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Domingo 1º de Cuaresma
Ciclo B

18 de febrero de 2024
 

 

Otra vida... para este tiempo
    

     Según la tradición de Israel, el desastre del diluvio universal terminó con un pacto entre Dios y la humanidad, pacto que contiene el compromiso inquebrantable de Dios con la vida. Jesús profundiza este compromiso con otra vida para este tiempo, compromiso al que nos invita a unirnos para, con él, construir un mundo de personas -mujeres y varones- hermanas. Para ello, dice, hay que romper con un orden de injusticia y violencia que gobierna nuestro mundo y que es, permanentemente, causa de sufrimiento, de miseria y de muerte.

 




Una alianza con la vida



     El problema del mal siempre ha preocupado al hombre y, por eso, porque inquieta al hombre, está presente en toda la Biblia. Resalta en este tema la pregunta acerca de qué tiene que ver Dios con ese peso que lastra la vida y la historia de la humanidad: ¿Cuál es el origen del mal? ¿Por qué está presente en todos los momentos y en todas las circunstancias de la vida del hombre? ¿Es Dios la causa última del mal? Y si no es su causa, ¿cómo es que, siendo infinitamente bueno y justo, lo permite, lo soporta?
     Esta cuestión no inquieta de manera exclusiva a Israel; escritos de otros pueblos de la antigüedad se plantean también este problema. Lo que distingue al pensamiento bíblico de la mayoría de las religiones de su entorno es que nunca se atribuye a Dios el origen del mal ni, en coherencia con su fe en un Dios único, a otro dios, a un dios malvado. A la luz de los escritos bíblicos, la causa del mal hay que buscarla siempre en esta Tierra y, en concreto, en la ofuscación de algunas personas que, rechazando el papel de imagen de Dios, prefieren sustituir a Dios y organizar el mundo de acuerdo con sus propios intereses. A ese asunto dedica el primer libro de la Biblia, el Génesis, los capítulos que siguen al relato de la creación; y la respuesta puede sintetizarse en esta frase: el mal apareció en el mundo cuando los hombres pretendieron ser como dioses. Así lo explica en el relato del pecado original y en el de la torre de Babel, por recordar los más conocidos.

     Entre estos dos relatos hay un tercero, el diluvio universal (Gn 7) que trata de
explicar hasta qué punto Dios está en contra del mal. De acuerdo con ese pasaje, Dios decide eliminar el mal de la faz de la tierra eliminando de ella al hombre (Gn 6,7.11); pero un hombre, Noé, alcanzó el favor del Señor (Gn 6,8) y Dios lo salvó del desastre -el diluvio- y estableció con él y con toda la humanidad una alianza para el futuro: «Yo hago un pacto con vosotros y con vuestros descendientes...». Después de renovar la bendición del paraíso -«Creced, multiplicaos... dominad la tierra»- (Gn 8,17) y de exigir a Noé y a los suyos el respeto de la vida -de toda vida, pero especialmente de la vida humana: «al hombre le pediré cuentas de la vida de su hermano» (Gn 9,5)-, Dios establece una alianza con Noé en la que se compromete con la humanidad y garantiza que no se repetirá un suceso de las características del diluvio: la vida prevalecerá siempre frente a las fuerzas destructoras de la naturaleza; el arco iris es el signo que servirá de recuerdo de este pacto. El Señor mismo se compromete solemnemente: «El diluvio no volverá a destruir la vida». Dios y la humanidad quedan por tanto unidos para siempre en defensa de la vida.

 

Una vida alternativa

     Entre la alianza que Dios hace con Noé y la misión de Jesús hay una importante coincidencia: Dios ofrece su amistad y su apoyo a toda la humanidad. La alianza con Noé tiene ya un carácter universal; Jesús, por su parte, se dirige a todos los seres humanos que quieran abrirse, como él, a la acción del Espíritu -energía vital de Dios- para llegar a ser hijos de Dios y formar una gran familia de hermanos que se sienten vinculados por la vida de un Padre común: de acuerdo con la perspectiva del relato bíblico, la alianza que Dios ofrece a Noé abarca a toda la humanidad conocida en aquel momento; y a toda la humanidad de cualquier momento de la historia está abierta la misión de Jesús.
     Este proyecto que Jesús pone en marcha es también una apuesta por la vida en su sentido más pleno: una vida que consiste en con-vivir armónicamente con el resto de los seres vivos, especialmente con los seres humanos y con Aquel que se ofrece a ser el Padre de todos. Una convivencia fundada en la justicia, en la igualdad, en el respeto mutuo, en la libertad y en el amor.
     El primer paso en la realización de este proyecto ya lo ha dado Dios, revelándose como Padre de un hombre que -en el bautismo (Mc 1,9)- se ha comprometido a ser solidario hasta la muerte con quienes en él y por él están llamados a vivir como hermanos; pero, tras ese primer paso, empieza para Jesús un proceso duro y difícil, aunque no lo hará en solitario, descrito por el evangelio de Marcos con un par de frases breves introducidas por la misma palabra, inmediatamente:

