Domingo 3º del Tiempo Ordinario

Ciclo B

21 de enero de 2018
 

Buena noticia ya para este Tierra
 

  
    
     Se produjo por primera vez hace dos mil años aproximadamente, en la orilla del mar de Galilea. Se repite cada vez que tomamos conciencia de que Dios ofrece una esperanza de salvación -aquí y ahora- para la humanidad. Y se responde cada vez que se confiesa -en el compromiso por la transformación del mundo, en la lucha contra la injusticia- la fe en la utopía de un mundo de hombres -varones y mujeres- hermanos.


    
    
A favor del enemigo

    
          Nínive era la capital de Asiria, imperio que durante mucho tiempo había oprimido a Israel por lo que, para los israelitas,  representaba el conjunto de todos los males, símbolo de todo poder opresor y de la crueldad e injusticia propias de cualquier imperialismo.
          Jonás, es un profeta de quien sabemos muy poco; su libro, la única  noticia que tenemos de él, cabe perfectamente en cuatro o seis folios. La misión que recibe este profeta es sorprendente: debe ir a Nínive a denunciar de parte de Dios su maldad: «Jonás Ben Amitai recibió la palabra del Señor: Levántate y vete a Nínive, la gran ciudad, y proclama en ella: Su maldad ha llegado hasta mí». (Jon 1,1-2). Así comienza el libro.
          La reacción de Jonás no es la habitual en las narraciones que cuentan la vocación de un profeta. No quería complicarse la vida... y buscó un barco que lo alejara de las exigencias del Señor y de Nínive: «Se levantó Jonás para huir a Tarsis, lejos del Señor» (Jon 1,3).
          Después viene lo más conocido de su historia: la tempestad (Jon 1,4ss), Jonás arrojado al mar (Jon 1,8-16), la ballena que se lo traga y que, después de tres días, lo vomita sano y salvo en tierra firme (Jon 2,1-11); y, de nuevo, la orden del Señor de que vaya a Nínive a predicar el mensaje que le había comunicado.
          Ahora sí, Jonás va a Nínive a predicar: «¡Dentro de cuarenta días Nínive será destruida!»; sorprendentemente los Ninivitas reaccionan creyendo en Dios y arrepintiéndose de su «mala vida»; y «se compadeció y se arrepintió Dios de la catástrofe con que había amenazado a Nínive, y no la ejecutó».
          A Jonás, sin embargo, no le gustó nada aquel desenlace (Jon 4,1); Después de todo lo que él había pasado..., Dios parecía haberse vuelto a favor del enemigo, su amenaza no se había cumplido, su palabra quedaba en entredicho... Al final, Dios le dio a conocer sus razones: «¿no voy a sentir la suerte de Nínive, la gran ciudad, que habitan más de ciento veinte mil hombres, que no distinguen la derecha de la izquierda...?» (Jon 4,11).
    
    
 
A favor de la humanidad

    

