Festividad de Todos los Santos
Ciclo B

1 de noviembre de 2021


Hacer este otro mundo posible

 

    La Iglesia, al seleccionar las bienaventuranzas para la liturgia de hoy, fiesta de Todos los Santos, está proponiéndonos el ideal evangélico de las bienaventuranzas; esto equivale a decir: vivir así, poner en práctica este ideal... ¡eso es ser santo!
    Vivir la fe en rebelión contra los sufrimientos que proceden de la injusticia, solidarios para que se vean satisfechas las necesidades y esperanzas de los pobres y los oprimidos y comprometidos con la tarea de construir un mundo justo y fraterno para que la vida de las personas goce de paz... Trabajar para hacer este otro orden posible... ¡eso es ser santo!

 



Una nueva Alianza

    Los israelitas gozaron de una experiencia inolvidable en el monte Sinaí: el Señor que los había liberado de la esclavitud y que se había comprometido a llevarlos hasta una tierra en la que pudieran vivir como hombres libres les propuso una alianza: Dios se comprometía a estar siempre presente en aquel pueblo; Israel, por su parte, debería vivir según el designio de liberación del Dios que los había salvado: «Moisés subió hacia el monte de Dios y el Señor lo llamó desde el monte y le dijo: Habla así... a los hijos de Israel: Vosotros habéis visto lo que hice a los egipcios, cómo os llevé en alas de águila y os traje hacia mí; por tanto, si queréis obedecerme y guardar mi alianza, entre todos los pueblos seréis mi propiedad» (Ex 19,3-5; Dt 29,12); Moisés les transmitió esta propuesta y el pueblo respondió unánimemente: «Haremos cuanto dice el Señor» (Ex 19,8). Dios expuso a continuación a Moisés sus mandamientos (Ex 20,1-21), cuyo cumplimiento debería garantizar que la liberación obtenida por Dios no quedaría desvirtuada en las relaciones internas del pueblo. Esta alianza, malograda después por la infidelidad del pueblo, era provisional, y ahora Jesús va a promulgar la definitiva.

 

    A un monte, como antes hizo Moisés para hablar con Dios, sube Jesús en quien Dios está ya presente -es Dios con nosotros (Mt 1,23)- y con él se acercan sus discípulos, los que han empezado a ponerse de su parte; ante ellos, él directamente, sin ninguna otra mediación, va a proclamar las condiciones de la nueva y definitiva alianza.
    La presencia de Dios en Israel hacía de éste un pueblo sagrado, un pueblo santo: «seréis un pueblo sagrado, regido por sacerdotes» (Ex 19,6; véase también Dt 7,6; 14,2; 26,19; 28,9). Ahora Dios se ofrece para ser él mismo el Rey, y la consecuencia de su reinado será hacer una humanidad feliz, constituida por quienes acepten esa alianza nueva y sus exigencias; porque las exigencias de este nuevo pacto no son leyes, sino que definen y describen las  condiciones necesarias para construir un mundo más humano y, por eso, más de acuerdo con la voluntad de Dios; son una repetida invitación a la felicidad, sin amenazas ni maldiciones (véase Dt 27-28), para aquellos que decidan personal y libremente asumir el compromiso de construir el mundo que Dios quiere.

 

La decisión fundamental: contra la pobreza

    La primera bienaventuranza ("Dichosos los que eligen ser pobres,) y la última ("Dichosos los que viven perseguidos por su fidelidad"), se refieren a la decisión fundamental que deben tomar los seguidores de Jesús: la pobreza.
    Para seguir a Jesús hay que elegir la pobreza; pero no porque, en sí misma, sea un valor, sino porque supone romper con el deseo de riqueza, causa de la injusticia y, por tanto, causa de la mayoría de los sufrimientos de los hombres. En realidad la primera bienaventuranza es una opción en favor de los empobrecidos y, por tanto, una opción contra la pobreza: contra ese hecho racionalmente absurdo y éticamente injustificable y humanitariamente insoportable que es la pobreza que existe en el mundo.
    La ambición lleva al ser humano a endiosar al dinero con el que establece una relación idolátrica. De este modo y con tal conseguir su favor, se atreve a hacer cualquier cosa, especialmente a empobrecer a muchos apropiándose de lo que ellos necesitan, para poseer lo que no necesita; así llega a sentirse un super-dios, dueño de una gran parte del dios en el que de hecho cree: el dinero.

 

    Pero el Padre no quiere que a nadie le falte lo necesario para vivir. El mismo evangelio de Mateo explica esta bienaventuranza poco después: se trata de elegir entre un mundo organizado por Dios o un mundo en el que gobiernan las leyes del dinero. Porque la primera y principal condición para que se pueda considerar que Dios es rey de alguien es que éste no sea servidor del más empecinado competidor del Señor: «Nadie puede estar al servicio de dos señores, porque aborrecerá a uno y querrá al otro, o bien se apegará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero» (Mt 6,24). Esta es la explicación que ofrece el mismo evangelista de la primera bienaventuranza: el dominio de los corazones de los hombres se lo disputan dos señores, el Dios de la Liberación y el dinero; los ricos son los que han entregado su corazón y su alma a este último; y muchos pobres aspiran a darle culto cuanto antes. Las consecuencias se ven con sólo mirar al mundo que tenemos: explotación, hambre, miseria, injusticia, violencia, guerras. Antes y ahora, ¿no es el dinero la causa de tanto sufrimiento? ¿No nace tanta desgracia de la ambición insaciable de poseerlo y del hecho de subordinar todos los valores, incluidos la dignidad y la vida humana, a la posesión de la riqueza? Dios no quiere la pobreza; pero no la quiere para nadie. Y puesto que la causa de la pobreza de la mayoría es la riqueza de unos pocos (véanse, por ejemplo: Job 24,2-4; Is 3,14-15; 5,8; Ez 22,29-30; Am 5,12; 8,4; Prov 30,14; 31,9; Sal 10,2.4.7-10; 12,4-6; 35,10), Jesús propone a quienes lo escuchan que, por decisión propia (eso significa pobres de espíritu),  abandonen al dios dinero y se vuelvan al Padre; que elijan ser pobres significa, pues, que renuncien a ser ricos y se pongan a trabajar para construir un mundo en el que no haya pobres, un mundo organizado según la voluntad de Dios, esto es, el reinado de Dios.

