Domingo 5º de Pascua
Ciclo C

19 de mayo de 2019
 

Mandamiento nuevo

     para un Cielo y una Tierra nuevos

     Todo. El Cielo y la Tierra nuevos, desde sus cimientos. Una nueva creación que se caracteriza porque Dios se viene a vivir con los hombres. Un mundo en el que ya no habrá más muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor...  Pero esto sólo es posible cuando todo sea verdaderamente nuevo: cuando el odio y la esclavitud, la injusticia y la violencia propios del mundo presente sean sustituidos por comportamientos alternativos que tengan su origen en el corazón de Dios. ¿Llegará a realizarse alguna vez? Para que empiece a nacer, para que se vaya consolidando... Os doy un mandamiento nuevo...

 




Tenemos que pasar mucho (FE)


     Pablo está visitando las comunidades que había fundado. Ya parecen superados algunos problemas, como el de la oposición de los judíos ortodoxos. En su recorrido van realizando dos tareas distintas: una consiste en anunciar la Buena Noticia a quienes no la conocen o no la han aceptado todavía; la otra en afianzar «el ánimo de los discípulos exhortándolos a perseverar en la fe». Y, para fortalecer esa fe no les dicen más que una cosa: «Tenemos que pasar mucho para entrar en el reino de Dios».
     No es difícil que, al leer este texto, alguno sienta la tentación de usarlo para fundamentar la creencia de que para ganarse el Cielo hay que pasarlo muy mal en la Tierra; pero no es este su sentido sino más bien el contrario: consolidar en este mundo la nueva humanidad que nace de la resurrección de Jesús es una tarea que tendrá que superar todo tipo de obstáculos y dificultades. Pablo no quiere que los cristianos, que quizá viven una época de relativa tranquilidad, se acomoden y se vengan abajo en el momento en que se les presente la primera dificultad; no quiere que, cuando llegue otra vez la persecución, den de lado al evangelio o que moderen o disimulen sus exigencias para evitarla. Pablo quiere que, en cualquier circunstancia, los cristianos mantengan su compromiso de fe.
     Porque escuchar la voz de Jesús y seguirlo supone acoger unos valores que entran en contradicción con el modo de vida que interesa a quienes mandan en el mundo y, en nuestro momento histórico, con el ideal de hombre moderno que nos proponen los portavoces y los propagandistas del sistema. El Reino de Dios, el mundo de hermanos que Jesús predicó y que los cristianos debemos estar empeñados en que sea una realidad, entra en colisión con el individualismo egoísta que nos predican los profetas de una sociedad que llaman democrática porque en ella cada cual puede hacer lo que quiera con su dinero, pero en la que, aunque esto no se diga, nada cuentan los que no tienen, los que no producen beneficios... ¡o los que no votan!
     Si nos tomamos en serio nuestro compromiso, no faltarán las dificultades. Y entonces se nos podría presentar la tentación -en la que muchos cristianos y comunidades han caído a lo largo de la historia- de recluirnos en nosotros mismos, tranquilizar nuestra conciencia con algunas obras de caridad y esperar el premio a nuestra generosidad en el reino de Dios, entendido como otro mundo y otra vida, más allá de este mundo y después de esta vida. Pero, la verdad, para eso no hace falta demasiado esfuerzo. Y no es ese el proyecto de Dios. Para vencer esta tentación nos sería muy provechoso volver a leer las palabras de Pablo como dirigidas a nosotros, y dejar que él y Bernabé nos animen como lo hacían con las comunidades que ellos mismos habían fundando algún tiempo atrás: «...afianzando el ánimo de los discípulos y exhortándolos a perseverar en la fe diciendo: Tenemos que pasar mucho para entrar en el reino de Dios».




Dios con los hombres (ESPERANZA)


     El Reino de Dios no es un lugar ni un tiempo; es el grupo de personas entre las que Dios ha querido fijar su morada. Y Dios tiene prisa; no quiere esperar a que nosotros vayamos llegando a su casa y ha decidido instalarse ya entre nosotros. La segunda lectura, del libro del Apocalipsis, nos habla de «Un Cielo nuevo y una Tierra nueva» y de un ciudad santa, bajada del Cielo, en la que Dios está presente. El significado de esa visión del autor del Apocalipsis podría resumirse así: Dios se muda definitivamente del Cielo a la Tierra; recrea -crea de nuevo- el Cielo y la Tierra eliminando de él todo lo que supone un peligro y una amenaza para el hombre -«y el mar ya no existía»- y elimina la definitivamente la distancia entre lo humano y lo divino pues su morada entre los hombres. El objetivo y la consecuencia de su presencia será erradicar el dolor y el sufrimiento del mundo: «Él enjugará las lágrimas de sus ojos, ya no habrá más muerte ni luto, ni llanto ni dolor, pues lo de antes ha pasado».
     Es importante leer con atención lo que dice la lectura del Apocalipsis: Dios viene a hacer posible la felicidad de los humanos, no a rodearse de una corte que le dé gloria. O más bien habría que decir que la gloria de Dios es la felicidad de -todos- los seres humanos.
     El reino de Dios será también, sin duda, la realidad que esperamos, ya definitiva, después de esta historia; es la Nueva Jerusalén que describe el Apocalipsis  como «la morada de Dios con los hombres». Pero esa Nueva Jerusalén podemos -¡y tenemos!- que ir acercándola, y haciéndola posible. ¿Por qué vamos a esperar a morirnos para gozar de la presencia de Dios, si Dios nos ha dicho cómo podemos hacerle un sitio entre nosotros y prepararle aquí su casa? Y si de verdad estamos convencidos de que gracias a esa presencia desaparecerán de esta Tierra nuestra la mayor parte de los sufrimientos que padecemos y sus causas, ¿a qué esperamos para ir eliminando sus causas?
     Además, si Dios quiere que esa Nueva Jerusalén no esté en otro sitio, sino en la Tierra renovada y  renacida -la Nueva Jerusalén no está, no se queda en el Cielo, sino que baja del Cielo a la Tierra- ¿cómo es que no empezamos ya a allanar el solar en donde debe situarse, adelantando así la realización de nuestra esperanza? ¿Quizá nos da miedo lo mucho que tenemos que pasar -los conflictos, las persecuciones, las incomprensiones, las incomodidades- para entrar en el reino de Dios?



