Domingo de Pentecostés - Ciclo B

20 de mayo de 2018
 

Humanidad nueva contra el pecado del mundo

     Hoy celebramos la fiesta del Espíritu Santo; se supone que ya lo hemos recibido en nuestro bautismo y que hoy nos abrimos de nuevo a él, dispuestos a ser coherentes con su presencia en nosotros y a renovar nuestro compromiso de trabajar en la construcción del nuevo pueblo de Dios, de luchar por que aumenten los hombres (mujeres y varones) nuevos y crezca la nueva humanidad, denunciando, para que esto sea posible, el el el el el el el pecado del mundo, esto es,  todo lo que aleja a la humanidad de ese ideal.

 




La lengua no es obstáculo
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     La vida cristiana supone una intensa y rica vida interior; pero esa interioridad nunca puede agotarse ni ser fin en sí misma, sino que esa riqueza debe aumentar su valor, como aumenta su intensidad una llama que se propaga, a medida que se vaya convirtiendo en entrega y en don de sí misma en la comunicación con los demás.
     El relato de los Hechos de los Apóstoles es el reverso del de la torre de Babel (Gn11,1-9): entonces los hombres miraron a Dios y vieron en Él un rival; y la rivalidad reinó entre los hombres que desde entonces no lograron entenderse entre ellos. Ahora, por el contrario, un grupo de hombres ha descubierto en Jesús que Dios es un aliado -es Padre- de los hombres y todos ellos le han abierto su corazón; y los obstáculos que impedían la comunicación entre los que ahora se descubren como hermanos han desaparecido.
     Esto es lo que significa el fenómeno que, según cuenta el libro de los Hechos de los Apóstoles, acompañó a la efusión del Espíritu sobre los discípulos de Jesús -«Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en diferentes lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse... acudieron en masa y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propio idioma»-: los hombres que se dejan llevar por el Espíritu de Jesús y que, por tanto, asumen como propios los valores que él predicó y vivió, podrán comunicarse sin dificultad con cualquiera que esté dispuesto a oír hablar de justicia, de fraternidad, de igualdad, de amor y de paz; y no será obstáculo el que hablen idiomas diversos, porque la lengua de los seguidores de Jesús siempre podrá ser comprendida por cualquier hombre de buena voluntad: es el suyo el lenguaje del amor y de la solidaridad, el que Jesús habló y confirmó con la entrega de su propia vida.

Asustados, encerrados, esclavizados

     Del don del Espíritu habla también el evangelio, pero tomando en consideración de manera explícita la difícil situación en que se encontraban los seguidores de alguien que hacía poco tiempo que había sido condenado como un rebelde peligroso y como tal ejecutado en una cruz.
     Los discípulos de Jesús estaban encerrados por miedo a las autoridades judías, en una situación parecida a la de sus antepasados, cuando eran esclavos en Egipto. Palestina, la tierra que había sido un regalo de Dios a su pueblo, aquella tierra a la que llegaron los esclavos liberados de Egipto, se había convertido en tierra de esclavitud para ellos. Se habían vuelto a reproducir aquellas estructuras opresoras que, en el pasado, en Egipto, provocaron la intervención del Señor para hacer justicia y dar la libertad a su pueblo. Pero ahora -¡qué terrible paradoja!- los causantes del miedo y de la esclavitud de los amigos de Jesús de Nazaret eran los mismos dirigentes del pueblo que Dios liberó; seguro que los discípulos, allí encerrados, pensaban y se lamentaban por las muchas ilusiones que se habían hecho y que se les habían venido abajo.
     En su encierro están quizá evocando algunas de las experiencias más importantes de los últimos años, las esperanzas que Jesús de Nazaret había despertado en ellos, la ilusión que en ellos ina creciendo a medida que conocían su mensaje. Seguramente pensaban que cuando Juan Bautista señaló a Jesús y lo presentó como el Cordero de Dios (Jn 1,29.35) ellos se acordaron de aquel otro cordero con cuya sangre mancharon sus antepasados los quicios de las puertas y gracias a esa señal pudieron salvar sus vidas y emprender al día siguiente de aquella primera noche de Pascua la marcha hacia la liberación (Ex 12,14), y a su memoria volvería de nuevo la esperanza de una liberación definitiva para todo el pueblo.
     Pero ¿en qué había acabado todo aquello? ¿Era el miedo que los tenía atenazados el fruto último de la sangre de aquel primer cordero y de la sangre de este otro Cordero de Dios? ¿Y no era el pecado del mundo -lo que dijo Juan Bautista que Jesús venía a eliminar- lo que había acabado con la vida del que ellos esperaron que fuera el Mesías y lo que los tenía allí encerrados, asustados, esclavizados, incapaces de reaccionar?

