
Rescatar el sentido cristiano de la cruz
La cruz fue un patíbulo, un despiadado y perverso instrumento de tortura, un instrumento de maldad. Pero en ella, víctima de esa maldad, murió un Hombre que, al aceptar esa muerte como muestra de su amor a la humanidad, manifestó su propia grandeza, su gloria y el amor y la gloria de su Padre Dios. Por eso la veneramos y la consideramos el signo que representa nuestra fe: : «la señal del cristiano, es la Santa Cruz», se nos ha dicho.
Pero, a lo largo de los siglos, fue también pretexto para el dominio de unos pueblos sobre otros y se ha usado —y se sigue usando— como condecoración para conceder honores, en algunos casos, a verdaderos asesinos.
¿Cómo rescataremos el genuino significado de la cruz en la que murió Jesús de Nazaret?
| Texto y breve comentario de cada lectura | |||
| Primera lectura | Salmo responsorial | Segunda lectura | Evangelio |
| Isaías 52,13-53,12 | Salmo 30(31) | Hebreos 4,14-16;5,7-9 | Juan 18,1-19,42 |
Y por eso lo mataron
La propuesta de Jesús —el reinado de Dios— supone la transmutación de todos los valores del sistema establecido y la inversión del orden sustentado en esos valores, como nos mostraba ayer el relato del lavado de los pies. Lógicamente, esa propuesta entró en conflicto con los intereses de quienes defendían dicho sistema.
El evangelio de Juan destaca, sobre todo, el enfrentamiento con los dirigentes judíos, que justificaban su orden en nombre de Dios: así, había anunciado que las antiguas instituciones, de las que los jerarcas se sentían garantes, caducas e ineficaces, iban a ser sustituidas, a saber: la alianza (Jn 2,1-11), el templo (2,12-22), la ley (2,23-3,21), los mediadores (3,22-4,3), el culto (3,4-45); curó en sábado para enseñar que la ley mantenía enfermo y esclavizado al pueblo (5,1-15), identificó la tierra de Israel, la que su pueblo consideraba que Dios le había prometido y entregado, como tierra de esclavitud y se propuso a sí mismo como pan de vida, alimento para un nuevo éxodo, un nuevo y definitivo proceso de liberación (6,1-40); acusó a los dirigentes de convertir la religión en un negocio (2,16), les negó el derecho de llamarse hijos de Abraham o de Dios, los llamó hijos —partidarios e imitadores en sus acciones— del diablo, mentirosos y homicidas (8,31-59) y les echó en cara que eran malos pastores pues en lugar de buscar el bien del pueblo lo explotaban en su propio beneficio (10,8-10). Por eso, desde hacía mucho tiempo, los dirigentes buscaban la muerte de Jesús (5,16.18; 7,25-30.32; 8,59; 10,39). De hecho, la sentencia estaba ya acordada cuando empezó el juicio: Caifás, sumo sacerdote, usando como pretexto el bien del pueblo para defender su posición, había pronunciado la sentencia: «Os conviene que un solo hombre muera por el pueblo antes que perezca la nación entera» (11,47,53). Ante el poder imperial no presentan como acusación ninguna de las razones que los habían llevado a buscar la muerte de Jesús: se limitan a decir que es un malhechor que merece la muerte (18,30-32), que debía morir por hacerse hijo de Dios (19,7) y que declarándose rey de los judíos se hacía enemigo del César. Esta última acusación la manejaron con habilidad los dirigentes de Israel, poniéndose así del lado del rey que quitaba la libertad de su pueblo —«no tenemos más rey que el César» (19,9-16)— y contra el que estaba dispuesto a dar la vida por dar la libertad a toda persona que quisiera aceptarla.
Ante Pilato Jesús aceptó ser rey, pero presenta su reinado como la antítesis de los reinados de este mundo: sin ejército, sin usar la violencia ni siquiera contra sus enemigos; consciente de que debe ser exquisitamente respetuoso con la libertad que el mismo Dios respeta, al contrario de lo que hace Pilato en nombre de su imperio: constituirse en señor de la vida —para destruirla—, de otros seres humanos, como presume ante Jesús (19,10-11).
Pilato dudó de que las acusaciones de los dirigentes tuvieran consistencia alguna, pero estos consiguieron meter el miedo en el cuerpo —en la ambición— de Pilato, que podría aparecer como desleal si no castigaba aquel delito (19,12). Y Pilato no quiso arriesgar su posición, su cargo, sus privilegios... Y cedió a la pretensión de los sumos sacerdotes.
