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Domingo 24º del tiempo Ordinario

Ciclo A

13 de septiembre de 2026



Nos libera y nos hace liberadores

    El perdón nos libera y nos hace liberadores. El que perdona se libera a sí mismo de un sentimiento, el rencor, que daña a quien lo padece y, al mismo tiempo, libera también a quien lo recibe y reconstruye la armonía en las relaciones personales: el perdón libera a la víctima, libera al culpable y hace más libres y armoniosas las relaciones en la comunidad.

 




El odio como fuerza y poder

    Basta un vistazo a cualquiera de las redes sociales más usadas para convencerse de que la venganza es una constante en las relaciones humanas, tanto entre los particulares como entre los pueblos y naciones. La raza, la religión, la opción política, la orientación sexual, a veces solo el apellido es pretexto para el odio. El odio se está convirtiendo, nos dice un prestigioso teólogo, en una nueva religión (leer aquí).
    Hay organizaciones, alguna de ellas  seguida por cientos de miles, por millones de personas que utilizan el odio y lo promueven como herramienta para alcanzar, conservar o aumentar el poder. Hay personas que, con la misma intención, hacen de esa herramienta el mismo uso.
    Por otro lado, hay hechos (terrorismo, represión, violencia machista...) que parece que justifican el odio que se expresa como deseo de venganza.
 Y es lícito preguntarse: ¿Se puede hablar de perdón en este contexto? A las víctimas de un atentado, a los familiares de una mujer asesinada, a los torturados en un régimen represor, a los inocentes mutilados —efectos colaterales, dicen— por un bombardeo... ¿Se les puede sugerir que perdonen?
    Es difícil responder a esta pregunta porque es muy difícil ponerse en el lugar de quien ha sufrido un atentado o de quien ha visto morir a sus hijos bajo las bombas. Pero hay casos en que las víctimas han conseguido superar el odio (véase Maixabel, película de Icíar Bollaín que relata un caso real): es, por tanto, posible.
    Pero la pregunta que debemos hacernos nosotros es, ¿qué nos dice el evangelio?
 

 

El temor de Dios

    Hemos vivido asustados mucho tiempo bajo la amenaza del castigo divino.
    ¿Quién no ha sentido miedo de enfrentarse alguna vez con la justicia divina? La sola expresión justicia divina tiene algo de terrible porque siempre se nos ha presentado como implacable. La justicia de Dios se nos presentaba como un límite que su misericordia no podía traspasar. Este miedo ha sido, y todavía es en muchas culturas, un arma eficacísima en manos de los poderosos: si Dios está de su parte —ellos siempre han dicho, y siguen diciendo que lo está— y, además, tiene un genio terrible, mejor es no irritar a los señores para que no se irrite El Señor. Por eso la imagen de un Dios dispuesto a torturar eternamente al que cometiera el error más insignificante se ha mantenido y se quiere seguir manteniendo vigente, a pesar de que el mensaje de Jesús resulta incompatible con esa imagen.
    Si el domingo pasado aludíamos a la liberación de la Ley de la que Jesús nos hace beneficiarios, este domingo podríamos hablar de la liberación del temor de Dios. Es cierto que el Antiguo Testamento decía que «el principio de la sabiduría es el temor del Señor» (Prov 1,7); pero no es menos cierto, por un lado, que hay que entender qué significa “temor” en esa frase  (el significado de este término se refiere más al respeto que al miedo)  y, por otro, que aquel Testamento ya se ha quedado antiguo y su valor depende de su concordancia con el Nuevo. 

