Domingo 2º de Cuaresma
Ciclo B

25 de febrero de 2024
 

 

No valen atajos

     En la lucha de cada día es donde se podrá alcanzar la victoria; por medio del compromiso humilde y fiel, desde abajo, en solidaridad con los que más abajo se han quedado en nuestra sociedad. La meta es gloriosa, la victoria segura: plenitud humana, un mundo de justicia y paz y vida definitiva. Pero para lograrla, hay que ganarla. Y puede que, en apariencia -el Padre hará que sólo sea en apariencia-, haya también que perderla.
     Pero cuando se ha experimentado cercana o presente la gloria que se espera, existe el peligro de olvidarse del camino que hay que hacer; ahora bien, si para nosotros la meta es la misma que la de Jesús, también es idéntico el camino. Y no valen atajos: no se puede llegar a la meta sin antes completar todo el camino.

 




El sacrificio de Isaac


     En el entorno religioso y cultural de Israel eran frecuentes los sacrificios humanos. Una concepción de la divinidad centrada en sí misma, ambiciosa de su poder y de su gloria entendidos al modo humano, como el poder que detentaban y la gloria de la que gozaban los poderosos de la Tierra, y celosa de la libertad de los humanos exigía un fiel -un súbdito- totalmente sometido, dispuesto a ofrecer a tales dioses -y a tales señores- hasta su propia vida.
     El Dios de Israel que se muestra desde el principio comprometido con la dignidad y libertad de los seres humanos, hechos señores de la creación a su imagen y semejanza, jamás acepta que se sacrifique la vida de una persona y, mucho menos, que esa acción se presente como un gesto de culto y de sumisión ante Él. Así lo dice el libro del Deuteronomio (12,29-31) que condena con toda claridad los sacrificios humanos: «Cuando el Señor, tu Dios, extirpe a los pueblos cuyas tierras vas a ocupar... no consultes a sus dioses ni averigües cómo le daban culto dichos pueblos, para hacer tú lo mismo. Tú no harás lo mismo con el Señor, tu Dios, porque ellos hacían a sus dioses cosas que detesta y abomina el Señor. Incluso queman a sus hijos e hijas en honor de sus dioses».
     Siempre se ha dicho que el relato del sacrificio de Isaac revelaba la fe de Abrahán y su actitud de obediencia a Dios porque estaba dispuesto a sacrificar a su hijo; pero hay, sin duda, otra interpretación más rica en el texto mismo: la fe de Abrahán no lleva a la obediencia, sino a la plena confianza en un Dios que siempre cumple sus promesas y que de ningún modo va a permitir, a pesar de las apariencias, la muerte de su hijo, porque es un Dios amigo de la vida (Sab 11,26).

 

Confianza plena

     Abraham no era un padre sin sentimientos; no podemos dar por supuesto que le resultara lógico que Dios le pidiera que acabara con la vida de su hijo; al contrario, la frase con la que responde cuando Isaac le pregunta que dónde está el cordero para el sacrificio, muestra que él confiaba que aquel sacrificio, el de su hijo, no se llevaría a cabo nunca porque Dios no lo iba a permitir: «Isaac dijo a Abrahán su padre:-Tenemos fuego y leña; pero ¿dónde está el cordero para el holocausto? Abrahán le contestó: -Dios proveerá el cordero para el sacrificio, hijo mío». Por eso Abrahán «llamó a aquel sitio “el Señor provee”». Isaac ha sido considerado por muchos comentaristas cristianos como figura de Jesús en cuanto que estuvo a punto de ser ofrecido en sacrificio; pero, ¿no lo será más bien porque Dios lo salvó de la muerte?
     Pensémoslo más detenidamente: Abraham recibe una orden de Dios difícil de comprender, más aún, capaz de hacer perder el juicio a cualquier padre de este mundo: «Toma a tu hijo único, querido, a Isaac, y vete al país de Moria, y ofrécemelo allí en sacrificio en uno de los montes que yo te indicaré». Pero Abraham hace lo que se le dice porque se fía de Dios. Por eso no tuvo inconveniente alguno en aceptar e ir cumpliendo una por una las instrucciones que Dios le iba dando. Y esa confianza lo hizo a él digno de fe y depositario de una promesa de bendición y felicidad para toda la humanidad en la que el Señor se revela una vez más como el Dios de la vida: «Por haber hecho eso... te bendeciré, multiplicaré a tus descendientes como las estrellas del cielo... Todos los pueblos se bendecirán invocando tu descendencia...».

