Inmaculada Concepción
Ciclo B

8 de diciembre de 2023
 

 

Otra humanidad es posible

    Jesús es el primero de los hijos de Dios; el primero porque nadie lo fue antes que él; el primero porque nadie lo fue como él; el primero porque después de él muchos hemos sido invitados a serlo y a incorporarnos a la humanidad nueva que comienza con él. Por eso al recordar su nacimiento, celebramos el nuestro. En realidad, no es Jesús, somos nosotros, son otros hombres -mujeres y varones- nuevos quienes están o estamos a punto de nacer. Y en cada uno de esos nacimientos se habrá de ir consolidando la victoria del linaje de la mujer sobre el linaje de la serpiente. Y así, esa otra humanidad posible se irá haciendo realidad.

 




El ser humano se humaniza


    El libro del Génesis trata de explicar los orígenes (eso significa “génesis”) del mundo tal y como se conoce en su época. Y una de las explicaciones que se buscan es a la paradoja que surge de su fe: si, cuando creó a la pareja humana «vio Dios todo lo que había hecho: y era muy bueno» (Gn1,31) ¿cómo el mal se había apoderado de la humanidad?
    La respuesta que da a esta paradoja es doble: por un lado, el origen del mal está en la pretensión del ser humano de “ser como Dios”, pretensión que conduce a la opresión de unos seres humanos sobre otros y esto en dos ámbitos.
    El primero se da en la relación varón - mujer y que en el lenguaje contemporáneo llamamos “machismo” o “patriarcado”.
    El segundo en las relaciones laborales: la explotación de los trabajadores.
    Pero el autor de este relato no puede aceptar que la obra de Dios se vea definitivamente arruinada y anuncia una lucha permanente entre el mal y la humanidad en la que ésta acabará venciendo: «El Señor Dios dijo a la serpiente:  ... pongo hostilidad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo: él herirá tu cabeza cuando tú hieras su talón.» La historia de la humanidad se percibe así como un conflicto permanente de lucha contra el mal pero con una perspectiva optimista: el mal será derrotado.
    Al juntar este relato con el del evangelio de hoy se nos está diciendo que ese final optimista comienza con Jesús de Nazaret y que en todo esto hay una mujer que juega un papel muy importante: María.

 

Dos anuncios

    El evangelio de Lucas comienza con dos anuncios: el del nacimiento de Juan Bautista (1,5- 25) y el del nacimiento de Jesús (1,26- 38, el evangelio de hoy). Al empezar así, el evangelista descubre su propósito: él quiere presentar todo lo que va a contar en su libro como el cumplimiento de las promesas de Dios: Juan Bautista representa el punto final de la historia de la promesa; Jesús, el hombre nuevo en el que se cumplen, se realizan las promesas contenidas en todo el Antiguo Testamento.
    Lucas quiere dejar claro que la salvación que Dios ofrece no se va a realizar sin colaboración humana, y que para alcanzarla será necesario escuchar su palabra y fiarse de ella pues nos irá develando progresivamente el contenido de esa salvación y, finalmente, habrá que actuar en consecuencia.
    Con este propósito inicia su evangelio contraponiendo dos modos distintos de recibir la palabra de Dios: el de Zacarías, padre de Juan Bautista, y el de María, la madre de Jesús.
    La comparación de los dos relatos nos permite descubrir todo el contenido de estos pasajes.

       Allí, en el anuncio del nacimiento de Juan Bautista (Lc 1,5- 25), el destinatario del anuncio es un sacerdote, observante de las prácticas religiosas, varón, casado, anciano, rico, instruido; aquí, en el anuncio del nacimiento de Jesús, el mensajero de Dios se dirige a una mujer sencilla, pobre, sin estudios, de cuya práctica religiosa nada se dice, novia formal de un trabajador.
    Allí la relación con Dios se basa en la sumisión y su presencia suscita temor y sobresalto; aquí consiste en un amor (gracia y favor) tan grande que, aunque desconcierta al principio, debe ser causa de alegría.
    Allí Dios responde a la oración del sacerdote, y se limita a hacer posible que aquellos ancianos engendren un hijo, que será sólo hijo de hombre; aquí la iniciativa es del mismo Dios y el que va a ser engendrado será y cuando nazca lo llamarán... Hijo de Dios”.
    Allí será el padre el que le dará nombre; aquí esa función, sorprendentemente, corresponderá a la madre.     La misión del hijo de Zacarías y de Isabel será poner fin a lo viejo y preparar la llegada de lo nuevo, “reconciliar a los padres con los hijos...1 preparando así al Señor un pueblo bien dispuesto;» el Hijo de Dios y de María representa la novedad y el futuro, pues “reinará para siempre... y su reinado no tendrá fin”.
    Allí se anuncia el final de una época, de una manera de entender las relaciones entre el hombre y Dios; aquí, el comienzo de una nueva y más íntima relación.
    Juan Bautista será el último de los profetas de la antigua religión judía; Jesús el Hombre nuevo con quien comienza una nueva humanidad.
    Por eso allí todo sucede en lugar sagrado, en el templo; aquí, sin embargo, Dios entra en la casa de una mujer de pueblo, espacio considerado profano... porque lo que va a resultar de la misión del que va a nacer no es otra religión, sino una familia que pretende abarcar a la humanidad entera.

