Domingo 26º del Tiempo Ordinario
Ciclo B

30 de septiembre 2018
 

Los nuestros

     Los que luchan por la justicia, los que pelean por la libertad de los pueblos, los que trabajan por la verdadera paz, aunque no se confiesen cristianos, aunque se declaren ateos... ¿están a favor o en contra del evangelio?
     Los poderosos y los ricos, los que se creen superiores a los demás y los que acumulan para sí lo que a muchos les falta, los que son culpables de la opresión que sufren los pobres, aunque no se les caiga de la boca el nombre de Dios... ¿están a favor o en contra del evangelio?

     Ante la liberación del hombre es imposible que alguien pueda permanecer neutral: o se está a favor o se está en contra, y el que está a favor de la liberación de los seres humanos..., aunque no sea de «los nuestros», está con Jesús y con sus seguidores.

 



Compartir la carga

     Cuenta el libro de los Números (primera lectura) que en un determinado momento de su caminar por el desierto Moisés sintió que la carga que Dios le había encomendado era demasiado pesada para un hombre solo. El Señor, entonces, le mandó elegir un grupo de setenta ancianos para que compartieran con él el espíritu y la tarea.
     La transmisión del espíritu de Moisés a los ancianos se realizó en una ceremonia que se celebró alrededor de la tienda que guardaba el Arca de la Alianza; y «al posarse sobre ellos el espíritu, se pusieron a profetizar». Lo que sucedió a continuación muestra que Dios está por encima de las normas y los rituales religiosos: dos ancianos que no habían estado en la ceremonia recibieron también el espíritu y comenzaron, como los otros, a profetizar; un muchacho advirtió a Moisés del hecho y le pidió que prohibiera profetizar a quienes no habían recibido el encargo durante la celebración del rito oficial. La respuesta de Moisés -«¡Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta y recibiera espíritu del Señor!»- pone de manifiesto que para Dios lo importante no es la observancia de leyes, normas, ceremonias o ritos, sino aceptar lealmente su palabra y dejarse guiar por la fuerza de su espíritu.
     Este episodio del libro de los Números revela también que Moisés no era celoso de su posición o de su poder; al contrario, sabía que su misión era un servicio al pueblo y no le importaba compartirla con otros israelitas.


Seguir... ¿a quién?

     Juan, uno de los Doce, sin embargo, sí que se enfada cuando descubre que uno que no es de  su grupo se siente solidario con el proyecto de Jesús y trata de participar en la tarea de liberar al hombre de toda esclavitud, de toda ideología contraria al plan de Dios -eso es lo que significa expulsar demonios en nombre de Jesús- y corre a decírselo al Maestro con la intención de que éste le prohíba seguir usando su nombre.
     Juan -habla en plural- representa en este relato al grupo de seguidores de Jesús que precedían de los círculos ortodoxos judíos, dominados aún por el complejo de superioridad de quienes no supieron apreciar el valor de haber sido elegidos por Dios como ejemplo y modelo para el resto de los pueblos y dejaron la elección reducida a simple motivo de orgullo, a mero pretexto para sentirse superiores y despreciar a los demás y, de este modo, la vaciaron de contenido y, en cierto sentido, la corrompieron. La ideología nacionalista excluyente del sistema religioso judío les impedía darse cuenta a estos discípulos de que el mensaje de Jesús exigía aceptar la igualdad de todas las personas y todos los pueblos en todos los ámbitos de la vida, y de que el deseo de ser los primeros, es decir, el deseo de estar por encima de los demás, era incompatible con dicho mensaje.
     Esta mentalidad es la que provoca la actuación de Juan y de los otros discípulos: ven a uno que, apelando al mensaje o a la persona de Jesús, liberaba a otros hombres de las ideologías contrarias al plan de Dios («echaba demonios»), y tratan de impedir su acción liberadora.
     Las palabras que el evangelio pone en boca de Juan -«hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre y hemos intentado impedírselo, porque no nos seguía»- son ambiguas. ¿A quién "no seguía"? Los hechos -la acción liberadora de aquel hombre y la reacción de Juan- nos dan la respuesta: aquel hombre seguía a Jesús pues actuaba en su nombre, pero no seguía a los discípulos, no compartía su ideología o simplemente no era judío de religión o de raza; y Juan cree que los privilegios de Israel todavía tienen vigencia y que sólo ellos tienen derecho a anunciar la nueva manera de vivir y de relacionarse con Dios que Jesús enseña.


Quien no está conmigo...

