Domingo 11º del Tiempo Ordinario
Ciclo A

18 de junio de 2023
 

Amor de Dios para humanizar al hombre

    Tras el proceso de e hominización, impulsado por la evolución biológica, se inicia otro proceso que se conoce como humanización que va progresando a medida que aparecen el lenguaje simbólico, la cultura, los valores morales y éticos y se va tomando conciencia de la dignidad de la persona. La religión de Israel y, especialmente para nosotros, la Buena Noticia de Jesús, han de impulsar este proceso de tal modo que se superen todas las esclavitudes y todos los achaques que impiden que los seres humanos  vivamos y nos tratemos unos a otros, como humanos.
    Ese impulso se experimenta desde muy pronto como una iniciativa de Dios que ofrece su inmensa misericordia para hacer al hombre y al mundo imagen y manifestación de un Señor, de un Padre que es amor.

 




La alianza del Sinaí


    El pueblo de Israel se constituye como tal pueblo gracias a dos experiencias fundamentales: la liberación de la esclavitud de Egipto y la alianza del Sinaí. Ambos acontecimientos están estrechamente relacionados y tienen un común denominador: los dos se sienten como expresión del amor y la misericordia de Dios.
    La alianza es, de acuerdo con la tradición que recoge el libro del Éxodo en la primera lectura, el primer objetivo que Dios persigue cuando decide intervenir en favor de los israelitas esclavos: «Vosotros habéis visto cómo traté a los egipcios, os saqué en alas de águila y os traje hacia mí». Se trata por tanto, de una iniciativa de Dios: es Él quien propone a los israelitas que mantengan con Él una relación especialísima. No es la recompensa por los méritos de Israel, sino un don gratuito de Dios, que no espera a ver qué hace el pueblo para mostrarle su amor, sino que empieza ofreciéndoselo por adelantado: el amor de Dios no es un premio exclusivo para los buenos, sino un don gratuito para todos.

  La alianza es un pacto, un acuerdo. Entre los hombres, la mayoría de las veces, los fuertes imponen los pactos a los débiles. Dios no quiere que sea así; Él considera que los acuerdos sólo son verdaderamente válidos cuando son asumidos con plena libertad. Por eso escucha los gritos de los esclavos y primero los hace objeto de su favor, -el amor es la única fuerza verdaderamente liberadora- los saca de la esclavitud, les da la capacidad de responder libremente a su oferta, y entonces, sólo entonces, formula su propuesta: «seréis mi propiedad escogida entre todos los pueblos, pues toda la tierra es mía».
    Cierto que la propuesta de Dios implica unas exigencias que el pueblo debe cumplir: ellos deben comprometerse a mantener la eficacia de la acción liberadora de Dios cumpliendo unos mandamientos que tienen la función de ayudar a Israel a dotarse de un orden social en el que no se reproduzcan las injusticias y las opresiones de las que fueron víctimas en Egipto: «si queréis obedecerme y guardar mi pacto...» Esta es la condición que corresponde cumplir al pueblo; su respuesta entonces fue afirmativa, -«Haremos cuanto dice el Señor»-, dijeron. La aceptación de la alianza los constituyó en pueblo de Dios. Y a continuación Dios comunicó a Moisés el contenido de la Ley.

 

Como ovejas sin pastor

    «Que no quede la comunidad del Señor como rebaño sin pastor» (Nm 27,17). Esta fue la petición que hizo Moisés a Dios cuando supo que su muerte estaba cerca. Él había sido hasta entonces y en nombre de Dios, pastor de Israel, guía político y religioso; elegido por Dios para esa misión, condujo al pueblo de la esclavitud a la libertad y fue el mediador en la constitución de la alianza, que posteriormente se ocupó de salvaguardar; ahora llegaba el momento de su muerte, y le pedía al Dios liberador, con cuya fuerza y en nombre del cual había dirigido a los israelitas, que éstos no quedaran desasistidos, que alguien ocupara su lugar para ser el cauce mediante el cual el amor de Dios siguiera llegando al pueblo de modo que se consolidara la liberación obtenida y nunca jamás se volviera a la esclavitud: «Moisés dijo al Señor: Que el Señor, Dios de los espíritus de todos los vivientes, nombre un jefe para la comunidad, uno que salga al frente de ellos y que entre al frente de ellos; que los lleve en sus entradas y salidas. Que no quede la comunidad del Señor como rebaño sin pastor» (Nm 27,15-17).
    Israel tenía que ser un primer ejemplo del modelo de convivencia que Dios quería para toda la humanidad, modelo basado en «abrir las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos, romper todos los cepos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo y no cerrarte a tu propia carne» (Is 58,6-7). Este modelo tendría como resultado un mundo en el que «el lobo y el cordero irán juntos y la pantera se tumbará con el cabrito, el novillo y el león engordarán juntos; un chiquillo los pastorea; la vaca pastará con el oso, sus crías se tumbarán juntas...» (Is 11,6-7).

  Pero a lo largo de la historia, los que habían asumido el papel de pastores para guiar a Israel por este camino dejaron de lado, una y otra vez, su responsabilidad respecto al pueblo y se dedicaron a apacentarse a sí mismos: «¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos.... No fortalecen a las débiles, ni curan a las enfermas, ni vendan a las heridas, ni recogen las descarriadas, ni buscan las perdidas y maltratan brutalmente a las fuertes...» (Ez 34,1-4).
    Por eso Dios había anunciado que las cosas iban a cambiar y que un enviado suyo «reinará como rey prudente y administrará la justicia y el derecho en el país...» (Jr 23,5).
    Jesús, que se definirá como «el modelo de pastor» según el evangelio de Juan (Jn 10,11.14), realiza plenamente ese anuncio; desde el principio de su actividad, su preocupación se centra en eliminar las esclavitudes y los sufrimientos del pueblo: «Recorría todos los pueblos y aldeas, enseñando en las sinagogas de ellos, proclamando la buena noticia del Reino y curando todo achaque y enfermedad» (Mt 9,35); y en el desarrollo de esa actividad puede constatar que la situación descrita por Ezequiel no ha cambiado demasiado: «Viendo a las multitudes, se conmovió, porque andaban maltrechas y derrengadas como ovejas sin pastor».

