
Que no nos asuste un mundo nuevo
Los discípulos de Jesús no podemos vivir encerrados, presos del miedo a un mundo que no nos acepta. Nuestra fe nos dice que Jesús está presente en su comunidad a la que le ofrece, con su deseo de paz, el Espíritu, que capacita a sus seguidores para realizar una importante tarea: incorporar a quienes lo acepten a su proyecto de crear y formar parte de una nueva humanidad solidaria y fraterna. Al realizar esa tarea tendrán que ir con la verdad y con la vida por delante, denunciando la injusticia y acogiendo, si quieren integrarse en el grupo, a quienes rompan con los valores y los intereses propios de un sistema injusto; y siempre, en comunión solidaria con la comunidad en cuyo centro estará permanentemente Jesús.
| Texto y breve comentario de cada lectura | |||
| Primera lectura | Salmo responsorial | Segunda lectura | Evangelio |
| Hch 2,42-47 | Sal 117,2-4.13.15.22-24 | 1ª Pe 1,3-9 | Juan 20,19-31 |
Paz a vosotros
««Paz» es mi despedida; paz os deseo, la mía, pero yo no me despido como se despide todo el mundo. No estéis intranquilos ni tengáis miedo; habéis oído lo que os dije: que me marcho para volver con vosotros. Si me amarais, os alegraríais de que vaya con el Padre, porque el Padre es más que yo» (J,14,27-28).
«Dentro de poco dejaréis de verme, pero un poco más tarde me veréis aparecer» (Jn 16,16).
«Os voy a decir esto para que, unidos a mí, tengáis paz: en medio del mundo tendréis apreturas; pero, ánimo, que yo he vencido al mundo» (Jn 16,33).
Estas frases las había pronunciado Jesús en el transcurso de la “última cena” pero parece que los discípulos no habían llegado a comprenderlas y a aceptarlas plenamente. Por eso el grupo está a oscuras, en la oscuridad propia de quienes acababan de perder la esperanza, golpeados por la muerte injusta y violenta de aquel en quien habían puesto toda su confianza. Es cierto que algunos de ellos ya conocían la noticia de que Jesús había resucitado, aunque parece que no se la creían pues se mantienen encerrados y llenos de miedo a los dirigentes judíos, el poder de este mundo que más de cerca los amenazaba: «Ya anochecido, en aquel día primero de la semana, estando atrancadas las puertas del sitio donde estaban los discípulos, por miedo a los dirigentes judíos...».
En medio de esa negatividad, hay algo muy positivo: están todos juntos y son, en cuanto grupo, una posible alternativa a este mundo, a este modo de vivir. Pero solo lo serán de verdad cuando pierdan el miedo y se decidan a proclamar ante todos los hombres que la muerte de Jesús no fue una derrota, que su entrega fue consecuencia del amor y, por tanto, que su sangre, injustamente derramada, fue y sigue siendo semilla de vida y liberación. Pero, por el momento, el miedo los tiene paralizados; y a pesar de estar avisados de antemano, han perdido la paz.
Jesús —haciéndose presente en medio de la comunidad— llega para devolvérsela: «... llegó Jesús, haciéndose presente en el centro, y les dijo: Paz con vosotros». Aquella experiencia cambió al grupo. El miedo a los dirigentes judíos con el que empieza el relato, se cambió enseguida en la alegría de ver al Señor y se llenaron de paz al oír el saludo de Jesús.
Ya son humanidad nueva
Con la comunicación de su Espíritu, Jesús les da el valor que les falta; y con el encargo de continuar su misión les indica en qué deben emplear la fuerza de ese Espíritu: en demostrar a todos los hombres que el amor es más fuerte que la muerte, como prueban las señales de las manos y el costado de Jesús, señales, al mismo tiempo, del odio que lo asesinó y de su amor que lo condujo a entregar su vida. Ellos son los que, en adelante, tendrán que anunciar a los hombres que se puede vivir de otra manera; porque, mediante un soplo de vida nueva, mediante la comunicación del Espíritu —que es la fuerza de la vida y del amor de Dios— acaban de ser creados de nuevo, constituidos en mujeres y hombres nuevos, en una nueva humanidad.
