Domingo 5º del Tiempo Ordinario
Ciclo B

4 de febrero de 2024
 

Libertad para servir, servicio para liberar

    El servicio que ofrece Jesús y el que asumen sus colaboradores -los que convivieron con él y los de todos los tiempos- es liberador porque es expresión de libertad ya lograda -no sólo respecto a cadenas externas, sino también respecto al propio egoísmo y a todo tipo de fanatismo- y expresión de una calidad de amor tal que lleva a sentirse y a vivir como hijos de Dios y hermanos de todos los seres humanos; y, en coherencia con lo anterior, porque se propone como objetivo que todas las personas lleguen a ser libres y establezcan entre ellas relaciones sororales y fraternas.

 




Duro servicio


    La vida es un duro servicio, dice el libro de Job. La vida es lucha, trabajo, esfuerzo, sufrimiento... En este sentido hay que entender las palabras de Job: «El hombre está en la tierra cumpliendo un servicio...», pero en esa lucha hay algunas satisfacciones -como el descanso, para el esclavo o el salario para el jornalero- que, aunque sean pequeñas, mitigan su dureza y ponen un poco de buen sabor en medio de muchas amarguras.
    No es este el tema central de la primera lectura; pero nos puede servir de punto de partida para adentrarnos en el mensaje de las lecturas del Nuevo Testamento.
    El servicio se ha vivido -se vive- casi siempre como servidumbre, es decir, como injusticia, opresión y explotación, como falta de libertad, como imposición, como abuso de unas personas sobre otras personas. El servicio -el trabajo, en definitiva-, resulta entonces insoportable, una situación de la que hay que escapar cuanto antes y por el mayor tiempo posible. Y las pequeñas alegrías que a veces proporciona -el descanso, el salario, la satisfacción de la tarea bien realizada-, quedan disminuidas por la conciencia de tener perdidas, o al menos disminuidas, la dignidad y la libertad.

 

Servicio libre

    Esta situación, el hombre convertido en siervo, no la quiere Dios ya que Él fue quien le otorgó el papel de señor de la creación. Pero organizar nuestro mundo es asunto nuestro; a Dios le importa y le apasiona el destino del hombre; pero Él puso el mundo en nuestras manos y no se volverá atrás de esta decisión. Por eso toda su actividad salvadora en favor de la dignidad y la libertad del ser humano la realizará por medio de personas que colaboran con Él en la tarea de humanizar la humanidad, de conquistar la libertad y la dignidad de los seres humanos, para convertir este mundo en un mundo de hermanos. Este servicio es el que Pablo dice haber asumido libremente: «Soy libre, cierto, nadie es mi amo; sin embargo me he puesto al servicio de todos, para ganar a los más posibles». Es el servicio del mismo Jesús y el de todos los que colaboran con él (representados en el evangelio de hoy en los que le informan acerca de la situación de la suegra de Pedro) en la realización de su proyecto.

 

Servicio liberador

    La suegra de Simón representa a Simón mismo; y la enfermedad que padece, la fiebre, la calentura, es símbolo de un mal peligroso para todo el que quiera ser discípulo de Jesús: el fanatismo violento, la convicción de que la fe puede y debe imponerse por la fuerza. Simón representa en este relato al discípulo que todavía no ha roto con el fanatismo (la fiebre) propio de la mentalidad de algunos contemporáneos de Jesús y que los llevaba a desear y procurar que todos los enemigos de su santa religión ardieran en el fuego eterno e incluso antes, si era posible, como hizo en la antigüedad Elías, quien lleno de un celo ardiente (= fiebre) degolló a todos los profetas de Baal, dios cananeo (1 Re 18,1-41; véanse también  1 Re 19,10.14; Eclo 48,1-3.9).
    Este ardor que padecían Simón y otros discípulos de Jesús resultaba incompatible con el mensaje que él iba a ofrecer a la humanidad porque impide uno de los valores esenciales del reinado de Dios: el servicio.
    El primero que se pone al servicio de todos es Jesús; en esta ocasión lo hace para liberarlos de esa fiebre maligna que impide el servicio a los demás -«Él se acercó, la cogió de la mano y la levantó». Es el suyo un servicio vivificador y liberador; y que capacita a quienes se benefician de él para ponerse al servicio de la liberación de los demás: «se le quitó la fiebre y se puso a servirles».
    Al igual que el episodio anterior -la liberación del endemoniado- representa la oportunidad de que el pueblo se libere de la ideología de los fariseos, la curación de la suegra de Pedro constituye una oportunidad que Jesús ofrece a Simón y, en él, a todos los que quieran seguirle, para eliminar otro obstáculo insalvable para quien quiera ser su discípulo: el fanatismo violento y excluyente de carácter político-religioso, característico en aquel entonces de los grupos ultranacionalistas galileos.