     Los grupos con ideologías y talante más intolerantes se han caracterizado siempre por la utilización y manipulación los sentimientos religiosos del pueblo; por ello, no es de extrañar que hayan usado muchas veces, sacándola de su contexto, la frase del evangelio «quien no está conmigo, está contra mí; quien no recoge conmigo, desparrama» (Mt 12,30; Lc 11,23). Pero, al mismo tiempo, se han olvidado por completo esta otra frase del evangelio de hoy: «... quien no está contra nosotros, está a favor nuestro.»
     Aunque estas dos frases pueden parecer contradictorias, su significado fundamental es semejante: en relación con la liberación del ser humano no es posible mantenerse neutral: o se está a favor o se está en contra: si se está a favor, se está en el mismo lado que Jesús y los suyos; pero quien, de cualquier modo, esté en contra de un mundo de personas libres y hermanas no se puede considerar seguidor de Jesús.
     En el evangelio de Mateo, Jesús responde a los ataques de los fariseos, que lo acusan de realizar su misión liberadora utilizando fuerzas contrarias a Dios. Pero en realidad lo que a ellos les molesta es que el pueblo sea libre y que descubra las grandes mentiras con las que ellos, los fariseos, lo han tenido engañado y dominado; ésa es la causa de su oposición a la actividad liberadora de Jesús. En este contexto, Jesús pronuncia esta frase: «Quien no está conmigo, está contra mí.» Lo que significa: el que no está a favor de la liberación del hombre está en contra de Jesús, porque está contra el bien del ser humano.
     Mateo quiere dejar claro que el que no esté a favor de la justicia, de la libertad, de la dignidad, de la felicidad, en suma, de los hombres, no puede pretender estar con Jesús y, por tanto, con Dios. Nadie puede considerarse cristiano si no se compromete en favor de la liberación de los hombres y de los pueblos. La frase del evangelio de marcos, la del evangelio de hoy añade un matiz muy importante: está con Jesús quien trabaja por una humanidad libre y fraterna, aunque no pertenezca a ningún tinglado religioso.


«Quien no está contra nosotros...»

     La frase del evangelio de Mateo elimina la posibilidad de que alguien intente justificar, en nombre de una teórica fe en Jesús o en su Padre Dios, la falta de compromiso en favor de la libertad de los hombres. Con estas palabras queda eliminada la posibilidad de una aparente neutralidad que, en realidad, lo que manifestaría es que se convive cómodamente con el sistema opresor establecido, al tiempo que se confiesa con la boca sumisión a la divinidad. No; no está bien con Dios quien no está comprometido con la justicia, con el bien del hombre.
     Marcos, por su lado, tiene presente otro peligro: el de los que quieren aparecer como los únicos liberadores, el de los que quieren monopolizar la tarea de la liberación («echar demonios»), el de los que identifican el amor al pueblo con su manera de amar al pueblo: «Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre y hemos intentado impedírselo, porque no nos seguía.»
     Si Mateo tenía presentes a los enemigos de la liberación, Marcos intenta evitar el deseo de protagonismo en las comunidades a las que se dirige; si Mateo quería evitar la falta de compromiso, Marcos insiste desde otro punto de vista en la necesidad de superar el exclusivismo nacionalista, religioso o de cualquier otro tipo en beneficio de una fraternidad universal. Todos los que son capaces de oír los lamentos de los que sufren -y la injusticia es la mayor causa de sufrimiento de los hombres- saben escuchar como lo hace Dios; todos los que están trabajando por la liberación de la humanidad, aunque no lo sepan, están haciendo lo que Dios quiere, trabajan por la instauración del reino de Dios en la tierra; todos los que luchan por un mundo más justo, están empujando al mundo para que llegue a ser un mundo de hermanas y hermanos. Y, por tanto, nadie debe pretender que su modo de hacer las cosas es el único válido, que su amor al pueblo es el único amor sincero, que su compromiso con la justicia es el único coherente.
     Jesús afirma que todo el que esté a favor de la liberación ya está de su parte, que nadie que luche por la libertad y la dignidad del hombre está contra él: «O sea, que quien no está contra nosotros está a favor nuestro». Nadie, por tanto, debe atribuirse en exclusiva la tarea de anunciar que el plan de Dios consiste en un mundo de hombres libres; ni siquiera Jesús considera que esa tarea es exclusivamente suya: asocia a todos sus seguidores -a nosotros también- a su proyecto y se muestra como compañero respetuoso y solidario de quienes, sin conocerlo, caminan en su misma dirección.
     Esta respuesta es también sumamente clarificadora para los seguidores de Jesús: lo que él pretende no es fundar un partido, ni siquiera un partido religioso; no le interesa, por tanto, tener partidarios. Lo que él quiere es que el mundo cambie de modo que se abra para la humanidad la posibilidad de vivir de acuerdo con la voluntad de un Dios que es Padre y quiere que sus hijos sean libres y felices; por eso su camino coincide, al menos en lo fundamental, con el de todos los que luchan sinceramente en favor de la libertad y la felicidad de los hombres, con todos los que se sienten comprometidos con la dignidad de los seres humanos. Jamás podrá decir nadie que los que actúan así están en contra de Jesús. Y si lo dicen, mienten.