Anuncio y denuncia
Y ellos serán los que, en adelante, tendrán que constatar quién está a favor y quién en contra del proyecto liberador, del designio de Dios sobre la humanidad. Esta tarea ha de tener una doble dimensión:
Anuncio y puesta en práctica de un nuevo modo de vivir según el mensaje cristiano, mediante el que se ofrece a todos la liberación definitiva e integral de la injusticia; a los que la practican, esto es, a los opresores para que se liberen de su maldad; y a los que la sufren, esto es, a los oprimidos, para que dejen de serlo.
Y denuncia de aquellos que rechazan la liberación de los hombres y de los pueblos a cualquiera de sus niveles; denuncia de quienes practican o justifican la opresión, la injusticia, la explotación del hombre por el hombre, la violencia..., que eso es, en lenguaje teológico, el pecado.
Dichosos los que crean
Tomás no estaba allí aquel día; cuando volvió, la comunidad quiso compartir con él aquella experiencia; pero él no aceptó el testimonio de los demás y exigió el privilegio de palpar personalmente las cicatrices que dejó el odio del mundo en las manos y el costado de Jesús.
Tomás, cuando Jesús decidió ir a Betania, con ocasión de la muerte de su amigo Lázaro, se había mostrado valiente y generoso invitando al resto de los discípulos a acompañar a Jesús a Judea, aunque les costara la vida a todos: «Vamos también nosotros a morir con él», había dicho en aquella ocasión (Jn 11,16). Como había demostrado entonces, Tomás no tenía miedo a la muerte; pero no creía, no confiaba en la fuerza del amor y de la vida. Por eso no dio crédito al testimonio del resto de la comunidad. Y exigió una “revelación particular” para creer: «Como no vea en sus manos la señal de los clavos y, además, no meta mi dedo en la señal de los clavos v meta mi mano en su costado, no creo».
Jesús le concede una experiencia singular, pero no en privado: ahora que él, Tomás, se ha reintegrado a la comunidad, en medio de la misma, Jesús se hace nuevamente presente y se deja reconocer por él permitiendo que le palpe aquellas señales del odio que lo mató y del amor que venció a la muerte y le preservó la vida. Y Tomás cree. Y descubre la presencia de Dios en el que ya consideraba su Señor: «Reaccionó Tomás diciendo: ¡Señor mío y Dios mío!»
Pero, al concederle esa experiencia, le hace Jesús una promesa que contiene una enseñanza que, más que a él, está dirigida a todos nosotros: «Dichosos los que, sin haber visto, llegan a creer». Jesús no se ha ido. Jesús se hace presente en medio de la comunidad cristiana. Y es ella la encargada de dar testimonio de la resurrección de Jesús. Y es dentro de ella donde se puede experimentar la presencia de Jesús vivo y activo; a Tomás se le concedió una experiencia singular, dentro de la comunidad. Pero en adelante ya no habrá más experiencias singulares.
Pronto empezó a cumplirse esa bienaventuranza, según nos cuenta la primera carta de Pedro: «Vosotros no lo visteis, pero lo amáis; ahora, creyendo en él sin verlo, sentís un gozo indecible, radiantes de alegría, porque obtenéis el resultado de vuestra fe, la salvación personal» (1ª Pe 1,8-9).
Ya salvados
Porque debe ser ella, la comunidad cristiana, el ámbito en el que se va haciendo realidad el proyecto de Dios manifestado en Jesús, haciendo así visible esa victoria del amor sobre el odio, de la vida sobre la muerte. Esa es quizá la más importante tarea de la comunidad cristiana: hacer visibles los efectos del triunfo de la vida sobre el poder de la muerte. Y eso, no con teorías, sino con la vida.
La primera lectura, de los Hechos de los Apóstoles, nos describe cómo la vida de la comunidad comenzaba a construir el mundo futuro: «Eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles y en la comunidad de vida, en el partir el pan y en las oraciones». Es este el nuevo modo de vivir de los que han aceptado la predicación de Pedro (Hch 2,1-49) y se han incorporado a la comunidad (Hch 2,41): un proyecto de vida compartida que empieza por redistribuir solidariamente los bienes de la tierra, y culmina en la experiencia participada por todos de la alegría que se expresa en la alabanza comunitaria a un Padre común.
Al ver esta manera de vivir, —«siendo bien vistos de todo el pueblo»— muchos creen en Jesús resucitado sin tener que verlo, y obtienen así, al ser acogidos en el grupo, la salvación personal: «El Señor les iba agregando a los que día tras día se iban salvando».
