Domingo 4º de Adviento
Ciclo B

20 de diciembre 2020
 

 

Colaboradores del Espíritu


    La presencia de Dios en nuestro mundo está condicionada a que vayamos construyendo una humanidad nueva fundamentada en la justicia y edificada mediante la solidaridad y el amor. Para ir realizando ese proyecto contamos con la fuerza creadora de Dios, con su Espíritu al que debemos acoger, con el que debemos colaborar como María cuando aceptó que de ella naciera el primer hombre de esa nueva humanidad.

 




No será el Señor quien abandone

    Leemos en la primera lectura, en el libro de Samuel que, cuando «David se estableció en su casa, y el Señor le dio paz con sus enemigos de alrededor», el rey sintió que no era justo que él viviera en casa de cedro, mientras que el Arca de la Alianza, signo de la presencia de Dios en medio de su pueblo, estaba en una tienda de campaña. Sin consultar con nadie, el profeta Natán se mostró de acuerdo con la iniciativa real; pero después recibió y trasmitió a David un mensaje de Dios en el que se le decía que no era él quien debía construir un templo para el Señor, sino que lo haría un descendiente suyo, pues su dinastía se mantendría siempre en el trono: «Tu casa y tu reino durarán siempre en mi presencia; tu trono permanecerá por siempre».
    Dos cosas quedan claras tras leer este pasaje. Primero, que Dios no va a fallar a su elegido; si la relación entre Dios y su pueblo se rompe, no será por culpa de Dios. Y en segundo lugar: la presencia de Dios entre los hombres no depende de que éstos lo recluyan en un templo, no está condicionada a ningún lugar sagrado: el Señor -Israel ya ha podido comprobarlo en diversas ocasiones- se hace presente mediante sus obras, siempre en favor de su pueblo, dándole la vida, la libertad y la paz: «Daré un puesto a mi pueblo, Israel: para que viva en él sin sobresaltos sin que vuelvan a humillarlo los malvados... te daré paz con todos tus enemigos».

 

Un pueblo infiel

    Pero el pueblo fue infiel, no correspondió al amor de su Dios. Basta leer alguno de los pasajes de los profetas en los que afrontan este tema. Uno de esos textos,  los más significativos es  Is 5,1-7. El pueblo está simbolizado en una viña que su dueño, Dios, cuida con esmero, con amor, y espera en vano cosechar los frutos que corresponderían a ese cuidado amoroso: «La viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel, son los hombres de Judá su plantel preferido. Esperó de ellos derecho, y ahí tienen: asesinatos; esperó justicia, y ahí tienen: lamentos.» Por eso, anuncia el profeta, la viña será destruida.
    De este modo, la promesa de Dios a David, que había pasado a formar parte del núcleo de la fe y de la esperanza de Israel, tuvo que ser matizada por Isaías y otros profetas que confiaban que la promesa se cumpliría, sí, pero dependiendo de una importante condición, la fe, la fidelidad de los israelitas: «Si no creéis, no subsistiréis» (Is 7,9b).
    Esa advertencia de Isaías se dirige en concreto al rey Acaz. Este rey, acosado por una coalición de potencias enemigas, siente miedo al ver peligrar su trono. Isaías se dirige a él para recordarle que él es el depositario de aquella promesa hecha a su antepasado, David y le promete que el Señor no permitirá que sus enemigos alcancen su objetivo: imponer un nuevo rey en Judá favorable a la coalición que le ataca. Pero el rey Acaz no cree, no confía en la palabra del profeta, en la palabra de Dios. Isaías, que se dirige a él recordándole que es depositario de la promesa («Escucha heredero de David... Is 7,13) le dice que el mismo Dios le dará una señal que asegurará que cumplirá su palabra, que estará a su lado, que lo librará del peligro que representan sus poderosos enemigos: «el Señor, por su cuenta, os dará una señal: Mirad: la joven está encinta y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Enmanuel.» (Is 7,14). A qué se refería Isaías, no es asunto que nos importe en este momento; lo que nos interesa es la lectura que de esa profecía hace el evangelio de Lucas.

