Domingo 2º de Adviento
Ciclo C

9 de diciembre 2018
 
 

Otra paz, otra justicia, otro Dios

     Todos dicen que quieren la justicia y la paz; pero, ¿qué paz quieren? ¿la quietud de los cementerios? ¿En qué consiste la paz? ¿Es paz la que coexiste con la esclavitud y la injusticia? Pues ésta es la paz de los que, hasta ahora, han protagonizado la historia. Y la seguirán protagonizando e imponiéndonos su paz y su justicia. Juan Bautista nos hace una propuesta: vamosnos al desierto a esperar a Jesús y a iniciar allí un camino que nos lleve a un mundo nuevo en el que reinen otra justicia, otra paz y ¡otro Dios! distintos de la justicia, de la paz y de los dioses de los poderosos de esta Tierra.




Gloria en la Piedad


     Son muchos los que piensan que lo que hace grande a un país o a una nación es la capacidad de violencia y la abundancia de dinero, el poder opresor y la riqueza.
     La Biblia, el libro en el que nosotros creemos y decimos que se encuentra el proyecto de Dios para una humanidad libre y fraterna, tiene otro punto de vista: la grandeza de un pueblo consiste en que Dios se haga presente en ese pueblo. Pero esa presencia, a pesar de lo que Israel creyó en algunas épocas manipulado por sus dirigentes, no es un privilegio reservado a pueblo alguno, sino la consecuencia de un modo de vida.
     El oráculo de Baruc (primera lectura) anuncia la restauración de Jerusalén, la liberación sim­bolizada en el cambio de traje (debe dejar la ropa de luto y vestirse con galas de fiesta) y en el cambio de nombre («Dios te dará un nombre para siempre: “Paz en la Justicia, Gloria en la Piedad”»). Los dos símbolos transmiten la misma enseñanza: la grandeza de Jerusalén no va a residir en el poderío militar ni en una eco­nomía floreciente, sino que será fruto de la justicia y, sobre todo, de la misericordia de Dios, que estará pre­sente en ella; presencia que será visible (será gloria digna de admiración) en la religiosidad (piedad) y en la alegría de sus habitantes.



Paz en la Justicia

     Vivir en paz es experimentar la vida en plenitud, sin enemi­gos y sin necesidades, en armonía con la pro­pia conciencia y con los vecinos, satisfechas el hambre y la necesidad de reconocimiento y amor de parte de los hombres y de parte de Dios. En la Biblia, la paz es siempre signo de la presencia y del favor del Señor, es un don de Dios. Pero, para que sea posible la paz, es im­prescindible realizar la justicia: no hay paz en un pueblo si, aunque no haya enemigos exterio­res, se gobierna por la ley del más fuerte; no hay paz cuando el hambre quiebra la armonía del cuerpo; y tampoco la hay cuando las almas ven rota su armonía interior porque ha sido pi­soteada su dignidad; y no hay paz, aunque se guarden las formas, cuando los demás se perciben como enemigos a los que se tiene que vencer o como rivales a los que hay que dominar.
     No hay paz si no hay justicia. Porque cuando a una situación en la que gobierna la injusticia se le llama paz, eso a lo que llaman paz no es más que una sarcástica burla, o aún peor, un terrible drama; en esa situación, la religiosidad, la piedad, no es más que una farsa hipócrita; y la pretendida presencia de Dios, un terrible y cruel engaño.
Un nuevo éxodo
     Los nombres con que Baruc designa la futura Jerusalén, constituyen el anuncio de una realidad futura a la que se llegará tras un largo camino; son la meta hacia la que conduce un nuevo éxodo que el libro de Baruc describe así: «Dios ha mandado abajarse a los montes elevados y a las colinas encumbradas, ha mandado llenarse a los barrancos hasta allanar el suelo para que Israel camine con seguridad guiado por la gloria de Dios».
     Estas expresiones de Baruc, de las que el evangelio de Lucas se sirve para presentar a Juan Bautista, están inspiradas en el profeta Isaías (Is 66,20; 40,3-4;41,19; 55,12-13): esto significa que la misión del Bautista y la de Jesús de Nazaret, a quien Juan dice que está preparando el camino, deben entenderse en la línea de estos anuncios proféticos. Se trata de un nuevo intento de alcanzar la meta de la justicia, la igualdad, la libertad y la paz, de lograr, en una palabra, «la salvación de Dios».
     En esta línea se sitúa el evangelio, aunque su meta, se irá viendo, es mucho más ambiciosa que en anteriores éxodos. Comenzar a andar ese camino será la tarea que realizará Jesús de Nazaret, el Señor a quien Juan Bautista prepara, según sus propias palabras, el camino.



Dentro de la historia

     Lucas, al decirnos exactamente cuándo empezó Juan Bautista a preparar a la gente para recibir a Jesús, está indicando que la intervención de Dios se realiza en unas circunstancias concretas de la historia colectiva de la humanidad y no sólo en la conciencia individual de cada persona.
     Dentro de la historia y dentro de una historia de opresión. Los personajes que cita Lucas al comienzo de la actividad de Juan Bautista son los más importantes de su tiempo, pero también son los responsables últimos de la mayoría de los sufrimientos que en ese momento soportan los israelitas.
     Tiberio es la cabeza visible del imperio romano, representado en Palestina por Pilato: este imperio, además de haber acabado con la libertad y la soberanía del pueblo judío, lo explotaba exigiendo el pago de unos enormes impuestos con los que se costeaban, sin duda, los gastos del ejército de ocupación.
     Los hijos de Herodes el Grande se repartían el reino de su padre. No eran reyes soberanos, sino sometidos al la autoridad de los romanos; también ellos explotaban al pueblo exigiéndole los propios impuestos para costear el lujo de sus respectivas cortes. Y, además, colaboraban manteniendo el orden y  evitando revueltas contra la ocupación romana.
     Y Anás y Caifás cooperaban también en esta historia de opresión escondiendo al pueblo la palabra de Dios, ofreciéndole una religiosidad vacía de contenido, haciendo cargar al pueblo con la culpa de todos sus sufrimientos, y disimulando el mensaje de liberación que constituye la esencia de los escritos proféticos.
     Y si pasamos unas cuantas páginas, podremos comprobar que el evangelista está presentando los tres grupos que en ese momento se reparten el poder en Palestina y que son los mismos que al final del evangelio llevarán a Jesús a la muerte.
     En la historia, pero no en abstracto, sino en esta situación histórica concreta, quiso Dios comenzar, con Juan Bautista, la última etapa de la historia de la liberación.


