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Domingo 30º del tiempo Ordinario

Ciclo A

25 de octubre de 2026



Dos amores inseparables

    Los israelitas tenían un código de más de seiscientas leyes religiosas, y entre los entendidos se discutía cuál de ellas era la más importante. Los fariseos quisieron involucrar a Jesús en la discusión. Y Jesús volvió a sorprenderles. Al unir en uno los dos mandamientos más importantes de la Ley de Moisés, Jesús anuncia que los amores de los que hablan, el amor a Dios y el amor al prójimo que algunos quisieron separar, ahora definitivamente se funden. Amor... y basta, como decía Agustín de Hipona: «ama y haz lo que quieras.»

 



Dignidad, justicia y vida


    Las leyes que se contienen en la primera lectura de este domingo pertenecen a un cuerpo legal conocido como el Código de la Alianza, situado en el contexto más solemne del libro del Éxodo (20,22-24,18), inmediatamente después del relato de la teofanía del Sinaí en la que Moisés recibe las tablas de la Ley (19,1-20,21). En medio de una serie de prescripciones breves, referidas a distintas circunstancias, se encuentran estas de contenido social y de más amplio alcance (vv.20-26) en las que se establecen los derechos de los pobres que Dios exige que sean respetados en todo caso.
    La primera comienza recordando la experiencia de servidumbre-liberación de los Israelitas en Egipto: «No oprimirás ni vejarás al forastero: porque forasteros fluisteis vosotros en Egipto». Cuando los israelitas eran inmigrantes en Egipto, fueron sometidos a esclavitud y su dignidad y sus derechos fueron pisoteados. Eso no puede pasar en un pueblo que se considera elegido por el Señor gracias al que ellos, según su fe, obtuvieron la liberación.
    Esta y las siguientes leyes tratan de garantizar que las personas más débiles de la sociedad israelita no sean víctimas de los abusos de los poderosos y de la ambición de los ricos: forasteros, huérfanos y viudas, representan los tipos de personas más desfavorecidas y más indefensas de la sociedad israelita, desprotegidas ante la injusticia y la explotación. Dios no quiere que su acción liberadora se frustre y que se reproduzcan en su pueblo las relaciones de opresión de las que él lo había liberado; por eso convierte en un asunto personal la defensa del derecho, de la libertad y de la dignidad de los pobres indefensos, de los más débiles; y amenaza con duros castigos a quienes no los respeten.
 

    La prohibición del interés en los préstamos —los que piden los pobres para sobrevivir— tiene como objetivo evitar que el deudor acabe, como sucedía con frecuencia, como esclavo del prestamista; por eso se prohíbe cobrar intereses: de nuevo la defensa de la libertad y la dignidad de la persona. Y, en seguida, la defensa de su vida: el que presta puede quedarse con alguna pertenencia del deudor como garantía de que el préstamo será devuelto; pero si la prenda es algo necesario para la vida del pobre, como por ejemplo su manto, necesario para resguardarse del frío durante la noche, debe serle devuelta cuanto antes, sin esperar a que devuelva el préstamo.
    Y si leemos la actualización que hacen los profetas y otros escritores bíblicos de estas exigencias, veremos con toda claridad que todo responde a una intención primordial: que hubiera un pueblo en el que el orden social, la convivencia y las relaciones interpersonales tuvieran su cimiento en la práctica de la justicia y en el reconocimiento de la dignidad humana —poniendo especialmente el acento en la dignidad de los pobres, de los desamparados y de los excluidos — y de los derechos inherentes a esa dignidad. (Es cierto que esos conceptos —derechos humanos y dignidad de la persona— no se habían formulado por aquel entonces, pero sí había una convicción que los incluía: el ser humano es la imagen viva de Dios y como tal debe ser tratado y respetado.)

 

Dos amores

    Israel entendía que la liberación alcanzada era manifestación del amor de Dios por su pueblo:
«... por puro amor vuestro, por mantener el juramento que había hecho a vuestros padres, os sacó el Señor de Egipto con mano fuerte y os rescató de la esclavitud, del dominio del faraón, rey de Egipto.» (Dt 7,7-8). Por eso, los principales mandamientos del Antiguo Testamento, se presentan como exigencia de la debida correspondencia a ese amor:

 1.- «Escucha Israel, el Señor nuestro Dios es solamente uno. Amarás al Señor tu Dios con todo el corazón... Cuando el día de mañana te pregunte tu hijo "¿qué son esas normas, esos mandatos, y decretos, que os mandó el Señor vuestro Dios?", le responderás a tu hijo: "Éramos esclavos del Faraón de Egipto y el Señor nos sacó de Egipto con mano fuerte... Y nos mandó cumplir todos estos mandatos...» (Dt 6,4-5.20-21.24).
2.-  «Amarás a tu prójimo como a ti mismo, Yo soy el Señor... Yo soy el Señor vuestro Dios, que os sacó de Egipto. Cumplid todas mis leyes y mandatos poniéndolos por obra». (Lv 19,18b;36b-37).

