Domingo 13º del Tiempo Ordinario
Ciclo B

1 de julio 2018
 

¿Funcionario o persona?

     Jesús había roto con la institución judía. La sinagoga lo había declarado aliado del diablo, poseído por Belcebú e investido con el poder de Satanás.
     Pero todos los que sentían la amenaza de la muerte por culpa de aquella institución, incluido un jefe de sinagoga, tuvieron que ir en busca de Jesús.
     Él les devolvió la vida.
     Y salió de aquel lugar.

 



Dios no hizo la muerte


     El hombre es un ser contradictorio, capaz de lo mejor y lo peor, de la mayor generosidad y de la crueldad más refinada. Según la Biblia, todo este mal nace de un hecho, de haber sucumbido a una tentación: «seréis como dioses». Dios «creó al hombre para la inmortalidad y lo hizo imagen de su propio ser», pero el hombre no aceptó ese papel y quiso ser dios. La consecuencia fue que algunos hombres se enseñorearon de otros hombres y así creyeron ver realizado su objetivo: ser señores. Ese es el pecado original por el que, según dice Pablo, «entró la muerte en el mundo», la muerte, el sufrimiento, la esclavitud, la opresión..., todo ello en contra del plan y del designio de Dios.
     Porque «Dios no hizo la muerte», según dice el libro de la Sabiduría (1ª lectura). La muerte, o es consecuencia de nuestra misma naturaleza -la muerte física-, o, en el sentido en el que se habla de la muerte en el evangelio de este domingo, es el fruto podrido de alguna ideología que, aunque se presente como religiosa, impide al hombre realizarse como imagen de Dios, ejercer como señor de la creación y gozar la vida y comunicarla. Así sucedió en Israel, donde los dirigentes religiosos traicionaron la misión que el Dios de la Liberación les había encomendado y, en lugar de favorecer la libertad y la vida del pueblo, lo hicieron esclavo de sus leyes y sus miedos e, interponiéndose entre ellos, estorbaron e impidieron la relación del pueblo con su Dios.
     Esa situación de muerte del pueblo, provocada por la institución religiosa judía está representada  en las dos mujeres que aparecen en el evangelio de hoy: una, que llevaba doce años en los que toda actividad sexual le estaba prohibida por la ley y que, además, por su enfermedad, era estéril. La otra, una muchacha en edad de tomar marido, estaba a punto de morir, también ella, infecunda. La institución religiosa a la que pertenecían no les daba esperanza alguna: a una la declaraba «impura»; a la otra... es posible que le predicara resignación ante la inapelable voluntad de Dios. Dios no hizo la muerte; pero siempre ha habido quienes la manipularon en su nombre.
     ¿El resultado? Esterilidad, enfermedad, empobrecimiento, lo que siempre sucede cuando lo importante no es la persona, sino la institución. Esta fue y es la peor opresión, porque acaba siendo aceptada como algo bueno por las víctimas que -aunque sufren ¡y mucho!- están totalmente desorientadas sobre la causa de su sufrimiento.



