Domingo 3º de Adviento
Ciclo B

17 de diciembre de 2023
 

 

Alianza nueva; nueva humanidad

    Con Jesús comenzó una nueva alianza, un nuevo modelo de relación hombre-Dios basado no en leyes o en preceptos religiosos sino en el amor leal. Esa relación es incompatible con la injusticia y ha de ser, si se logra, fuente de alegría inagotable. Cada vez que recordamos su venida debemos ser capaces de clarificar nuestra relación con la injusticia establecida en nuestro mundo y, además, aprovechar la oportunidad que una vez más se nos ofrece para, por un lado, profundizar en esa novedad radical que supone la presencia de Dios en el Hombre y, por otro, reafirmar nuestro compromiso con el mundo nuevo y con la nueva humanidad que brota de esa presencia.

 





La misión de un profeta


    La primera lectura describe, en su primera parte, la misión de un profeta que, en cuanto tal, da a conocer el juicio de Dios acerca de una determinada situación histórica y, en consecuencia, indica qué es lo que debe cambiar para que la realidad se configure de acuerdo con la voluntad de Dios.
    En la primera lectura ambos elementos están claros: el profeta se sitúa dentro de una sociedad en la que hay algunos -o muchos- que sufren, que tienen los corazones desgarrados, que son cautivos o prisioneros.
    El diagnóstico que el profeta hace de la sociedad es este: entre los hombres se ha instalado la injusticia que provoca el sufrimiento y anula la libertad, una de las principales características que Dios había puesto en el hombre para que fuera su imagen en el mundo; esta situación altera el diseño según el cual realizó su obra creadora, diseño que ahora el mismo Dios se dispone a restaurar: «Porque yo, el Señor, amo la justicia, detesto la rapiña y el crimen. Les daré su salario fielmente y haré con ellos un pacto perpetuo.» (Is 61,8) La proximidad de esta restauración es el contenido del anuncio del profeta.
    En este caso, y como ya hizo el Segundo Isaías (40,9), el profeta designa el contenido de su mensaje como Buena Noticia, «evangelio».
    Los destinatarios de esta noticia quedan explícitamente indicados: los que sufren, los pobres, los oprimidos, las víctimas de la injusticia.
    Y lo que se anuncia es para ellos una buena noticia porque lo que va a suceder gracias a la intervención de Dios consiste en el restablecimiento de la justicia, en el consuelo para todos los que sufren, en la liberación de los oprimidos y los privados de libertad; como en la primera lectura del domingo pasado, estamos de nuevo ante un mensaje de liberación y consuelo (2b) que ahora se concreta en la proclamación de un año jubilar. Brotará, como resultado de esta acción de Dios, la justicia (v.11); y se desbordará la alegría porque con la justicia se hará manifiesta la presencia del Señor (v. 10).

 

Miedo a los profetas

    El tema de la predicación del profeta es anuncio de salvación y causa de gozo; pero antes de que aparezca ese nuevo mundo que se anuncia (ver Is 65,17-25) hay que descubrir las circunstancias negativas que deben ser eliminadas y que son las que hacen necesaria esta nueva intervención de Dios; por eso, porque denuncia la injusticia, la misión del profeta causará también miedo y rechazo.
    Juan Bautista aparece, fuera de la ciudad, fuera de la institución religiosa, fuera del orden establecido, al margen del injusto orden económico... y desde allí habla, da testimonio de la luz.
    Sus rasgos son los de un profeta, aunque hacía ya tiempo que la actividad profética en Israel había desaparecido. Pero no es eso lo que despierta la preocupación en los dirigentes religiosos de Jerusalén. En la medida en que la predicación profética incluye la denuncia de la injusticia, los que son responsables del injusto orden social establecido se sienten acusados; por eso el poder siempre se siente incómodo con los profetas; el poder, que en todo caso prefiere la callada obediencia, teme a la palabra viva... y a la luz.

 

