Domingo 5º de Pascua - Ciclo A

10 de mayo de 2020
 

El Dios de Jesús

   ¿Cómo es Dios? ¿Cómo es de verdad Dios? No basta decir que creemos en un Dios único y que, por tanto, ese es el verdadero Dios; ni siquiera es suficiente invocar como Dios al Padre de Jesús. Porque no sólo cada religión presenta su propia imagen de Dios; entre los mismos cristianos podemos encontrarnos con representaciones de Dios totalmente incompatibles entre sí. Con la boca, al menos, al mismo Dios invocan explotados y explotadores, mártires de la fe, como Oscar Romero o Ignacio Ellacuría, y sus propios asesinos. Entonces, ¿cómo podemos llegar a conocer el verdadero rostro de Dios?

 




¿Existe Dios?


   Quienes se han hecho esta pregunta a lo largo de la historia no han sido los hombres malvados; al contrario: algunos de los hombres más malvados de la historia no han dejado caer de sus bocas el nombre de Dios; mientras que algunos que estuvieron profundamente preocupados y comprometidos con la verdad y la justicia se han planteado y se siguen planteando esta cuestión. Y no es irracional ni perverso hacerse esta pregunta porque son racional y éticamente inaceptables muchas de las imágenes de Dios en las que los hombres han creído a lo largo de la historia.
   Y no es necesario remontarnos en el tiempo pasado para encontrarnos con dioses en los que es imposible creer. ¿No hemos visto en nuestra propia época a los señores de la guerra invocando unos y otros, cada cual con sus sacerdotes, el nombre de Dios? Y esas representaciones de Dios que lo describen como enemigo del hombre, terror del hombre, celoso del hombre, amo del hombre... ¿son creíbles? ¿Existe ese dios? ¿Existen esos dioses?
   En el núcleo, en el mismo centro de la misión de Jesús se encuentra la revelación de quién es Dios, la explicación de quién es su Padre. Ya desde el principio de su evangelio, Juan ha dejado claro que Jesús va a mostrarnos de manera definitiva cuál es el verdadero rostro de Dios: «A Dios nadie lo ha visto jamás; el Hijo único que es Dios y está al lado del Padre, él ha sido la explicación» (Juan 1,18). Ésta será una de las novedades más importantes -quizá la más importante- de la revelación de Jesús; por el contenido de esa revelación y por el modo de llevarla a cabo. Tan nueva será, que Felipe, uno de los que habían acompañado a Jesús desde el principio, cuando la misión de Jesús está ya llegando al final, aún no se ha dado cuenta de cómo se puede conocer al Padre: «Señor, haz que veamos al Padre y nos basta». Felipe, encadenado a las ideas de su antigua religión, no es capaz todavía de descubrir la novedad de la fe de Jesús.

Muéstranos al Padre

   El pueblo de Israel había conocido a Dios gracias a sus actuaciones liberadoras de las que había sido beneficiario: «él ama la justicia y el derecho, y su misericordia llena la tierra. Los ojos del Señor están puestos en sus fieles, en los que esperan en su misericordia, para librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre».
   Israel fue el pueblo elegido por Dios para que, antes que ningún otro, experimentara la misericordia de Dios. Pero a los teólogos oficiales del judaísmo contemporáneo de Jesús esto sólo les servía para excitar el orgullo nacional; al mismo tiempo, de puertas adentro y para consumo interno, destacaban aquellos rasgos contenidos en la letra de los libros del Antiguo Testamento que hacían al pueblo más dócil y manejable: un Dios lejano, a quien se le podía conocer en las alturas, en lo glorioso o en lo terrible..., un Dios duro e inflexible en el castigo y ante el cual la actitud del hombre no podía ser otra más que el abajamiento, la humillación, el sometimiento, el temor...
   Por eso no es de extrañar que Felipe no se hubiera dado cuenta de que en la actuación de Jesús, en sus obras, en su amor hasta la exageración, se estaba revelando el mismo Dios, el verdadero rostro del Padre (del único Padre: Mt 23,9). Y es que, para él, ver a Dios en el Hombre
1 era algo realmente inconcebible.
   Jesús, ahora que está a punto de ser entregado, cuando ya ha aceptado su muerte por amor a la humanidad (Jn 13,28), se despide de los suyos y los tranquiliza, les dice que él va al Padre y que, si quieren seguirlo, ya saben el camino: él, su persona, su vida, su palabra, su fidelidad hasta la muerte y su resurrección (no olvidemos que los evangelios se escribieron después de la resurrección de Jesús) son la explicación de quién es el Padre. Y el único camino para llegar a Él. Y, para conocerlo, la única lección en la que no cabe error es el mismo Jesús.
   Y, cuál es el contenido de esta lección? ¿Qué es lo que nos enseña?
   Que Dios es quien, en Jesús, se enfrenta con el orden religioso, económico y político de su tiempo para defender a los pobres, a los humildes y a los sencillos, de la insaciable avaricia de los ricos, de la soberbia de los poderosos y de la hipocresía de los dirigentes religiosos.
   Que Dios es quien ama en el amor fiel hasta la muerte de Jesús, en la ternura del Jesús compasivo con los que sufren, en su compromiso solidario con los oprimidos, en la lealtad para con sus amigos, en la generosidad de su corazón abierto también a sus enemigos.
   Que Dios es débil, si el criterio de medida es la capacidad de matar, como lo es entre los fuertes de este mundo; un Dios fuerte, sin embargo, si la fortaleza es la energía vivificadora del amor.