     «Inmediatamente... vio rasgarse el  cielo...» Es la respuesta del Cielo -del Padre- al bautismo de Jesús, a su compromiso y a su entrega en favor de una humanidad nueva: Dios se manifestó solidario con el compromiso del Hombre Jesús, que fue proclamado como Hijo de Dios y poseedor de toda la plenitud de su Espíritu.
      E, «inmediatamente el Espíritu lo empujó al desierto»; así se describe la respuesta que Jesús va a recibir en la Tierra -de Dios y de los hombres- a ese mismo compromiso. Llama la atención la brevedad con la que despacha Marcos este episodio. Y no es porque le quite importancia, sino porque lo que intenta es dibujar el marco en el que se va a desarrollar la actividad de Jesús y presentar los personajes que lo van a acompañar durante el desarrollo de la misma. Dios a su favor, presente en Jesús por medio de su Espíritu que lo impulsa a afrontar sin dilación su tarea; Dios, su Padre, sosteniendo su firmeza en medio de las dificultades. Y los hombres, sus hermanos, divididos, con actitudes y comportamientos encontrados: unos poniéndole obstáculos, otros en cambio, poniéndose a su servicio. Este es el marco en el que se va a desarrollar toda la vida de Jesús, en estas circunstancias tendrá que realizar su misión.

 

Un desierto habitado

     Un desierto, por definición, es un lugar en el que es prácticamente imposible la vida humana, un lugar inhóspito, despoblado. Sin embargo, en el desierto del que nos habla hoy el evangelio y al que Jesús va impulsado por el Espíritu Santo, nos encontramos a Jesús rodeado de amigos y de enemigos. En realidad, este desierto no es tal; es una imagen, un símbolo de lo que será el ambiente en el que Jesús llevará a cabo su misión.
     El desierto recuerda, en primer lugar, el camino de los Israelitas desde Egipto a la tierra prometida: es decir, el tiempo y el camino que va desde la esclavitud a la libertad; en este sentido, el desierto representa un proceso de liberación. En eso, por tanto, consiste la tarea, el trabajo de Jesús: poner en marcha este proceso.
     El desierto también es considerado, en los libros de los profetas sobre todo, como la época en la que la relación de Dios con su pueblo fue mejor: la tarea de Jesús será, por tanto, como se ha visto en la escena del su Bautismo, restablecer la posibilidad de unas buenas relaciones entre Dios y toda la humanidad.
     He aquí, el objetivo de su misión.

 

Enemigos y amigos

     El desierto, en cuanto lugar despoblado en el que no existe una estructura social, simboliza también la ruptura con un modo de entender el orden en la sociedad, un orden que, por ser contrario al bien y a la dignidad del hombre, es contrario al plan de Dios. Por eso, los que resultan beneficiados con este desorden establecido, se opondrán con todas sus fuerzas a la realización del plan de Jesús, que no es sino la etapa definitiva del plan salvador de Dios.
     Satanás y las fieras son las dos caras de una misma moneda: simbolizan los diversos medios de que se sirve el poder para lograr sus objetivos, es decir, los instrumentos que usan los poderosos para someter a los hombres.
     Para lograr su finalidad, el poder seduce, compra, corrompe, amenaza, oprime, reprime y suprime. En el evangelio de hoy Satanás representa la seducción del poder. Desde muy distintos frentes, hasta desde dentro del grupo de sus seguidores (Marcos 8,32-33) Jesús recibirá la sugerencia de usar el poder como la herramienta más eficaz para realizar su misión. Pero el poder (la autoridad ejercida de verdad en favor de la colectividad no es poder, sino servicio que, por supuesto, respeta y potencia la libertad y la dignidad de todos) corrompe y, además, es enemigo de la humanidad, de la persona: de la que lo sufre, cuya dignidad queda pisoteada; de la que se le resiste, que puede acabar perdiendo hasta la vida; y también es enemigo de la que lo posee, porque la convierte en una fiera. En el evangelio de hoy las fieras -los poderosos, los opresores- representan el lado homicida del poder que, puesto que fracasó en su intento de seducir al Hombre Jesús, lo acosó, lo persiguió y lo asesinó.
     Los otros personajes presentes en el desierto son los ángeles que representan a todos aquellos que sirven a Jesús, es decir, a los que colaboran con él en la realización de su misión (como, por ejemplo, los que le informarán de la calentura que aqueja a la suegra de Pedro, Mc 1,30).

