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Domingo 3º de Cuaresma
Ciclo C

20 de marzo de 2022
 

¿Cuáles son nuestros frutos...?

    La institución religiosa judía es comparada en el evangelio con una higuera, que no da fruto. El fruto que el Señor espera recoger no es otro que su justicia implantada en la Tierra. Pero, ¡atención! Lo que dice el evangelio sobre las instituciones judías no tiene como objetivo el hacer una simple crítica del pasado, sino ofrecer también una enseñanza para el futuro. Por eso nosotros, miembros de la comunidad cristiana debemos hacernos hoy esta pregunta: y nuestros frutos, ¿...cuáles son, dónde están?

 




«Voy a bajar»

    Dios no es neutral. Cuando entre los hombres se establece una relación de dominio, cuando unos son injustos con otros, cuando algunos -o muchos- pierden su libertad y ven pisoteada su dignidad, Dios no se mantiene neutral, toma partido. Y siempre, siempre, se pone del mismo lado: está invariablemente con los de abajo.
    Esto no debería suponer una novedad para nadie, pues es la primera verdad de la fe del Antiguo Testamento. Desde que Dios llamó a Moisés para encargarle la tarea de guiar al pueblo hasta la libertad le manifiesta con toda claridad la causa de su intervención -«He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído sus quejas contra los opresores, me he fijado en sus sufrimientos»- y el modo en que ha decidido llevarla a cabo: «Voy a bajar a librarlos de los egipcios...»
    Dios se abaja; el Señor se pone del lado de las víctimas y en contra de los verdugos, toma como suya la causa de los desgraciados y echa en cara a los injustos su culpa.
    Desde el principio de la Historia de la Salvación Dios está bajando, Dios está del lado de los de abajo. Pero son muchos los que parecen no enterarse; o, más bien, son unos pocos los que, con mucho interés, procuran que la mayoría que está abajo no se entere de que Dios está con ellos.

 

Los verdaderos culpables

    Jesús, cuya misión consistía en llevar a su culminación lo iniciado por Moisés, acaba de pronunciar unas duras palabras: «Fuego he venido a lanzar a la tierra, y ¡qué más quiero si ya ha prendido! ... ¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? Os digo que paz no, sino división» (Lc 12,49-53). Jesús no está satisfecho con lo que encuentra en la Tierra; y quiere cambiarlo de arriba abajo. Algunos de los presentes le recuerdan un hecho reciente con una doble intención: primero, para decirle a Jesús que los que sufren en este mundo se lo tienen merecido, pues todo sufrimiento es un castigo de Dios por el pecado. Y, en segundo lugar, les sirve para hacerle una inquietante advertencia a Jesús: si estaba tratando de cambiar el mundo como los nacionalistas fanáticos (lo que eran seguramente aquellos galileos), debía saber que se exponía a terminar como ellos.
    Jesús, por un lado, no está de acuerdo con la primera interpretación: el mal es casi siempre fruto y consecuencia del pecado; pero el pecado no está en el que sufre, sino en quien causa el sufrimiento. No es justo decir que los pobres, los hambrientos, los oprimidos... sufren por culpa de sus pecados, o de su pereza o su desgana. No es así. Esta manera de pensar lo que hace es convertir al dinero en un dios, al que no lo tiene, en culpable y al que sufrimiento consecuencia de la pobreza, el castigo por su culpa.
    No, no es así. Sufren por culpa de nuestros pecados: el pan que les falta, los hospitales y las viviendas que no tienen, la educación a la que no tienen acceso... todo eso es consecuencia de lo que un orden de injusticia, del que todos somos en mayor o menor mediada responsables, les roba. Por eso es necesario enmendarse, cambiar de manera de vivir, dejar de ser causantes o cómplices de los que provocan el sufrimiento de los hombres. En una palabra: romper con la injusticia, romper con el pecado.

 

Responsabilidad compartida

    Y, a continuación, Jesús les muestra la falacia de su argumento: si ellos decían que los galileos eran pecadores y que por eso murieron y que aquellas muertes debían servir de escarmiento a Jesús, también deberían juzgar con el mismo criterio otro hecho que él les recuerda: un accidente en el que murieron dieciocho personas que no eran más culpables que el resto de los habitantes de Jerusalén.
    Todos somos responsables del sufrimiento de nuestros semejantes; no podemos escurrir el bulto. No podemos, como hacen los niños, eludir nuestra responsabilidad echándole la culpa a los demás.
    Cierto que no todos somos igual de culpables.
    Unos son directamente culpables del hambre en el mundo, de la desesperación de quienes se juegan la vida -y con mucha frecuencia la pierden- en una patera para huir de la miseria, de la explotación de los emigrantes, especialmente de los que no tienen papeles, de la angustia de quienes pierden su casa como consecuencia de la voracidad de los bancos, de los que han quedado excluidos en el reparto de los beneficios sociales porque han sido expulsados del mercado de trabajo por unas leyes injustas y por el egoísmo inhumano de los empleadores... responsables directos de unas relaciones comerciales internacionales que son causa del empobrecimiento de muchos pueblos, del destierro del pueblo saharaui, de las guerras siempre injustas, del terrorismo al que se le llama acción preventiva, del terrorismo que produce este último terrorismo...
    Otros, los que vivimos bien en medio de esta situación -los trabajadores que, en las sociedades avanzadas, disfrutan de un salario digno- podemos sentir la tentación de desentendernos del problema (puesto que no somos directamente la causa ni está en nuestras manos su solución inmediata) y pensar que son ellos los que deben buscarse la solución a sus problemas.
    Pero no debemos estar tan seguros: un mundo que funciona gracias al sufrimiento y la muerte de muchos, acabará sufriendo las consecuencias del mal que constantemente engendra. Eso es lo que significa la respuesta de Jesús a sus informantes: "¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás, por la suerte que han sufrido? Os digo que no; y, si no os enmendáis, todos vosotros pereceréis también". Y eso está sucediendo también en la actualidad.

