ejército, y una vez expulsados los invasores y con la fuerza obtenida gracias a la victoria militar, destituiría de sus puestos a los dirigentes corruptos y, de esta manera, restablecería la justicia. Eso era lo que los discípulos habían esperado y lo que los jerarcas judíos y Pilato temían que Jesús hiciera. A esa manera de ser rey se refiere Pilato cuando pregunta a Jesús: «¿Tú eres el rey de los judíos?»


 
 
¿Cómo es la realeza de Jesús?

     Si no es como pensaban los discípulos, Pilato y los dirigentes judíos, ¿cómo es, entonces, el reino de Jesús? Cuando decimos que Jesús es rey del universo, ¿qué estamos diciendo? ¿Cómo se deben entender las frases del Nuevo Testamento que dan a Jesús el título de rey?
     Cuando atribuimos a Jesús este título solemos pensar en los reyes de la Tierra para concluir: Jesús es como estos reyes pero más bueno y más justo. Es cierto que su reinado será superior en bondad y justicia a los de cualquier otro reino, pero, además, las diferencias son mucho más hondas.


Sin territorio
    
          Al contrario que los reyes de la tierra, Jesús no ejerce su soberanía sobre ningún territorio concreto. El reino de Dios no es de tierra, sino de carne y espíritu: el reino de Dios es el corazón de los hombres que se dejan guiar por la fuerza viva del Espíritu de Dios, son los hombres que viven apasionados y con pasión luchan por la misma utopía por la que entregó su vida Jesús: conseguir que en este mundo reinen la verdad y la vida, la justicia el amor y la paz.
          Toda la humanidad -sin referencia alguna a las fronteras creadas e impuestas por los reyes de la Tierra- y el interior de cada uno de sus habitantes constituye el territorio potencial de este rey: «Uno que me ama cumplirá mi mensaje y mi Padre le demostrará su amor: vendremos a él y nos quedaremos a vivir con él» (Juan 14,23).
    
Sin leyes, sin súbditos
    
          La relación entre ese rey y sus gobernados nada tiene que ver tampoco con lo que sucede con los reyes de la Tierra.
          La relación de este rey con quienes viven de acuerdo con sus exigencias no consiste en que él manda y los demás le obedecen, sino en que él los quiere y los demás corresponden a su amor: «Nadie tiene amor más grande por los amigos que uno que entrega su vida por ellos. ... No, no os llamo siervos, ... a vosotros os vengo llamando amigos...»  (Juan 15,13.15).
          Es cierto que para ser amigos de Jesús hay que cumplir sus exigencias -«Vosotros sois amigos míos si hacéis lo que yo os mando»-  (Juan 15,14). Pero es que lo que él manda -aunque algunos lo han llamado «ley» alguna vez-, no cabe en un libro -ni en un millón libros- de leyes: lo que “manda” Jesús es que respondamos  a su amor, al amor que él nos tiene, amando con la misma calidad de amor a los mismos a quienes él ama: «Este es el mandamiento mío: que os améis unos a otros como yo os he amado»  (Juan 15,12). Cualquier intento de codificar este ideal, lo empequeñece, lo limita.


Sin trono ni riquezas
    
          Los reyes de la tierra amenazan con castigos e incluso con la muerte a quienes no obedecen sus leyes; nuestro rey se enfrenta con la muerte para demostrar hasta dónde llega su amor. Y la cruz en la que lo cuelga el odio de los grandes de este mundo se convierte en su único trono: «Pilato escribió además un letrero y lo fijó en la cruz; estaba escrito: JESÚS EL NAZARENO, EL REY DE LOS JUDÍOS» (Juan 19,19). Su trono es un patíbulo y su muerte violenta la culminación de su plan de gobierno: «dijo Jesús: Queda terminado. Y reclinando la cabeza, entregó el Espíritu»  (Juan 19,30).
          Y en aquel trono está desnudo. Le habían arrebatado sus ropas sencillas de hombre de pueblo e, incluso, los harapos con los que lo habían cubierto para burlarse de él. Sólo le han dejado una corona de espinas. Y es que tampoco su gloria consiste, como todavía sucede con muchos reyes, en el esplendor y el lujo de su corte, sino en el brillo del amor de Dios que resplandece en el amor de aquel hombre que se entrega sin límites por amor a sus hermanos.

Sin ejército, sin fuerzas
    
          Sin nadie que lo defienda, porque él y su mensaje son incompatibles con la violencia, como lo son todos aquellos valores que los reinos de este mundo defienden por la fuerza de las armas: las fronteras, el poder, el imperio, las riquezas, los honores..., la desigualdad, la injusticia, la explotación del hombre por el hombre: «La realeza mía no pertenece al orden este. Si mi realeza perteneciera al orden este, mis propios guardias habrían luchado para impedir que me entregaran...»
          Su fuerza es la verdad, la lealtad en el amor; y la vida, efecto y causa del amor leal; su fortaleza es su fidelidad al compromiso con el Padre y con la humanidad, libremente asumido en su bautismo; y su energía, su Espíritu que está a punto de entregar y repartir a quienes lo hayan querido aceptar como rey: «Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio en favor de la verdad. Todo el que pertenece a la verdad escucha mi voz».



