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Jueves Santo

Ciclo A

2 de abril de 2026

 

 

Ser como Dios... Padre

    El domingo 1º de Cuaresma, el título del nuestro comentario era “¿Ser como dioses? Un mal asunto”. Entonces, ese “ser como dioses” respondía al concepto de Dios que la mayoría de las religiones y culturas nos han presentado; en realidad un dios hecho a imagen del hombre: todopoderoso, a veces caprichoso, mas que justo, justiciero e, incluso en ocasiones, cruel y vengativo.
    El evangelio de este domingo nos enseña, por medio de Jesús de Nazaret, dos cosas fundamentales: como es en realidad el Dios y Padre de Jesús y cómo podemos parecernos a Él, es decir, como podemos llegar a ser verdaderos hijos de Dios.
    De este modo, “ser como Dios”, como el Padre, se torna en un magnífico asunto.

 

 

 




Hasta el extremo, hasta el final

    No es la cena de Pascua. Al contrario que los otros tres evangelios, Juan no presenta la última cena de Jesús como la cena que cada año celebraban los judíos para conmemorar la liberación de sus antepasados de la esclavitud de Egipto (primera lectura). Aquella Pascua fue el comienzo de un proyecto que ya ha quedado obsoleto y, por eso, va a quedar definitivamente superada; y superados también sus elementos negativos (como la violencia, como instrumento -falso instrumento- de liberación).
    Quizá por eso Juan no cuenta la institución de la eucaristía: prefiere, más que contar lo que ya otros han contado, transmitirnos el sentido radicalmente nuevo de aquella cena: el compromiso de Jesús de amar hasta el fin a toda la humanidad: «Antes de la fiesta de Pascua, consciente Jesús de que había llegado su hora, la de pasar del mundo este al Padre, él, que había amado a los suyos que estaban en medio del mundo, les demostró su amor hasta el fin.»
    Esta es la clave: de la vida, de la misión, del compromiso de Jesús con el Padre y con la humanidad: Jesús va a completar su misión. Sabe que le ha llegado la hora en la que va a mostrar su amor, y en su amor el del Padre, a la humanidad.
    Esta es la clave que nos permite comprender que hacemos y a qué nos comprometemos cuando participamos de la Eucaristía.

 

Mientras comían

    El evangelista no nos da ningún detalle de aquella comida.
    Jesús y los suyos están compartiendo el alimento y la vida; y lo están haciendo como un grupo de amigos que se quieren, sin nombre (sólo se nombra a Jesús, cuyo ejemplo hay que seguir, y a dos de los presentes, Judas de Simón y Simón Pedro, ejemplo de lo que no se debe hacer) y sin referencia ninguna al lugar en el que se celebra la cena, para que todos quepamos entre «los suyos», sin condiciones de ningún tipo -sexo, raza, nación, cultura, religión-.
    Sólo un gesto, absolutamente inesperado, mientras comían: «Consciente de que el Padre lo había puesto todo en sus manos y que de Dios procedía y con Dios se marchaba, se levantó de la mesa, dejó el manto y, tomando un paño, se lo ató a la cintura. Echó luego agua en el barreño y se puso a lavarles los pies a los discípulos y a secárselos con el paño que llevaba ceñido.»
    El dejar el manto está representando, simbólicamente, su muerte, a la que se dirige libremente porque es el resultado de su compromiso de amor a la humanidad; al final lo recuperará, porque confía lúcidamente en el Padre y sabe que no permitirá que el odio y la muerte venzan al amor.

 

Lavar los pies

    Lavar los pies llenos del polvo del camino de los que llegaban a casa era tarea propia de esclavos y, lógicamente, sólo se hacía con los hombres libres. Jesús utiliza ese gesto no para justificar la injusticia que supone el que unos hombres tengan que estar sometidos forzadamente al servicio de otros, sino para explicarnos cómo se puede salir de la situación presente que niega a unos el derecho a la libertad y el reconocimiento de su dignidad y otorga a unos pocos el privilegio de ser dueños de la libertad de otros y de hacerse acreedores de todo tipo de honores: esta situación sólo se superará cuando nadie se vea obligado a servir y todos estén dispuestos a hacerlo libremente y el servicio sea entonces únicamente expresión de amor.
    En el mundo en que vivimos, el que puede -el que tiene poder- pone a los demás a su servicio y, gracias a la opresión y la explotación de los otros, se siente un señor; Jesús propone lo contrario: que todos nos pongamos al servicio de los demás para que todas las personas puedan sentir su señorío liberador.
    Este es el significado profundo de este gesto. Jesús libremente se pone al servicio de sus discípulos lavándoles los pies y, así, les reconoce la categoría de señores. Pero tal señorío no lo han alcanzado por ninguno de los medios por los que se consigue el poder en este mundo: la riqueza, la violencia o los privilegios de raza, clase social o de sangre, ni como ciertos señores han pretendido -mintiendo- tantas veces, por la gracia de Dios; ese señorío no se alcanza porque se tengan sometidos a más o menos siervos, sino porque ser los beneficiarios de mucho amor que se recibe en forma de servicio libremente otorgado: es el amor recibido lo que constituye este señorío; y ese servicio manifiesta, expresa y nace del amor.