Llegar hasta el Padre

   Hace justo un mes que recordábamos la muerte de Jesús. Allí, en aquella situación de derrota a los ojos humanos, se manifestaba en toda su plenitud el ser de Dios, el ser del Padre: amor hasta el extremo y, por eso, capacidad de llenar de vida al hombre para que el hombre, aceptando esa vida y ese amor, fuese capaz de cambiar radicalmente este mundo y convertirlo en un mundo de hermanos. Pero amor también que, por serlo, no se impone por la fuerza a nadie, sólo se ofrece y, por tanto, toda su potencia se convierte en debilidad si el destinatario no lo acepta, todo su poder -ése es el poder de Dios- se hace ineficaz si la persona a la que se le ofrece lo rechaza. Esa imagen de Dios, vendido totalmente a la voluntad humana, no la acaban de aceptar los discípulos de Jesús.
   Esto es lo que muestra la pregunta de Tomás: él, que había estado dispuesto a morir con Jesús, se negaba una y otra vez a aceptar que la muerte pudiera llevar a ningún sitio: «Señor, no sabemos adónde te marchas, ¿cómo podemos saber el camino?»
   La respuesta de Jesús no deja lugar a dudas; su meta, y la meta de sus seguidores, es el Padre: «Nadie se acerca al Padre sino por mí». Ahí es a donde conduce la muerte cuando ésta es la consecuencia o la culminación de un compromiso de amor con la humanidad. Y sólo hay un modo de realizar este compromiso: la identificación con Jesús, «el camino, la verdad y la vida».   El camino, que para sus seguidores ha quedado explicado en el mandamiento nuevo: la entrega de la propia vida, por amor, en favor de la felicidad de los hombres, como hizo él.
   La verdad, la Palabra hecha carne, el proyecto de humanidad que, de parte de Dios, Jesús nos comunica y que se realiza en él en toda su plenitud: un ser humano que es hijo de un Padre común y, por tanto, hermano, hermana.
   La vida, la que Jesús poseía en plenitud y que él ofrece a quienes estén dispuestos a recibirla: el Espíritu de amor que nos hace capaces de llegar a ser hijos viviendo como hermanos.
   Éste es el verdadero Dios de los cristianos. Y ésta la única manera de conocerlo y de llegar a él: Jesús, su modo de ser Hombre, aceptado como modelo. Todo lo demás -y ésta, la que se presenta en este comentario, también- serán aproximaciones que necesariamente se quedarán pequeñas; pero serán aproximaciones válidas sólo si no se apartan de este camino, si no deforman esta verdad y si no arruinan, obstaculizan o impiden esta forma de vida.

Obras aún mayores

   Si queremos llegar a conocer a Dios, ese es el camino. Si queremos abrirnos a Él, aceptar su palabra y poner en práctica su proyecto, en Jesús encontraremos también sus exigencias: «Las exigencias que yo propongo no las propongo como cosa mía: es el Padre quien, viviendo en mí, realiza sus obras».
   Jesús no dejó terminada su obra. No podía ser de otro modo pues, si su obra consiste en cambiar el mundo y en hacerlo respetando la libertad de los hombres, cada generación -cada persona- deberá asumir en primera persona esta escala de valores, esta manera de ver a Dios y de organizar las relaciones entre los hombres. En cada momento de la historia de la humanidad habrá, por tanto, que denunciar la injusticia y poner en práctica el amor fraterno, condenar la ambición en cuanto generadora de injusticia y practicar la solidaridad; cada generación tendrá que abrirse a la acción del Espíritu de Jesús para poder encontrar cada vez modos más bellos de vida para todos los hombres, aprovechando el ejemplo de Jesús y la experiencia de los que, a lo largo de los siglos, hayan intentado poner en práctica su mensaje: «Quien me presta adhesión, hará obras como las mías y aún mayores». La obra del Padre iniciada en Jesús seguirá realizándose en las obras de sus seguidores.
   En esta tarea no estamos solos. Jesús se va, pero se queda. En primer lugar él nos asegura que escuchará nuestras peticiones cuando éstas muestren que estamos unidos a él y que, al realizar nosotros lo que pedimos, en nosotros estará actuando él: «Yo me voy con el Padre, y cualquier cosa que hagáis en unión conmigo, la haré» (Jn 14,13). En segundo lugar, porque su marcha tiene como objetivo despejar para nosotros el camino y prepararnos un sitio junto al Padre: «En el hogar de mi Padre hay vivienda para muchos... Voy a prepararos sitio». Y, finalmente, porque aunque va a prepararnos un lugar en la casa del Padre, el encuentro con él no tendrá que esperar demasiado pues enseguida nos va a decir qué tenemos que hacer para prepararle un sitio al Padre y a él, dentro de nosotros mismos, es decir, para hacer de nosotros una casa para el Padre: «Uno que me ama cumplirá mi mensaje y mi Padre le demostrará su amor: vendremos a él y nos quedaremos a vivir con él.» (Jn 14,23).