   La primera parte del evangelio de este domingo es, por tanto, una advertencia a la comunidad a la que Marcos destina su evangelio: ¡cuidado con el fanatismo! Si este mal se adueña de cualquiera de los miembros de la comunidad, le impedirá, por una parte, servir, y por otra, compartir la vida de la comunidad (sólo cuando la suegra de Simón es curada por Jesús puede incorporarse al grupo y prestarle servicio).  Si nos encerramos en la idea de que lo nuestro -nuestra religión o nuestra tierra o nuestra nación o nuestra cultura- es lo único válido y despreciamos a los que rezan de otra manera, hablan otro idioma  o han nacido al otro lado de alguna frontera, difícilmente nos podremos poner al servicio de ellos para ofrecerles, de parte del Padre, un mundo en el que todas las personas puedan comunicarse y entenderse, un mundo sin ídolos ni fronteras.
    Leído así este relato, sin que importe demasiado si el hecho sucedió o no tal y como lo cuenta el evangelio (nadie, por otra parte, va a negar que Jesús desbordaba vida y la iba comunicando por donde pasaba), adquiere una importancia fundamental: no se trata sólo de una curación que sucedió una vez; se trata de algo mucho más importante.  El mensaje de este relato debe servir para prevenir o librar de la grave enfermedad de la intolerancia y el fanatismo a todo el que pudiera padecerla en cualquier lugar y en cualquier momento de la historia. Las comunidades cristianas, se advierte con este texto, tendrán que tener mucho cuidado para que ninguno de sus miembros, y menos aún la comunidad entera, convierta la fe en fanatismo, la invitación a compartir un modo de vida en imposición más o menos violenta de una ideología; y el anuncio del evangelio en pura propaganda. Dejarse vencer por esta enfermedad sería quedar incapacitado para el servicio que  la comunidad en su conjunto y cada uno de sus miembros deben prestar a la humanidad. La función de este relato es, por tanto, ser como una vacuna que preserva a la comunidad y a sus miembros para que no contraigan tal calentura.

 

Servicio universal

    El fanatismo de Simón se presentaba en múltiples manifestaciones, algunas de las cuales, que se manifestarán repetidamente a lo largo del evangelio, aparecen ya en este relato: el exclusivismo e, indirectamente, el triunfalismo.
    Cuenta el evangelio que, después de librar de su fiebre a la suegra de Simón, Jesús curó a muchas otras personas de diversas enfermedades y de los espíritus inmundos. Los demonios son fuerzas interiores o ideologías contrarias al plan de Dios. Las otras enfermedades representan cualquier situación que pueda sufrir un hombre y que suponga falta de vida: la enfermedad misma; pero también el hambre, la miseria, la injusticia, la incapacidad para el amor o la imposibilidad para alcanzar la felicidad... Jesús cura a aquellos enfermos y les devuelve la posibilidad de una vida plena que podrán desarrollar a medida que vayan comprendiendo y aceptando plenamente su propuesta.
    La actitud de quienes se acercan muestra que no han entendido el mensaje de libertad que Jesús ha empezado ya a proclamar: siguen dominados por el espíritu de la sinagoga, no han roto con aquellos falsos valores que los tenían sometidos pues esperan hasta el atardecer -el momento en que cesaba la obligación del descanso del sábado- para llevar ante Jesús a quienes tenían alguna enfermedad. Es decir, anteponen el cumplimiento de la norma a la búsqueda del bien de sus semejantes.

    Esto demuestra que su adhesión a la Buena Noticia todavía no era firme. Y precisamente por eso Jesús se marcha por la mañana temprano: para evitar cualquier tipo de entusiasmo que pudiera provocar una reacción equivocada de los que se habían beneficiado de su acción liberadora y vivificadora. Va a orar, como hace siempre que presiente que su grupo quiere escoger el camino fácil del triunfo. Al darse cuenta de que Jesús no está, Simón, sin que nadie se lo pida, se pone al frente del grupo que estaba con Jesús y salen tras él. La reacción es buscarlo, pero no seguirlo: lo buscan, -Simón a la cabeza-, para que les resuelva por arte de magia los problemas que ellos no pueden -no saben que pueden o no quieren- resolver. Lo buscan para que sustituya a los letrados, para que sea él el rabí de aquella sinagoga, pero -todavía- no están abiertos al cambio radical que supone seguir a Jesús.
    Por eso Jesús se marchó solo a rezar, a presentar ante el Padre esta incomprensión de la gente y de los suyos, de quienes Pedro se hace portavoz -«Todo el mundo te busca»-, que pretenden hacerle volver. Pero el proyecto de Jesús no puede encerrarse en Cafarnaún: «Vámonos a otra parte, a las poblaciones cercanas, a predicar también allí, pues para eso he salido»: ni el Padre, ni Jesús, ni su proyecto caben en la estrechez de una ideología, ni en los límites de un pedazo de tierra, ni entre los muros de una casa; en su esencia debe incluirse el universalismo: el objetivo es convertir la humanidad, toda entera, en una sola familia.

 

De la sinagoga a la casa

    Si el episodio anterior se situaba en el ámbito religioso y se nos advertía de que en él puedan también esconderse los demonios, éste se desarrolla en el ámbito familiar. Podríamos ver, por tanto, en éste, una advertencia acerca de la institución familiar. No es que Jesús considere un peligro la familia como, evidentemente, no considera negativo que las personas se reúnan para relacionarse con el Padre. Pero igual que en la sinagoga pudo participar sin problemas una persona con un espíritu inmundo, también la familia puede albergar individuos fanáticos o convertirse ella misma en un ambiente favorable para el fanatismo. Todos conocemos familias enemistadas por generaciones que, aun cuando ya han olvidado el origen de esa enemistad, se siguen ignorando, despreciando e, incluso, odiando.
    Jesús dejará claro que, por encima de las relaciones familiares, está el compromiso con la construcción de un mundo tal y como el Padre lo quiere: «Él les replicó: ¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? Y, paseando la mirada por los que estaban sentados en corro en torno a él, dijo: He aquí mi madre y mis hermanos. Quienquiera que lleve a efecto el designio de Dios, ése es hermano mío y hermana y madre.» (Mc 3,33-35)
    Claro que no se trata de abolir la institución familiar, sino hacer de ella un sujeto colectivo al servicio del proyecto de Jesús, al servicio de una humanidad sororal y fraterna.

    Duro servicio, sin duda, pero capaz de entusiasmar y llenar de sentido toda una vida.

 

 

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