 

Dios cumple su palabra

    Porque, si analizamos la historia con criterios humanos, la promesa de Samuel no se cumplió. Israel pasó por épocas -siglos enteros-, en los que ni siquiera fue una nación soberana. Cuando nació Jesús, el que llevaba el título de rey de Israel, Herodes, ni era de la dinastía de David ni era garantía de soberanía para Israel pues, en realidad, era una marioneta del Imperio, un rey vasallo de Roma.
    Pero fue en ese momento en el que Dios quiso desvelar «un secreto callado por incontables siglos» (segunda lectura), un modo de cumplir su promesa que nadie se podía esperar: su presencia en medio de la humanidad -de toda la humanidad y no sólo en medio de Israel- quedaría asegurada para siempre por medio de Jesús de Nazaret.
    Lucas, en su evangelio hace uso de la profecía de Isaías para anunciar que esa promesa de cumplirá en un hombre que será, pero sólo legalmente, de la estirpe de David aunque, en realidad, será descendiente directo de Dios: ( «lo llamarán Hijo del Altísimo y el Señor Dios le dará el trono de David, su antepasado; reinará para siempre en la casa de Jacob y su reinado no tendrá fin ... al que va a nacer lo llamarán "Consagrado", "Hijo de Dios"...».) Será una nueva creación, mediante la acción del Espíritu creador (Gn 1,2): nacerá un hombre nuevo, primogénito de una nueva humanidad.
    Dios, por tanto, cumple su palabra y va a seguir presente y va a seguir actuando en favor de la humanidad como indica el nombre del que va a nacer: Jesús, que significa "salvador". 1

 

Si no creéis...

    Pero la presencia de Dios entre nosotros nunca va a ser una imposición, siempre será un ofrecimiento y, siempre, se realizará con la colaboración humana. Así fue en el caso de María: ella aceptó colaborar con el Espíritu, ella aceptó colaborar en la creación de un hombre nuevo, de una nueva humanidad: «...cúmplase en mí lo que has dicho.»     Como ya decíamos en el comentario de la Inmaculada, Jesús fue el primero de una esa humanidad de la que nosotros decimos que formamos parte. Pero la advertencia de Isaías a Acab sigue siendo válida para nosotros: «Si no creéis, no subsistiréis.». De nada nos servirá contar con una partida de bautismo, de nada nos servirá proclamarnos seguidores de Jesús de Nazaret si no colaboramos con el Espíritu en la permanente creación de esa nueva humanidad en la que pueda estar siempre presente el Dios y Padre de Jesús, el Dios de la liberación y de la vida, presencia y colaboración que se revelarán en los frutos de amor y justicia que ya esperaba el dueño de la viña de Isaías.

 

Nazaret

    En el comentario del día de la Inmaculada señalábamos la diferencias entre el relato de la anunciación de Juan Bautista y este, el de Jesús. Además de las diferencias a las que nos referimos en aquel comentario, hay también una diferencia esencial entre el anuncio del profeta Isaías a Acab y el del mensajero Gabriel a María. Allí la escena se sitúa en la corte real de Jerusalén; aquí en un pueblo perdido que no se nombra jamás en la Biblia.
    Allí el destinatario es quien en aquella sociedad detenta el máximo poder, amenazado en ese momento, sí, pero poder; aquí el anuncio se dirige a una mujer sencilla, alejada al máximo del poder y aunque se le anuncia que su hijo será rey, el evangelio irá desvelando primero que eso de que Jesús es el sucesor de David no es más que una ficción legal (Lc 20,41-44) y que ese reinado no tendrá nada que ver con el poder de los reinos de esta tierra (Lc 22,24-27).
    No será en el poder, no será en la fuerza, no será en la riqueza donde nacerá esa nueva humanidad que hará presente a Dios en la tierra, sino en la humildad y en la pobreza de una muchacha sencilla de un pueblo perdido y sin importancia de Galilea.

    Dentro de unos días recordaremos el nacimiento de ese Hombre nuevo, primogénito de esa nueva humanidad a la que creemos pertenecer. Ese día se ha convertido en un momento de consumismo y negocio para quienes disponen de recursos y para quienes buscan acumular esos recursos. Mientras tanto la pobreza sigue presente en nuestro mundo, en nuestras ciudades, en nuestras comunidades. Y la pobreza es consecuencia -así lo enseñan los antiguos profetas y la Buena Noticia de Jesús- son consecuencia de la injusticia, incompatible con la presencia de Dios, incompatible con el crecimiento de esta nueva humanidad a la que creemos pertenecer.
    Por eso la Navidad debería tener para nosotros otro significado: la renovación de nuestro compromiso de colaboración con el Espíritu de Jesús y con esa revolución permanente de amor y de justicia que se deriva de tal compromiso.

 


 

1. Este tema ya lo desarrollamos en el comentario a la festividad de la Inmaculada Concepción, que se celebró el pasado día 8.

 

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