 

Ejemplo a seguir

    Los que así han visto reconocida su plena libertad y han llegado a ser señores, deberán hacer otro tanto: «Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros». Jesús sigue siendo «el Señor», porque nadie le impone el servicio: lo presta con absoluta libertad; sus discípulos, gracias a este gesto, han sido reconocidos como señores.
    Ahora les toca a ellos, seguir su ejemplo, continuar con la tarea. El resultado será un mundo de iguales en el que nadie priva de libertad o somete a servidumbre a ninguno de sus semejantes, un mundo en el que todos son señores libres porque todos reciben mucho amor y en el que todos son liberadores porque respetan y sirven libremente, porque reparten mucho amor: al ofrecer amor mediante el servicio libremente otorgado, se logrará que todos se puedan sentir señores; y al recibirlo, todos nos reconoceremos como hermanas y hermanos.
    Como hemos dicho antes, este gesto explica el significado de la Eucaristía: leamos en este contexto las palabras con las que Jesús cierra este signo: «Es decir, os dejo un ejemplo para que, igual que yo he hecho con vosotros, hagáis también vosotros.»

 

Ejemplos a evitar

    Simón Pedro protesta, y no porque rechace ver a un hombre a los pies de otro, sino porque es el Señor el que se ha puesto a servir: «Señor, ¿tú a mí lavarme los pies?» No acepta el amor que Jesús le ofrece en forma de servicio. El considera a Jesús como un Mesías llamado a ocupar el trono de Israel. Por eso, está dispuesto a obedecerlo, lo acepta como señor, como jefe, pero no entiende ni acepta la enseñanza contenida en aquel gesto: Jesús va a darlo todo, hasta su vida (simbolizada en el manto del que Jesús se desprende), para hacer posible que los hombres descubran que sólo se consigue la felicidad en la experiencia del amor compartido («... os dejo un ejemplo para que, igual que yo he hecho con vosotros, hagáis también vosotros... ¿Lo entendéis? Pues dichosos vosotros si lo cumplís»). Claro que, si no se acepta esa clase de amor que se muestra en el servicio que a todos iguala, no se podrá ser seguidor de Jesús: «Si no dejas que te lave, no tienes nada que ver conmigo.»
    Pedro, por el momento, no entendía que el servicio pudiera ser una manifestación de amor; pero estaba con Jesús, su Señor, y era un hombre leal; por eso, aunque le costó, aunque en este momento no estaba preparado (Jn 13,36) y renegó de Jesús cuando lo vio preso (Jn 18,15-18), acabó por aceptar plenamente su mensaje y asumió con todas sus consecuencias su proyecto para este mundo y el camino para lograrlo (Jn 21,19).
    Judas de Simón Iscariote, en cambio, estaba sometido a otro señor, el dinero (Jn 12,6), que pudo en él más que el amor de Jesús. Él se deja lavar sin rechistar, pero tampoco acepta el amor de Jesús (véase también 13,26-27); de inmediato saldrá a encontrarse con los señores de este mundo para, a cambio de una ridícula participación de ese falso señorío, 30 monedas, acordar el modo de entregarles a Jesús a sabiendas de que lo querían para llevarlo a la muerte.

 

Ser como el Padre Dios

    Yo y el Padre somos uno (Jn 10,30).
    Jesús se identifica plenamente con el Padre Dios. Y esto, entre otras cosas, significa que en Jesús se nos explica el ser de Dios (Jn 1,8).
    En consecuencia, podemos concluir que, en el gesto del lavatorio de los pies, Jesús nos revela que Dios está al servicio del hombre; y lo está, como Jesús, por amor.
    La grandeza de Dios no puede entenderse a imagen de la de los grandes de la tierra porque esa grandeza (lo veíamos el domingo 1º de Cuaresma, en el relato de las tentaciones) procede del adversario de Dios, del enemigo del hombre. Su grandeza no es el poder, ni el miedo, ni el castigo. Su grandeza es su amor que se expresa en Jesús como servicio a la humanidad.
    Pero, además, en Jesús, hijo de hombre, se realiza el proyecto de ser humano que Dios tiene desde el principio, esa Palabra, que contenía el proyecto formulado de la plenitud humana, se hizo carne, se hizo ser humano. Por eso, lo que nace Jesús, nos enseña cómo podemos alcanzar esa plenitud: al mismo tiempo que nos explica cómo es Dios, nos está enseñando como ser verdaderamente humanos; al tiempo que nos revela en qué consiste la gloria de Dios, nos indica el camino para participar de esa gloria: «Cuando salió, dijo Jesús: -Acaba de manifestarse la gloria del Hijo del hombre y, por su medio, la de Dios.» (Jn 13,31)
    Así se expresa Jesús al terminar la cena. Y enseguida añadirá: ««Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; igual que yo os he amado, también vosotros amaos unos a otros.»     Querer ser como Dios ya, desde esta perspectiva, ha dejado de ser una tentación para convertirse en un reto, en un programa apasionante para una vida y para un mundo posible y necesario.    Los seguidores de Jesús, si queremos parecernos a Dios, si aspiramos a llegar a realizarnos como hijos de Dios, debemos adoptar este criterio: su fuerza para transformar el mundo y convertirlo en el reinado, en la casa de Dios, debe ser el libre servicio que nace de y expresa el amor y lo que este busca alcanzar: que en ese otro mundo, en ese otro orden que llamamos el reinado de Dios, el señorío de todas y todos no suponga la servidumbre de nadie..
    Con el gesto del lavatorio de los pies, Jesús nos descubre un camino nuevo para acceder al verdadero señorío, para parecernos a El Señor: todos podemos ser señores; todos podemos contribuir al señorío de nuestros semejantes: no por el poder que poseamos, sino por el amor que gratuitamente recibamos, por el amor que gratuitamente ofrezcamos.

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