Domingo 26º del Tiempo Ordinario
Ciclo C

29 de septiembre de 2019
 

Falsa esperanza, ideología alienante

     Falsa esperanza la de los que creen que engañarán a Dios con sus muchas celebraciones litúrgicas, olvidando practicar la justicia y la solidaridad; ideología engañosa, alienante y opresora la de los que enseñan que los pobres deben resignarse con su sino y consolarse con la expectativa de una mejor suerte en la vida futura. A la luz del evangelio no se pueden separar el amor a Dios y el amor -verdadero, de hecho, no de boquilla- a los hermanos; y a la luz del mensaje de Jesús no se puede decir a los pobres que esperen a la otra vida para ser felices; porque Dios los quiere; y los quiere dichosos ya.

 




La orgía de los disolutos


     Ocho siglos antes de Cristo, Israel era un reino lleno de desigualdades, de corrupción y de injusticia; el lujo y el derroche de unos pocos contrastaba con -y era la causa de- la miseria de la mayoría. En estas circunstancias, Amós, un profeta no profesional (Am 7,14-15), llegó desde el sur a denunciar en nombre de Dios aquella situación y a anunciar que la misma estaba a punto de desencadenar un desastre total para Israel.
     El párrafo comienza con un «¡ay!», lamento y advertencia contra quienes creían que el pertenecer al pueblo que Dios había elegido era un seguro privilegio en vez de una exigencia: realizar el proyecto de Dios consistente en construir una sociedad justa y solidaria.
     Amós describe con detalle la vida de que gozan los ricos: muebles cómodos y caros («os acostáis en lechos de marfil, tumbados sobre camas...»), abundante y buena comida («coméis los carneros del rebaño y las terneras del establo») y bebida («bebéis vinos generosos») fiestas, perfumes... y una absoluta falta de solidaridad: «y no os doléis de los desastres de José». Y una líneas después, resalta en una frase la raíz de todo el mal que se ha adueñado del pueblo: han abandonado el proyecto de Dios, «Pues vosotros convertís en veneno el derecho, y la justicia en amargura» (Am 6,12).
     El profeta, con su denuncia, desenmascara, por un lado, la falsa confianza de los que creen que la práctica religiosa, por sí sola, les va a asegurar la protección de Dios y la salvación en ésta vida y en la otra y, por otro lado, la pretensión de hacer compatible la religiosidad («Ay de los que se fían de Sión, confían en el monte de Samaria») con el lujo, el derroche y la explotación (el ganado, corderos y terneras, representan en los profetas al pueblo, rebaño que los dirigentes deberían cuidar y que, sin embargo exprimen en su propio beneficio). Esa confianza es falsa, Dios no se va a dejar sobornar por la apariencia de una hipócrita religiosidad: «Por eso irán al destierro a la cabeza de los cautivos.».
     La revelación de Dios constituye un proceso gradual y progresivo en el que Dios, al tiempo que se muestra a sí mismo, va dando a conocer su proyecto para la humanidad. En este proceso hay un dato que está presente desde el principio: el Señor es un Dios justo y quiere que reine la justicia en el mundo; el Señor, que es bueno, siempre está con los que sufren, con los pobres, con los explotados, con los humillados de la Tierra. Y no quiere que sufran. Por eso está contra la pobreza, la injusticia y la explotación. Esto ya estaba claro cuando Amós (siglo octavo antes de Cristo) profetiza  -denuncia y anuncia-, que «se acabó la orgía de los disolutos».



Se burlaban de él

     La parábola que comentábamos el domingo pasado, la del administrador de lo injusto, la dirigió Jesús a sus discípulos; los fariseos que, como era su costumbre, estarían atentos para coger en algún fallo a Jesús, no encontraron en esta ocasión ninguna herejía; al fin y al cabo los antiguos profetas, que ellos tanto veneraban, habían pronunciado hermosas palabras de consuelo para los pobres. Los mismos fariseos, en su doctrina, afirmaban que todos los que en esta vida son pobres serán recompensados por la misericordia de Dios en la otra vida y ocuparán un lugar de privilegio en el seno de Abrahán. Por esta vez no iban a condenar la predicación del galileo, aunque exageraba mucho y matizaba poco. Porque, ¿no afirmaban los libros sagrados que la riqueza es un premio que Dios concede a sus fieles? (Prov 10,22; 22,4; Job 1,21). Entonces no se puede decir, en sentido estricto, que el dinero sea algo injusto. Pero, por esta vez, pasarían la mano. En este momento seguramente esbozaron una sonrisa burlona («Oyeron todo esto los fariseos, que son amigos del dinero y se burlaban de él»), al tiempo que pensaban cuánto les daría la viuda de turno cuando fueran a rezar con ella por el marido difunto (Lc 20,47): del dicho al hecho... Y seguramente se alegraron porque, por aquel camino, el fracaso quedaba muy cerca: ¿Qué éxito podría tener alguien que dice públicamente que el dinero es algo constitutivamente injusto?.
     Los fariseos, ya entonces, prometían la felicidad eterna a los pobres siempre que, siendo humildes, no se rebelaran contra su situación; mientras tanto, ellos hacían lo posible por conseguir el dinero aquí y, haciendo alguna obra de beneficencia con el dinero conseguido, estaban convencidos de ir almacenando méritos para alcanzar también la eterna dicha. Ese era su secreto, y ésa, seguramente, la razón de sus burlas ante las palabras de Jesús. A esas burlas, a ese cinismo, responde Jesús con esta parábola; no la dirige a sus discípulos, sino a los fariseos. Si no tenemos esto en cuenta, encontraremos en ella algunas ideas que nos resultarán difíciles de entender.