Una nueva creación

     La expresión «el día primero de la semana» indica que comienza para la humanidad una etapa nueva, tan nueva que se presenta como una nueva creación. La misión de Jesús es interpretada por Juan, desde este punto de vista, como la última etapa de la obra creadora de Dios en la que ésta se completa definitivamente.
     El momento en que tal cosa sucede es cuando Jesús en la cruz, «reclinando la cabeza, entregó el Espíritu»: en ese instante el Hombre nuevo ya ha nacido o, mejor, se ha logrado plenamente. En la muerte de Jesús se revela plenamente que él es el Hijo de Dios; y, por otra parte, concluye la lección que enseña cómo se puede llegar a ser un hombre nuevo, a ser hijo de Dios: Jesús ha dado la última y definitiva muestra de amor -«él, que había amado a los suyos que estaban en medio del mundo, les demostró su amor hasta el fin» (Jn 13,1)-, dando su vida. Al dar su vida, el Hombre nuevo, entrega el Espíritu, que es fuerza de amor y de vida; y al entregar y comunicar su Espíritu, hace nacer el nuevo pueblo de Dios y la nueva humanidad.
     Por eso se presenta ahora, el primer día de la semana, vivo y con las señales de su muerte,  mostrando así que esa muerte fue algo real, no fue una ficción; pero, además y sobre todo, las heridas de manos, pies y costado son el testimonio de su amor. Su vida asegura que en él Dios está presente; las huellas que ha dejado en su cuerpo la tortura a la que fue sometido están denunciando el odio que lo llevó a la muerte y testimoniando el amor que lo impulsó a entregar su vida; finalmente, su cuerpo vivo, en medio de la comunidad, muestra y demuestra que el proyecto de Dios ha salido victorioso de la prueba.

Paz a vosotros

     Jesús llega de pronto; el Cordero de Dios se presenta en el centro de la comunidad y se identifica mostrándoles las señales de su entrega. No está muerto; vive, y su vida, experimentada cercana, trueca el miedo en alegría.
     El saludo con el que se dirige a los discípulos podría servir de título a su proyecto: paz a vosotros;  para los suyos primero; y para todos, pues todos están llamados a formar parte de “los suyos”. Así lo experimentó la primitiva comunidad cristiana y así lo expresó el apóstol Pablo en la primera de sus cartas a la comunidad de Corinto (2ª lectura): «También a todos nosotros, ya seamos judíos o griegos, esclavos o libres, nos bautizaron con el único Espíritu para formar un solo cuerpo y sobre todos derramaron el único Espíritu».
     Ese mismo es el Espíritu que nos unifica sin uniformarnos, el que convierte en riqueza común la multiplicidad de lenguas de tal modo que no impide sino que hace posible que todos los hombres se puedan entender, aunque cada cual siga hablando su idioma. El mismo Espíritu que acabará con el miedo y devolverá la libertad a los discípulos asustados y les dará la fuerza y el valor necesarios para que lleven a cabo la misión que Jesús les encomienda: «Igual que el Padre me ha enviado a mí, os envío yo también a vosotros». Se trata de continuar la misión que ha empezado Jesús, continuar la construcción de esa humanidad nueva, de esa nueva comunidad, del nuevo pueblo de Dios que nace de las manos, los pies y el costado heridos de Jesús de Nazaret.

