
Aprendiendo a ser santos
Los santos son las personas que la Iglesia nos propone como modelos de vida cristiana. Por eso, se ha elegido la lectura de las bienaventuranzas como evangelio de esta celebración eucarística. Esto significa que se nos está indicando que, si queremos que nuestras actitudes y nuestros comportamientos se puedan considerar cristianos, deben regirse por los valores contenidos en lo que constituye un resumen del programa del reinado de Dios. Aprendamos, pues, a ser santos.
| Texto y breve comentario de cada lectura | |||
| Primera lectura | Salmo responsorial | Segunda lectura | Evangelio |
| Apocalipsis 7,2-4.9-14 | Salmo 23(24),1-4a.5 | 1ª Juan 3,1-3 | Mateo 5,1-12 |
...porque esos tienen a Dios por rey.
Aclararemos por adelantado lo que significa el reino o reinado de Dios.
La traducción literal de esta expresión, tal como aparece en el texto griego del evangelio de Mateo, sería «reino» o «reinado de los cielos». Mateo se dirige a una comunidad de cultura hebrea en la que, para respetar el segundo mandamiento —no tomar el nombre de Dios en vano— se evitaba siempre pronunciar el nombre del Señor. Pero, como consecuencia de esta traducción literalista, se acabó pensando que el reino de Dios es el cielo; y que todas las bienaventuranzas y todas las exigencias evangélicas no eran otra cosa que un manual para lograr llegar a ese reino celestial.
Pero no es así. Valga un ejemplo.
En el evangelio de Mateo (19,16-30) podemos leer un episodio en el que un joven se acerca a Jesús para preguntarle qué debe hacer para alcanzar la vida eterna. Jesús le responde diciendo algo que cualquier judío conocía: cumple los mandamientos. Y cuando aquel joven la pide que se los recuerde, Jesús le enumera los mandamientos que se refieren a las relaciones con los demás: «No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, sustenta a tu padre y a tu madre y ama a tu prójimo como a ti mismo». No le dice, ni siquiera, que cumpla con sus deberes religiosos; ni le propone que viva según las bienaventuranzas: solo que sea respetuoso y empático y que ame a su prójimo.
Pero, cuando el joven responde que esos mandamientos los ha observado siempre y le pregunta que si le falta algo, Jesús lo invita a repartir su riqueza a los pobres y a seguirlo a él. Es decir, a colaborar con su tarea, a colaborar en la implantación del reinado de Dios, que es la misión de Jesús: instaurar, aquí, en la tierra, un modelo de convivencia que se rija por las exigencias evangélicas, un mundo del que pueda decirse que está regido por el Padre Dios.
A colaborar en esa tarea invita Jesús a aquel joven. Y hoy nos hace la misma propuesta a nosotros.
Dichosos los que eligen ser pobres...
Durante mucho tiempo se ha considerado la pobreza evangélica como una virtud, un medio para alcanzar la perfección y hacer méritos para alcanzar la vida eterna. Pero la pobreza, ninguna pobreza, se puede considerar una virtud. Ni en el Antiguo ni en el Nuevo Testamento.
La pobreza es un hecho, el resultado de un orden económico que se rige por las reglas del dinero y que es la consecuencia necesaria de la acumulación de los recursos para la vida en pocas manos. Así lo veía el profeta Isaías: ¡Ay de los que añaden casas a casas y juntan campos con campos, hasta no dejar sitio, y vivir ellos solos en medio del país! (Is 5,8). 1 Y así nos lo dice el mismo evangelio de Mateo cuando desarrolla y explica el significado de la bienaventuranza: hay dos modos de vivir, dos escalas de valores que son incompatibles entre sí: el que nos propone Jesús y el que nos propone este mundo: «Nadie puede estar al servicio de dos señores, porque aborrecerá a uno y querrá al otro, o bien se apegará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero» (Mt 6,24).
Hay que elegir (eso significa la frase «pobres de espíritu», pobres por elección propia, por decisión de su espíritu, de su voluntad) entre las reglas del dinero y las que nos propone el Padre a través de Jesús.
Pero, ¿cómo se puede decir que los pobres serán dichosos? Basta ver el sufrimiento de tantos millones de personas que no poseen lo necesario para una vida digna para considerar que la pobreza no deja lugar a la felicidad. Tener a Dios por rey equivale a vivir bajo el reinado de Dios; y bajo el reinado de Dios no debe haber pobres: «...no andéis preocupados por la vida pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Son los paganos quienes ponen su afán en esas cosas. Ya sabe vuestro Padre del cielo que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero que reine su justicia, y todo eso se os dará por añadidura» (Mt 6,31-33). Esa añadidura es la consecuencia de un mundo que se rige por la justicia de Dios, de un mundo en el que los medios de vida —alimento, agua, vestido, vivienda, etc.— están justamente distribuidos.
