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Domingo 12º del Tiempo Ordinario
Ciclo B

24 de junio 2018
 

Se lo llevaron


     El relato de la tempestad calmada significa la superación de una grave tentación: la de secuestrar a Jesús. Es el intento de monopolizar su persona para hacer compatible su proyecto con el fanatismo religioso, con el nacionalismo excluyente, o con los privilegios de una raza, de una cultura, de una tradición religiosa... Es la pretensión de aprovechar lo nuevo conservando lo viejo... Es cambiar algo con la intención de que no cambie nada. ¿Cuántas veces se habrá repetido ese intento de secuestrar a Jesús? ¿Habrá hoy quien todavía pretenda secuestrarlo?

 



Lo viejo ha pasado


     La segunda lectura nos invita a reflexionar sobre la radical novedad del proyecto de Jesús: «Por consiguiente, donde hay un cristiano, hay humanidad nueva...»: Pablo dice que, en cuanto un hombre acepta el mensaje de Jesús, hay ya nueva humanidad. Pero en sus palabras hay un matiz muy importante: esa nueva humanidad no se añade a las antiguas realidades, sino que las sustituye: «lo viejo ha pasado; mirad, existe algo nuevo»: pero, ¿qué es eso viejo a lo que el mensaje de Jesús ha dejado obsoleto?
     Pablo dice que lo que le que tuvo que pagar Jesús para poner en marcha su proyecto de humanidad nueva fue la propia vida, y que lo que le llevó a afrontar la muerte y a ofrecer como don la propia vida no fue otra cosa que el amor: «Es que el amor del Mesías no nos deja escapatoria, cuando pensamos que uno murió por todos». Añade enseguida que todo esto compromete  a quienes han aceptado el mensaje de Jesús pues, al hacerlo, «todos y cada uno han muerto; es decir, murió por todos para que los que viven ya no vivan más para sí mismos, sino para el que murió y resucitó por ellos». Esta es la respuesta a la pregunta formulada un poco más arriba: lo viejo, lo incompatible para el cristiano es vivir para sí mismo.
     El egoísmo, eso es lo viejo. Pero el egoísmo no sólo como defecto individual, sino como modo de vida, como componente esencial y estructural del orden social; es el desorden social que permite que unos hombres abusen de otros, que los grandes -¿grandes en qué?- se aprovechen de los más débiles, que unos pocos -la minoría- dominen a los demás.
     La egolatría, las actitudes excluyentes, la prepotencia, el machismo, las prácticas que conducen a la desigualdad, la búsqueda de privilegios, el desprecio de la dignidad de las personas... Eso es lo viejo.


Crucemos al otro lado

     Jesús había dejado establecido (Mc 4,30-32: parábola de grano de mostaza) que el reino de Dios, el proyecto que él había venido a poner en marcha, era un proyecto radicalmente nuevo, nacido de una semilla, y no, como pensaban los israelitas de un esqueje del cedro frondoso que, en el profeta Ezequiel (17,22-24) representaba a Israel; a pesar de la humildad de su nacimiento -«la semilla más pequeña de todas las que hay en la tierra»- estaba abierto a todos los hombres y acabaría siendo como un árbol, no muy alto pero con anchas ramas, a cuyo abrigo pudieran cobijarse todos los pájaros del cielo. Y no deja pasar el tiempo para poner por obra lo que en teoría acababa de enseñar: «Crucemos al otro lado», dice a sus discípulos, indicando la ribera oriental del lago de Cafarnaún, tierra de paganos.
     Jesús ya había entrando en contacto y había aceptado en su grupo a personas que, desde el punto de vista religioso, no eran consideradas como pertenecientes al pueblo de Dios: Leví, el de Alfeo (Mc 2,14), recaudador de impuestos, es uno de los ejemplos que elige Marcos para dejar testimonio de este hecho; y otros muchos recaudadores y descreídos que se sentaban a la mesa con Jesús, con gran escándalo de los fariseos. Pero ahora se trata de hacer una visita a quienes no son israelitas ni desde el punto de vista religioso ni en cuanto a la raza.



El secuestro de Jesús

     Los responsables del desorden que gobierna nuestro mundo siempre han conseguido hacer creer a la mayoría que las cosas son así porque no pueden ser de otra manera. Y han justificado su desorden en nombre de Dios; o en las tradiciones o en la historia de un pueblo; o en los privilegios de una raza. Así, el egoísmo social se ha convertido en fanatismo religioso, en nacionalismo excluyente y en racismo, y las clases dominantes han conseguido que los pueblos asuman la defensa de sus egoísmos particulares.
     Algunos seguidores de Jesús no se habían conseguido liberar, al menos totalmente,  de la ideología que legitima este desorden. Ellos aceptaban a Jesús y su mensaje, estaban con él y, sin duda, les entusiasmaba la idea de una humanidad nueva... pero no demasiado: querían tener el control de la novedad. Por eso, cuando Jesús propone ir al otro lado del mar, a tierra de paganos... «dejando a la multitud, se lo llevaron tal como estaba, en la barca, aunque otras barcas estaban con él». No dice el evangelio que se fueron con él, sino que, a pesar de que allí había más gente en otras barcas, los que estaban más cerca de él se lo llevaron: lo secuestraron, querían controlar el proceso de expansión del proyecto de Jesús. No se oponían a que se incorporasen personas de otras razas y de otras religiones con tal de que se respetaran sus tradiciones y no se pusieran peligro los privilegios de su pueblo y de su raza.