     Jesús ya terminó su caminar por el desierto; ahora nos toca a nosotros. Según nos dice la primera carta de Pedro, seguir a Jesús supone un «compromiso con Dios de una conciencia honrada fundado en la resurrección del Mesías»: se trata de la decisión firme de seguir a Jesús en su lucha contra el mundo injusto. Por eso el evangelio de hoy mantiene intacto todo su sentido pues la misión de Jesús se continúa en el compromiso de los cristianos, compromiso que se desenvuelve en un entorno semejante: los seguidores de Jesús, su comunidad, siguen estando acosados por el poder que, en ocasiones, tratará de seducirlos y en otras de perseguirlos hasta la muerte (basta consultar la página del martirologio latinoamericano -la persecución a las personas comprometidas con su fe cristiana contra la injusticia en América Latina es quizá la más próxima a nosotros en el tiempo- para comprobar esta afirmación; por citar sólo algunos ejemplos: el próximo día 26 de febrero es el aniversario (474º) del asesinato del obispo Antonio de Valdivieso, que está considerado como el primer mártir de América, el próximo día 12 de marzo se conmemora el 47º aniversario del martirio de Rutilio Grande, cura salvadoreño, colaborador de Oscar Romero y de dos campesinos Manuel Solórzano y Nelson Rutilio Lemus; el 22 hará 44 años que fue secuestrado y asesinado el jesuita Luis Espinal, periodista y defensor de los derechos humanos en Bolivia, y dos días después, el próximo día 24 de marzo, se cumplirá también el 44º aniversario del testimonio -martirio- de Óscar Romero, San Romero de América, pastor, profeta y mártir).

 

Se ha cumplido el plazo

     Sin decir que Jesús abandona el desierto, Marcos muestra a Jesús proclamando su mensaje: eliminado violentamente el Bautista -las fieras no descansan-, Jesús da inicio a su misión. Se presenta de parte de Dios, alude al cumplimiento de un plazo que sus oyentes debían conocer.
     Este plazo al que se refiere Jesús es el de la intervención de Dios en la historia de los hombres para ofrecerles la definitiva oportunidad de organizarse de tal manera que la felicidad pueda lograrse en este mundo (ver, p. ej.: Dn 12,4;). Se abre ahora la posibilidad de un nuevo orden social, una nueva manera de organizar las relaciones interpersonales (el reino de Dios), una nueva sociedad formada por mujeres y hombres nuevos (los que han escuchado a Jesús, han roto con toda injusticia, han aceptado su proclama como buena noticia, se la han creído, se han adherido a ella y se esfuerzan por hacerla realidad), personas que deberán compartir con Jesús el compromiso de su bautismo: amor sin límites hacia la humanidad.
     Aunque empiece por Galilea, la proclama de Jesús tiene un carácter universalista: «Se ha cumplido el plazo...». Se cierra el periodo en el que Dios quiso centrar sus relaciones en un solo pueblo; ahora quiere reinar sobre toda la humanidad. Pero su reinado no se ejercerá basándose en la fuerza, sino en la adhesión libre de quienes acepten su gobierno. Por eso antes que pedir la adhesión -«tened fe en esta buena noticia»-, Jesús invita al cambio de vida: «Enmendaos». Este es el primer paso, que debe dar cada uno personalmente: cambiar de modo de vivir; romper con la injusticia homicida para vivir como Dios quiere, comprometidos en la defensa y en la promoción de todo lo que es vida: justicia, amor, paz, felicidad...

 

Creed en la buena noticia

     El segundo paso es juntarse con otros que quieran vivir así y poner en marcha esa realidad que Jesús anuncia: «está cerca el reinado de Dios». No se trata de un modelo alternativo de sociedad como los que ofrecen las diversas ideologías políticas, sino un nuevo modo de ser persona y un nuevo modo de relacionarse con los demás: un modo alternativo de vivir que nos debe impulsar a buscar, junto a todas las personas de buena voluntad, alternativas concretas a esta sociedad en la que, todavía, está sin resolver el problema del mal, de la muerte injusta y de la vida degradada bajo el reinado de la injusticia, como demuestran los datos que, tozudamente, nos ponen delante de nuestros ojos un mundo rico en el que la pobreza, el hambre y la guerra siguen siendo las enfermedades que causan más muertes.
     En este contexto, el mensaje de Jesús nos dice que la vida es posible para todos, que Dios se mantiene fiel a su compromiso con la vida y que nosotros somos los responsables de presentar a la humanidad el proyecto contenido en su mensaje, con nuestra vida y con nuestra palabra y en conflicto con la injusticia del mundo.
     Pero ese conflicto debemos asumirlo no solamente desde una actitud de pura rebeldía ante el mal, sino como una propuesta positiva, capaz de ilusionar a cualquier persona de buena voluntad. Hay que creer -tener fe- en que ese mundo de hermanos que Jesús propone es posible y hacer nuestra esa propuesta; hay que estar seguros de que contamos con la fidelidad de Dios a su compromiso con la vida y con la fuerza del mismo Espíritu que impulsó a Jesús. Y, sobre todo, debemos sentir en lo más profundo de nosotros mismos que ese proyecto es verdaderamente, para nosotros y para la humanidad entera, una buena noticia.

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