Domingo 7º del Tiempo Ordinario
Ciclo C

24 de febrero 2019
 

Para que seáis hijos

    Ser hijos de Dios: ¿sólo un motivo de orgullo? ¿Un pasaporte seguro para la otra vida, para la salvación eterna? ¿O nada más que un documento, una partida de bautismo que nos hace miembros de una determinada sociedad y nos inserta en medio de unas determinadas tradiciones? Nada de eso: ser hijo de Dios es la consecuencia de una elección, el resultado de una opción y el final de un camino, de un proceso de maduración hasta lograr un amor a imagen y semejanza del amor del Padre. Del único Padre, el del cielo.

 




¿De la tierra o del cielo?


    Hay dos modelos de hombre, dice Pablo en la primera lectura: el primer y el segundo Adán, el primer hombre y Jesús de Nazaret. Nosotros, los cristianos, añade Pablo, «hemos llevado en nuestro ser la imagen del terreno», y «llevaremos también la imagen del celeste».
    Pablo, que está tratando el tema de la resurrección, piensa al escribir estas palabras en la otra vida: del mismo modo que Jesús ya vive junto al Padre, nosotros, que estamos unidos a él desde nuestro bautismo, viviremos con él, heredaremos «la incorrupción» de la que él ya está gozando. Es decir, nuestra perspectiva no se cierra con el horizonte de esta historia, nuestra esperanza no se agota en la salvación de este mundo: «Entonces, cuando esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal de inmortalidad, se cumplirá lo que está escrito: "Sucumbió la muerte en la victoria" ... ¡Demos gracias a Dios que nos da esta victoria por medio de nuestro Señor, Jesús Mesías». Pero, ¿y mientras tanto?
    Según la misma doctrina del apóstol Pablo, ya somos hombres nuevos, es decir, ya llevamos en nosotros la imagen del hombre celeste desde el momento de nuestro bautismo, desde el momento en que recibimos el Espíritu que nos hace hijos de Dios. Entonces, mientras nuestro cuerpo siga siendo el cuerpo que salió del polvo de la tierra, ¿cómo se manifiesta ese Espíritu que nos hace hijos de Dios?
    Jesús derrotó dice San Pablo, a un triple enemigo, el pecado, la muerte y la Ley, -«El aguijón de la muerte es el pecado, y la fuerza del pecado, la Ley» (1ª Corintios 15,56)-, obteniendo la victoria, con la fuerza del Espíritu, para el amor, la vida y la libertad (Gal 5,13). El evangelio de hoy nos explica cómo, de qué manera y hasta qué punto debe manifestarse en nosotros la presencia de la vida y del amor de Dios.



¿No hay salvación para los ricos?

    El evangelio del domingo pasado terminaba amenazando a los ricos, a los hartos, a los que ahora ríen; si la esperanza cristiana tuviera como objetivo único la otra vida, la salvación escatológica después de la muerte, y si las bienaventuranzas fueran promesas para la otra vida, habría que hacer la misma interpretación de las amenazas: se trataría de una condena eterna, para la otra vida, para todos los ricos (y sin que importe el origen de la riqueza pues el evangelio no indica nada al respecto).
    Tal interpretación, que a cualquiera -y especialmente a los que defienden que la felicidad que se promete a los pobres es para la otra vida- le parecerá disparatada, resulta difícil de armonizar con las palabras que a continuación Jesús dirige a todos los que lo escuchan -el evangelio de hoy- proponiendo la exigencia más radicalmente nueva de todo su mensaje: «Amad a vuestros enemigos...» Si los enemigos de los pobres, los ricos, ya estuvieran condenados por Dios a la insatisfacción y al llanto eternos, ¿qué sentido tendría pedir amor para ellos?
    Las promesas y amenazas que siguen a las bienaventuranzas y a los ayes se refieren a este mundo, o mejor, al mundo nuevo que Jesús nos propone construir en esta tierra, y que consiste en un nuevo modo de vida, en una manera de relacionarse y de organizar la convivencia de tal modo que los que ahora sufren por culpa de la injusta organización de este mundo viejo dejen de sufrir y sean felices; pero los que se obstinan en mantener la injusticia porque gracias a ella gozan de privilegios se están cerrando la posibilidad de participar de esa felicidad.




