
Al final, vencerá la vida
Por la implantación del reinado de Dios, hay que estar dispuestos a jugarse la vida. Después de haber celebrado más de dos mil veces el Viernes Santo, no debería ser necesario decirlo. No basta con recordar la vida, pasión y muerte de Jesús; hay que cargar con la cruz y seguirlo. Aunque jugamos con ventaja; pues sabemos que, ya desde ahora y para siempre, la vida acabará venciendo.

Corregir es una manera de amar
No es amor el silencio ante el mal ni, ante la injusticia, mirar para otro lado. Libres del miedo a la muerte y libres del sometimiento a la ley, los cristianos estamos en disposición de llegar a ser plenamente personas, plenamente libres y, así, dar sentido a toda nuestra vida y a la convivencia con nuestros semejantes por medio del amor. Pero el amor nos obliga a hablar con toda libertad y con toda lealtad, contra el odio, contra el egoísmo, contra la injusticia..., contra todo lo que hace sufrir injustamente a otras personas.

Nos libera y nos hace liberadores
El perdón nos libera y nos hace liberadores. El que perdona se libera a sí mismo de un sentimiento, el rencor, que daña a quien lo padece y, al mismo tiempo, libera también a quien lo recibe y reconstruye la armonía en las relaciones personales: el perdón libera a la víctima, libera al culpable y hace más libres y armoniosas las relaciones en la comunidad.

Su justicia es generosidad
Así es la justicia de Dios. Su justicia es generosidad, y esa generosidad crea igualdad: Él da a cada uno, no solo lo que se merece, sino todo lo que necesita. Frente a un orden en el que la competición permanente —provocando cada vez más desigualdad—, es el eje alrededor del cual se estructuran las relaciones humanas, personales y colectivas, el evangelio propone una generosa solidaridad que dé como fruto la igualdad, en dignidad y derechos, por supuesto; pero también en lo económico, al menos en los recursos esenciales para una vida digna.

Obras son amores
De un tiempo acá, han surgido movimientos, líderes sociales o individuos aislados a los que no dejan de proclamar con sus palabras o sus lemas su pertenencia a una fe y a una civilización cristianas, que no dejan de pregonar su compromiso en defensa de las raíces cristianas de su cultura, de su modo de vida. Pero tanta proclama y tanto pregón dejan siempre una pregunta en el aire: ¿cómo se defienden los valores cristianos? Porque si todo se reduce a intentar evitar que personas de otras creencias vengan a vivir entre nosotros puede que tanta proclama y tanto pregón no tengan nada de cristianos. Porque esos valores se defienden con la acción, con la vida: en definitiva, poniéndolos en práctica, como enseña el evangelio de este domingo. Ya lo dice el refranero español: «Obras son amores y no buenas razones»

2026