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CORPUS CHRISTI -  Ciclo B

3 de junio 2018
 

Acción de gracias y compromiso

     En la antigua alianza Dios se comprometió a estar con una pequeña porción de la humanidad, a la que hizo su pueblo y a la que exigió que  guardara sus mandamientos; con la nueva alianza Dios se ofrece para ser Padre de todos los que quieran vivir como hermanos. Por eso esta nueva alianza se sella «mediante sangre no de cabras y becerros», sino con la del primer Hijo y del primero entre los hermanos. Por eso la Eucaristía no puede ser, entre nosotros, una ceremonia más, rutinaria y vacía. La Eucaristía recuerda y renueva el don de Jesús, su entrega a la muerte, consecuencia del conflicto con los enemigos del hombre y manifestación de su extremo amor. La Eucaristía renueva también el compromiso, sellado con sangre, de quienes han decidido hacer de la vida y de la muerte de Jesús la norma de la propia vida.

 



La Pascua y la Alianza


     Dios se manifestó como el Dios verdadero, decíamos el domingo pasado, comprometiéndose en el proceso de liberación de un pequeño pueblo que estaba esclavizado en un país extranjero. Pero el compromiso de Dios no terminó ahí. La liberación de aquel grupo de esclavos no agotaba la pasión de Dios por la libertad.
     El día en que salieron de Egipto, los israelitas iniciaron un largo camino por el desierto: tierra despoblada, sin ley ni orden alguno; tierra y camino en donde Israel aprendería a ser pueblo, a dotarse de unas leyes que aseguraran el respeto por la libertad de todos y de un orden en el que nadie se creyera con derecho a ser señor de nadie.
     El Señor Dios no se desentendió de los recién liberados, sino que recorrió con ellos aquel camino, los acompañó en aquel proceso. De todo este camino/proceso nos habla el libro del Éxodo.
     Dos pasajes de este libro resuenan hoy en el evangelio. El primero (Ex 12,1-20) habla de la Pascua, fiesta que celebraban cada año los israelitas en recuerdo de la última noche de esclavitud en Egipto, noche en la que sus antepasados sintieron con fuerza la presencia liberadora del Señor. En cada familia se sacrificaba y se comía un cordero, el cordero pascual, evocando aquel cordero de Egipto cuya sangre salvaguardó la vida de los primogénitos israelitas y cuya carne les dio fuerzas para emprender el camino (Ex 12,1-14); en cada familia, el padre debía explicar a sus hijos qué significaba lo que estaban haciendo: «Esto es lo que el Señor hizo en mi favor cuando salí de Egipto» (Ex 13,8). Era, por tanto, un día de celebración, memoria y acción de gracias por la liberación conseguida gracias a la intervención de Dios.
     El segundo pasaje (primera lectura) se refiere a la ratificación de la Alianza. Dios quiso dar a su compromiso un carácter solemne; así, cuando «a los tres meses de salir de Egipto, los israelitas llegaron al desierto de Sinaí...» (Ex 19,1)  el Señor les hizo sentir allí, de un modo especial, su presencia; a los que habían sido esclavos y estaban aprendiendo a ser libres les habló y les propuso un pacto, una alianza: Él, que los había librado de la esclavitud (Ex 20,2), se comprometía a estar siempre presente entre ellos que, a partir de ese momento, serían su pueblo, su propiedad privada; ellos, a su vez, debían comprometerse a no reconocer como dios a nada ni a nadie más que a Él y a obedecer sus mandatos (Ex 19,5-6; Jr 7,23; 11,4; 24,7; Ez 11,20; 14,11) que, fundados en la experiencia de la liberación (Ex 20,2; Dt 5,6), les exigían dar culto sólo a Él, Dios liberador, y respetar la dignidad y los derechos de la persona, cuya violación ellos habían sufrido cuando eran esclavos en Egipto (Ex 20 3 17 Dt 5 7 21). El pacto fue iniciativa de Dios (Ex 19,4), los israelitas, ya hombres libres, libremente lo aceptaron (Ex 19 8 24 3). Entonces se celebró una ceremonia para ratificar la alianza.