Los secuestradores

     Los secuestradores eran uno de los grupos de seguidores de Jesús, el que estaba formado por israelitas ortodoxos (a los que Marcos llama “los discípulos” o “los doce”); los otros, que se debieron quedar con dos palmos de narices, eran los que Marcos nombra como “los que estaban con él”, hombres y mujeres que habían sido considerados y todavía lo eran para muchos como gente de mal vivir. Y son los buenos de siempre los que no creyeron oportuno que personas que no tenían una buena reputación asistieran a la presentación en el extranjero del proyecto de Jesús; la ocasión, pensarían, era suficientemente importante como para que las cosas se hicieran como se debía. Y para evitar fallos… secuestraron a Jesús. Así podían ellos controlar que la presentación del proyecto del reinado de Dios a los paganos se hiciera de acuerdo con las más puras tradiciones de su pueblo. En realidad, lo que pretenden es monopolizar a Jesús e incluso manipularlo. En este momento lo que de verdad quieren es anunciarse a sí mismos, subordinando la radical novedad del mensaje de Jesús a su mentalidad y a sus tradiciones y a los privilegios que estas les otorgaban, privilegios a los que no estaban dispuestos a renunciar de ningún modo.



Malos vientos

     Después, cuando reciban el Espíritu, tras completar un largo proceso de conversión, darán la vida por fidelidad a Jesús; pero en este momento su actitud pudo haber tenido consecuencias muy graves: pusieron en peligro la misión de Jesús y la realización del proyecto de Dios para la humanidad; el intento de controlar el proceso de expansión del mensaje puso en peligro la viabilidad del proyecto de Jesús.
     Este es el mal espíritu -viento y espíritu se dicen con la misma palabra en griego, el idioma en el que está escrito el evangelio- que pone en peligro la vida y el proyecto de Jesús: «Sobrevino un fuerte torbellino de viento; las olas se abalanzaban contra la barca, y la barca empezaba ya a llenarse». Y ese es el viento, el espíritu -la pretensión de superioridad, el exclusivismo, el desprecio de los otros, el rechazo de los diferentes- que Jesús domina y hace callar -«¡Silencio, estáte callado!», las mismas palabras con las que vence y expulsa a los demonios, a los espíritus inmundos- para hacer posible que la barca llegue a puerto, a su destino.


La tempestad calmada


     Esa es la tormenta que Jesús tiene que calmar, y ésa es la falta de fe que reprocha a los discípulos que lo habían secuestrado.
     Es lógico. Si el proyecto consiste en convertir este mundo en un mundo de hermanos, no se puede empezar con exclusiones. Por eso la acción de aquel grupo amenazaba con arruinar toda la misión de Jesús. Esta amenaza está representada por la violencia del viento que pronto se levanta y hace peligrar la estabilidad de la barca. No se trata de una casualidad ni de un repentino e inesperado cambio en la climatología: el mal viento (el mal espíritu) lo llevaban ellos dentro. Era su exclusivismo, su dogmatismo y eran sus métodos. Era que, creyendo estar bien con Dios, se sentían muy seguros de sí mismos y despreciaban a los demás (Lc 18,9): estaban contaminados con la ideología (la levadura) dirá Jesús poco después (Mc 8,15), de los fariseos. Por eso Jesús se desentiende de la travesía, y por eso, con Jesús al margen, la barca no puede navegar y está a punto de hundirse. Los discípulos han actuado por su cuenta y riesgo, no han contado con Jesús y han intentado monopolizarlo y manipularlo. Es cierto que Jesús escogió a doce de ellos como símbolo del nuevo pueblo de Israel; pero eso no les daba derecho a convertirse en jueces del resto de los seguidores de Jesús y a considerarse como los únicos con derecho a compartir su misión. Su actitud es tan peligrosa que, si Jesús no lo hubiese arreglado, todo se habría ido a pique. Eso sí: Jesús sólo actuó cuando tomaron conciencia y reconocieron que lo necesitaban y le devolvieron la iniciativa.



¿Todavía?

     El objetivo último de la misión de Jesús es esa nueva humanidad de la que habla Pablo, formada por hombres de toda raza, lengua y nación que «no vivan más para sí mismos, sino para el que murió y resucitó por ellos». Vivir para Jesús; pero esto, ¿qué significa? Asumir su proyecto y vivir para hacerlo realidad, comprometerse en la construcción de un mundo nuevo en el que quepan todos y en el que las diferencias de raza, género, nación, religión o cultura no sean un obstáculo para la fraternidad.

     No olvidemos que el evangelio no se escribió para criticar los hechos del pasado, sino para enmendar el presente y prevenir errores futuros. No olvidemos que, con demasiada frecuencia, nos hemos predicado a nosotros -a nuestra cultura, nuestra ideología, nuestras tradiciones religiosas...- usando como pretexto el anuncio de la Buena Noticia de Jesús. Todavía pretendemos extraer de los escritos evangélicos o de la Biblia en general, pruebas para sostener nuestras ideas, nuestras opciones personales, nuestra personal escala de valores, nuestra ideología política, nuestra cosmovisión e, incluso, nuestra visión científica del mundo y del hombre. Pero eso puede llegar a ser también un secuestro de Jesús y de su mensaje.
     Por eso no estaría de más que reflexionáramos sobre el peligro que muchos grupos podemos tener de secuestrar a Jesús y de monopolizar su proyecto; y por eso debemos estar atentos para que nadie se considere con el derecho de apropiarse de Jesús y de su palabra, que nadie arrebate a Jesús el derecho que sólo a él le corresponde, de gobernar su barca.

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