En otras palabras:
♦ En una sociedad organizada alrededor de la religión Jesús se enfrentó con los dirigentes religiosos y los acusó de ser los culpables de la opresión del pueblo, puesto que, en nombre de Dios y en beneficio propio, practicaban, justificaban y apoyaban la injusticia, la explotación de los pobres y la opresión del pueblo.
♦ En una sociedad organizada alrededor del dinero, Jesús se puso de parte de los pobres y proclamó que lo que Dios quiere es que compartamos solidariamente en lugar de acumular los bienes que, porque sólo a Dios pertenecen, pertenecen a todos (Jn 6,1-15).
♦ En un mundo fundado en el poder de la violencia se presentó como rey sin ejército (Jn 12,12-19) y con la sola fuerza de su amor. Y frente a quienes buscaban ser reconocidos como señores imponiendo su dominio a los demás, propuso el servicio libremente ofrecido y practicado como medio de promover y reconocer el señorío de todos (Jn 12,12-15).
Así denunció el sistema de injusticia establecida como algo inhumano y contrario al designio de un Dios que más que como Señor quería ser aceptado y reconocido como Padre. Y los beneficiados por ese orden de injusticia vieron peligrar sus privilegios.
Y no se lo perdonaron.
Y por eso lo mataron.
Jesús fue siempre consciente del riesgo que asumía, y libremente lo aceptó. Inmediatamente después del episodio del lavado de los pies, Jesús había dicho a Judas: «Lo que has de hacer, hazlo pronto» (Jn 13,27), aceptando así su muerte. Y en seguida formuló su mandamiento, en el que se ponía a sí mismo como medida del amor: «como yo os he amado» (Jn 13,34). Esa fue, pues, la razón: «consciente Jesús de que había llegado su hora, la de pasar del mundo este al Padre, él, que había amado a los suyos que estaban en medio del mundo, les demostró su amor hasta el fin.» (Jn 13,1). El amor; el amor a todo ser humano, incluso a Judas (Jn 13,26), incluso a los que lo mataron. Un amor que llega hasta dar la vida en favor de los que se la arrebatan. Por eso, por su amor a la humanidad, aceptó llegar hasta el final en su entrega.
El lavado de los pies, anticipa y explica el sentido de su entrega: es amor a los suyos. Y los suyos están llamados a ser todos los seres humanos. Así lo había anunciado al mostrarse como el modelo de pastor: «Yo soy el modelo de pastor; conozco a las mías y las mías me conocen a mí,
igual que el Padre me conoce a mí y yo conozco al Padre; por eso me entrego yo mismo por las ovejas. Tengo además otras ovejas que no son de este recinto: también a ésas tengo que conducirlas; escucharán mi voz y habrá un solo rebaño, un solo pastor.» (Jn 10,14-16).
Al dar su vida por amor, Jesús está, además, revelando el verdadero rostro del Padre: un Dios que es amor, amor sin medida, que ofrece su vida de Padre a los seres humanos para que, aceptándola, pongan en práctica un amor que responda a su amor (Jn 1,6). Un Dios por tanto que es débil en tanto que la inconmensurable fuerza de su amor sólo será eficaz si es aceptada por sus destinatarios; un Dios que no se manifiesta como poder sino, en Jesús, como servicio a la humanidad; un Dios que ya no quiere ser “Señor”, sino Padre de todos aquellos que libremente quieran ser sus hijos y que como hijos ama, incluso, a quienes no saben o no quieren serlo.
De este modo, Jesús ofrece una nueva posibilidad a la humanidad, un nuevo tipo de relación con Dios y de los seres humanos entre sí: una relación de amor entre Padre e hijos y entre todas las personas, hermanas y hermanos. Esta nueva posibilidad, la nueva alianza, para todos:
♦ su manto, es la herencia de Jesús que la reciben unos paganos y se divide en cuatro partes, en alusión a los cuatro puntos cardinales, es decir, esa herencia corresponde a toda la humanidad (Jn 19,23-24),
♦ incluido el pueblo judío (ahora en plano de igualdad, sin privilegios): María, que representa al Israel fiel al Señor, va a vivir a la casa del discípulo amado, símbolo de la nueva comunidad (Jn 19,25-27),
♦ esa nueva posibilidad queda definitivamente abierta al llevar a término la creación con el don que hace Jesús de sí mismo y del Espíritu (19,28-30) en la última y máxima prueba de amor, Espíritu que llevará al ser humano que lo acoja a su plenitud.
De este modo, al revelar a Dios como Padre, realiza y descubre qué significa ser hijo, en qué consiste la plenitud humana a la que todos, como él, estamos llamados a llegar y que se alcanza mediante el don, la entrega de sí mismo por amor.