 
Pacto de sangre

     La ceremonia consistió en un pacto de sangre: se mato un novillo; la mitad de la sangre se derramo en el altar y con la otra mitad Moisés roció al pueblo, diciendo «Esta es la sangre de la alianza que el Señor hace con vosotros a tenor de estas cláusulas» (Ex 24,8).
      En una organización social primitiva, la paz entre los individuos o entre los pueblos estaba garantizada o bien por medio de lazos familiares, o bien como resultado de un pacto, de una alianza. Las alianzas se ratificaban de diversos modos -con un abrazo, intercambiando algún regalo...-; uno de estos modos, quizá el más solemne, era el pacto de sangre, como el que describe el libro del Éxodo.
     La sangre, en las culturas del entorno de Israel, se identifica con la vida; entre los que sellan una alianza con un rito de este tipo se establece la más íntima unión que un hombre de aquellos tiempos podía imaginar, creando artificialmente un parentesco de sangre que naturalmente no existía.
     Este es el significado de la ceremonia que celebra Moisés, rociando con la sangre de los animales sacrificados primero el altar y después a todo el pueblo: al rociarse el altar y el pueblo con la misma sangre -esto es, con la misma vida- Dios y el pueblo quedan unidos por un lazo sagrado y vital que garantiza la paz -es decir, las relaciones armónicas- entre Dios y su pueblo.
     Por otra parte, los que hacían un pacto se obligaban a cumplir una serie de compromisos; en el caso de la alianza del Sinaí, Dios se compromete a ser el Dios de los israelitas y les exige que cumplan sus mandamientos. Antes de ratificar el pacto el pueblo entero había aceptado sus condiciones y se había comprometido a cumplirlas: «Haremos todo lo que manda el Señor».


Un nuevo compromiso

     Pero aquel acuerdo no fue suficiente, no dio el resultado esperado. Y no porque Dios faltara a su palabra, sino porque los hombres casi nunca mantuvieron la suya. Es cierto que, aunque suene a disculpa, resulta difícil ser fiel a ciertos compromisos en nuestro mundo. No son las exigencias del Dios de la libertad lo que parece inspirar las acciones de los responsables del orden de las sociedades humanas. Es verdad que se les llena la boca cuando usan estas palabras -justicia, libertad, igualdad, paz-; pero en sus bocas acaban siendo o palabras hueras o, más bien, falsas mentiras como falsos son los dioses que las inspiran.
     Pero Dios quiso que hubiera una segunda oportunidad. Y volvió a acercarse a la humanidad aunque esta vez su presencia fue verdaderamente singular: en un Hombre compartió la vida de los humanos. Y con la vida del Hombre aquel mostró hasta donde estaba dispuesto a llevar su solidaridad con la humanidad y hasta donde debía llegar la solidaridad entre los humanos: hasta el don de la propia vida -totalmente, si ello era necesario- para desterrar la opresión y la muerte de las relaciones entre los habitantes de la Tierra.
     Si leemos el relato de la institución de la Eucaristía a la luz de todo esto, nos daremos cuenta de cuál es su verdadero significado: la primera alianza no fue más que un ensayo, un anuncio de otra más importante que habría de venir. La relación del hombre con Dios no podía consistir en fingir un parentesco, o en simbolizarlo ritualmente, sino en la comunicación de su verdadera vida; y la armonía en las relaciones de la humanidad con su Creador no podían reducirse -Dios no quería que se quedaran reducidas a eso- a un pacto exterior en el que la comunidad de vida sólo era un símbolo expresado en la sangre derramada de animales.