 

¿Y el sacrificio de su Hijo?

     La carta de Pablo a los Romanos (2ª lectura) expresa esta preocupación de Dios por la vida del hombre señalándonos hasta donde ha llegado en sus muestras de amor por nosotros: a darnos a su propio hijo: «Aquel que no escatimó a su propio Hijo sino que lo entregó por todos nosotros...»
     Pablo expresa de modo rotundo su confianza en la generosidad de Dios que llega hasta la entrega de su propio Hijo en favor de la humanidad. Y en ese hecho funda la esperanza segura de que no hay nada bueno que Dios vaya a negar a la humanidad: «...¿cómo es posible que con él no nos lo regale todo?».
       Pero, ¿qué significa que Dios entrega su Hijo? ¿Que lo hace morir para, por los méritos de su muerte, perdonar y salvar a la humanidad pecadora? ¿No sería esta una nueva versión, corregida y aumentada, de los sacrificios humanos que se practicaban en las religiones paganas?

 

La transfiguración

     Jesús acababa de decir a sus discípulos que iba a morir asesinado por los poderosos de su país y que todos sus seguidores debían estar dispuestos a correr una suerte semejante; también les había anunciado que ni su muerte ni la de los suyos serían definitivas sino que, al final, vencería la vida (Mc 8,34-38). Al notar que sus discípulos no quedaban demasiado convencidos, ofreció a tres de ellos, seguramente los más recalcitrantes, un anticipo de esa victoria. Es lo que cuenta el evangelio de hoy: Jesús da a Pedro, Santiago y Juan, los discípulos más preocupados por el triunfo de Jesús o por su propio éxito, la oportunidad de gozar de una experiencia que les hará comprender que dar la vida, que aparece como una derrota a los ojos de este mundo, no lo es en realidad cuando es fruto de un compromiso de amor.
     La transfiguración, como se suele llamar a este pasaje, anticipa la experiencia de la victoria de Jesús sobre la muerte. Jesús morirá, sí; pero su muerte no será para siempre.
     Jesús dejó claro que la causa de su muerte sería el rechazo de su propuesta, -el reinado de Dios, convertir este mundo en un mundo de hermanos- por parte de los poderosos de este mundo: «Empezó a enseñarles que el Hombre tenía que padecer mucho, ser rechazado por los senadores, los sumos sacerdotes y los letrados, sufrir la muerte y, a los tres días resucitar» (Mc 8,31). La transfiguración explica por adelantado el papel que Dios va a jugar cuando los dirigentes de Israel lleven a la muerte al hombre Jesús: el Padre salvaguardará la vida de su Hijo. La muerte de Jesús no es, por tanto, una exigencia de Dios; al contrario, gracias a Dios, la muerte de Jesús y la de sus seguidores no será más que un accidente entre dos etapas de una misma vida que es un don del mismo Dios. El valor de esas muertes no será el que sean "muerte", sino el que, por ser expresión de lealtad y fidelidad en el amor, serán portadoras de la misma vida de Dios. La transfiguración es la experiencia anticipada de la victoria de Jesús sobre la muerte: Jesús va a morir, sí; pero su muerte no será para siempre. Él vive con la vida de Dios y esa vida es definitiva. Su fracaso no será un fracaso. Dios no es un Dios de muerte, sino de vida. El Dios verdadero se distingue de los ídolos precisamente en su amor por la vida de sus hijos.

