
Un ideal que supera la ley
La ley de Moisés debió haber servido al hombre, cuando el hombre era niño, para que usara adecuadamente su libertad. Contaba con capacidad más que suficiente para usarla bien, pero se sirvió de ella —de su libertad— para buscarse la ruina o para arruinar a sus semejantes. Y usó la ley como excusa o como tapadera de su dejadez o su egoísmo; o, lo que es todavía más grave, como instrumento de dominio de unos pocos sobre la mayoría. Y, de este modo, la ley fracasó.
Por eso ahora Jesús, donde la ley prohibía algún crimen o alguna ofensa concreta, Jesús propone un ideal ilimitado: abrirse a que Dios reine, aceptar su reinado de libertad, de justicia y de amor.

¿Ser como dioses? Un mal asunto
Pecado. Para muchos esa palabra ha dejado ya de tener sentido. Para otros, sin embargo, hay muchas clases de pecados; casi todo, les resulta pecado.
Es cierto que la palabra “pecado” nos resulta de otra época, pero ¿alguien puede negar que el mal gobierna el mundo? Pues si queremos dar el nombre de pecado a algo, ese algo tiene que ser el querer ser dioses y quererlo ser según nuestra más que discutible manera de entender lo que es ser Dios. Porque en esa tentación, en ese deseo, cuando se intenta satisfacerlo, radica la mayor parte del mal que tiene su origen en la acción humana.

Hacia una humanidad transfigurada
Hay mucha gente interesada en que nos creamos que ya hemos llegado al final: que ya no hay más historia y que, por tanto, no hay alternativa ante la situación presente. Sólo nos quedaría la tarea de consolidar lo que ya hemos conseguido. Pero la historia no ha terminado; las posibilidades de la humanidad no se han agotado.
Otro mundo y otra humanidad —mucho mejores— son posibles. Y si creemos que Dios sigue queriendo ser Padre de todos los hombres y que Él quiere que todos vivamos como hermanos... parece evidente que todavía queda mucho camino por hacer. Y es Jesús quien nos muestra el camino al final del cual veremos realizada la esperanza —que debemos mantener viva mientras la travesía dure —de una humanidad transfigurada.

¿Dónde lo encontraremos?
No hay espacios privilegiados para la presencia de Dios (ni Jerusalén, ni Roma, ni La Meca); tampoco lo son los templos de ninguna religión. Cualquier sitio es bueno para encontrarse con el Padre, porque para él lo menos importantes es precisamente eso, el sitio. Él no tiene dirección fija y, para encontrarlo, no es necesario viajar... sino amar. Y para eso, cualquier sitio es bueno. Además, nadie se podrá sentir extraño cuando quiera estar con Dios; porque lo podrá encontrar en su trabajo, en su casa, con su familia, con sus amigos... En cualquier sitio en que se le presente la ocasión —y la aproveche— de poner en práctica la solidaridad humana, el amor y la lealtad.

Barro de nuestro barro
El barro con el que Jesús unta los ojos del ciego de nacimiento simboliza su proyecto de hombre, de persona (mujer y varón), imagen e hijo de Dios, hermano y solidario de los demás seres humanos. Responsabilidad de los cristianos es presentar al resto de la humanidad ese proyecto, de tal modo que el ver vivir a los cristianos debería ser una experiencia iluminadora y liberadora. Así haríamos caso a Pablo, el fariseo fanático y esclavo de la ley que, al encontrarse con Jesús, vio caer de sus ojos las escamas que le impedían ver la luz de la liberación: «Caminad como hijos de la luz —toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz—» (Ef 5,8-9).

2026