Domingo 14º del Tiempo Ordinario
Ciclo B

8 de julio 2018
 

Carpintero del pueblo


     Creer en Dios resulta relativamente fácil. Sobre todo si nos hacemos un Dios -un «algo»- a nuestra medida y lo enviamos a un cielo lejano, muy lejano. Pero, en Jesús, Dios quiso venirse a nuestro lado, ser uno más, uno del pueblo. Desde entonces, para creer en ese Dios, en el Dios de Jesús, hay que aceptar que a él sólo se puede llegar por el Hombre. Y quizá por eso resulta un poco más difícil -para algunos prácticamente imposible-  creer en el Dios de Jesús.

 


El carpintero

     Tanto tienes... tanto vales. La sabiduría popular ha retratado una vez más la realidad social en la que nos movemos y en la que el valor de cada persona se mide por el peso de su billetero, por los títulos académicos o de cualquier otra clase de los que puede presumir, por el poder que ostenta, por el número de subordinados a los que puede mandar, por la influencia que posee, por la cuna de la que procede... Y en los últimos tiempos, por las veces que sale en ese cielo en que se ha convertido la televisión y, especialmente, por la groserías que dice, por la suciedad que desparrama...
     A quien no tiene nada de eso no se le escucha. No se le tiene en cuenta. ¿Qué puede ofrecer alguien que no ha conseguido triunfar en la vida? ¿Que tiene un corazón que no le cabe en el pecho? ¿Que la vida le ha enseñado a conocer el alma humana? Poco importan la bondad, la experiencia, los argumentos o las razones.
     También Jesús, hijo del pueblo, tuvo que soportar las consecuencias de esta manera de pensar.

     Se presentó en su tierra (por el contexto se supone que se trata de Nazaret, su pueblo, pero Marcos no lo nombra, pues aquí está representando a toda la tierra de Israel, que no acepta a Jesús), donde había pasado la mayor parte de sus años.
     Llega como maestro, acompañado de un grupo de discípulos. Antes que él seguramente que había llegado, también allí, la fama de las cosas que decía y que hacía: que se había distanciado de la doctrina oficial (Mc 1,22), que no observaba las tradiciones religiosas (Mc 1,39-45; 2,23-3,6), que trataba con gente poco recomendable (Mc 2,14.15-17), que hablaba de un nuevo pueblo de Dios al que podrían incorporarse gentes de todas las naciones (Mc 2,1-13.18-21; 3,13-19). Seguro que hasta allí habían llegado las calumnias y las descalificaciones puestas en circulación por los enviados de Jerusalén (Mc 3,22-30), centro del poder religioso... Por eso habían dicho que estaba loco, y por eso habían ido su madre y sus parientes más cercanos a buscarlo (Mc 3,21), y él parece que se había negado a recibirlos (Mc 3,31-35).
     Seguro que también había llegado a su tierra la fama de otras cosas que hacía: por donde pasaba brotaba la libertad (Mc 1,21b-28.39; 2,23-27; 5,1-20), los hombres recuperaban su dignidad (Mc 1,40-45; 3,1-6) y sobreabundaba la vida (Mc 1,29-34; 5,24-43). Pero allí, en su tierra, no le hicieron caso.
     Primero le hicieron el vacío: nadie se le acercó hasta que él fue el sábado a la sinagoga, en donde estaban todos reunidos; y, aunque lo que dijo les impresionó y le asombró, no se lo creyeron: ¡el carpintero, dándoselas de maestro y de profeta! ¿De qué universidad habrá salido? En la sinagoga de Cafarnaún (Mc 1,22.27-28) reconocieron su autoridad en cuanto que lo escucharon. En su tierra no. No tiene títulos, y llegan a insinuar que su actividad, la libertad, la dignidad y la vida que lleva y comunica por dondequiera que pasa, podía provenir de fuerzas inconfesables: «¿... qué portentos son esos que salen de sus manos?» Lo acusan de ser un mago, de practicar la magia negra (Mc 3,22).



Allí no le fue posible

     Jesús iba haciendo el bien, liberando a hombres y mujeres de todas sus esclavitudes, de todos sus padecimientos. Porque Dios actuaba en él. Pero en su pueblo le fue imposible.
     Jesús, ante la reacción de los suyos, reafirma, llamándose a sí mismo profeta, que su enseñanza y su actividad están respaldadas por el mismo Dios en el que dicen creer (están en la sinagoga, recinto religioso). Sus enseñanzas, que acaban de escuchar impresionados, no son un invento suyo: les habla en nombre del Dios que ya había hablado por los profetas en la antigüedad, profetas que fueron rechazados como él por su pueblo (Is 18,7-13; 30,8-12; Jr 12,6; 18,18-20; 20,7-10; Ez 2,2-7; Am 7,10).
     Pero no reniega de su origen, de su tierra, de su casa, de sus hermanos; no reniega de su ser de hombre de pueblo que ha trabajado, que ha sudado entre aquellos que acaban de escucharlo y que ahora lo rechazan, no porque no estén de acuerdo con lo que dice, no porque no sea evidente que va por todas partes haciendo el bien, sino porque es uno de ellos, con su misma piel, con los mismos callos en sus manos..., porque es el carpintero.
     No, no pudo hacer nada en su pueblo; sólo alguna curación. Porque les faltaba la primera condición para poder recibir algo de Dios: la fe. Y ellos, aunque decían que tenían fe en Dios, no podían tener fe en el Dios de Jesús porque les faltaba... fe en el hombre.


Fe en el hombre

     En el hombre -mujer y varón- de pueblo que trabaja por cuenta ajena o en su casa, pero al que le cuesta trabajo llegar a fin de mes; o en el parado, o en el inmigrante.
     Nuestro tiempo no favorece esta fe; pero a nuestro Dios no lo vamos a encontrar lejos de esta gente, lejos de quienes son sus hijos predilectos.
     Yo no sé si creerán de verdad en Dios, pero su nombre no se les cae de la boca; los grandes y poderosos de este mundo, los que consideran que las muertes de la gente del pueblo son, en el peor de los casos, daños colaterales de sus guerras o de sus políticas económicas... no creen en el hombre, no le dan valor a la persona. Pero no, el nombre de Dios no se les cae de la boca.
     Y cuando alguien, siguiendo a Jesús de Nazaret, se presenta como gente del pueblo y defiende la vida de la gente del pueblo, oímos una y otra vez la misma pregunta: «¿De dónde le vienen a éste esas cosas?». - De la inmadurez y la ingenuidad, de ideologías ateas y antireligiosas, ...
     Les conviene más otro dios, el que se parece más a ellos, el que, como ellos, se presenta lejano y distante, despreocupado de los sufrimientos del pueblo. Un dios amenazante y justiciero, hasta vengativo...
     Y lo peor es que es frecuente que sus ideas acaben contaminando la mentalidad del pueblo que termina por perder la fe en sí mismo al tiempo que rechaza la palabra liberadora de la Buena Noticia de Jesús de Nazaret, el profeta despreciado en su pueblo, por ser, como toda su familia, uno más, un hijo del pueblo, el carpintero.