Pobres para que no haya pobres, pobres para acabar con la pobreza. De eso se trata.
Dichosos los que viven perseguidos por su fidelidad...
La última bienaventuranza se refiere a la opción por la pobreza, y anuncia que la constancia en mantener fiel y activamente dicha opción en las circunstancias del mundo (de la época de Jesús, pero también de las que se sucederían a lo largo de la historia) provocaría resistencias de quienes no tienen interés en cambiar la escala de valores que gobierna el mundo: la escala de valores del dinero.
Esa resistencia generaría conflictos en los que los seguidores de Jesús serían insultados y perseguidos como lo fue él mismo.
La promesa que sigue a esta bienaventuranza es la misma que la de la primera. El evangelio de Mateo nos lo explica más adelante, a continuación del episodio que se ha citado antes, del joven rico: los discípulos, impresionados por la propuesta de Jesús, se preguntan entre ellos cómo se podrá subsistir si rompen con la riqueza. Y Pedro interviene con esta pregunta: «Pues mira, nosotros ya lo hemos dejado todo y te hemos seguido. En vista de eso, ¿qué nos va a tocar?» A lo que Jesús responde: «Y todo aquel que por causa mía ha dejado casa, o hermanos o hermanas, o padre o madre, o hijos o tierras, recibirá cien veces más y heredará vida definitiva.» (Mt 19,29). Se entiende mucho mejor este versículo si lo leemos en el evangelio de Marcos, que lo inserta como respuesta a una pregunta de los discípulos: «Jesús declaró: —Os lo aseguro: no hay ninguno que deje casa o hermanos o hermanas o madre o padre o hijos o tierras, por causa mía y por causa de la buena noticia, que no reciba cien veces más: ahora, en este tiempo, casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras —entre persecuciones— y, en la edad futura, vida definitiva.»
Lo que nos dicen los evangelios es esto: si ponemos en práctica la propuesta contenida en las bienaventuranzas, el mundo cambiará: las tierras y las casas no se acumularán en las manos de unos pocos pues estarán al servicio de todos; y las personas se relacionarán entre sí como una única familia, hijos de un Padre común. Y todo eso, ahora, en este tiempo; pero todo eso encontrará resistencias de aquellos a los que no les interesa que las cosas cambien, por lo que las metas que se vayan alcanzando se lograrán entre conflictos, entre persecuciones.
No solo la pobreza
La implantación del reinado de Dios supone la eliminación de la pobreza y de todas sus consecuencias. En realidad, de lo que se trata es de la eliminación de las desigualdades que suponen que, al acumularse poder y riqueza en pocas manos, la mayoría de las personas viven en unas condiciones que no se corresponden con la dignidad que como seres humanos les corresponde; del mismo modo que, desde la perspectiva de la fe, tampoco son conformes con la dignidad de quienes fueron creados como imagen de Dios y son o están llamados a ser sus hijas. Las bienaventuranzas segunda, tercera y cuarta se refieren a esas consecuencias de un mundo que responde a las reglas del dinero y no al designio del Padre Dios.
Los que sufren (porque son pobres, porque son víctimas de la injusticia, porque están marginados, porque les falta el cariño de otros hombres...) van a recibir el consuelo al saber que no son huérfanos, sino que tienen un Padre que los quiere y que muchos otros hijos de ese Padre son sus hermanos; cuando nos organicemos de acuerdo con los valores del reinado de Dios, su sufrimiento desaparecerá porque, sin llegar a ser ricos, se alejarán de la miseria, y el amor de los hermanos los integrará en un círculo de respeto, solidaridad y amor en el que serán dichosos.
Los sometidos, al incorporarse a un grupo en el que nadie actúa como señor ni como padre, pues todos tratan de vivir como hermanos, se sentirán liberados y, en un mundo sin amos, todos serán señores de la creación, tal y como Dios lo planeó desde el principio (Gn 1,28); y todos serán dueños de una tierra común a la que deberán cuidar para que, en ella y de sus frutos, puedan vivir con plena dignidad; y así también ellos, serán dichosos.
Los que tienen hambre y sed de esa justicia, es decir, los que son conscientes de que la pobreza no es solo la falta de pan y de que, como lo es la mayoría de los sufrimientos de las personas y el sometimiento de unas a otras, es consecuencia de una injusta organización de la sociedad, sentirán la alegría de ser gobernados por el único rey verdaderamente justo; y así, al experimentar cómo se vive y se convive en su reino en el que desaparecerán esas lacras, verán saciadas sus hambres de pan y de justicia, serán dichosos.
