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Domingo 3º de Cuaresma  -  Ciclo B

4 de marzo de 2018
 

El templo..., el corazón humano
   

    Por mucho que en el transcurso de los siglos los manipuladores de la fe de los pueblos lo hayan intentado encerrar, Dios no cabe entre cuatro paredes, sólo cabe en el Hombre, en el hombre que, por amor, entrega y gasta la vida luchando por la libertad de sus semejantes. Y en los grupos de hombres en los que ese amor es la característica que los identifica.
    Aunque los fieles de todas las religiones se han empeñado en construir para Él casas y palacios, Él ha decidido que no quiere vivir más que al calor del corazón del Hombre que ama a sus hermanos hasta vencer la muerte. Dios no cabe entre cuatro paredes: El Hombre -Jesús como primogénito y cada una de las personas- es, o puede ser, su templo.


No tendrás otros dioses


    Cuando el Señor sacó a los israelitas de Egipto, en el camino hacia la tierra prometida, les dio la oportunidad de vivir una experiencia singular: encontrarse con Él y acordar una Alianza por la que el Señor se comprometía a ser el Dios de aquel pueblo y éste a cumplir la Ley de Dios.
    Esta ley, la que según la tradición recibió Moisés escrita en dos tablas de piedra, comenzaba así: «Yo soy el Señor tu Dios, que te saqué de Egipto, de la esclavitud». Con estas palabras, Dios recuerda al pueblo la salida de Egipto y se presenta como el artífice de aquella liberación, hecho que le da legitimidad para exigir ahora al pueblo un comportamiento coherente con la misma.
    Estas palabras revelan el cimiento sobre el que debe entenderse edificado el resto de la Ley y el principio que le da sentido a toda ella: el hecho de haber recibido del Señor la liberación, el que Dios hubiera impulsado el proceso que convirtió a un grupo de esclavos en un pueblo de hombres libres. Esa peculiaridad del Dios de Israel, ser un Dios liberador, es la prueba que presenta para demostrar que Él es el único Dios y, por tanto, funda la exigencia de que sólo a él se le debe considerar como tal: «No tendrás otros dioses frente a mí».
    El resto de los mandamientos de esa ley, que también se fundan en ese hecho, implican una doble exigencia de respeto: primero hacia ese Dios que ha manifestado su grandeza logrando la libertad a un grupo de pobres y débiles esclavos; en segundo lugar hacia los demás hombres, para evitar que la injusticia y la opresión de las que el Señor los había salvado volvieran a instalarse en medio del pueblo nacido de la acción liberadora del Señor.
    En medio se encuentra el precepto sabático, lazo de unión entre ambas exigencias, ya que se justifica en una razón de índole social (Dt 5,15) y en motivaciones de carácter religioso: con lo que los derechos de Dios se funden con los derechos humanos, con los derechos de los trabajadores.


El templo de Jerusalén

    Desde muchos siglos antes de Jesús, en Israel sólo había un templo. En una sociedad tan religiosa, si sólo se podía encontrar a Dios en un lugar, los intermediarios de ese encuentro, los que controlaban el acceso a ese lugar adquirían, por ese hecho, el mayor poder que un hombre puede pretender: la capacidad para facilitar o impedir la relación de los hombres con Dios. Los sumos sacerdotes, que se atribuyeron en exclusiva ese poder, muy pronto lo aprovecharon en beneficio propio.
    Porque, ser representante de Dios es una tarea muy delicada que entraña un grave riesgo: dejar que el orgullo o la ambición -de dinero o de poder- oscurezcan la mente del que desempeña esta función y en lugar de representar pretenda sustituir a Dios. Cuando esto sucede, el hombre, para sentirse como un dios, no tiene otro medio que el ponerse al servicio del mayor rival del Señor: el dinero.
    Eso era lo que habían hecho los dirigentes religiosos de Israel. El templo era, según la teología oficial, la casa de Dios, el lugar en el que El Señor se hacía presente para su pueblo, para mantener con él la relación iniciada en el desierto, para renovar constantemente aquella alianza alcanzada en el Sinaí.
    Pero los que tenían la misión de facilitar al pueblo la relación con el Dios liberador lo habían ido expulsando de su casa para dar entrada en ella a todo tipo de negocios y, de este modo, habían entronizado frente al Señor a su eterno, -a su único, quizás- competidor: el dinero. El resultado era un pueblo engañado, nuevamente oprimido y sometido a la esclavitud, con la circunstancia agravante de que se usaba como cadena, como instrumento para mantener sujeto al pueblo, la misma religión con la que aquellos dirigentes asustaban, dominaban y controlaban a la gente sencilla, en lugar de ofrecerles, como aquella fe exigía, caminos para el encuentro con Dios y, por tanto, caminos de liberación.
     En tiempos de Jesús, los sumos sacerdotes controlaban directa o indirectamente la venta de animales -corderos, bueyes y palomas- para los sacrificios (las ceremonias de aquella religión incluían casi siempre el sacrificio de un animal; véase Lv 1,1-17; 3,1-4,35; 5,14-19.25; 12,6; 14,4-6.10.21-22; 16,1-15), el impuesto religioso y el cambio de moneda (pues sólo se podía pagar ese impuesto con la moneda oficial del templo; Mt 21,12; Jn 2,15). El tesoro del templo funcionaba también como banco en el que se depositaban las grandes fortunas y, además, el templo poseía grandes extensiones de tierra y era la primera empresa de Palestina. Y todo porque aquélla, decían, era la casa de Dios; pero ¡eran ellos los que tenían la llave!