 

La tentación de la huida

     En momento en que Jesús está transfigurado y en apoyo de lo que allí está sucediendo, aparecen Moisés y Elías, Ley y profetas, esto es, el conjunto de la antigua religión de Israel. En ese momento, para Pedro, Santiago y Juan ya no hay que nada más que buscar; su esperanza está realizada: el Mesías ha triunfado. Este era el objetivo y ya se ha cumplido. Y la presencia de Moisés y Elías valida su tradición, sus creencias. Y Pedro, erigiéndose en portavoz de los otros dos, propone que todo se detenga allí: «Rabbí, viene muy bien que estemos aquí nosotros; podríamos hacer tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».
     Dos peligros acechan escondidos en la propuesta de Pedro. Por un lado, la pretensión de parar la historia de la liberación de la humanidad poniendo al mismo nivel la Ley y los Profetas y el mensaje de Jesús de Nazaret. Para él, en este momento, Jesús no aporta nada nuevo ni a lo que ofrecía la Ley, la liberación de la esclavitud de Egipto (Moisés) ni a lo que contenían los mensajes de los profetas (Elías) que urgían a su pueblo a realizar en sus estructuras y con toda profundidad aquella liberación; por eso quiere colocar a la par a Jesús y a Moisés y Elías: «podríamos hacer tres chozas...».
     Por otro lado, Pedro olvida que el mundo no se acaba en aquel monte y que allá abajo queda todavía mucho trabajo que realizar, muchas gentes que aún no han llegado ni siquiera al nivel de libertad que Dios hizo posible para su pueblo por medio de Moisés. Queriendo plantar allí sus tiendas, Pedro está proponiendo a Jesús que deje sin efecto el compromiso que asumió en su bautismo. Y, por lo que a él y a sus compañeros se refiere, dando de lado a la exigencia que Jesús había planteado a todos sus discípulos: seguir, también ellos hasta el final, su camino.
     Pedro considera que aquella es la meta a la que se dirige Jesús y pretende quedarse ya allí; pero la meta no tiene sentido sin el camino que lleva a ella; y el camino para Jesús consiste en alcanzar la plenitud humana y abrir a toda la humanidad la posibilidad de alcanzar esa plenitud. Para eso nos entrega Dios a su hijo: para que nos enseñe, siéndolo él, a ser personas y a vivir así de acuerdo con el designio de Dios.

 

Una oferta nueva

     La voz de Dios devuelve a Pedro a la situación presente: «Este es mi Hijo, el que yo quiero: escuchadlo a él». Moisés y Elías ya no tienen nada que decir a los discípulos (de hecho, en ningún momento de la escena se dirigen a ellos); sólo a él, a Jesús, a quien Dios llama Hijo suyo, hay que escuchar; la Ley y los Profetas ya están cumplidos y, por eso, caducados. Para el momento presente Dios tiene una oferta nueva que presenta por medio de Jesús: convertir este mundo en un mundo de hermanos en el que todos los seres humanos puedan vivir felices. Esa posibilidad sólo se ofrece por medio de Jesús, «y de pronto, al mirar alrededor, ya no vieron a nadie más que a Jesús sólo con ellos», y el camino para lograr que se realice pasa por la entrega de sí mismos sin condiciones. Aunque esa entrega implique conflictos, persecución e, incluso, la muerte. No porque Dios exija sangre, sino porque los responsables de la injusticia y del sufrimiento que padece la mayoría de la humanidad van a utilizar toda la violencia de que dispongan para que ese mundo de hermanos nunca se haga realidad; lo que pasa es que la coherencia y la honestidad a carta cabal -¿nos parecerá poco ser honesto en medio de la podredumbre en la que vivimos?- merece la muerte en un mundo lleno de corrupción. Y el orden corrupto y homicida le hizo pagar a Jesús con la vida su dedicación a la tarea de ser y enseñar a ser persona. No fue Dios quien exigió su muerte, sino la corrupción de un mundo incompatible con el Hombre. Pero era necesario recorrer ese camino para abrir a la humanidad la esperanza del cielo sin necesidad de abandonar la Tierra ni de olvidarse de ella.
     La transfiguración revela que esa violencia será vencida, pero sólo podrá serlo mediante el amor, poniendo en ello la propia vida y superando la tentación de huir ante las dificultades o ante el fracaso y manteniendo firme la confianza en Dios, que hará que la fuerza de la vida venza a la violencia y a la muerte.

 

Los comentarios están, pòr el momento, desactivados.

We use cookies

Usamos cookies en nuestro sitio web. Algunas de ellas son esenciales para el funcionamiento del sitio, mientras que otras nos ayudan a mejorar el sitio web y también la experiencia del usuario (cookies de rastreo). Puedes decidir por ti mismo si quieres permitir el uso de las cookies. Ten en cuenta que si las rechazas, puede que no puedas usar todas las funcionalidades del sitio web.