Mi reino no es de este mundo

     A la luz de todo lo anterior debemos entender la respuesta de Jesús a Pilato: «Mi reino no es de este mundo», dice Jesús a Pilato, que le pregunta. Jesús vino a arreglar este mundo de parte de Dios, a establecer en el mundo el Reino de Dios; la respuesta de Jesús no significa que él viene a hablar de un reino que está en otro mundo, en el más allá. No. Se trata de otro orden (ese es el primer significado de la palabra griega “kosmos”, “orden”), de otros valores sobre los que fundar la convivencia: «La realeza mía no pertenece al orden este. Si mi realeza perteneciera al orden éste, mis propios guardias habrían luchado para impedir que me entregaran a las autoridades judías. Ahora que mi realeza no es de aquí». Los reyes de este mundo necesitan ejércitos; incluso los estados en los que oficialmente no hay ejército, tienen fuerzas del orden que usan -y abusan si se presenta la oportunidad- de la violencia para mantener el orden establecido. El Reino que Jesús propone para este mundo es un modo de vida que se acepta libremente, y en el que la única autoridad, la única fuerza válida es el amor, que jamás se impone y, mucho menos, mediante la violencia. Por eso su reinado no es de este mundo.
     Apoyarse en Dios para alcanzar o mantener poder y privilegios es una circunstancia que no cuadra de ninguna manera con el Reino de Dios. Los profetas habían anunciado que el mismo Dios se iba a hacer cargo del gobierno de su pueblo; y ahora, cuando ha llegado el momento de que se realice este anuncio, Dios, por boca de su enviado, nos dice que el rey es el Hombre Jesús y, en él, es rey todo ser humano. Tampoco en eso es el de Jesús un reino como los reinos de este mundo; porque en éstos la desigualdad es un elemento esencial para que puedan funcionar (hace falta que haya súbditos para que tenga sentido la función de un rey); pero quienes aceptan formar parte del reino de Jesús se convierten en hijos de su Padre, en hermanos suyos, a los que por eso se les puede llamar «pueblo de reyes», «linaje real», «reyes de la tierra» (Apocalipsis 1,6; 5,10).

 


Reino de verdad

     El reino de Jesús no es como el de Roma, que ha arrebatado su libertad al pueblo de Israel y a otros muchos pueblos; pero tampoco su reino es como el de Jerusalén, como el que defendían, al menos de boquilla, los sumos sacerdotes, los senadores y los letrados, que habían arrebatado la dignidad a los israelitas haciéndoles creer que para estar bien con Dios tenían que renunciar a ser personas adultas responsables de su vida y de sus actos, mintiéndoles cuando les decían que el poder que ellos poseían provenía de Dios y que obedecerlos a ellos equivalía a obedecer a Dios. Por eso, al final, Roma y Jerusalén estuvieron de acuerdo en eliminar a aquel Rey que a ambas tanto les estorbaba. Por eso, al final, los jerarcas responsables de la religión que proclamaba a Dios Señor de toda la tierra acabaron confesando: «No tenemos más rey que al César» (Juan 19,15).
     Y es que tampoco puede ser de este mundo un reino que se proclama, Reino de verdad. ¿Podemos creer que puede triunfar la diplomacia de un Estado que vaya con la verdad por delante? Resulta difícil imaginarlo. Pero Jesús de Nazaret no fue un hombre de habilidades diplomáticas; precisamente porque decía las cosas por lo claro, entró en conflicto con todos los que defendían intereses contrarios al interés del ser humano: con los ricos que acumulaban lo que a los pobres les faltaba, con los intelectuales adictos al poder, dedicados a lavar el cerebro de la gente, con los religiosos que hablaban mucho de Dios pero no creían más que en sí mismos, con los vividores que para defender sus privilegios arruinaban la vida de los pobres.


Frente a los reinos de mentira

     Y contra los que se fundan, además de en la violencia de sus armas, en la violencia de sus mentiras. Hoy, en la época de los grandes medios de comunicación, esta es otra de las incompatibilidades del reino de Jesús porque la mentira de los grandes siempre acaba siendo homicida: que se lo pregunten a los pueblos que sufren el terror de los que en nombre de la paz y la democracia los invaden; que se lo pregunten a los pueblos menos desarrollados a los que, en nombre de la libertad -de mercado, por supuesto-, los grandes mantienen en la pobreza y en la miseria; y a los que en nombre de la globalización de la economía se les somete a condiciones comerciales que acaban con la soberanía y la libertad de las naciones pobres -empobrecidas por ellos; y a los que en nombre de la iniciativa privada privan a sus ciudadanos más desprotegidos de los servicios sociales que cualquier estado debe, para poder alcanzar un mínimo de legitimidad, garantizar a todos.
     Estar a favor de la verdad supone y exige estar frente a la mentira. No es posible la neutralidad.

     Por todo esto y de esta manera el Reino de Dios no es de este mundo y Jesús no es rey como los de este mundo. No porque no tenga nada que decir acerca de los problemas de esta Tierra, sino precisamente porque tiene mucho que decir; y porque para que su reinado se establezca plenamente en él, este mundo tiene mucho que cambiar, tiene que convertirse en ese otro mundo posible y necesario que ansían los que tienen hambre y sed de justicia.
     ¡Cuántas preguntas nos quedan que responder en la fiesta de Cristo Rey!
     Es en verdad extraña la situación del liberador entregado a las manos de los opresores por los que iban a ser por él liberados; extraña, pero no rara, pues se repite cada vez que alguien, comprometido en la lucha por la liberación de un pueblo, de una sociedad cualquiera, se encuentra solo, abandonado a su suerte cuando cae en manos de los enemigos de la libertad. ¿Se nos habrá olvidado también que es misión nuestra ser solidarios con todo aquel comprometido con la liberación? ¿O es precisamente entonces cuando nos acordamos -y distorsionamos- el dicho de Jesús «mi reinado no es de este mundo»?
     ¿Que, además de lo dicho, el Reinado de Dios trasciende este mundo, esta Tierra, esta historia? Ese asunto, ya lo veíamos el domingo pasado, está en buenas manos.

 

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