          Dios ama a la humanidad y Dios no soporta la opresión de unos hombres sobre otros. La amenaza contra Nínive está motivada precisamente por eso: era la capital de un imperio opresor. El relato de Jonás revela que la palabra de Dios, incluso cuando suena amenazadora, es siempre una oferta de salvación. Hay además otra idea importante en este relato: el pueblo, aunque no esté exento de culpa, no puede considerarse responsable de un desorden querido y mantenido a sangre y fuego por los desmanes de los poderosos. Algunas de estas ideas cobran especial relieve en la primera parte del evangelio de este domingo en el que se cuenta el comienzo de la actividad de Jesús.
          Jesús empieza su tarea después de que el poder de Jerusalén haya actuado contra el Bautista. En esto el evangelio es mucho menos optimista, mucho más realista, que el relato de Jonás: la respuesta a la predicación de ambos -Juan y Jesús- no será tan positiva como en Nínive; al contrario, como sucedió con la mayoría de los profetas del Antiguo Testamento, el mensaje de Dios incluye siempre la denuncia de la injusticia y la opresión, por lo que su proclamación y su puesta en práctica se harán siempre en medio del conflicto, de la persecución, la cárcel e, incluso, la muerte de los mensajeros: así le pasó a Juan y así le pasaría a Jesús.
          Los israelitas hacía siglos que se sentían lejos de Dios; la prueba era que estaban sometidos a otros pueblos, que no tenían libertad, que la injusticia y la opresión habían implantado su gobierno entre ellos.  En los últimos siglos varios imperios habían invadido y dominado la tierra de Palestina y los israelitas habían tenido que sufrir la impostura de algunos reyezuelos que hacían el trabajo sucio para los invasores; los más débiles -sí, especialmente los más débiles- soportaban sobre sus hombros unos exagerados impuestos que los hundían cada vez más en la necesidad y en la miseria; en todo este tiempo, habían visto reprimidos y ahogados en sangre diversos intentos de levantarse en contra del dominio extranjero para recuperar la libertad.
          Los antiguos profetas de Israel habían anunciado que Dios estaba dispuesto a intervenir para restaurar la justicia que los poderosos repetidamente quebrantaban. Una y otra vez habían anunciado que Dios estaba dispuesto a mandar un enviado suyo para acabar con el desorden establecido en su pueblo. Por eso, Las proclamas de los profetas suenan, para los responsables de la injusticia, a denuncia y amenaza; para sus víctimas, en cambio, son anuncio de liberación y felicidad (véase, por ejemplo, Is 9,1-6; 11,1-9; 42,1-9; 49,1-13; 50,4-51,8; Jr 23,1-7; Ez 34; Sal 72).
          Por todo ello, los israelitas habían esperado desde hacía mucho tiempo una intervención salvadora de Dios que les devolviera la libertad que les había arrebatado la violencia de un rey extranjero y les hiciera recuperar la alegría de sentir que el Señor, sólo él, era rey de Israel. Esa esperanza se realizaría, según habían anunciado los profetas, cuando se cumpliera un plazo: un tiempo en el que deberían experimentar a dónde conduce, qué desastre provoca el abandonar el camino marcado por el Señor.
     
     
Buena Noticia
    

          La esperanza en el reinado de Dios era, por tanto, un sentimiento muy extendido en los días en que comenzó Jesús su actividad. Todos decían que el día del Señor, el día en que Dios intervendría de nuevo para el bien de su pueblo, sería un día grande. Todos decían que deseaban ardientemente que ese día llegase cuanto antes. Pero no todos decían la verdad. Los que tenían hambre y sed de pan y de justicia sí que esperaban con ilusión al enviado del Señor; pero los culpables de esas hambres lo temían. Por eso se pusieron nerviosos cuando apareció el Bautista, y en cuanto tuvieron una ocasión, la aprovecharon para quitárselo de en medio.
          Jesús, nada más llegar, se dirige preferentemente a las víctimas, que aguardaban esperanzadas al Mesías de Dios: para ellas, el anuncio de su llegada, el anuncio de la cercanía de la intervención de Dios, sí que seria buena noticia.
          Pero como Jesús no es un ingenuo, sabe que, aunque la gran injusticia es culpa sólo de unos pocos, acaba contaminando a todos o a casi todos los miembros de una sociedad, pues las víctimas acaban adoptando la ideología y el modo de comportarse de sus verdugos, y a la postre, todos cometen pequeñas injusticias o se callan ante las grandes. Por eso Jesús empieza su predicación haciendo suyas las palabras de Juan: «enmendaos». Hay que empezar por una liberación personal lo más profunda que sea posible: hay que mirarse por dentro, descubrir hasta qué punto somos responsables o cómplices del sufrimiento de los demás y tomar la determinación de cambiar de actitud y de comportamiento. Y después creer que el proyecto de humanidad que Jesús llama «el reino de Dios» es, en verdad, buena noticia y confiar en que ese proyecto/buena noticia se va a realizar: «enmendaos y tened fe en esta buena noticia».
    
    
Está cerca el reino de Dios
    
          El mensaje de Jesús es, pues, un mensaje de salvación -es buena noticia-; pero ahora no va dirigido sólo al pueblo de Israel, o a una ciudad concreta: se dirige ahora a toda la humanidad. Por eso usa el nombre genérico de Dios, en vez de «el Señor» (Yhwh) que era el nombre que se le daba a Dios en Israel. Y el contenido del mensaje consiste en la propuesta de un mundo organizado a la manera de Dios, el reino de Dios.
    