¿Y de qué se salvan?
El pasaje inmediatamente anterior a la segunda lectura es un discurso de Pedro, pronunciado a continuación de la recepción del Espíritu y que termina con esta exhortación: «Poneos a salvo de esta generación depravada». Volvamos al comienzo del evangelio de hoy: «...estando atrancadas las puertas del sitio donde estaban los discípulos, por miedo a los dirigentes judíos». Los discípulos se habían encerrado porque tenían miedo a los poderosos de este mundo; ocho días después, ya sin miedo, siguen con las puertas atrancadas, porque el mundo de fuera era incompatible con la esperanza que había nacido en ellos. (El mundo no es la Tierra, ni la humanidad: es el orden social contrario al plan de Dios e incompatible con el modo de vida propuesto en la buena noticia, el mundo es el modo de vivir de la generación depravada de la que Pedro anima a librarse).
Pero ponerse a salvo no puede ser estar encerrados; no es eso lo que Jesús quiere para los suyos; al contrario: precisamente porque el mundo está formado por seres humanos, los discípulos de Jesús reciben la misión de abrir las puertas para salir a presentar la salvación que ellos —cada uno en particular y como grupo— gozan y para ofrecerla a todas las personas que habitan la Tierra: «Paz con vosotros. Igual que el Padre me ha enviado a mí, os envío yo también a vosotros». Esta misión tiene un objetivo: la salvación del mundo entero, la paz, la armonía de todos los hombres consigo mismos, con sus semejantes, con la Tierra que habitan y con Dios; y cuenta con la fuerza del Espíritu, la misma fuerza con la que Jesús dio su vida, y entregó al dar su vida, —«entregó el espíritu» (Jn 19,30)— por amor.
Comprometidos hoy con ese mundo posible
Una reflexión final: esa salvación es una salvación histórica (pertenece a esta historia, de este tiempo presente), es un modelo de vida y de convivencia, un mundo, un orden nuevo. Cierto que no se identifica con la propuesta de ningún grupo o proyecto político ni representa un proyecto autónomo que se pueda presentar como una alternativa política más. Esto no significa, sin embargo, que sea indiferente o neutral ante el orden político y económico, local, nacional o mundial: el evangelio nos muestra el objetivo y los valores que deben sustentar ese orden; los medios para alcanzarlo y su configuración concreta pertenecen a las libres opciones que han de adoptar las personas y las sociedades.
La comunidad cristiana debe intentar realizar la utopía que propone el libro de los Hechos: «Todos los que iban creyendo ...lo tenían todo en común; vendían sus posesiones y sus bienes y lo repartían entre todos según la necesidad de cada uno.» La salvación de la que habla Lucas tiene evidentemente una dimensión económica: en la comunidad la propiedad de los bienes materiales es común y se distribuye de modo proporcional a las necesidades de cada uno. No se puede negar que esto forma parte del ideal de la vida cristiana. Otra cosa es que el modo concreto de compartir los bienes y los medios para conseguir una justa distribución de los mismos los tengamos que ir adaptándolo a las circunstancias de la comunidad y de la situación histórica de cada momento. Pero de lo que no cabe duda alguna es de que la comunidad está llamada a ser levadura en la masa (13,20-21), es decir, energía que impulse un cambio en el orden social, testimoniando que ese ideal de un mundo en el que reinen la equidad y la justicia, el amor y la fraternidad —y no solo como sentimiento o experiencia espiritual sino también en la materialidad de la economía— forma parte del proyecto de Jesús y ha sido sancionado por el Padre al reivindicar su causa y su persona por medio de la resurrección.
Por supuesto que entre los cristianos podrá darse una diversidad y pluralidad de propuestas; pero todas deberán coincidir en su objetivo final: avanzar hacia un modelo de convivencia, justo, solidario y fraterno. Convencidos de que ese mundo justo solidario y fraterno es posible, forma parte del proyecto de Jesús y está avalado por el Dios que, al resucitarlo, le dio toda la razón.
Si no lo hacemos, estaremos convirtiendo nuestras creencias en un medio de evasión y, lo que es peor, de complicidad con ese mundo injusto, con esa generación depravada que no deja de reproducirse y que hace imposible la paz que nos ofrece gozar y nos propone construir Jesús de Nazaret.

2026