 

Obras son amores

    Los cristianos, al menos ante nuestra conciencia, debemos sentirnos responsables, no podemos permanecer impasibles e indiferentes ante el mucho mal que hay en el mundo.
    Seguro que si hiciéramos una encuesta preguntando si es competencia de la Iglesia y de los cristianos luchar contra el pecado, obtendríamos un sí unánime; pero también casi seguro que la mayoría de quienes responden de esa manera entenderían el pecado como un asunto individual, limitado al ámbito de lo personal o, incluso, reducido a la sexualidad. No es así sin embargo: el pecado es, en primer lugar, la injusticia que se constituye en la estructura de la sociedad y en el eje de las relaciones humanas.  Por eso, según el proyecto de Jesús de Nazaret, la comunidad cristiana tiene como tarea primordial ir dando a luz un mundo en el que el pecado no forme parte de las estructuras sociales, no esté en la base de las relaciones entre las personas, individuos o colectividades; tarea de la Iglesia es ir haciendo crecer un mundo en el que reine de manera efectiva la justicia de Dios: «Buscad primero que reine su justicia, y todo eso se os dará por añadidura» (Mt 6,33).
    Se trata no sólo de evitar el mal, sino de construir para todos un mundo verdaderamente nuevo, una sociedad organizada de acuerdo con la voluntad de Dios, lo que el evangelio llama «el reino de Dios», puñados de humanidad, comunidades que organizan su convivencia de tal modo que todos se tratan y se sienten tratados como hermanos y que son fermento de una humanidad verdaderamente fraterna. No es sólo una sociedad en la que no hay injusticia, odio, egoísmo, violencia..., sino un mundo en el que se han instalado definitivamente la justicia, el amor, la solidaridad, la paz...
    No se puede formar parte del pueblo de Dios (la viña, véase Is 5,17) sin estar contribuyendo eficazmente a que ese pueblo sea cada vez más fiel al proyecto del evangelio, sin crecer personalmente en la vida y en el compromiso cristiano y sin asumir como propio el testimonio colectivo de la comunidad y la misión de presentar a otros e invitarlos a incorporarse a la tarea de realizarlo. Sería como un árbol que no da fruto, que estorba y resulta perjudicial en un campo. Esto vale para personas y para grupos, organizaciones, instituciones...

 

¿Necesitamos una nueva prórroga?

    La parábola de la higuera estéril  fue un anuncio de lo que iba a suceder al pueblo de Israel y, en especial, a la institución religiosa judía. Pero esa parábola puede -debe- servir también de espejo para cualquier institución que pretenda presentarse como ámbito de la presencia de Dios en el mundo y en concreto para nuestra Iglesia. No tiene sentido una institución religiosa si no da el fruto que de ella se espera; y ese fruto no es otro que un mundo sin pecado. Y un mundo sin pecado -no está de más que insistamos en esta concepción de lo que es pecado-  es un mundo sin injusticia, sin hambre, sin explotación del hombre por el hombre, sin opresión de la libertad de los pequeños -personas y pueblos-, un mundo en el que nadie se atreva a bendecir en nombre de Dios las armas que van a matar personas, en el que no se justifique el asesinato en nombre de la ley ni el genocidio en nombre de inconfesables intereses económicos o políticos... Un mundo en el que la persona valga más que el dinero y el trabajo de los seres humanos más que el capital de los banqueros: eso es un mundo sin pecado.
    A nosotros los cristianos, el compromiso que hoy se nos pide es que estemos también del lado de las víctimas, siendo solidarios y revolucionarios, es decir: luchando, movidos por el amor para el que nuestro Padre Dios nos capacita, para hacer de nuestro mundo «una tierra fértil y espaciosa, tierra que mana leche y miel» ...una tierra en la que la miel y la leche alcancen a todos.

 

   Este debería ser nuestro fruto; sin embargo, la realidad es otra: mayoritariamente cristianos son los países que sustraen sus recursos a los países pobres, empobreciéndolos dos veces, pues les compran por poco dinero sus materias primas y les venden caros los productos elaborados y les proporcionan las  armas que matan dos veces, cuando se usan y aún antes, porque para adquirirlas hay que reducir los recursos que deberían dedicarse a favorecer la vida; y cristianos son -o se dicen- los países que promueven y organizan guerras contra “peligrosos” dictadores que ellos mismos han creado, y hacen recaer el castigo sobre los pueblos, dos veces víctimas inocentes: por tener que soportar a los dictadores que otros les impusieron y por sufrir las consecuencias de la guerra... Y cristianos se llaman o se consideran los partidos que sostienen gobiernos que imponen una política económica  en la que la mayoría resulta empobrecida para que sea más y más rica una pequeña minoría. ¿Son estos los frutos que podemos presentar al Señor de la viña? Quizá tengamos que dirigirnos al Señor a pedirle un año de prórroga, como en la parábola: "Señor, déjala todavía este año; entretanto y cavará alrededor y le echará estiércol; si en adelante diera fruto..., si no, la cortas".

 

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