Recibid el Espíritu

     Porque el pecado de este mundo no estaba destruido, aunque, por esta vez, su victoria -la muerte- no había sido definitiva. El mundo y su pecado -esa forma de organizar la convivencia entre los hombres, contraria al plan de Dios, que es causa del sufrimiento de la mayoría- han fracasado esta vez. Ese mundo -este orden-, enemigo de Dios, acaba de perder con la resurrección de Jesús y el don del Espíritu la que hasta ahora era su arma más eficaz para dominar a los pobres: el miedo a la muerte. Pero la tarea no está terminada. Y a ellos se encomienda la responsabilidad de continuarla: «Igual que el Padre me ha enviado a mí, os envío yo también a vosotros». Son ellos los encargados de hacer que el mundo y su muerte sean derrotados otra y mil veces más, hasta que su derrota y la consiguiente victoria de la vida sean definitivas.
     Para ello, Jesús, que como él mismo había dicho antes de morir y ahora acaba de demostrar, poseía la vida de Dios en plenitud, comunica a sus discípulos esa vida que nada ni nadie les podrá arrebatar, y al darles esa energía vital, el Espíritu, los hace hombres nuevos, capaces de hacerse hijos de Dios (Jn 1,12) amando a sus hermanos hasta la muerte, y los constituye en el germen de una nueva humanidad en la que va a ser derrotado definitivamente el pecado del mundo (Jn 1,29).

Liberar e imputar

     La tarea que Jesús encomienda a sus discípulos es única, aunque tiene dos vertientes: consiste en luchar contra el pecado para poder construir un mundo en el que quede plenamente realizado el plan de Dios. En esa tarea, quienes los escuchen tendrán que optar por el mundo que Dios les propone en la vida y la palabra de los discípulos, o por el mundo que fue el causante de la muerte de Jesús.
     Con el don del Espíritu, Jesús comunica a todos sus discípulos la fuerza y la autoridad para que den fe de cómo se va comportando la libertad de los hombres, declarando libres de pecado a quienes se adhieran al proyecto de Dios, y denunciando la culpabilidad de quienes de obstinan en mantener la injusticia para salvaguardar sus privilegios, su riqueza, su orgullo, su poder.

Pero ¿qué pecado?
         
     Tarea de toda la comunidad es, pues, invitar a los hombres a incorporarse a esta lucha contra el pecado; competencia de toda la comunidad es dar testimonio acerca de quiénes son los que han dejado de ser responsables o cómplices de este pecado y quiénes se empeñan en aferrarse a él: «A quienes dejéis libres de los pecados, quedarán libres de ellos; a quienes se los imputéis, les quedarán imputados». Pero... ¿de qué pecado se trata?
     Tantas veces nos han dicho que todo lo bueno que ofrece la vida es pecado, es «mundano», que esta palabra parece que, en realidad, tiene la función de condensar y enmascarar toda la represión que se ha ejercido contra los pobres en nombre de Dios a lo largo de muchos siglos. Pero el pecado no es la rebeldía contra la injusticia; tampoco son pecado las expresiones de ternura entre los seres humanos cuando éstas son sinceras; ni la diversión, el baile, la alegría y la fiesta son realidades «mundanas» en el sentido negativo que la moralina tradicional da a esta palabra. Al contrario: el pecado que hay que denunciar y que destruir es la injusticia, aunque ésta sea legal, y la inactividad conformista ante ella, la sequedad del corazón que siente miedo del amor y de la ternura,  la explotación que sufren los pobres, que les roba la alegría y vacía de sentido sus fiestas... La arrogancia del poder y el dinero que mató a Jesús y sigue derramando, día a día, la sangre de los pobres, el endiosamiento de los grandes que pretenden ocupar el lugar del Padre y que violan una y otra vez la dignidad de los pequeños..., en una palabra: el orden injusto que es causa de la miseria y de la opresión de la mayoría de los hombres  y que, por eso, es contrario a la voluntad de Dios, eso es lo que constituye el pecado del mundo.
     El pecado es el orden injusto que gobierna el mundo; los pecados son las acciones que revelan que una persona se siente identificada con ese orden y vive integrada en él. El encargo de declarar libres de pecado o mantener la imputación no es más que una constatación: discernir entre los que están a favor del plan de Dios, es decir, los que están a favor del hombre, de la persona, y los que están a favor de otros valores -el poder, el dinero, los honores- que perjudican a la humanidad.     El Hombre nuevo que venció a la muerte es la prueba de que ese pecado está siendo vencido. Pero la tarea no está cumplida. Por eso él nos envía, como a él lo envió el Padre; y nos comunica su Espíritu que es la vida que nos hace hombres nuevos y la fuerza para llevar a cabo la misión de derrotar ese pecado y construir una nueva humanidad.