
El amor fortalece la esperanza
La esperanza verdaderamente cristiana no mira solo a la otra vida. Al contrario, empieza con la convicción de que, si el mundo se organiza con los valores del reinado de Dios, las personas irán alcanzando su plenitud y encontrando la felicidad. Convertir esa convicción en acción constante para alcanzar ese mundo nuevo es una muestra de amor a la humanidad. Y ese amor dará fuerza y sentido a tas nuestras esperanzas.
| Texto y breve comentario de cada lectura | |||
| Primera lectura | Salmo responsorial | Segunda lectura | Evangelio |
| Sab 6,[12]13-[16]17 | Sal 62[63],2-8 | 1 Tes 4,13-17 | Mateo 25,1-13 |
Fiesta de bodas
El título del comentario del Domingo 28 T.O. era «El Reino ha de ser una fiesta». Ya en el evangelio de ese domingo se concretaba de qué tipo de celebración se trataba: una fiesta de bodas. En el evangelio de este domingo vuelve la misma imagen: la de la fiesta de bodas.
En tiempos de Jesús una boda, cuya celebración se prolongaba durante varios días, comenzaba al anochecer con una especie de procesión festiva en la que el novio, con sus invitados, iba a buscar a la novia a casa de sus padres; después volvían todos hasta la casa del novio, en donde se celebraba un gran banquete. Era habitual que un grupo de muchachas solteras acompañara al novio con lámparas de aceite encendidas para iluminar el camino.
El evangelista escoge el instante en el que se produce el encuentro de estas muchachas con el novio para representar el momento del encuentro definitivo de cada uno de nosotros con Jesús, el momento, pues, de nuestra «hora». Sobre este encuentro y lo que seguirá después se nos dan muy pocos, aunque importantes, detalles. El encuentro se dará en un contexto de amor por lo que no tendría sentido vivirlo con angustia, sino con esperanza, pues se trata del comienzo de una fiesta.
No es una tragedia, por tanto, el morir. Pero esto no quiere decir que los cristianos hayamos quedado insensibilizados ante el dolor por la muerte de un ser querido (Jesús lloró ante la tumba de un amigo muerto: Jn 11,35). Y mucho menos que los cristianos dejemos de valorar esta vida, confiados en que la que esperamos será mucho mejor. Al contrario, el evangelio de este domingo nos obliga a poner el foco en lo que debemos ir haciendo antes de que esta hora llegue.
El aceite y la luz
En esta parábola Mateo usa dos imágenes que ya había empleado antes: la de la luz y la de la sensatez y la necedad.
Al terminar la proclamación de las bienaventuranzas, Jesús dice a sus discípulos que ellos son la luz del mundo: «Vosotros sois la luz del mundo... Empiece así a brillar vuestra luz ante los hombres; que vean el bien que hacéis y glorifiquen a vuestro Padre del cielo» (Mt 5,14-16).
Jesús continúa explicando las bienaventuranzas: sus exigencias superan a la antigua ley de Moisés en la misma medida en que el amor supera a la pura legalidad (Mt 5,17-6,4); les propone el «padrenuestro» como modelo de oración (6,5-15); critica la falsa religiosidad de los fariseos (6,16-18); aclara cuál es el fundamento de la primera bienaventuranza, indicando que la vida del hombre no puede girar, al mismo tiempo, alrededor de un Dios que es amor —el Padre— y alrededor de un dios falso, que es causa de sufrimiento y esclavitud, —el dinero— (6,19-24); indicar que lo que realmente puede asegurar la vida digna de todos y, por lo tanto, debe ser la preocupación fundamental de sus seguidores es un mundo en el que reine la justicia de Dios —expresada en las bienaventuranzas— (6,25-34); señala que solo a Dios compete el juzgar a las personas y anima a confiar plenamente en Él (7,1-11) y termina advirtiendo de que «No basta decirme: «¡Señor, Señor!», para entrar en el reino de Dios; no, hay que poner por obra el designio de mi Padre del cielo» (7,21). Ser luz del mundo es vivir de acuerdo con estos valores.