 

La sierva del Señor

    Hay un contraste más, entre ambos relatos. La primera reacción del anciano sacerdote es de desconfianza: «Qué garantía me das de eso? Porque yo soy ya viejo y mi mujer de edad avanzada». La respuesta de María, después de pedir algunas aclaraciones -lo que revela que actúa con libertad y conscientemente:  ­-«Cómo sucederá esto, si no vivo con un hombre?»- es de plena aceptación de la voluntad de Dios: «Aquí está la sierva del señor; cúmplase en mí lo que has dicho».
    Los profetas, cuando se refieren a los desastres que sufrió el pueblo a lo largo de su existencia, señalan que éstos has tenido una causa fundamental: el pueblo se había alejado de su Dios. Sin embargo, afirman, el Señor no se olvidará jamás de su pueblo porque Él es fiel y mantiene su palabra a pesar de las infidelidades de los hombres y porque en el pueblo ha quedado un pequeño resto que ha mantenido siempre su fidelidad a Dios y que será «semilla santa» (Is 6,13). A este resto, al Israel fiel, también le llaman los profetas siervo del Señor, y afirman que de este resto nacerá la salvación: «Dejaré en ti un pueblo pobre y humilde, un resto de Israel que se acogerá al Señor...No temas, Sion no te acobardes; el Señor tu Dios... goza y se alegra contigo, renovando su amor» (Sof 3,13.16.17).
    En el evangelio de Lucas, María, mujer pobre, humilde y fiel, representa a ese pueblo «pobre y humilde» (en los profetas la oposición fidelidad/infidelidad equivale con frecuencia a la antítesis riqueza/pobreza). Sin embargo, en el relato del anuncio a Zacarías, el pueblo queda al margen de todo, fuera del santuario, «aguardando a Zacarías, extrañado de que tardase tanto en el santuario»; y aunque la gente intuye que el anciano sacerdote ha tenido una experiencia extraordinaria, éste se ve imposibilitado de compartir con ellos la visión que ha tenido pues, «él les hacía gestos, pero permanecía mudo».

 

El primer Hijo

    Dios va a dar pleno cumplimiento a su promesa; pero, al hacerlo, quiere cambiar sus relaciones con la humanidad. Traicionado por sus muchas infidelidades, pero lleno de amor por ella, le va a dar un hijo en el que no habrá nada de ese mundo que se ha hecho viejo como consecuencia de su falta de amor. Será, como todos los hombres, un hijo de mujer; pero nada lo unirá con la historia de traiciones y de mentiras en que los hombres convirtieron la convivencia entre ellos y sus relaciones con Dios. Porque el que va a nacer será fruto de la acción del Espíritu, la fuerza creadora de Dios; y se hará carne en una porción de la humanidad que jamás ha sido infiel al amor de Dios: una virgen.
    Jesús, como el primer hombre,  es creado directamente por Dios, un hombre sin raíces, sin tradiciones, sin traiciones; el que nace es Hijo de Dios - «lo llamarán Hijo del Altísimo»- y, por tanto, no está condicionado por la larga tradición de injusticias y opresiones que empiezan ya a configurar el modo de ser de cada ser humano desde su nacimiento; este es el significado teológico de la virginidad de María y de que, según Lucas, sea ella, y no José, quien impondrá el nombre a su hijo.
    Ese Hijo nos revelará quién es su Padre y nos enseñará a hablar con Él. Y en ese hijo de Dios y, al mismo tiempo, hijo -linaje- de la mujer, empezará a cumplirse la profecía del Génesis, con él nacerá una nueva humanidad, con él comenzará la victoria de la humanidad sobre el mal.

 

Otros muchos hijos

    Él será el primero, pero no el último. A la nueva humanidad que nace con él se incorporarán todos los que acojan la fuerza de amor y de vida que a través de él se irá ofreciendo, todos los que acepten a Dios como Padre, no como amo, todos los que quieran ser hermanos y no señores de los hijos de Dios, todos aquellos que quieran que en ellos se realice lo que según el Apóstol Pablo formaba ya parte del designio de Dios antes de crear el mundo.
    Por eso al recordar el nacimiento del primer Hijo de Dios, debemos renovar el nuestro. Somos nosotros los que estamos a punto de nacer o de renacer; y es para nuestro nacimiento para lo que nos estamos preparando en el Adviento. Y para reafirmar nuestro compromiso con esta siempre nueva manera de relacionarnos con Dios, no como fieles, ni como siervos, sino como hijos, miembros de su familia.
    Ahora debemos ser nosotros ese pedazo de humanidad en el que aún es posible que dé fruto el amor de Dios: la Iglesia, - la comunidad cristiana de quien María es figura-, debe ser esa casa de Nazaret en la que se escucha confiadamente la palabra de Dios, debe ser esa porción de humanidad que, como fruto del Amor, ofrece siempre una cosecha de vida, de libertad y de alegría, debemos ser ese linaje de la mujer que pisa la cabeza de la serpiente, que lucha contra el mal, contra todo lo que significa sumisión y sometimiento en las relaciones entre las personas, contra todo lo que daña la vida y la felicidad de los hijos de Eva la “Viviente”, renacidos ahora como hijos de María.
    Estamos a punto de asistir no a la repetición del parto que tuvo lugar hace casi dos mil años; no es María la que va a dar a luz; es de nuestra fidelidad de donde pueden llegar a nacer otros muchos hombres nuevos que habrán de continuar su lucha contra el mal hasta la victoria definitiva.

