Domingo 11º del Tiempo Ordinario
Ciclo B

17 de junio 2018
 

Nueva y acogedora humanidad

     ¿Cambiar la personas o cambiar el mundo? Las dos cosas. No es posible un mundo nuevo si las personas siguen apegadas a la vieja mentalidad. Leamos la historia y veamos cómo esa fue una de las principales causas del fracaso de muchas revoluciones. Pero, por otro lado, ¿de qué valdría un hombre nuevo que no fuera capaz de crear un nuevo orden social? De ese nuevo orden, la comunidad cristiana será la primicia y la levadura; pequeña en sus comienzos, crecería y se haría grande -anunció Jesús-, aunque su grandeza no sería la que sus paisanos esperaban.

 



Hombres nuevos


     El pueblo de Israel esperaba que Dios interviniera para castigar a los responsables de que el mundo estuviera tan mal organizado, especialmente a los que oprimían a la nación israelita, pisoteando su libertad y usurpando la soberanía de Dios sobre su pueblo elegido. A partir de esa intervención, ya nada sería igual: en la Tierra reinarían la verdad, la justicia, la lealtad... Y los pobres, los marginados y los débiles verían llegar, también para ellos, la abundancia el respeto, la dignidad.
     La primera de las parábolas de este domingo, sin desmentir lo más importante de la esperanza de Israel -la esperanza en una intervención de Dios en favor de un mundo en el que reine la justicia- corrige algunos  aspectos importantes de esa intervención.
     En primer lugar, no va a ser algo inmediato, repentino y espectacular. Dios va a reinar en el mundo, sí; pero empezando por el corazón de los hombres que deben aceptar, personal y libremente, su reinado.
     A veces nos desesperamos, nos parece que todo va demasiado lento. Nos gustaría ver el fruto en sazón poco después de haber depositado la semilla en tierra. Pero hay que saber esperar. La producción de un fruto es un proceso cuyo ritmo se debe respetar: «primero hierba, luego espiga, luego grano repleto en la espiga»; cada hombre, cada grupo, necesita que se le deje tiempo para madurar su opción de fe, su compromiso cristiano. Ya llegará, sin que se sepa cómo, el momento de la siega para recoger los frutos que serán nada menos que un hombre nuevo y una nueva humanidad. Esta es la imagen con la que se representa el ritmo de la intervención de Dios, el primer paso para la implantación de su reinado.
     Es comprensible la impaciencia por ver que aquellos en los que se ha sembrado la semilla del reino dan más y mejores frutos. Pero hay que respetar el proceso individual de cada persona y de cada grupo. Al final, aunque no lleguemos a verlo, la acción del Padre hará que la semilla sembrada germine, crezca y grane y se entregue para dar más fruto.
     Será entonces cuando vuelva a intervenir el labrador para recoger la cosecha: es el momento de la incorporación a la comunidad, al reino de Dios, primero en esta y, al final, en la otra vida.
     Pero la intervención de Dios no será terrible, ni espectacular. En un primer momento su acción quedará oculta en la intimidad de cada uno de los que reciban su semilla, su mensaje; y será el cambio que se produzca en las tierras que hagan germinar la semilla, es decir, el fruto que dé cada uno, lo que revelará y hará pública la acción de Dios.


Humanidad nueva

     La profecía de Ezequiel (primera lectura) era un anuncio de la restauración de Israel, esperanza constante de los hebreos en épocas de dificultad. Pero era bastante triunfalista: de la parte más noble del árbol más esbelto, en el monte más alto, el cedro más frondoso... Así explicaban los israelitas su esperanza sobre lo que sería el reino de Dios, que para ellos no era otra cosa que el reino de Israel. Según el profeta, el reino de Dios nacería de un tallo del árbol más alto, esto es, de Israel, y colocado en el monte más elevado (el monte de Sión, símbolo también de Israel) serviría para demostrar al resto de los árboles -al resto de las naciones- con quién estaba el Señor.
     Pero este es otro de los aspectos de la esperanza israelí que el evangelio corrige: el nacionalismo exclusivista y triunfalista no estaba incluido en el plan de Dios. Por eso les dice que el Reino de Dios no va a tener su origen en un esqueje de un árbol, no será la continuación y engrandecimiento de Israel, cuya misión como pueblo de Dios ha terminado.
     Primero porque no es el cogollo de un viejo árbol lo que va a originar una planta nueva, sino una semilla. Así se indica la novedad radical del proyecto de Jesús. Es la misma idea que expresa Juan en su evangelio: hay que nacer de nuevo; aunque parezca imposible, para el que ya está viejo, volver al seno materno (Jn 3,1-8). Y, todavía más, la semilla no se sembrará en ningún monte, sino en la tierra, de la que está hecho cualquier hombre.
     No será lo viejo lo que dé sentido a lo nuevo, sino al revés, será el mensaje de Jesús el que revele lo que había de válido en la vieja alianza.



Mas alta que las hortalizas

     Claro que el Reino de Dios tiene que crecer y hacerse grande. En estos últimos domingos el evangelio nos ha recordado varias veces la necesidad de dar fruto creciendo interiormente, de realizarse plenamente como hijos de Dios y de acrecentar el número de los que quieren formar parte de la familia de Jesús. El reino de Dios tiene, por tanto, que crecer; pero -y éste es el último elemento de corrección de la tradicional esperanza de su pueblo- Jesús explica que el crecimiento será más en anchura que en altura.
     Porque no se trata de competir, a ver quién llega más arriba, con otras instituciones humanas, ni siquiera con otras instituciones religiosas. Precisamente eso es lo que a Dios no le interesa. Según su proyecto, la planta -su reino- crecerá hasta que rebase ¡la altura de las hortalizas!
     Pero donde no se dice que haya límite es en el crecimiento de las ramas. La grandeza de aquella planta será su capacidad de acogida, sus ramas, como brazos abiertos invitando al encuentro y al abrazo, con mucha sombra para que los pájaros que lo necesiten puedan cobijarse y anidar en ellas. La comunidad cristiana se convertirá en lugar y ámbito de encuentro para todo el que quiera afrontar un proyecto nuevo de convivencia entre los hombres, superando las divisiones causadas por razón de razas, religiones y fronteras.
     Ese es nuestro proyecto y debemos estar muy atentos para no desvirtuarlo. Pues muchas veces da la impresión de que nos interesa más que sea muy crecido el número de miembros de la Iglesia que el construir comunidad fuerte y cohesionada, consecuencia de un proceso de crecimiento personal que conduce a la entrega consciente, personal y comunitaria, en favor de la construcción de un mundo de hermanos.
     No es con manifestaciones de carácter triunfalista de muchos cientos de miles de personas, que con mayor rapidez se dispersan que se reúnen, no es con prestigios humanos como nosotros realizaremos el proyecto de Jesús, sino siendo un ámbito de acogida y encuentro para las personas, un espacio de tolerancia y colaboración para quienes tenemos que soportar la constante intransigencia y competitividad del mundo -¿y quizá también de la iglesia?- en que nos ha tocado vivir.
     El reino de Dios quiere acoger en sí a toda la humanidad; por eso tiene que salir al encuentro de otros hombres -mujeres y varones- y respetando las opciones y el ritmo de cada cual, para compartir con ellos la tarea de transformar el mundo para que en él reine la justicia, la solidaridad, el amor y la paz.