Identificados con el Padre

   Al ruego de Felipe, que pide a Jesús que les muestre al Padre, Jesús le responde remitiéndolo a sus obras: estas son las que revelan al Padre, las que descubren el verdadero rostro de Dios: «Quien me ve a mí está viendo al Padre; .... Creedme: yo estoy identificado con el Padre y el Padre conmigo; y si no, creedlo por las obras mismas.»
   A la pregunta de muchos de nuestros contemporáneos sobre la existencia o la naturaleza de Dios, en lugar de responder con teorías o especulaciones filosóficas -y, menos aún, con descalificaciones o condenas- los cristianos deberíamos responder, en primer lugar, con nuestra vida organizada alrededor de la escala de valores del evangelio -justicia, amor, solidaridad, vida, fraternidad, paz-; y, en segundo lugar, con un compromiso solidario con todos los que trabajan por un mundo más justo, más igualitario, más libre. Y esa vida y ese compromiso darán valor a nuestra palabra.
   De este modo nos identificaremos con el Padre, llegaremos a ser hijos suyos (Jn1,12) practicando un amor que responde a su amor (Jn 1,16) y constituyéndonos -sí- en revelación del mismo Dios a quien haremos presente en nuestro mundo: «A la divinidad nadie la ha visto nunca; si nos amamos mutuamente, Dios habita en nosotros y su amor queda realizado en nosotros.» (1Jn 4:12). Porque  «Dios es amor: quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él.»
(1Jn 4,17).

El Padre Dios y la pandemia

   Escribo esto en los últimos días de marzo. El 10 de mayo, domingo al que corresponde este comentario no sabemos cómo amanecerá ni para la sociedad ni para cada uno de nosotros. Pero ya ha suscitado en mi, y supongo que en muchas más personas, algunas reflexiones.
   Es posible que algunas personas hayan sufrido una crisis en su fe al preguntarse cómo es posible que Dios permita estas terribles catástrofes. Otras personas, tal vez, se agarran a su fe para confiar que el dios en el que creen las salvará de este peligro.
   Yo hace tiempo que dejé de creer en un dios que se dedicaría a modificar a su antojo las leyes de la naturaleza; como tampoco creo que los que se han visto afectados por el maldito virus lo hayan sido porque Dios los ha abandonado. No. El Dios en el que creo, el Padre de Jesús es el que, por medio de Jesús, me dice: «Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para ser hijos de vuestro Padre del cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos y manda la lluvia sobre justos e injustos. ... Por consiguiente, sed buenos del todo, como es bueno vuestro Padre del cielo.» (Mt 5,44-45.47).
   Creo, sin embargo, que este tipo de desastres, ante los que nuestra débil naturaleza estará permanentemente expuesta, sólo se irán dominando y controlando en la medida en que nuestra sociedad ponga a la persona como valor máximo y todo se subordine al bien del ser humano; y en eso es en lo que  consiste el Reinado de Dios, el proyecto de Jesús.
   Ese Reino de Dios incluye un modelo de convivencia y relaciones humanas que supera con creces a cualquier otro de los muchos que han sido propuestos, realizados o no, a lo largo de la historia por pensadores, sociólogos... etc. Sin duda la utopía más ambiciosa es la contenida en la Buena Noticia de Jesús de Nazaret. Pero ahora, la tarea de realizarla corresponde a nosotros.
   No me cabe duda de que si el ser humano hubiera sido el centro de las decisiones políticas y económicas -e incluso religiosas, comunitarias y personales- de los últimos decenios este maldito bicho nos habría encontrado mucho más preparados para combatirlo. Y también en ese combate habrían estado presentes el amor de Jesús y del Padre: «Sí, os lo aseguro: Quien me presta adhesión, hará obras como las mías y aun mayores; porque yo me voy con el Padre. ... Lo que pidáis unidos a mí, yo lo haré.» (Jn 12,12.14).


 

1. Una vez más quiero aclarar que cuando utilizo el término “hombre” le doy un significado inclusivo específico, con el mismo valor que “persona”. Cuando quiera referirme al género -salvo error consecuencia del indiscutible machismo presente también en el lenguaje y del que todos en mayor o menor medida estamos contaminados- usaré “varón” o “mujer”.

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