 

Otra humanidad es posible...

    Porque ni el optimismo del Génesis se realizó, ni el horizonte utópico que se vislumbra en el evangelio de Lucas en el anuncio del nacimiento de Jesús lo ha alcanzado la humanidad. Es más, el mal parece haber avanzado pues la capacidad de hacer sufrir que hemos alcanzado los seres humanos es en estos momentos inagotable.
    Dicen los expertos que, completada la hominización (proceso evolutivo a través del cual se adquieren y consolidan las características del ser humano como especie biológica, es decir, el proceso a través del cual los homínidos van alejándose de la animalidad hasta llegar al homo sapiens), comienza un nuevo proceso al que denominan “humanización”. En este proceso (que incluye todo lo que se considera “cultura”) tiene una importancia decisiva la adquisición y el crecimiento en valores, la ética.
    Ese proceso, sin embargo, no es lineal: avanza, vuelve atrás, se detiene, se acelera o se retarda, se desarrolla poco a poco o, en ocasiones, se producen saltos, no todos hacia delante... Y, además, no afecta a todos los seres humanos por igual porque, además de la racionalidad, en este proceso interviene decisivamente la libertad individual.

 

... y necesaria.

    En esa evolución hacia la plena humanidad, la Declaración Universal de los Derechos Humanos que dentro de dos días cumplirá setenta y cinco años, puede significar uno de los avances más importantes que se han logrado.
    Para nosotros los creyentes, Jesús es el hombre que alcanza la plenitud humana, precisamente por los valores que posee y que nos propone también a nosotros, valores que Pablo sintetiza en una sola palabra, el amor: «Porque nos eligió con él antes de crear el mundo, para que estuviéramos consagrados y sin defecto a sus ojos por el amor; destinándonos ya entonces a ser adoptados por hijos suyos por medio de Jesús Mesías.»
    El hijo de María, su persona, su vida y su mensaje, representan sin duda otro de esos saltos, para nosotros el más importante, en esa búsqueda de los valores que van humanizando a la humanidad.
    Sin embargo, la realidad nos muestra, no sólo que aún no hemos alcanzado ni esa plenitud que nos propone el evangelio ni el grado de humanidad que refleja la Declaración de Derechos Humanos, sino también que estamos dando pasos atrás, que también en este ámbito se sigue librando la batalla entre el bien y el mal. Valgan como trágicos ejemplos los millones de seres humanos que sufren y mueren por el hambre en un mundo con recursos suficientes para que todas las personas vivamos dignamente, o las decenas de miles que mueren tratando de llegar desde los países empobrecidos por el colonialismo a los otrora y también ahora colonialistas, o la múltiples y guerras y, especialmente sangrante, el genocidio que se está perpetrando contra el pueblo palestino.
    Está claro que la lucha entre el bien y el mal, entre la serpiente y la descendencia de Eva no ha terminado. Y en esta lucha, los que conmemoramos el nacimiento del Hombre que alcanzó y nos propone la plenitud humana tenemos que tomar partido. En nuestra vida personal y en el empuje a esa otra humanidad que sabemos posible y experimentamos como necesaria.
    Seamos optimistas sobre el futuro de la humanidad; pero hagamos lo necesario para que ese optimismo sea racionalmente realista y lo posible se logre.

 


 1.Para referirse a la misión del Bautista, Lucas recurre a una cita del profeta Malaquías: «Y yo os enviaré al profeta Elías antes de que llegue el día del Señor, grande y terrible: reconciliará a padres con hijos, a hijos con padres, y así no vendré yo a exterminar la tierra.» Es de destacar cómo el evangelista mira al futuro. Si el profeta decía que el precursor del Mesías (Elías) asumiría la tarea de reconciliar el pasado con el presente y futuro (padres con hijos) y el presente con el pasado (hijos con padres), Lucas selecciona y atribuye al Bautista sólo el primer miembro de la profecía de Malaquías: el pasado ya no cuenta; comienza ya un futuro mucho mejor.

 

Los comentarios están, pòr el momento, desactivados.

We use cookies

Usamos cookies en nuestro sitio web. Algunas de ellas son esenciales para el funcionamiento del sitio, mientras que otras nos ayudan a mejorar el sitio web y también la experiencia del usuario (cookies de rastreo). Puedes decidir por ti mismo si quieres permitir el uso de las cookies. Ten en cuenta que si las rechazas, puede que no puedas usar todas las funcionalidades del sitio web.