    Pero los letrados fariseos parece que se habían olvidado de que la finalidad de los mandamientos era asegurar la consolidación de la libertad de los miembros del pueblo. Y se habían dedicado a complicar los deberes religiosos de los israelitas para que se percibiera como necesario su papel en la sociedad: si hacer lo que Dios quiere era una cosa muy complicada, entonces era indispensable que hubiera un grupo de especialistas que se dedicaran a explicar lo que un buen israelita debía hacer en cada momento. Así aseguraban su propio prestigio y su papel dominante en la sociedad israelita. Y después de haber complicado al máximo la vida religiosa (habían conseguido hacer una lista de 613 mandamientos: 365 que indicaban otras tantas prohibiciones; 248 que se referían a obligaciones), se dedicaban a discutir entre ellos cuál de los 613 mandamientos era el más importante.
    En tiempos de Jesús, la mayoría consideraba que el mandamiento principal, el más importante de todos —y para muchos, más importante que todos juntos—, era no trabajar los sábados. Quien cumplía el precepto del descanso sabático que, según ellos, concretaba en la práctica el mandamiento primero, el del amor a Dios; así quedaban plenamente realizados los deberes religiosos del israelita observante.

 

Sólo el amor

    Cuando Jesús comienza a responder a la pregunta que le habían planteado los fariseos, —«Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?»— da la impresión que se va a alinear con los que decían que el mandamiento principal es el amor a Dios. Pero vuelve a sorprender a todos poniendo a su mismo nivel el mandamiento del amor al prójimo. En estos dos mandamientos (Dt 6,5; Lv 19,18), dice Jesús, se encierra todo el proyecto de Dios para el pueblo de Israel: «De estos dos mandamientos penden la Ley entera y los Profetas».
    Tres cuestiones hay que destacar de la respuesta de Jesús:
    Primero la conexión que establece entre el amor a Dios y el amor al prójimo. En realidad, en cuanto al contenido, Jesús no añade nada nuevo en su respuesta; estos dos mandamientos estaban ya en los libros del Pentateuco, que se leían semanalmente en las sinagogas y que nunca se deberían haber practicado independientemente uno del otro. Pero, al ponerlos unos junto al otro, Jesús nos dice que la traducción práctica del mandamiento del amor a Dios no es el cumplimiento de los deberes religiosos —el sábado—, sino el amor al prójimo.
    Además de esta conexión entre ellos, destaca en la respuesta de Jesús la relación que establece entre estos dos mandamientos y el resto de la Ley: «De estos dos mandamientos penden la Ley entera y los Profetas». Lo que importa, lo que da consistencia a la Ley entera y los Profetas es el amor. Amor a Dios y amor al prójimo. Los dos, juntos e inseparables. Los dos, totalmente imprescindibles, pues si se prescinde de cualquiera de ellos, los otros 611 mandamientos pierden todo su sentido; y si estos dos se ponen en práctica, los que de los 611 sean verdaderamente válidos, quedarán cumplidos.
    Finalmente, y quizá sea esto lo más sorprendente para la mentalidad farisea, Jesús dice que el segundo mandamiento, el del amor al prójimo es «no menos importante», «semejante» al primero. Jesús pone en el mismo plano el amor a Dios y el amor al prójimo, que tantas veces se han presentado y se presentan como haciéndose la competencia. Pues no. El primer mandamiento y el segundo son en realidad uno solo, pues no puede amar a Dios quien no practica la justicia y el amor con su prójimo: «...buscad el derecho, enderezad al oprimido; defended al huérfano, proteged a la viuda. Entonces, venid y litigaremos —dice el Señor—. Aunque vuestros pecados sean como púrpura, blanquearán como nieve...» (Is 1,17-18).

 

 Y ahora nosotros...

    La respuesta de Jesús se refiere al Antiguo Testamento. Para los cristianos, Jesús lo resumió todo en el mandamiento del amor fraterno, que asume y supera, actualiza y deja anticuados a todos los demás. La diferencia es que en el mandamiento del Levítico la medida del amor es el amor a uno mismo; en el evangelio, esa medida es el amor de Jesús. El horizonte, en todo caso, sigue siendo el mismo: el amor.
    Por eso es muy importante que hagamos una lectura actualizada de estas exigencias y averiguar si, al menos, estamos a la altura de la Ley antigua.
    Los inmigrantes, los excluidos de nuestra sociedad, los empobrecidos por un sistema estructurado con las reglas que impone el dinero, los que son en algo diferentes a la mayoría, las personas que viven en la calle, ¿cómo los tratamos? Más aún ¿trabajamos para que organicemos nuestra convivencia en sociedad de tal modo que la exclusión, la pobreza y la marginación se eliminen de raíz?
    A nosotros nos toca amarlos como prójimos a todos ellos, coherentes con lo que decimos que creemos: que el amor al prójimo es un mandamiento «no menos importante» que el amor a Dios.
Más aún: la respuesta que se nos exige para corresponder al amor de Dios no es otra que el amor a los demás: «Esto define a ese amor: no el haber nosotros amado antes a Dios, sino el habernos él demostrado su amor enviando a su Hijo para que expiase nuestros pecados.  Amigos míos, si Dios nos ha amado así, es deber nuestro amarnos unos a otros. A la divinidad nadie la ha visto nunca; si nos amamos mutuamente, Dios habita en nosotros y su amor queda realizado en nosotros.» (1 Jn 4,10-12)
    Los cristianos no deberíamos olvidarnos de esto, no sea que nos sorprendamos cualquier día al descubrir que estamos discutiendo de nuevo cuál es el más importante de los ¡1.752! mandamientos de la Iglesia.
    El mandamiento nuevo, el que revela toda la novedad del mensaje y de las exigencias de la fe cristiana, contiene en sí y supera todo lo bueno de todas las leyes anteriores; pero, ¿a qué distancia nos encontramos nosotros? ¿Cuál es el nivel alcanzado por nuestra Iglesia y por nuestro mundo “cristiano” en relación con el mandamiento de Jesús?

 

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