Un azote de cuerdas

    Jesús se presenta con un azote en la mano (el evangelio no dice que lo utilice contra nadie): él es el Mesías ( se conocen diversas tradiciones judías que hablan del azote del Mesías), y como tal se muestra. Pero lo que hace y lo que dice va mucho más allá de lo que todos esperaban.
    En primer lugar, Jesús desbarata todo aquel montaje. No puede consentir que lo que debería haber sido un lugar de encuentro con el Dios liberador se haya convertido en un negocio para explotar a los pobres. Su gesto es una acusación contra los dirigentes religiosos de Israel que manejan la fe del pueblo para enriquecerse; pero, al mismo tiempo, echando fuera a los animales, está indicando que ya no van a hacer falta para dar culto a Dios. Dios, ya se había dicho muchos siglos antes, no necesitaba para nada la sangre de los animales; lo que él quería era que los hombres practicaran la justicia y el derecho; ésas eran las ceremonias religiosas, esa es la religiosidad que a Dios agradaba, que El Señor agradecía (Is 1,10-20; 58; 66,1-4; Jr 7,21-28; Am 5,18-27).
    La expulsión de las ovejas tiene un simbolismo aún más profundo (el evangelio de Juan, al que pertenece este pasaje, utiliza en varios lugares la imagen de las ovejas para referirse al pueblo; véase, por ejemplo, el capítulo 10, el pasaje más conocido): Jesús está anunciando con este gesto que su tarea es liberar al pueblo de toda opresión, sobre todo cuando ésta se justifica en nombre de Dios. El va a empezar un nuevo éxodo (con este nombre se conoce la salida de los israelitas de la esclavitud de Egipto y el libro en que se cuenta), un nuevo proceso de liberación que comienza precisamente por hacer salir al pueblo de la institución religiosa.
    A los dirigentes, representados por los vendedores de palomas (la ofrenda de los pobres; Lv 5,7), los denuncia por su actuación: «quitad eso de ahí»; pero les deja una puerta abierta: «no convirtáis la casa de mi Padre en una casa de negocios»: en las palabras de Jesús se contiene una invitación para que rompan con su injusticia y se liberen también ellos.

Dios se muda de casa

    Ante la acusación de Jesús, los dirigentes ni reconocen su error y se enmiendan ni se explican; exigen a Jesús que demuestre su autoridad para hacer aquello: «¿Qué señal nos presentas para hacer estas cosas?» Ese es todo su problema: no la vida, no el bien, no la verdad; sólo la Ley, sólo su ley, sólo su autoridad, sólo su poder.
    La respuesta de Jesús, explicada por el evangelista, revoluciona toda su mentalidad: «Suprimid este santuario... Pero él se refería al santuario de su cuerpo. »
    Los sumos sacerdotes ya no tienen autoridad: Dios ya no habita en su templo. A Dios no le gusta la piedra como material para hacer su casa, prefiere el calor de la carne humana. El lugar de la presencia de Dios -anuncia Jesús-, no será en adelante ningún edificio de piedra de los que tienen puertas que impiden la entrada y la relación directa entre El y los hombres. Dios está presente en un cuerpo, el del Hombre que da su vida (suprimid este santuario) por amor a sus semejantes. Dios revela su gloria no en el “Sancta sanctorum” , el lugar más sagrado del templo, sino en el amor leal que se manifiesta en la entrega de ese Hombre en la cruz y en la vida que, por la fuerza del amor de Dios, acabará venciendo a la muerte, y seguirá manifestando su gloria y haciéndose presente en cada hombre y en cada grupo que intente amar con la misma lealtad.


Nosotros somos el templo

    Desde ahora el templo, el santuario, es Jesús, él es el lugar de la presencia de Dios. Por eso intentarán matarlo; para ellos representa no sólo la competencia sino, sobre todo, una acusación viva y permanente.
    Fracasarán en su intento; su cuerpo pasará algunas horas en el sepulcro pues su entrega, -su muerte-, será sólo apariencia. La vida de Dios -su Espíritu- presente en él vencerá la muerte. Cuando esto sucedió -«Así, cuando se levantó de la muerte se acordaron sus discípulos de que había dicho esto y dieron fe a aquel pasaje y al dicho que había pronunciado Jesús»- los discípulos empezaron a comprender que también cada uno de ellos, si se dejaban llenar por el Espíritu de Jesús y, en especial, el grupo de los seguidores de Jesús en el que Jesús seguía viviendo, eran los nuevos santuarios, los nuevos lugares de la presencia de Dios entre los hombres.
    San Juan lo expresará de manera clara y magnífica en la primera de sus cartas: « A la divinidad nadie la ha visto nunca; si nos amamos mutuamente, Dios habita en nosotros y su amor queda realizado en nosotros. ... quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él.» (1Jn 4,12).

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