La gloria de Dios (AMOR)

     Judas acaba de salir. Jesús le había ofrecido una vez más su amistad, pero la ha rechazado. La desilusión quizá, su orgullo, sus ambiciones... lo han llevado a un callejón sin salida. Ha tomado la decisión de entregar a Jesús en manos de los jefes de su religión y de su nación y va a ponerla en práctica. Se resiste a abandonar sus viejos esquemas, está demasiado apegado a las instituciones y las tradiciones de sus mayores; quiere conservarlas y ha descubierto que Jesús no está interesado en reformar nada porque nada quiere conservar: hay que nacer de nuevo. Por eso Judas lo va a traicionar.
     Jesús lo sabe, pero no lo delata ante el resto de los discípulos; al contrario, le muestra de nuevo su afecto (Jn 13,26), y al no encontrar correspondencia, lo despide con estas palabras: «lo que vas a hacer, hazlo pronto» (Jn 13,27). Así acepta Jesús la muerte. Y así se manifiesta la gloria del Hombre. Y la gloria de Dios. Naturalmente que la muerte, en sí misma, no es gloria de nadie; pero sí que lo es lo que en esa muerte se revela: un amor sin límite, sin medida. El amor de Jesús a sus semejantes, a la humanidad, y el amor de Dios que Jesús manifiesta con su entrega: «Acaba de manifestarse la gloria del Hijo del hombre y, por su medio, la de Dios 32y, por su medio, Dios va a manifestar su gloria y va a manifestarla muy pronto.»



La gloria del hombre (amor)

     La gloria de Dios no es, por tanto, su poder, ni su ciencia, ni su grandeza: la gloria de Dios es el amor que se manifiesta en el Hombre. Y la gloria del hombre será corresponder a ese amor con un amor que difunda, comunicándolo, el amor recibido (Jn 1,16). Ese es el encargo de Jesús a sus discípulos; ése es el mandamiento nuevo: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; igual que yo os he amado, también vosotros amaos unos a otros...»
      Nuevo por la calidad y la medida del amor que exige: que el hombre, teniendo como modelo el amor de Jesús, ame a sus semejantes más que a sí mismo.
     Nuevo porque intenta que los hombres no estén preocupados por Dios -el mandamiento de Jesús ¡no manda amar a Dios!- más que para parecerse a Él, amando como Él a la humanidad.
     Nuevo porque declara cumplidos (obsoletos) y sustituye a los antiguos, que no se han mostrado demasiado eficaces.
     Nuevo porque, si se pone en práctica, dará, como fruto, un Cielo nuevo y una Tierra nueva... en el que ya no habrá más muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor, pues lo de antes ha pasado (Ap 21,1), un mundo en el que los hombres puedan ser felices (Is 65,17-25).
     Y quizá sigue resultando nuevo porque, a pesar de que fue promulgado hace tantos siglos, casi ni lo hemos estrenado...



La señal del cristiano (amor)

     Sin embargo es esta es la señal del cristiano: el amor. Y si el catecismo decía que la señal del cristiano es la cruz, eso sólo tiene sentido en cuanto que la cruz fue la muestra más sublime del amor. Por eso el cristiano no puede salirse de este ámbito ni eludir ese compromiso: colaborar con Dios en la consolidación de ese mundo nuevo en el que sea posible y real ese amor.
     Esta es la única ley -si es que el amor puede ser una ley-, la ley fundamental -la constitución- de la comunidad cristiana. Todos los demás mandamientos no tienen por sí mismos vigencia alguna, sino sólo en la medida en que coinciden, concretan o explicitan el mandamiento nuevo.
     Según el evangelio, lo que permite reconocer a un cristiano no es que cumpla los mandamientos de Moisés o los de la Iglesia, ni siquiera que haga de vez en cuando la señal de la cruz, sino que se le reconoce porque pone en práctica el mandamiento nuevo, es decir, porque ama a sus semejantes al estilo de Jesús, porque está dispuesto a entregar la vida para que sea posible un mundo nuevo, que ya será el Cielo nuevo, en el que brille con fuerza la gloria de Dios y los hombres sean felices por el amor.
     ¿Demasiada novedad, quizá para un mundo tan conservador?

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