Escandalizar a los pequeños

     A continuación, Jesús hace una seria advertencia a los discípulos. Por un lado, sus palabras muestran que Jesús identifica al hombre que "echaba demonios" con uno de aquellos a los que Marcos llama "pequeños" o "chiquillos", es decir, aquellos seguidores de Jesús que han comprendido que "si uno quiere ser primero ha ser último de todos y servidor de todos", esto es, que son conscientes de que una de las características esenciales de los seguidores de Jesús es el servicio y, por ello, han renunciado al deseo de ser los primeros -o los únicos- y a toda ambición: justo lo contrario que  Juan y los demás discípulos, que hacía poco que estaban discutiendo «entre ellos quién era el más grande» (Mc 9,34).
     Aquel muchacho al que Juan intentó reprimir estaba por ello mejor dispuesto para anunciar el mensaje de Jesús, para proponer a todos los hombres un nuevo proyecto de vida -vivir como hermanos- y una nueva manera de relacionarse con Dios -como hijos-. Impedir a estos pequeños que sigan adelante con su compromiso de liberación, o hacerles abandonar su camino para conquistar la libertad -el servicio y la renuncia y la condena de toda ambición, de todo deseo de quedar por encima de los demás-, eso es lo que el evangelio llama escandalizar a uno de estos pequeños. Provocar ese escándalo, dice Jesús, es peor que verse mutilado, peor que perder un brazo, una pierna o un ojo de la cara.


Cortar por lo sano

     Y es que, para ser libres y liberadores al estilo de Jesús, hay que cortar con todo lo que estorba esa libertad: «Si tu mano te pone en peligro, córtatela... si tu pie te pone en peligro, córtatelo... y si tu ojo te pone en peligro, sácatelo...»
     No se trata de hacer comunidades de mancos, cojos y tuertos. Manos, pies y ojos representan el comportamiento y los deseos -qué hacemos, a dónde vamos, en dónde tenemos puesta la mirada- de los hombres. Lo que Jesús dice es que hay que cortar con todo aquello que nos impide aceptar totalmente su mensaje y su proyecto: el reinado de Dios en este mundo. El domingo pasado el evangelio (Mc 9,30-37) hablaba expresamente del deseo de poder. Santiago, en el fragmento de su carta que se lee hoy como segunda lectura habla de la ambición de riquezas. Y lo hace en unos términos extremadamente duros: identifica riqueza con injusticia; no distingue entre ricos honrados y ricos injustos. Para él, como para la tradición profética del Antiguo Testamento, la injusticia es que haya ricos, porque la riqueza -siempre de unos pocos- sólo se consigue a costa de la pobreza de muchos; y Dios, por su parte, no es neutral ante este hecho: "Mirad: el jornal de los braceros que segaron vuestros campos, defraudado por vosotros, está clamando, y los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor".
     Y los seguidores de Jesús tampoco pueden ser neutrales. En primer lugar deben romper con cualquier tipo de ambición de riqueza -lo que no supone renunciar a una vida digna, al contrario: el seguidor de Jesús lucha solidariamente por una vida digna para todos-; y, en segundo lugar, han de ponerse a trabajar por un mundo justo, en el que los recursos que el mundo ofrece sean compartidos por todos.

     Ni neutrales ni sectarios: este podría ser el resumen de este comentario. Y, dicho en positivo: comprometidos con un proyecto de fraternidad universal y y fraterna y sororalmente solidarios con cualesquiera que traten de empujar el mundo en esta dirección. Y felices de que haya muchos así. Pero teniendo bien claro quiénes son los que empujan en la dirección del evangelio y quiénes los que, por su modo de vida y, sobre todo, por el orden que defienden, no hacen más que levantar obstáculos contra él.