Amad a vuestros enemigos

    Jesús fue el primero en poner en práctica las bienaventuranzas. Éstas constituyen el programa de ese mundo nuevo en el que desaparecerán la injusticia y el dolor que ésta provoca.  Esa lucha contra el pecado la mantuvo Jesús hasta el final, hasta el punto de perder la vida en el intento. Pero su muerte descubrió el arma de la que Jesús se sirvió en su combate: el amor. Amor del que no quedaron excluidos ni siquiera los que le dieron muerte: «Padre, perdónalos, que no saben lo que están haciendo» (Lc 23,34); según el evangelio de Marcos, la calidad y radicalidad de esa entrega desveló a uno de sus verdugos su filiación divina: «verdaderamente este hombre era hijo de Dios» (Mc 15,39). Porque había un amor tan grande en la muerte de Jesús, en ella se manifestó el Padre Dios y el amor y la vida acabaron venciendo a la muerte.
    Ser hijo de Dios consiste, pues, en  participar de su misma vida y, con el empuje de su Espíritu, amar con su mismo amor; amor del que no debe quedar excluido nadie, ni siquiera los que han optado por la muerte y el odio, ni siquiera los que se declaran enemigos del proyecto de Jesús, ni siquiera los que, con la fuerza de su ley, o sin más ley que la fuerza de su violencia, quieren un mundo en el que los pobres sigan siendo pobres y, por tanto, desdichados, para que la felicidad -real o aparente- sea el privilegio exclusivo de sólo unos pocos. Pues ni siquiera ellos deberán quedar excluidos del amor de los hijos de Dios: «Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, rezad por los os maltratan».




Para que seáis hijos

    El amor que propone Jesús no es un mero sentimiento, ni mucho menos ese amor que busca al otro como si fuera una propiedad privada; ni siquiera una relación en la que uno da al otro tanto cuanto recibe y sólo a cambio de lo que recibe. No es esa la manera de amar de Jesús: "Pues si queréis a los que os quieren, ¡vaya generosidad! También los descreídos quieren a quien los quiere. Y si hacéis el bien a los que os hacen el bien, ¡vaya generosidad! También los descreídos lo hacen. Y si prestáis sólo cuando pensáis recibir, ¡vaya generosidad! También los descreídos prestan unos a otros con la intención de recobrar lo prestado".
    Viviendo así, practicando esta clase de amor nos asemejamos a Dios y, al parecernos a Él, nos vamos realizando como hijos suyos: "Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada; así tendréis una gran recompensa y seréis hijos del Altísimo, porque él es bondadoso con los desagradecidos y malvados. Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo".
    Seréis hijos, y seréis hermanos. De eso se trata. Ese es el objetivo de las bienaventuranzas; ese es el objetivo de la renuncia a la riqueza, de la opción en favor de los que son pobres: construir un mundo en el que todos, porque somos hijos del Altísimo, vivimos y nos tratamos como hermanos; un mundo en el que, porque todos somos hermanos, Dios puede llamarse y ser Rey y Padre de todos; un mundo en el que, porque todos somos hijos de un mismo Padre, gobierna la ley del amor.
    Y esa será la recompensa. Ese mundo de hermanos, que además Dios promete que se prolongará mucho más allá de su primera etapa, será la recompensa para los que se parecen a Dios en la práctica del amor.
    Dios nos ha encomendado este mundo, para que lo transformemos, para que hagamos de esta tierra un cielo; nos ha mostrado el camino, las bienaventuranzas predicadas y practicadas por su Hijo Jesús; y nos ofrece la herramienta: el amor a su imagen y semejanza; y la energía necesaria, el Espíritu que nos hace amar con su mismo amor. Y nosotros lo hemos vuelto a entender al revés: seguimos pensando que lo que Dios quiere es que lo obedezcamos y que nos sometamos a Él y que, si lo hacemos así, nos premiará en la otra vida, nos obstinamos en pensar que lo que Dios quiere es que seamos buenos hermanos para así agradarle a Él; pero Él lo que quiere es que seamos sus hijos porque, si lo somos de verdad, viviremos como hermanos y haremos la vida mucho más agradable a los demás, a todos los que él quiere que sean sus hijos.