La luz que llevaban aquellas muchachas, representa ese mensaje evangélico puesto en práctica, que debe servir de luz que ilumine y oriente a quienes no saben que es posible este otro mundo mejor que el presente. El aceite, cuya combustión produce la luz, representa el trabajo para avanzar en la implantación de ese reinado.
Después de exhortarlos a aceptar las dificultades que lleva consigo el vivir de acuerdo con el evangelio y a convertir en vida lo que expresamos con palabras en la oración, Jesús añade: «Todo aquel que escucha estas palabras mías y las pone por obra se parece al hombre sensato que edificó su casa sobre roca... Y todo aquel que escucha estas palabras mías y no las pone por obra se parece al necio que edificó su casa sobre arena...» (Mt 7,24-27). Con esta comparación quiere resumir Jesús su enseñanza sobre la necesidad de que la adhesión a su mensaje, la fe, no se quede en teorías o en palabras —lo que sería una necedad—, sino que se traduzca en acciones —esta es la auténtica sabiduría, la verdadera sensatez—, sino que, por el contrario, se convierta en vida; que no se trate de un entusiasmo superficial y más o menos pasajero, sino de un compromiso fuertemente asentado en una decisión sincera y firme de seguir a Jesús hasta donde sea necesario.
Necias y sensatas
Las muchachas necias podrían representar a todos aquellos que creen que Jesús de Nazaret es el Mesías, enviado de Dios, salvador de la humanidad; a los que creen sinceramente que Dios es Padre y que todos los hombres somos hermanos. Creen y esperan; quizá sobre todo esperan, como las muchachas, el encuentro con el Señor; y su esperanza, quizá muy fuerte y muy firme, no tiene otra perspectiva que el más allá, la otra vida, el otro mundo.
Representan a quienes, al principio, se pusieron a trabajar con ilusión por ese mundo nuevo que anuncia el evangelio; pero, la decepción al constatar que el reinado de Dios en la tierra avanza entre conflictos y dificultades y se ve demasiado lejano provocó el cansancio y el abandono de la tarea: se les acabó el combustible de la lámpara y dejaron de ser luz.
Han perdido la fe en la fe en el ser humano y les falta el amor a la humanidad al estilo de Jesús. Esperan, sí, el reinado de Dios; pero se olvidan de poner en práctica los valores de ese reino contenidos en las bienaventuranzas y el resto de enseñanzas del sermón de la montaña; seguro que quieren ser, y lo son, buenas personas, pero han abandonado la tarea de hacer de este mundo un mundo de hermanas y hermanos.
Las sensatas simbolizan a quienes viven aquello que creen, a quienes hacen lo posible por anticipar la felicidad que esperan, a quienes procuran que su fe en un Dios que es Padre se manifieste en la práctica del amor a los hermanos, amor que se concreta en compromiso con la justicia, con la libertad y la paz.
Así se entiende que las sensatas no compartan el aceite con las necias. No se trata de individualismo egoísta: no pueden hacerlo porque el compromiso con el evangelio, el compromiso de amor a la humanidad, la fidelidad al proyecto de Jesús... todo eso es un asunto personal e intransferible: resulta imposible amar en nombre de otra persona o considerar propias las acciones que otra ha realizado.
Esa es,pues, nuestra tarea: no tanto preocuparnos de cómo llegar al cielo —ese asunto está en buenas manos, en las del Padre (Mt 24,36)—, sino comprometernos fiel y activamente en hacer de esta tierra un cielo en el que reine, no un rey absolutista sino un Padre amoroso.
Si lo hacemos, seremos sensatos; en cambio si no lo hacemos... habremos cometido la necedad de dejar de alimentar nuestra esperanza con la práctica del amor.

2026