Su genuino sentido
Por eso Jesús aceptó la muerte: por amor. Por amor a la humanidad, por amor a todas las víctimas de la injusticia de toda la historia. Por eso la cruz, aceptada no por ser cruz sino como signo del libre don de sí mismo, como expresión de un amor radicalmente revolucionario, se convirtió en el emblema de los cristianos.
La cruz no era un trono, sino un patíbulo; no era un símbolo de honores, sino una tortura. Y nunca, ni en Jesús ni en ninguna otra persona, la muerte en la cruz fue consecuencia de la voluntad de Dios, sino de un mundo organizado de acuerdo de los valores de quienes pretendían ser como dioses sin conocer el modo de ser Dios del Padre de Jesús.
Con su entrega, Jesús convirtió en trono ese no-trono en el que se proclamó y quedó explicada su realeza -«estaba escrito: ‘JESÚS EL NAZARENO, EL REY DE LOS JUDÍOS’»-, al tiempo que revelaba al Dios Padre de amor y la calidad de su propio amor y de su divina humanidad.
Jesús entregó su vida en la cruz para que aceptáramos ser hijos y así convertirnos en buenos hermanos, para que aprendiéramos a vivir como hermanas y hermanos acogiendo así y compartiendo el amor que del Padre y de su Hijo recibimos.
Juan sitúa la sepultura de Jesús en un huerto, que recuerda el jardín del Edén, anticipando de este modo la resurrección que será presentada como una nueva creación (Jn 20,21); por eso, dice el evangelista que lo depositaron en un sepulcro nuevo, y por eso no dice que la tumba quede cerrada por losa alguna (al contrario que Marcos y Mateo; ver Mt 27,60; Mc 15,46). Todas estas indicaciones señalan hacia una nueva experiencia de la muerte por la que muchos otros pasarán en el futuro, una muerte que será sólo un paso entre dos modos de vida: cuando el evangelio, después de decir que era un sepulcro nuevo, añade «donde todavía nadie había sido puesto», no se está repitiendo; está anunciando que ese tipo de sepulcro, puerta entre dos vidas, irá siendo ocupado por muchos otros después de él.
Recuperar el sentido de la cruz
Recuperaremos el sentido de la cruz cuando esta sea para nosotros exigencia de un compromiso incondicional con el mensaje y la persona de Jesús de Nazaret.
La mayoría de los sufrimientos que padecemos los humanos proceden de la acción de otros seres humano o de circunstancia que está en nuestras manos evitar. Como la guerra, que nunca podrá ser un medio justo para resolver nuestros conflictos; y como la carrera de armamentos, que detrae recursos para la vida y amenaza la vida de las personas, incluso cuando no se utilizan; como la inequidad en la distribución de los recursos de la tierra que condena a pueblos y personas a la indigencia y la precariedad; como la explotación de los trabajadores que no ven respetados sus derechos y que no son remunerados con un salario suficiente para una vida digna; como el machismo que somete a las mujeres a una situación de sometimiento al varón, o el racismo o el clasismo que niegan la dignidad a otras personas por el color de su piel o por su origen o situación social.
Cuando la cruz nos lleve a rebelarnos contra toda violencia, contra toda injusticia y a ser solidarios con sus víctimas estaremos recuperando el sentido de la cruz de Jesús pues estaremos luchando para eliminar las cruces que unos ponen —o ponemos— en los hombros de otros.
El evangelio de Juan sitúa la sepultura de Jesús en un huerto, que recuerda el jardín del Edén, anticipando de este modo la resurrección que será presentada como una nueva creación (Jn 20,21); por eso, dice el evangelista que lo depositaron en un sepulcro nuevo, y por eso no dice que la tumba quede cerrada por losa alguna (al contrario que Marcos y Mateo; ver Mt 27,60; Mc 15,46). Todas estas indicaciones señalan hacia una nueva experiencia de la muerte por la que muchos otros pasarán en el futuro, una muerte que será sólo un paso entre dos modos de vida: cuando el evangelio, después de decir que era un sepulcro nuevo, añade «donde todavía nadie había sido puesto», no se está repitiendo; está anunciando que ese tipo de sepulcro, puerta entre dos vidas, irá siendo ocupado por muchos otros después de él.
Cuando logremos que la cruz no represente un signo de muerte, sino de vida, —vida digna, vida plena, ya, desde ahora, y después lo que el Padre nos tenga preparado—, estaremos recuperando el genuino sentido de la cruz de Jesús.
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2026