
El Reino ha de ser una fiesta
La vida cristiana se ha presentado con frecuencia como una carrera de obstáculos, una lucha constante para alcanzar la salvación eterna y —todavía hay quien lo piensa— para evitar una cruel condena definitiva.
El evangelio de hoy nos dice dos cosas: que el objetivo es una fiesta que, por supuesto, es ya para este mundo, para esta historia. Y, en segundo lugar, que para participar en ella es necesario cumplir una condición: hay que vestirse de fiesta.

¡Y a Dios lo que es de Dios!
Los fariseos se presentaban, ante la gente del pueblo, como enemigos irreconciliables del César; pero llevaban en el bolsillo su imagen impresa en las monedas. Eran, por tanto, unos redomados hipócritas. Y a Jesús, que los está desenmascarando y poniendo en evidencia, tratan de ponerle una trampa para enemistarlo con el pueblo o para hacerlo objeto de la persecución de los poderosos. Pero Jesús, con su respuesta los pone en evidencia a ellos. Y, quizá, también a nosotros.

Dos amores inseparables
Los israelitas tenían un código de más de seiscientas leyes religiosas, y entre los entendidos se discutía cuál de ellas era la más importante. Los fariseos quisieron involucrar a Jesús en la discusión. Y Jesús volvió a sorprenderles. Al unir en uno los dos mandamientos más importantes de la Ley de Moisés, Jesús anuncia que los amores de los que hablan, el amor a Dios y el amor al prójimo que algunos quisieron separar, ahora definitivamente se funden. Amor... y basta, como decía Agustín de Hipona: «ama y haz lo que quieras.»

Aprendiendo a ser santos
Los santos son las personas que la Iglesia nos propone como modelos de vida cristiana. Por eso, se ha elegido la lectura de las bienaventuranzas como evangelio de esta celebración eucarística. Esto significa que se nos está indicando que, si queremos que nuestras actitudes y nuestros comportamientos se puedan considerar cristianos, deben regirse por los valores contenidos en lo que constituye un resumen del programa del reinado de Dios. Aprendamos, pues, a ser santos.

El amor fortalece la esperanza
La esperanza verdaderamente cristiana no mira solo a la otra vida. Al contrario, empieza con la convicción de que, si el mundo se organiza con los valores del reinado de Dios, las personas irán alcanzando su plenitud y encontrando la felicidad. Convertir esa convicción en acción constante para alcanzar ese mundo nuevo es una muestra de amor a la humanidad. Y ese amor dará fuerza y sentido a tas nuestras esperanzas.

2026