 

Dios perdona

    Porque una de las novedades más radicales del mensaje de Jesús es ésta: Dios es un Padre bueno que quiere, sobre todo, la felicidad de sus hijos y ante el cual no tiene cabida el miedo, ya no tiene sentido «el temor de Dios»: «En el amor no existe temor; al contrario, el amor acabado echa fuera el temor, porque el temor anticipa el castigo; en consecuencia, quien siente temor aún no está realizado en el amor». Son palabras de la primera carta de Juan (1 Jn 4,18).
    Jesús cambió el modelo de relación del hombre con Dios, sustituyendo la relación Señor-siervo por la de Padre-hijo: se teme a un amo; a un buen padre se le quiere. Y si no hemos entendido esto, nos falta mucho para llegar a comprender plenamente el mensaje de Jesús.
    Pero para que la relación Padre-hijo sea coherente, auténtica y sincera es necesario que sea se refleje en la relación entre hermanos. El evangelio de hoy no habla solo de Dios (yo diría que, como siempre su atención está en nosotros): Jesús nos revela a Dios como Padre porque quiere que lo conozcamos, sí, pero también porque desea enseñarnos a vivir como hijos que se le parecen y que se quieren y se tratan como hermanas y hermanos.
    A imagen de dioses justicieros y vengativos, los hombres hemos construido un modelo de relación entre nosotros basado en el rencor como criterio de valor y en la venganza como modo de hacer justicia; Jesús nos muestra el verdadero rostro del Padre y nos propone un modelo distinto para nuestras relaciones. 

 

El poder liberador del perdón

    Las palabras del libro del Eclesiástico sobre el perdón recogen un texto del Levítico, colocado en el contexto de la Alianza. Dios acaba de liberar a su pueblo de la esclavitud de Egipto y lo ha elegido para que sea modelo de lo que Él quiere que sean todos los pueblos; lo será si cumple las exigencias que brotan de esa relación privilegiada con el Dios de la libertad. Una de esas exigencias, que Jesús citará como una de las dos columnas sobre las que descansa la Ley de Moisés es «Amarás a tu prójimo como a ti mismo», y está introducida por esta orden: «No odies en tu corazón a tu hermano... No te vengarás ni guardarás rencor contra los hijos de tu pueblo». Este es el camino que Dios propone a su pueblo para que sirva de ejemplo a la a la humanidad: abandonar el odio y practicar el amor, olvidar la venganza y el rencor y ser capaces de perdonar. Tanto el Antiguo Testamento en relación con los miembros del mismo pueblo, de Israel (primera lectura), como el Nuevo en relación con cualquier otro ser humano hacen de esta actitud y esta práctica una condición totalmente necesaria para poder estar bien con Dios: no puede ser amigo —y mucho menos hijo— de Dios quien no es capaz de perdonar «de corazón» a su hermano. Y según Jesús la práctica del perdón deberá llegar, de hecho, mucho más allá de donde llegó la amenaza y el deseo de venganza de Lamek: «Señor, y si mi hermano te sigue ofendiendo, ¿cuántas veces lo tendré que perdonar?, ¿siete veces? —Jesús le contestó: —Siete veces, no; setenta veces siete» («siete» es símbolo de totalidad, «setenta veces siete» significa siempre).
    Pero para ser capaces de perdonar hay que cambiar de mentalidad, es necesario asumir y aceptar una nueva imagen de Dios y, en consecuencia, un nuevo modelo de relación con él y con los hermanos.     El que perdona se libera a sí mismo de un sentimiento, el rencor, que daña a quien lo padece y, al mismo tiempo, libera también a quien lo recibe y reconstruye la armonía en las relaciones personales: el perdón libera a la víctima, libera al culpable y hace más libres las relaciones en la comunidad. Es cierto que a nadie que haya sido injustamente agredido, se le puede exigir, desde fuera, que perdone; pero el perdón es uno de los signos más significativos de la libertad interior, el perdón, porque es amor, siempre será un acto de libertad y de liberación.

 