Nueva Pascua, nueva Alianza, nuevas exigencias
 
     La misión de Jesús está llegando al final. Todo lo que debía hacer para animar a los hombres a incorporarse al proceso de liberación que él tenía que iniciar está prácticamente hecho. Ahora, en un clima de clandestinidad –«los sumos sacerdotes y los letrados andaban buscando cómo darle muerte prendiéndolo a traición» (Mc 14,1)-, va Jesús a celebrar la Pascua con sus discípulos; como la primera vez, habrá que esperar a que pase la noche (Ex 12,22) para que, cuando amanezca un nuevo día (Mc 16,2), al vencer la vida a la muerte, se abran definitivamente las puertas de la libertad.      Marcos no da detalles sobre la cena; no dice que se observara el ritual de la Pascua judía. Centra la atención en dos gestos de Jesús que expresan el sentido de la nueva Pascua y de la nueva Alianza. El primero no está recogido en el leccionario oficial para la fiesta de hoy: Jesús denuncia ante sus discípulos que uno de ellos lo va a traicionar entregándolo a quienes pretenden darle muerte (Mc 14,17-20). Es uno que está compartiendo la misma fuente de comida con él: alguien a quien él está ofreciendo su amistad y con quien está dispuesto a compartir la vida. La denuncia de Jesús tiene un doble valor: por un lado, la advertencia al traidor es una muestra de amor más, un último intento de ganarlo para su causa, la de Jesús (y si lograra comprenderlo, el mismo traidor descubriría que es la causa que a él mismo de verdad le conviene). Para Jesús supone la aceptación de la propia muerte. No porque él busque morir, sino porque su compromiso de amor con la liberación de la humanidad así lo exige; o, más exactamente, porque los enemigos de la libertad van a intentar por todos los medios hacerlo fracasar forzándolo a traicionar ese compromiso.
     Una vez aceptada la muerte, Jesús realiza otro gesto que recuerda el reparto de los panes y los peces; pero ahora, al repartir el pan, Jesús añade: «Tomad, esto es mi cuerpo». El pan que ahora se reparte es la misma persona de Jesús. Jesús se ofrece a sus discípulos, quiere que lo acepten como el nuevo cordero, como el alimento que garantiza sus vidas y les da fuerza para caminar hacia la libertad definitiva. Además, este gesto completa la exigencia significada en el reparto de los panes (Mc 6,38-46; 8,1-8). Hay que compartir el pan de cada día; pero esto no basta: es necesario estar dispuesto a darse personalmente en favor de la vida y la libertad de todos.
     Después, Jesús pasa una copa de vino; cuando han bebido todos, les explica el significado de aquel trago: si han aceptado su vida, eso supone que aceptan también sus exigencias, las de una nueva alianza, «la alianza mía». La copa contiene la sangre de esa nueva alianza; no es sangre de un animal; aquella sangre es el Hombre que se entrega a la muerte para que los hombres vean que es posible el amor sin límite alguno. Y nadie la rocía sobre el grupo: cada uno debe coger y beber la copa, aceptando libre y personalmente la nueva alianza. Aquella sangre, vida que se entrega, expresa por sí misma la exigencia de la nueva alianza: si dejamos que corra por nuestras venas es porque estamos dispuestos a derramarla por la misma causa por la que pronto va a ser vertida: para mostrar el amor por el hombre, fieles hasta el final al proyecto de Jesús.
     Y porque en esa nueva alianza se compromete también el Dios de la vida y la libertad, el pan y el vino se reparten y se comparten después de bendecir al Señor y darle gracias.

     La Eucaristía es, por tanto, acción de gracias al Padre y solidaridad con el Hijo del Hombre y con los hombres; fuente de vida y exigencia de amor; presencia de Jesús entre los suyos y compromiso de los suyos en favor de la justicia y de la igualdad; acción de gracias a Dios Padre y experiencia de vivir en un mundo que se va haciendo -que vamos haciendo que sea- un mundo de hermanos.

     El “Corpus” es una fiesta en muchas de nuestras ciudades y pueblos. Pero, ¿qué es realmente lo que celebramos? Como todas las fiestas cristianas, tendría que ser la fiesta de la fraternidad en camino, buscada, luchada, anunciada y anticipada ya, aunque todavía no plenamente realizada. Y denuncia y protesta por todas las causas que impiden que toda la humanidad pueda vivir su vida como una permanente fiesta.

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