Un jefe de sinagoga

     El jefe de la sinagoga era algo así como un párroco. Un representante de la institución y, a un nivel no muy alto, miembro de la jerarquía religiosa judía. Jairo era un hombre de buena voluntad que quizá todavía se mantenía fiel al Dios liberador que sacó a sus antepasados de Egipto. Pero la institución a la que él pertenece no le ofrece solución a su problema. Y tiene que ir a buscarla fuera de ella.
     Jesús había roto públicamente con la institución religiosa judía (Mc 3,13-19.22-30). Pero aquel hombre, jefe de sinagoga, se acerca a Jesús para ver si en él encuentra la vida que su sinagoga no puede ofrecer a su hija.
     Hay en este relato del evangelio dos procesos de liberación expresados por el evangelista con una gran destreza literaria.
     Por un lado, el jefe de la sinagoga tiene que ir haciendo cada vez más profunda la ruptura con la institución que él mismo representa: llega él solo y se presenta ante Jesús, fuera del ámbito de la institución religiosa judía; en el camino hacia su casa, en su presencia, Jesús lo alaba por su fe y devuelve la salud a una mujer, quien, para conseguirla, viola la ley de Moisés (la que el jefe de la sinagoga enseñaba y que decía que cualquier mujer con flujo de sangre que tocara a otra persona cometía un pecado: Lv 15,19-31); poco después, ante unos correligionarios suyos que le dan la noticia de la muerte de su hija, tiene que reafirmar su fe y seguir confiando en Jesús, el hereje. Finalmente, y delante de una multitud de adeptos, abre la puerta de su casa a aquel a quien los miembros más cualificados de su religión habían declarado aliado de Satanás.
     En paralelo, se va dando un proceso de liberación de la muchacha, que, poco a poco, se va soltando del sometimiento a su padre, es decir, del dominio de la sinagoga. Esto lo expresa el evangelista usando distintas palabras para nombrarla: al principio son palabras que indican minoría de edad y dependencia, «mi hijita», «hijita», para pasar a «chiquilla», que ya no indica dependencia, aunque sí minoría de edad, y terminar con «muchacha», que se refiere a una joven casadera y, por tanto, a punto de abandonar la tutela de su padre. Ese es el momento en el que recupera la vida.



Levántate

     Levántate. La vida no se impone; se ofrece y hay que acogerla y cuidarla -«encargó que se le diera de comer»- y dejar que madure hasta que sea capaz de entregarse para dar más vida.
     Jairo y su hija -y también la mujer con flujo de sangre- representan dos aspectos de la misma realidad: el conjunto de personas -varones  y mujeres- que son unas veces víctimas y otras cómplices de un sistema religioso que, en lugar de contribuir a la felicidad del ser humano, tiene como único objetivo el perpetuarse a sí mismo, y, pervirtiendo su función, acaba por impedir la relación de la criatura con su Creador, del viviente con la fuente de la vida, del hombre libre con el Dios liberador, del hijo con el Padre...
     La institución religiosa y la ley, convertidas en absolutos, en fin en si mismas, habían condenado a estas dos mujeres a la infecundidad y la muerte. Tuvieron que romper con la Ley y abandonar la institución para poder encontrarse con Jesús, para quien el hombre está por encima de toda ley y de toda institución. Y, tras la ruptura, el encuentro con Jesús les devolvió salud y vida, dignidad y esperanza.



Siendo rico, se hizo  pobre

     Quien había hecho posible esta recuperación era alguien que había orientado su vida en dirección contraria a la institución y a la jerarquía religiosa judías, es decir, renunciando y situándose frente al poder: «siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza». Y lo hizo a petición de quien se olvidó de su papel de funcionario religioso para dejar que predominara su corazón de hombre que toma partido, frente a la institución, por el pueblo -su hija-, por la vida.
     Después de "resucitar" a la hija de Jairo, Jesús encarga que la alimenten. No dice quién debe hacerlo. Pero allí estaban, escuchando el encargo, tres representantes del grupo de Jesús, del nuevo Israel, de la nueva humanidad que está naciendo. Es necesario que el Israel que ha estado voluntariamente sometido a la institución se fortalezca, crezca y madurar para que tenga fuerzas para asumir públicamente las consecuencias de su ruptura con el sistema.

     «Y salió de aquel lugar». Jesús no se queda a reformar una institución que se había aliado con la muerte, que ya no tenía arreglo; pero antes... Jesús ha expresado su propuesta: Levántate, muchacha; levántate, pueblo: acepta la vida y construye tu libertad.

     Nosotros, que decimos que formamos parte de esa nueva humanidad y que hemos escuchado y acogido la llamada a la libertad (ver Gal 5,13) debemos situarnos siempre frente a todo dominio, frente a toda opresión de los hombres -mujeres y varones- y ser solidarios con la gente, no con las instituciones; solidarios con las personas, no con las organizaciones; comprometidos con los oprimidos, jamás con la opresión. Y -las protagonistas de la lectura evangélica así nos lo exigen- entre los oprimidos, solidaridad con la mujerr, dos veces oprimida.
     ¿Es así? ¿En qué medida? ¿Cómo lo hacemos?