Testigo de la luz

    El prólogo del evangelio de Juan sostiene que en el mundo se está desarrollando una batalla feroz entre la tiniebla y la luz, entre la muerte y la vida; una lucha en la que Dios no ha dejado de intervenir. La luz es el contenido del proyecto que, desde la eternidad, Dios tiene para el hombre: «Ella [la Palabra, el proyecto de ser humano formulado por Dios] contenía vida y la vida era la luz del hombre» (Jn 1,4). Dios quiere que la existencia del hombre consista en gozar de la vida y no en ir caminando hacia la muerte. ¿Y en qué consiste esa vida? La respuesta nos la da el mismo Juan en su primera carta: «Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos.» (1Jn 3,14).
    Pero a ese proyecto, a esa vida, se opone la tiniebla, que no es otra cosa que la organización social que los hombres -mejor, algunos hombres- han logrado imponer y que es la causa de que muchos seres humanos vivan su existencia como una constante amenaza de muerte; la tiniebla es la injusticia, causante del sufrimiento de los empobrecidos y oprimidos, de la esclavitud de muchos y del dolor de tantos corazones destrozados. El proyecto de Dios, «la luz verdadera, la que ilumina a todo hombre viniendo a este mundo» (Jn 1,9), se ha visto obstaculizado, una y otra vez, por la tozudez humana que ha preferido repetidamente la oscuridad a la luz; pero la luz no se ha apagado y pronto va a brillar con más fuerza: «esa luz brilla en la tiniebla y la tiniebla no la ha extinguido» (Jn 1,5). Para animar a los hombres a aceptar esta vez la vida de Dios, «apareció un hombre de parte de Dios, su nombre era Juan; éste vino para un testimonio, para dar testimonio de la luz, de modo que, por él, todos llegasen a creer». La de Juan Bautista es una misión preparatoria, previa a la fe, que trata de conseguir las condiciones necesarias para que la fe -la adhesión a ese proyecto- sea posible y para eliminar los obstáculos que impedirían la acogida la Buena Noticia cuando se proclame.

 

Tú ¿quién eres?

    Es lógico que los dirigentes religiosos de Jerusalén se inquietaran en cuanto apareció alguien hablando en nombre de Dios sin haberles pedido permiso a ellos. Estaba claro que Juan no pretendía ganarse la vida embaucando al pueblo; no se anunciaba a sí mismo, no buscaba honores, no pedía nada a cambio de sus sermones, no cobraba por bautizar... Sólo «vino para un testimonio, para dar testimonio de la luz, de modo que, por él todos llegasen a creer». ¿No habría sido lo lógico que los dirigentes religiosos se alegraran al ver que alguien se dedicaba por entero a descubrir la luz que irradia el amor de Dios? La verdad es que, también habría sido lógico que si Juan era «un hombre enviado de parte de Dios» los representantes oficiales de Dios se hubieran enterado los primeros. Pero aquellos dirigentes sólo se representaban a sí mismos, a su orgullo, a sus intereses (Jn 2,13-22).
    Por eso no tardaron en mandar una comisión investigadora formada por sacerdotes y algunos clérigos (seguramente con la función de policías). La comisión no se entretiene demasiado en averiguar qué es lo que Juan predica; lo que les interesa es saber con qué títulos cuenta para hacer lo que estaba haciendo y quién le había dado permiso para ello. Juan, antes de que se lo pregunten, niega que él sea el Mesías. Entonces, ¿era Elías, el que según la tradición debería volver a la tierra para preparar la llegada del Mesías? ¿o el segundo Moisés, el Profeta que según otras tradiciones aparecería en los últimos tiempos? No era Elías, ni el Profeta, aunque era un profeta, pues hablaba en nombre del Señor. Pero ellos estaban incapacitados para ver y para escuchar, para descubrir y comprender algo que de verdad procediera de Dios.

 

Desde el desierto

    Porque la respuesta de Juan sí que deberían haberla entendido enseguida: «Yo una voz que grita desde el desierto: “Enderezad el camino del Señor” (como dijo el profeta Isaías)». Juan les dice que habla en nombre de Dios y que lo hace desde el desierto, el lugar donde Dios mostró su amor haciendo sentir al pueblo el gozo de la libertad, donde los esclavos recién liberados aprendieron a ser libres; y lo dice citando las palabras del libro de Isaías con las que comienza el anuncio de la liberación del destierro de Babilonia. Los comisionados conocían sin duda las palabras con las que se definió Juan y se dieron cuenta de que constituían una acusación contra ellos: si Dios tenía que mandar a alguien para que le enderezara el camino, ¿qué estaban haciendo sus representantes? Si era necesario un nuevo proceso de liberación ¿cómo éste comenzaba al margen de las instituciones religiosas dedicadas a dar culto a Dios? Los sumos sacerdotes eran por aquel entonces colaboradores de los invasores romanos, ¿estaría promoviendo Juan un levantamiento contra el imperio e, indirectamente, contra ellos?
    Y los  fariseos deciden volver de nuevo al tema de los “permisos”: «Entonces, ¿por qué bautizas, si no eres tú el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?».