 

Los riesgos

    Hay, pues, que elegir porque no hay posibilidad de poner de acuerdo el amor del Padre Dios y la crueldad homicida del capital. El Padre quiere que elijamos ser pobres no porque quiera ver a sus hijos pasando necesidad, sino porque no quiere verlos pelear por hacerse ricos y, para conseguirlo, haciendo sufrir a otros hermanos, quitándoles de la boca el pan que necesitan para saciar su hambre.
    Pero "el dinero" no se va a dejar arrebatar por las buenas su influencia en el mundo; y a los que discutan su divinidad, a los que decidan que no vale la pena vivir para buscar la riqueza, a los que descubran ante todos que la ambición es una tendencia embustera y homicida y denuncien sus mortíferas consecuencias, a ésos los perseguirá sin piedad con todos los medios a su alcance. Por eso, elegir esta pobreza revolucionaria implica afrontar conflictos y aceptar el riesgo de ser perseguido por mantenerse fiel a esa elección. A éstos, a los que realicen la primera opción por la pobreza y la mantengan en medio de las persecuciones, Jesús les promete que Dios será su Rey, es decir, que vivirán de tal manera que la preocupación por el comer y el vestir desaparecerá como consecuencia de la implantación de la justicia: «...no andéis preocupados por la vida pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Son los paganos quienes ponen su afán en esas cosas. Ya sabe vuestro Padre del cielo que tenéis necesidad de todo eso. «Buscad primero que reine su justicia, y todo eso se os dará por añadidura» (Mt 6,31-33). Buscar que reine la justicia de Dios, dejar que Dios reine sobre nosotros es organizar nuestro mundo según el modelo contenido en este proyecto de Jesús  y trabajar para que muchos otros se convenzan de que dejarse gobernar por tal rey significa vivir -todos- como príncipes, como hijos de un rey.

 

Lo que hay que cambiar...

    Las bienaventuranzas segunda, tercera y cuarta señalan qué hay que cambiar y qué cambiará si Dios reina sobre los hombres:
    Los que sufren (porque son pobres, porque son víctima de la injusticia, porque están marginados, porque les falta el cariño de otros hombres...) van a recibir el consuelo al saber que no son huérfanos, sino que tienen un Padre que los quiere y que muchos otros hijos de ese Padre son sus hermanos; su sufrimiento desaparecerá porque, sin llegar a ser ricos, se alejarán de la miseria, y el amor de los hermanos los integrará en un círculo de solidaridad y amor en el que serán dichosos.
    Los sometidos, al incorporarse a un grupo en el que nadie actúa como señor ni como padre, pues todos tratan de vivir como hermanos, se sentirán liberados de su sumisión y, en un mundo sin amos, todos serán señores de la creación, tal y como Dios lo planeó desde el principio (Gn 1,28) y así también ellos, serán dichosos.
    Los que tienen hambre y sed de esa justicia, es decir, los que son conscientes y se dan cuenta de que los bocados que da el hambre no son consecuencia solamente de la falta de pan, sino que tienen su origen en la falta de justicia, sentirán la alegría de ser gobernados por el único rey verdaderamente justo y podrán experimentar cómo se vive y se convive en su reino en el que, saciadas sus hambres de pan y de justicia, serán dichosos.

 

... y qué cambiará

    Las tres restantes señalan los valores que han de ser las columnas sobre las que se sostenga el mundo nuevo en el que Dios reine: la solidaridad (los que prestan ayuda), la honradez a carta cabal (los limpios de corazón) y la renuncia a la violencia y el compromiso con la paz (los que trabajan por la paz): la felicidad de éstos nacerá al experimentar que Dios les ayuda (recibirán ayuda), al sentirlo presente entre ellos (verán a Dios) y al verlo reflejado en ellos mismos  y en todos los que han decidido vivir como hermanos, pues, todos los hijos, reproducirán los rasgos más característicos de su Padre (los va a llamar Dios hijos suyos). Y serán felices. Estos son los valores de los hombres -mujeres y varones- nuevos y del nuevo mundo que han de ir construyendo; en ellos la felicidad no es ya ausencia de desgracias, sino plenitud de amor de un Padre que es Dios y de sus hijos que viven y se quieren como hermanos.
    En resumen: cuando grupos de personas vayan aceptando que Dios sea su rey, el mundo empezará a cambiar, y los que hasta entonces fueron desdichados empezarán a ser dichosos porque la tierra será patrimonio de todos, los que han estado sometidos a la opresión y a la esclavitud se sentirán liberados, los que tienen hambre y sed de un mundo más justo encontrarán hartura, habrá sinceridad entre los hombres y muchos trabajarán para conquistar y construir la paz acompañados por el Dios que ha decidido hacerlos hijos suyos y que hará sentir con fuerza su presencia, ayudándoles a soportar las persecuciones que sufrirán si mantienen con fidelidad el compromiso de romper con el dios-dinero.

 

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