En el desierto

     En esta historia, sí, pero fuera del control de los poderes opresores antes mencionados se encuentra Juan: «en el desierto». Hablar del desierto recordaba a los israelitas las acciones del Dios liberador, especialmente la salida de Egipto; les traía a la memoria el proceso que los llevó a constituirse en un pueblo de personas libres y el tiempo en el que sus relaciones con Dios tuvieron su mejor momento (véase, por ejemplo, Jr 31,2-3; Sal 107,1-8). Allí recibe Juan el encargo de preparar al pueblo para un nuevo éxodo, una nueva intervención liberadora del Dios de Israel.
     Para explicar cuál es la misión de Juan, Lucas utiliza las mismas palabras con las que en el libro de Isaías (40,3-5) se anuncia el final del destierro de Babilonia; Juan -nos dice el evangelista de esta manera- realiza aquí la misma misión que llevó a cabo el antiguo profeta: anunciar que Dios va a intervenir de nuevo, que su intervención será nuevamente liberadora y que hay que estar preparados para beneficiarse de la acción de Dios. Y puesto que la tarea de Juan es preparar la misión de Jesús, nos da la clave fundamental para entender el resto del evangelio: la misión de Jesús consiste en realizar un nuevo éxodo, en comenzar un nuevo proceso de liberación que ya no es sólo para un pueblo, sino para toda la humanidad.
     Este camino comienza y transcurrirá (el relato de las tentaciones, en el capítulo siguiente del evangelio así lo indica) por el desierto. Hasta ahora la historia la han contado y el mundo lo han organizado los poderosos. Ahora Dios decide que el anuncio del nuevo éxodo comience, como los anteriores, fuera del [des]orden social del que los poderosos son los principales responsables: «un mensaje divino le llegó a Juan, el hijo de Zacarías, en el desierto». Frente a la historia de los poderosos, frente al mundo de los fuertes, Dios se pone al lado de los pequeños y los débiles para tratar de hacer, una vez más, otra historia, un mundo nuevo.



Desde el desierto

     Todo comienza, pues, en el desierto, junto al Jordán. En otro tiempo, al atravesar el Jordán culminó el proceso de liberación que había comenzado al pasar el mar Rojo; entonces, cruzando el Jordán, los israelitas entraron en la tierra prometida; pero ahora esa tierra, por culpa del dominio del imperio romano, de la corrupción de los reyezuelos y de la infidelidad de los sumos sacerdotes, se ha convertido en tierra de opresión. Y ahora el Jordán señala la salida -el éxodo- de la opresión y el comienzo del camino hacia una libertad definitiva.
     Y desde el desierto llama Juan a la gente para que empiece a prepararse, para que empiece a ponerse bien con Dios, tomando la decisión de cambiar de vida y aceptando el perdón de Dios. Los que estén dispuestos a correr el riesgo de buscar la libertad deberán someterse a un proceso de cambio personal, rompiendo con cualquier clase de responsabilidad o de complicidad con el sistema opresor, del que hay que salir para ponerse del lado de Dios. Esa ruptura la expresan los oyentes de Juan acercándose a recibir el «bautismo en señal de enmienda, para el perdón de los pecados», que proclama Juan en la «comarca lindante con el Jordán».

     Reflexionar sobre estas cosas debería ser, para nosotros los cristianos, recordar los primeros pasos que nos acercaron a la fe. Pero esto, reconozcámoslo, es sólo teoría: todavía estamos dando esos primeros pasos; todavía quedan en nosotros valles que rellenar, colinas que allanar y curvas que enderezar.
     Hagámoslo. Dejémonos liberar y colaboremos en la liberación de cada ser humano y de toda la humanidad. Rompamos con todo poder y toda opresión y pongámonos de la parte del Dios liberador.
     Hoy, en medio de esta crisis -de la que algunos dicen que (algunos) están saliendo- y que en realidad no es más que el expolio programado de los pobres para que los dueños del dinero sean aún más ricos, en medio de la injusticia que está llevando a la desesperación a pueblos enteros y al suicidio a muchas personas, en medio de esta estafa global permanente que ha eleva los montes y deprime hasta el abismo los valles... tomar partido contra la injusticia y ponerse del lado de los que la están sufriendo es la única manera de preparar el camino al Señor.
     Si actuamos así, tal vez nuestro mundo pueda ir haciéndose merecedor de los nombres que Baruc quería para Jerusalén; tal vez nuestras comunidades de seguidores de Jesús puedan ser semilla de una humanidad que realice la paz por medio de la justicia y alcance la gloria en una auténtica piedad. Aunque el objetivo a alcanzar por las comunidades cristianas sea todavía más ambicioso, como revela la oración de Pablo en favor de la comunidad de Filipos: «que vuestro amor crezca todavía más y más en penetración y en sensibilidad para todo...».