... y aún más
El mundo que Jesús está proponiendo en este sermón del monte no se limita a señalar las lacras que hay que eliminar. Propone en las tres bienaventuranzas siguientes los valores que deben garantizar ese nuevo modo de vida y de relación, esa nueva manera de convivir.
Esos tres valores han de ser las columnas sobre las que se sostenga el mundo nuevo en el que Dios reine.
La solidaridad (los que prestan ayuda), la conciencia de que mi prójimo no es aquel que está cerca de mí, o el que piensa del mismo modo que yo, ni siquiera aquel que comparte mis creencias: prójimo es aquel que tiene necesidad de ayuda y al que yo me aproximo, me acerco para prestársela (Lc 10,25-37). La felicidad de estos nacerá al experimentar que Dios les ayuda (recibirán ayuda).
La honradez a carta cabal (los limpios de corazón), la sinceridad, la permanente buena intención en las relaciones con los demás. Porque, cuando el corazón no está limpio «…del corazón salen las malas ideas: los homicidios, adulterios, inmoralidades, robos, testimonios falsos, calumnias.» (Mt 15,19). Un corazón sucio produce obras perversas; la limpieza de corazón debe traducirse en buenas acciones.
La limpieza de corazón era una condición para acercarse al templo (Sal 23/24,3-4); ahora se promete mucho más (verán a Dios): cuando se viva de acuerdo con el reinado de Dios, la presencia de Dios será una experiencia permanente y causa de una profunda felicidad.
El compromiso con la paz (los que trabajan por la paz). Los conflictos en los que se verán implicados los que luchan por la justicia no se resolverán más que por medios pacíficos porque «la cosecha de justicia, con paz la van sembrando los que trabajan por la paz.» (St 3,18). El objetivo es la paz; y también lo deben ser el proceso y los medios para alcanzarla.
Esa paz consiste, para cada persona, en la plenitud humana; para una colectividad, un mundo, un orden, un modo de vida que realice la propuesta contenida en las bienaventuranzas, un modo de vida que garantice la plena satisfacción de las necesidades y las justas aspiraciones de los seres humanos; y estar comprometidos con la paz supone trabajar para que todos los que, porque les falta, tienen hambre y sed de esa justicia, —personas y pueblos, individuos y grupos humanos—, acaben definitivamente saciados.
Quienes asumen este compromiso y se mantienen fieles se van realizando como hijos de Dios; y el saber que como hijos son reconocidos por el Padre que quiere que todos vivamos como hermanos, los llenará de dicha y de felicidad.
Aprendiendo a ser santos
Las bienaventuranzas nos muestran un objetivo, pero no nos dicen qué debemos hacer para alcanzarlo. El modo concreto de luchar contra la pobreza, de consolar a quienes sufren, de liberar a los sometidos, de dar satisfacción a quienes necesitan justicia es algo que debemos decidir nosotros.
Las bienaventuranzas no son un proyecto político, aunque, sin duda, los objetivos que nos proponen tienen una dimensión política. No obstante, los cristianos y las iglesias cristianas en su conjunto deberíamos tener claro que cualquier sistema que anteponga el valor del dinero a las personas será perverso. Somos libres de elegir, entre los diversos modelos de sociedad que se nos proponen, aquel que en conciencia esté menos alejado de la utopía evangélica.
Acabo este comentario hoy, 5 de octubre, día para el que han sido convocadas elecciones generales en España. Ahí tenemos una oportunidad de empujar un poco para que los valores del reinado de Dios se vayan realizando en nuestra sociedad. Por eso será importante optar por aquella propuesta que, a juicio de cada cual, esté menos alejada del mensaje evangélico.
Pero conscientes de que el trabajo por la implantación y consolidación del reinado de Dios no se reduce a tomar una determinada decisión cada dos, cuatro o cinco años. Esta tarea es para cada día, para cada semana, para toda una vida.
Al elegir este pasaje evangélico para la fiesta de Todos los Santos, se nos está diciendo que este es el manual que debemos seguir. No se trata, como se ha interpretado muchas veces, de una serie de «consejos» para los individuos que quieran alcanzar la perfección; tampoco se trata de una serie de consignas para asegurarnos de ir al cielo. Al contrario, se trata de que nos ocupemos de traer el cielo a la tierra, de convertir la tierra en un cielo. Aprendámoslo; y pongámoslo en práctica.
[1] Véanse, por ejemplo: Job 24,2-4; Is 3,14-15; Ez 22,29-30; Am 5,12; 8,4; Prov 30,14; 31,9; Sal 10,2.4.7-10; 12,4-6; 35,10.

2026