 


No-violencia contra la injusticia

    No se trata de no tener enemigos. Esto es algo que no podremos evitar; no está en nuestras manos impedir que haya quien se ponga en contra del proyecto de Jesús; se trata de no excluirlos de nuestro amor, de no cerrar nunca las puertas de la reconciliación, de no dar nunca por terminadas las posibilidades de cambio -conversión- ni siquiera en quienes se empeñan en ser nuestros enemigos; al contrario, no se debe despreciar ninguna ocasión para hacerles ver el daño que se hacen y el sufrimiento que provocan y, al mismo tiempo, hacerles comprender que también ellos están invitados a buscar la felicidad al lado de los que, teniendo a Dios como Padre, tratan de vivir como hermanos.
    Y tampoco se trata de callar ante la injusticia o de abdicar de nuestros derechos. Cuando Jesús habla de poner la otra mejilla no está aconsejando a los pobres que se resignen con su suerte, no está predicando esa resignación que falsamente se llamó cristiana y que ha alejado de la fe a tantas personas comprometidas en la construcción de un mundo más justo (si así fuera, ¿qué sentido tendrían las amenazas a los ricos que siguen a las bienaventuranzas?). Lo que Jesús propone es que cada uno, en sus relaciones personales, sea capaz de renunciar siempre al uso de la violencia, y en ocasiones incluso a los propios derechos para mostrar la calidad del amor de los hijos del Altísimo, y para invitar al enemigo a emprender, también él, el mismo camino del amor: «Al que te pegue en una mejilla, preséntale también la otra; al que te quite la capa, déjale también la túnica; a todo el que te pide, dale, y al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames».
    En ningún caso nos propone Jesús que renunciemos a nuestra dignidad; de ningún modo debemos entender que el amor a los enemigos nos debe callar ante la injusticia; las palabras de Jesús nos invitan a confiar en que, cuando se lucha por un mundo mejor, el amor es mucho más eficaz que el poder y sus armas de muerte. Poner la otra mejilla no es agachar la cabeza, sino levantarla, no es humillarse, sino lanzar un desafío ofreciendo fraternidad a quien amenaza con la muerte. Y mantener siempre abierta la posibilidad del perdón y  la reconciliación.




No juzguéis

    Si todo esto es difícil de practicar, más difícil puede resultar entender una de las últimas frases del evangelio de hoy: «No juzguéis y no os juzgarán». ¿Cómo se puede no juzgar a quienes estamos acusando de ser responsables de un mundo de injusticia y sufrimiento? La respuesta la podemos encontrar por este camino: podemos -y debemos-  denunciar los hechos, el [des]orden que ellos mantienen en pie -injusticia, desigualdad y explotación y hambre, miseria y dolor junto a lujo, derroche y risa inconsciente e insolidaria-, y dejar en suspenso nuestro juicio sobre la conciencia de las personas. Porque amar a nuestros enemigos es querer de verdad que dejen de ser enemigos y se conviertan en amigos y hermanos; y todos hemos tenido alguna vez la oportunidad de mostrarnos en desacuerdo con la actuación de un amigo, de un hermano quizá, sin que la discrepancia haya supuesto una condena.
     Amar a los opresores significa hacer todo lo que esté en nuestra mano para que dejen de ser opresores como el amor a los oprimidos nos debe llevar a hacer todo lo posible para construir un mundo en el desaparezca toda opresión.
    Sólo así llegaremos a ser nosotros hijos de Dios; sólo así nos pareceremos a Él, que «es bondadoso con los desagradecidos y malvados», sólo así reproduciremos en nosotros «la imagen del hombre celestial».

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