 

La nueva Alianza

    La antigua alianza no era más que un primer ensayo; Dios, «Señor de toda la tierra», no pretendía que fuera ni exclusiva ni definitiva; pero, además, no funcionó demasiado bien, como muestra la situación que describen los antiguos profetas y la que produce la conmoción y la compasión de Jesús, una situación que recuerda más la de los israelitas bajo la esclavitud de los egipcios que la de un pueblo verdaderamente libre. El trabajo, pues, estaba todavía sin terminar; el ensayo de hacer de Israel un modelo de convivencia para toda la humanidad no había funcionado. Unos pocos, los pastores, dejando de un lado sus obligaciones, se habían dedicado a vivir bien a costa del pueblo y habían hecho ineficaz la alianza del Sinaí.
    Cuando pronuncia las palabras que leemos en el evangelio de hoy, hacía poco que, desde otro monte, Jesús había promulgado la Nueva Alianza cuyo estatuto había quedado establecido en el conocido como Sermón de la Montaña (Mt 4,25-8,1). También ahora el amor de Dios precede a sus exigencias; también ahora es la compasión por la situación del pueblo lo que mueve a Jesús a actuar, su amor a la humanidad, que lo llevará a entregar su vida incluso por aquellos que se la arrebatan; es lo que dice, con otro estilo, Pablo: «el Mesías murió por nosotros cuando éramos aún pecadores: así demuestra Dios el amor que nos tiene».

  Cambiando la imagen del rebaño por la de la tierra de labor, Jesús se dirige a sus discípulos para invitarlos a unirse a la tarea de defender la libertad, la dignidad y la vida de los hombres: «La mies es abundante y los braceros pocos; por eso, rogad al dueño que mande braceros a su mies. Y llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad sobre los espíritus inmundos para expulsarlos y curar todo achaque y enfermedad». Jesús los invita a comprometerse en el establecimiento y la consolidación de la Nueva Alianza. El número «doce» era el número de Israel, del pueblo de Dios; estos doce discípulos, como en el antiguo Israel los doce patriarcas, simbolizan al nuevo pueblo que empieza a formarse como consecuencia de la proclamación de la Buena Noticia de Jesús Mesías.
    Por un lado, ellos son la semilla de una humanidad nueva en la que quedan superadas todas las barreras con las que los hombres se separan y se marginan unos a otros: ideologías, tradiciones religiosas, razas... Entre ellos está Mateo, que había sido recaudador (Mt 9,9-12), por lo que no se le consideraba miembro del pueblo de Israel; y estaban Simón Pedro y Simón el fanático, que es posible que hubieran pertenecido al partido de los nacionalistas fanáticos; de cuatro sabemos que eran pescadores (Simón Pedro, Andrés, Santiago Zebedeo y Juan: Mt 4,18-22); uno de ellos fue el que entregó a Jesús a la muerte. De los demás no sabemos prácticamente nada: en ese grupo de desconocidos podemos incluirnos nosotros.

 

Dadlo gratis

    A ellos encomienda Jesús la tarea de colaborar con él extendiendo la propuesta a otras personas para que se integren en este proyecto de una nueva humanidad en la que el anuncio de los antiguos profetas se debe ver realizado y superado con creces: «Proclamad que está cerca el reinado de Dios, curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios».
    Al principio esta tarea de liberación interior («echad demonios») y exterior («curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos...») queda limitada al pueblo de Israel; después de su muerte, la misión se ampliará a «todas las naciones» (Mt 28,19-20). Ahora ése es el encargo que Jesús nos hace también a todos los que hemos decidido seguirlo.
    La comunidad de seguidores de Jesús se convierte así, como tal grupo, en pastor de la humanidad. Naturalmente que esta tarea no significa ningún privilegio, ni ningún poder sobre los hombres; en el sentido más estricto de la palabra,  es un servicio de defensa de la vida, la libertad y la felicidad de las gentes, una propuesta que podrá ser apasionada, pero que siempre tendrá que ser exquisitamente respetuosa, dirigida a todo el que sienta la necesidad de buscar un modo de vivir alternativo al que nos ofrece el mundo este; un servicio que tiene su origen en el amor que Dios nos tiene,  que, en nosotros, se ha transformado en amor a los hermanos y que se orienta a la construcción de una fraterna y sororal humanidad.
    Esta es una tarea que compete a todos los seguidores de Jesús. Y el hecho de que haya en la comunidad determinadas personas que se entregan a esta tarea con una especial dedicación no puede ser una excusa para que las demás no asumamos esta responsabilidad.
    Lo que no parece que pretenda formar Jesús es una casta de profesionales de lo religioso. A los doce, y a todos los que habrán de seguir después, les dice que acepten la solidaridad de quienes los reciban («Cuando entréis en un pueblo o aldea, averiguad quién hay allí que se lo merezca y quedaos en su casa hasta que os vayáis»), pero que no acepten una paga por el anuncio del mensaje de libertad y vida que deben proclamar: «De balde lo recibisteis, dadlo de balde».
    La buena noticia, la Alianza Nueva, ha de ser siempre un regalo, un don, una muestra de solidaridad y amor, un amor que responda a su amor (Jn 1,17).

 

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