     El reino de Dios no es el cielo, sino la humanidad organizada de tal modo que los que ahora sufren injusticia dejen de ser víctimas de ella, los que ahora viven marginados u oprimidos queden libres y vean reconocidos sus derechos; un modo de vida al que también pueden incorporarse los opresores, los injustos, los violentos y también sus cómplices... si dejan sincera y efectivamente de serlo; un mundo en el que desaparezca la pobreza, al ser implantada la justicia; un mundo de personas libres, del que haya desaparecido toda opresión: un mundo en el que todo revele la presencia de un Dios que es Padre y que gobierna apoyándose en la fuerza de su amor.
          Está claro, por tanto, que para que esa buena noticia llegue a realizarse es necesario un cambio de mentalidad, de comportamiento, de vida: es necesario enmendarse. Dios vuelve a mostrarse a favor del enemigo; la propuesta de Jesús no se dirige sólo a los buenos, que no necesitarían enmendarse, sino a quienes comparten en mayor o menor grado la responsabilidad de que el mundo esté organizado en contra de la mayoría de la humanidad.
          Y, por supuesto, se dirige también a todos los que ya estén dispuestos a aceptar libremente el proyecto de una humanidad nueva contenido en el mensaje de Jesús: «creed en esa buena noticia». Esa aceptación supone que hay que estar listos para anunciar, en medio de la injusticia, -Jesús no predica, como el Bautista en el desierto- que Dios está a favor de la humanidad y luchar, con la fuerza del Espíritu, por una humanidad nueva.
     
    
Veníos conmigo
    
          Los primeros que escucharon e hicieron caso a las palabras de Jesús fueron un grupo de trabajadores. Los datos que nos da el evangelio revelan que eran personas que estaban en la parte de abajo de la sociedad, pero no tan hundidos en la miseria que no fueran capaces de escuchar otra cosa que los gemidos del hambre.
          Están en el mar, en la frontera con los pueblos paganos: conocen la intervención liberadora de Dios en favor de sus antepasados, los esclavos que Dios sacó de Egipto, pero saben que hay muchos hombres que nunca han oído hablar de un Dios apasionado por la libertad de los seres humanos. Están trabajando: no pasan hambre, pero han de ganarse el pan con el abundante sudor que los empapa en la diaria brega de la mar. Trabajan en lo suyo; son los hijos del patrón o dueños de su medio de vida; pero en ningún caso son dueños de otros hombres: no están siendo explotados ni son ellos explotadores. Son personas libres, tienen al menos una mínima experiencia de libertad, pero están cerca de la región en la que la libertad es tan escasa que quien disfruta algo de ella puede sentirse un privilegiado por lo que, aunque la plena libertad falte, ni siquiera se desea. Y son, dos a dos, hermanos; tienen experiencia de fraternidad, saben lo que es compartir la vida de un mismo padre… Por todo eso pueden escuchar la invitación de Jesús y responder libre y generosamente a ella, pueden sentir la necesidad de salvación y mostrarse solidarios con los que la necesitan más que ellos.
          Lo que Jesús les ofrece no es un método para alcanzar la perfección individual. La nueva realidad no consiste sólo en ser más buenos. El de Jesús es un proyecto para ordenar la convivencia. Por eso empieza buscando un grupo de personas que acepten su proclama, que vivan con él y, después de conocerlo y de experimentar la bondad de aquella noticia, se conviertan en impulsores de esa empresa colectiva, el reino de Dios. Ellos tendrán que proponer a otros hombres el proyecto de un mundo de hermanas y hermanos -éste podría ser otro modo de llamar al reino de Dios-, ellos tendrán que ser pescadores de hombres: portadores de la buena noticia para ofrecerla a todos los que tengan hambre y sed de pan, de paz, de igualdad, de justicia, de amor..., invitándolos a organizar entre todos el mundo de tal modo que todas esas hambres encuentren hartura. Deberán ser buena noticia para que el mundo pueda llegar a ser fuente de buenas noticias.
    
          A nosotros compete hoy esa tarea, pero es posible que un día nos pidan cuentas por habernos presentado como portadores de la buena noticia (evangelio = buena noticia) y nos hayamos dedicado a dar malas noticias, pues la peor noticia para este mundo sería que el reino de Dios fuera asunto exclusivo de otro mundo distinto al nuestro.