 

Lázaro no es un pobre «cristiano»

     Jesús ha expuesto ya con toda claridad que lo que Dios quiere es que los pobres dejen de serlo ya en esta vida y que, en esta vida, sean ya dichosos (6,20) y que los ricos, al elegir un camino totalmente incompatible con el Reino de Dios, se apartan ya, en esta vida, de la felicidad que se anuncia y se promete a los que adopten el modelo de vida que Jesús propone (6,26; recordemos también el evangelio del domingo pasado).
     Pobre en el sentido evangélico, es aquel que renuncia a la riqueza libremente, por solidaridad con los pobres y con un objetivo muy concreto: ponerse a trabajar en la construcción de un mundo en el que no haya pobres. Lázaro, sin culpa suya seguramente, se queda pasivo ante su pobreza y ante la de los demás, quizá porque ya no le quedan fuerzas para rebelarse contra su situación o quizá porque lo han engañado diciéndole que siendo pobre agrada al Señor y que éste lo premiará después de su muerte. No. Lázaro es un «pobre fariseo», víctima de la doctrina farisea. Desgraciado y sometido, que acepta pasivamente su humillación y reconoce con su silencio el derecho de aquel rico a despilfarrar lo que él necesitaba para vivir y que, quizá, desea en su interior ocupar el lugar del rico. Y seguro que atribuía a Dios la responsabilidad última de la injusticia de la que nacían su pobreza y la riqueza de aquel bribón.

 
Ni Abrahán tampoco

     El que recibe al pobre en el descanso eterno es Abrahán (Dios no aparece en la parábola). Y la respuesta que da al problema de la pobreza y la riqueza (invertir la situación en la otra vida: «Hijo, recuerda que en la vida te tocó a ti lo bueno y a Lázaro lo malo; por eso ahora éste encuentra consuelo y tú padeces») no es una respuesta cristiana, aunque en ella hay algún elemento -que Dios y los que con él se hallan están de parte de los pobres- que quedará integrado en el mensaje de Jesús.
     Con esta parábola, Jesús resume a los fariseos su propia teoría sobre la pobreza y la riqueza y se la pone ante los ojos... porque su práctica era muy distinta: «Oyeron todo esto los fariseos, que son amigos del dinero...» Si dicen que los pobres van a vivir felices por toda la eternidad, ¿cómo buscan con tanto afán el dinero? ¿No sería rentable pasar unos cuantos años malos a cambio de toda una eternidad feliz?
     Lo que hace Jesús es ponerlos de frente a la contradicción entre su doctrina sobre la pobreza (que Dios premiará a los que en esta vida sean pobres y sufran con paciencia tal situación), y su práctica ambición (eran amigos del dinero). Ellos no se creen lo que predican, porque si lo creyeran actuarían de otra manera muy distinta. Y no es por ignorancia, porque ellos conocen y explican a Moisés y a los Profetas. Los mismos Profetas que -en nombre del Dios que intervino en la historia de los hombres para hacer libres en esta vida a un grupo de pobres esclavos- exigieron justicia para los pobres ya en esta vida. No, no creen lo que ellos predican. Y no creerán ni aunque resucite el mismo que dijo: «Dichosos los pobres, porque tenéis a Dios por rey» (Lc 6,20), y «No podéis servir a Dios y al dinero» (Lc 16,13). No, «no se dejarán convencer ni aunque un muerto resucite».

 



     Resumiendo: Jesús no dice que Dios, en la otra vida, va a castigar a los que aquí han vivido bien y a premiar a los que aquí han sufrido hambre y miseria. Dice Jesús que Dios quiere justicia ya, ahora, en este mundo, en esta tierra. Y por eso, con mucha más radicalidad que los más radicales de los antiguos profetas, habla mal de la riqueza y de la acumulación en pocas manos del dinero, del poder y de las desigualdades. Él no quiere dejar la justicia y la fraternidad entre los hombres para la otra vida; quiere justicia, amor y solidaridad ya, ahora, en este mundo, en esta tierra. Y, además, añade que los que piensan que la pobreza presente lleva a la felicidad en el mundo futuro y, al mismo tiempo, aman las riquezas son unos hipócritas.
     Y por eso el mensaje de Jesús sigue molestando a todos los fariseos, a todos los que siguen predicando la resignación ante la injusticia presente a cambio de un premio futuro.

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