Domingo de la Sagrada Familia
Ciclo C

30 de diciembre 2018
 

Semilla de una familia universal

 

     No le bastó con ofrecerse a todos como Padre y quiso ser también hijo y hermano. Y se hizo presente, como hijo de hombre, en una familia humana para enseñarnos a ser hombres y hermanos de los hombres. Hoy recordamos a aquella familia de Nazaret, que podría servir de ejemplo para las familias cristianas, comprometiéndose a colaborar en la conversión de la humanidad en una única y universal familia.

 




Semillero de hombres libres
    
     Tenemos pocos datos para saber cómo era la vida diaria de la familia de Jesús. Podemos pensar que era modelo de valores humanos. Pero lo más importante es que en ella se fue haciendo adulto el proyecto de Dios encarnado en un niño nacido de mujer. Por eso, sobre los valores meramente humanos, se nos presentan otros, que no lo son menos pero que, a fuerza de no practicarlos, podrían parecer sobrehumanos. Porque aquella familia fue escuela, no sólo de buenas personas, sino germen y principio de una humanidad nueva integrada por personas libres, hijas e hijos de Dios, hermanos y hermanas.




Dios en un hijo de hombre


     Nos sorprende y nos emociona pensar que Dios ha querido ser Padre en lugar de ser amo, como si, puestos a pensarlo, pudiera esperarse otra cosa de quien es todo y sólo amor; nos llena de alegría saber que es su vida la que nos mantiene vivos, como si pudiera haber verdadera vida fuera de El. La verdad es que a muy pocos les resulta difícil descubrir el bien y la belleza si no nos llegan desde arriba: mirar hacia arriba, tender hacia arriba, subir, ascender... Arriba, donde siempre han estado los tronos de los poderosos y las cuentas de los ricos. Pensando así, nos habría sido muy difícil entender qué es lo que significa que Dios es Padre. Por eso, en Jesús, él se vino abajo, para que lo tuviéramos que encontrar, pequeño y sin fuerzas, como hijo, en una familia pobre y sencilla en la que, además, se fueron planteando los mismos problemas, y en muchos casos mayores, que los que tiene que afrontar la mayoría de las familias.
     En Israel se alcanzaba la mayoría de edad a los doce años. Desde entonces el israelita se consideraba miembro de pleno derecho de la comunidad religiosa judía (excepto para algunas cuestiones, como el servicio de armas) y quedaba plenamente sometido a la Ley de Moisés; por eso era a esta edad cuando los niños judíos acompañaban a sus padres por primera vez en la obligada peregrinación anual a Jerusalén.
     José y María eran dos israelitas piadosos, cumplidores de la Ley, observantes de las costumbres y normas religiosas, y en ese espíritu querían educar a su hijo, Jesús: «Sus padres iban cada año a Jerusalén por las fiestas de Pascua. Cuando Jesús había cumplido doce años, subieron ellos a la fiesta según la costumbre...»




Un hijo independiente

     Quienes tengan una idea tradicional de esta institución, en la que todo gira alrededor de la autoridad del cabeza de familia, entenderán con dificultad la actitud de Jesús, que se queda en Jerusalén no sólo sin el permiso de José y María, sino sin decírselo siquiera: «mientras ellos se volvían, el joven Jesús quedó en Jerusalén sin que se enteraran sus padres».
     Para Jesús, las relaciones familiares son importantes. Al terminar este relato, Lucas afirma que, después de que sus padres lo encontraran «en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas», y después de algunas aclaraciones que José y María «no comprendieron», «Jesús bajó con ellos, llegó a Nazaret y siguió bajo su autoridad». Pero la familia ni tiene por qué ser un ámbito en el que la libertad y la independencia de todos quede subordinada a la autoridad de uno de sus miembros, ni puede convertirse en un obstáculo para quien aspira a romper todas las barreras que impiden a los hombres encontrarse y quererse como hermanos; la independencia de Jesús en este relato anuncia la que, de modo definitivo, mostrará cuando María y algunos de sus familiares pretendan acercarse a él quedándose fuera del grupo de los que lo escuchan: «Madre y hermanos míos son los que escuchan el mensaje de Dios y lo ponen por obra» (Lc 8,21).



Las cosas de mi Padre

     El sentido del episodio que acabamos de recordar está ya anunciado en el evangelio de este domingo: Jesús tiene otro Padre y, por tanto, su familia según la carne no es su única familia y, ni siquiera, la más importante: es el otro su verdadero Padre -«¿Por qué me buscabais? No sabíais que yo tengo que estar en lo que es de mi padre?»- y pretende que la humanidad entera se convierta en una gran familia en la que todos sean sus hermanos.
     El significado de este relato parece claro: su indiscutible origen humano no lo ata ni a una familia, ni a un pueblo -este episodio representa también la emancipación de Jesús respecto a Israel-, ni a una cultura, ni a unas instituciones religiosas; él está en relación directa y privilegiada con el Padre del cielo; por eso él es a partir de ahora el lugar de la presencia de Dios en la tierra. Su atención a los que sólo esta vez el evangelio de Lucas llama maestros, los expertos en la Ley de Moisés, no muestra más que el respeto a la experiencia de un pueblo que sintió intervenir a Dios en su historia para hacerlo un pueblo de hombres libres, experiencia que sirvió de preparación para otra que la va a superar y que está ya a las puertas: Dios va a intervenir de nuevo en la historia para ofrecer a todos los hombres la oportunidad de ser aún más libres, dándoles la posibilidad de ser hijos y la de ser felices viviendo como hermanos. Esa es la misión que trae a Jesús por esta tierra, y ante ella, todo lo demás pierde importancia: la familia, las instituciones religiosas, la propia persona, la misma vida.
     La Sagrada Familia puede ser ejemplo de las familias cristianas sólo si la miramos desde la perspectiva de Jesús. En ella el Hijo de Dios empezó a ser y aprendió a ser humano, para enseñarnos a ser personas libres y a vivir como hermanas y hermanos.



...y de hecho lo somos

     La misma imagen de Dios, tal y como se presentaba en las tradiciones judías e, incluso, en muchos pasajes de la Biblia, queda de este modo transformada. Dios no es un ser vengativo y justiciero; Dios es amor (1Jn
4,11) y por amor nos comunica su vida y nos ofrece la posibilidad de realizarnos como hijos suyos.
     Esta posibilidad implica para cada uno de nosotros una tarea; para todos nosotros un reto. Porque ser hijo de Dios no es un título nobiliario, sino una tarea que, a nivel personal, consiste en responder al amor de Dios con amor a los hermanos
(1 Jn . Y, desde una perspectiva comunitaria, en construir una nueva realidad, en hacer posible otro mundo, otro orden distinto, que se debe hacer realidad primero en la comunidad cristiana de modo que esta se convierta en semilla de una humanidad nueva, realización plena del plan de Dios, un Mundo de hermanas y hermanos.
     Ese nuevo mundo será la manifestación de los hijos de Dios, aunque su realización no estará exenta de conflictos: el mundo, el orden actual no aceptará ese otro que nace del amor y la vida de Dios. La manifestación de los hijos de Dios se enfrentará al rechazo de quienes son responsables o cómplices de ese orden injusto que Jesús de Nazaret viene a enseñarnos cómo podemos sustituirlo.
    
Y a medida que vamos sustituyéndolo por el orden que el Padre quiere -hacer de este mundo un a gran familia, un mundo de hermanas y hermanos, sin padres (Mc 10,29-30) con un Padre único y común- vamos siendo cada vez más plenamente hijos de Dios.

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