 

 
No sabéis quién es

    Cuando Juan reconoce que él no es ninguno de aquellos personajes, los ideólogos del régimen, los fariseos, cuestionan su legitimidad para promover la ruptura con el sistema: el bautismo que Juan administraba significaba precisamente eso, el compromiso de morir a un estilo de vida -el que se trataba de imponer desde el templo de Jerusalén- para nacer a una nueva manera de vivir que brotaba, como nació la libertad de Israel, fuera de la tierra de opresión, en el desierto.
    A la pregunta de los fariseos Juan responde con unas palabras que no son una simple confesión de humildad: «Yo bautizo con agua; entre vosotros se ha hecho presente, aunque vosotros no sabéis quién es, el que llega detrás de mí; y a ése yo no soy quién para desatarle la correa de las sandalias».
    No es a Juan al que deben temer, sino a otro que no conocen, que llega tras él y que es portador de un proyecto de amor que derrotará, sin duda, el miedo a la vida y a la libertad promovidos por una religión en la que -lo dirá muy pronto el evangelio de Juan- se había acabado el amor (Jn 2,3).

 

Una alianza nueva...

    La mención de las sandalias alude a una antigua costumbre de Israel: «Antiguamente había esta costumbre en Israel, cuando se trataba de rescate o de permuta: para cerrar el trato se quitaba uno la sandalia y se la daba al otro. Así se hacían los tratos en Israel. Así que el otro dijo a Boaz: Cómpralo tú. Y entonces Boaz dijo a los concejales y a la gente: los tomo hoy por testigos de que adquiero todas las posesiones de Elimélec... y que adquiero como esposa a Rut, la moabita, con el fin de conservar el apellido del difunto en su heredad...» (Rut 4,7-10).
    El trato al que se refiere el libro de Rut es doble: por una parte, había que rescatar la tierra que perteneció a un hermano, para que el patrimonio familiar se mantuviera íntegro. Por otro lado, puesto que el difunto no había dejado descendencia, uno de sus hermanos debía casarse con la viuda «para que no desaparezca el apellido del difunto entre sus parientes y paisanos» (Rut 4,10).
    La tierra de Dios era la tierra de Israel. Si Dios se ve obligado a rescatarla una vez más -ya la había tenido que rescatar antes en muchas ocasiones-, eso significa que se la han arrebatado, porque Él jamás la habría abandonado. Por otra parte, en muchos textos de los profetas Dios se presenta como el Esposo de su pueblo. Usando esta doble imagen, tierra/esposa, el Bautista anuncia que ya llega aquel que va a empezar para el pueblo -ahora para la humanidad toda: «éste vino... para dar testimonio de la luz, de modo que, por él, todos llegasen a creer»- una nueva manera de entenderse y relacionarse con Dios en la que todos los mediadores -sacerdotes, clérigos, teólogos- van a ser sustituidos por el que viene: el Hombre, modelo de ser humano, el proyecto -la Palabra- de Dios encarnado en un ser humano, Jesús Mesías, por medio de quien han existido el amor y la lealtad (J,1,17). Ese Hombre ya está entre ellos, pero la mayoría de los dirigentes, el sistema en cuanto tal, ni sabe ni quiere saber quién es.

 

Presente entre nosotros


    Quiere Dios que la Tierra, toda entera, sea tierra de justicia y libertad. Para que pueda ser tierra de fraternidad. Ese es el objetivo de la Nueva Alianza. Ese es el objetivo de la misión del que Juan Bautista anuncia, el objetivo del que ahora, en este tiempo litúrgico, esperamos.
    Pero parece que, en la actualidad, su venida es buena noticia no para los pobres, ni para los oprimidos, ni para los que viven en la oscuridad de una existencia maldita... es buena noticia, desde hace ya más de un mes, para los grandes almacenes, para las tiendas de ropa y de juguetes, para las marisquerías.... para los que han sabido hacer de la buena noticia de Jesús de Nazaret una estupenda noticia para sus negocios. Pero ¿de verdad podemos creer que Jesús está entre las lucecitas y los villancicos, repetidos hasta la saciedad, de los centros comerciales?
    Hoy Jesús sigue entre nosotros; y no sólo representado en imágenes de barro que nos recuerdan su nacimiento. Está vivo y activo en medio de las luchas por un mundo nuevo en el que todas las personas puedan llegar a ser hermanas; y grita en las voces de quienes proclaman que el Dios que quiere ser Padre es, por eso, un Dios liberador: un Dios que no soporta la injusticia ni la opresión porque para sus hijos quiere un mundo justo, una humanidad solidaria, una convivencia fraterna y sororal.
    Ayudará a reconocerlo, a ese Dios y a sus profetas, el recordar las palabras con las que Isaías explicaba su misión de profeta y que el mismo Jesús dijo que se realizaban plenamente en su persona y en su misión: «El Espíritu del Señor descansa sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para dar la buena noticia a los pobres, a proclamar la libertad a los cautivos, y la vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos, a proclamar el año de gracia del Señor» (Lc 4,18-19).

 

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