Pasos que hay que dar

    Por un lado, hay que olvidarse de la imagen de un Dios justiciero y vengativo, y sustituirla por la del Padre bueno que es, por definición, amor que comunica vida. Y, por otro lado, hay que renunciar al deseo de ser dioses, al deseo de poder, absolutamente incompatible con la Buena Noticia; y proponerse el vivir como hijos de ese Padre bueno considerando a todas las personas en un plano de igualdad, como nuestras hermanas, que ya lo son de hecho, o que están llamadas a serlo.
    En el evangelio, el siervo rencoroso no pide perdón, sino paciencia y tiempo. De su señor no espera otra cosa que justicia o, como mucho, que aplace el castigo algún tiempo para que él pueda saldar su deuda; ante su señor se siente insignificante, no se siente dueño de sí mismo...  Y no es capaz de descubrir y gozar el amor que se expresa en el perdón que se le otorga. Y, cuando sale y se encuentra con otro que le debía unos cuartos, piensa que ahora él es el señor, dueño de la libertad —«lo metió en la cárcel»— de aquel compañero a quien no le quiso conceder, no el perdón, que a él ya se lo habían regalado, sino ni siquiera la paciencia que él imploraba poco antes. Pero ese comportamiento no lo tolera el que quiere ser el Padre en un mundo de hermanos.

 

Dios exige perdón

    El sentido de la parábola que escuchamos en la liturgia de hoy, con la que Jesús completa su respuesta a Pedro, es claro: Dios perdona sin medida; y solo nos exige a cambio de su perdón que no escatimemos el perdón a los hermanos, que estemos siempre dispuestos a perdonar. Porque así nos iremos haciendo, cada más, hijos suyos.
    Siete, en la manera de hablar de los judíos, significaba totalidad. La pregunta de Pedro: «Señor, y si mi hermano me sigue ofendiendo, ¿cuántas veces lo tendré que perdonar? ¿Siete veces?», ya tenía un valor prácticamente ilimitado; la respuesta de Jesús: «Siete veces, no; setenta veces siete» lo que quiere decir es que no hay que llevar la cuenta de las veces que se perdona al hermano, sino que hay que perdonar siempre. Y que ésta —estar dispuesto a perdonar siempre que haga falta— es una condición necesaria para que Dios perdone a quien le haya ofendido a él.

 

Perdonar para ser felices

    Como todas las exigencias de carácter práctico que contiene el evangelio, ésta del perdón no se entenderá adecuadamente si no se ha producido en nosotros el cambio de mentalidad del que nos hablaba Pablo hace un par de domingos (Rm 12,1-2).
    Si no hemos entendido el mensaje del evangelio y aún pensamos en Dios como en un señor que se dedica a imponer caprichosamente a sus súbditos leyes que hay que cumplir sin discusión alguna, la exigencia de perdonar nos resultará una imposición imposible de llevar a la práctica, y si conseguimos hacerlo alguna vez, lo haremos por temor o por egoísmo. Si aún seguimos encadenados a la mentalidad de este mundo, el perdonar nos parecerá una derrota, un signo de debilidad, de cobardía, una falta de poder.
    Pero si hemos llegado a comprender que lo que Dios pretende es que eliminemos de nuestro mundo todo lo que nos impide a los humanos alcanzar una vida digna, pacífica y armónica, esto es, feliz, entonces, cuando llegue la ocasión, podremos experimentar la profunda alegría que produce el perdonar, estaremos en camino de encontrar, sin buscarla expresamente, la felicidad que nace de la práctica del amor —y el perdón es una muestra de amor—. Así se entiende que en el evangelio (en el que leímos el domingo pasado, que forma parte de este mismo párrafo) se diga que es el ofendido el que tiene que tomar la iniciativa y buscar al culpable  para intentar hacer las paces: el que no ha roto el amor, el que conoce cuál es su valor, es el que puede —y por eso debe— intentar recomponerlo.
    La pregunta del sabio autor del libro del Eclesiástico (28,3): «¿Cómo puede un hombre guardar rencor a otro y pedir la salud al Señor?», nosotros, a la luz del mensaje evangélico, la podríamos formular de esta manera: «¿Cómo puede un hombre guardar rencor a otro y pretender ser verdaderamente feliz? ¿Cómo puede buscar venganza el que sabe que serán dichosos los que trabajan por la paz?». Porque el rencoroso, el vengativo podrá sentirse fuerte, orgulloso, dominador, vencedor...; la venganza podrá producirle placer, pero felicidad..., seguro que no.
  ¿Es que no hemos entendido aún el sentido de la propuesta y la promesa contenidas en cada una de las bienaventuranzas? ¡Seréis felices!

 

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