Domingo 4º de Adviento - Ciclo B
  24 de diciembre de 2017
 

  A punto de nacer

     Jesús es el primero de los hijos de Dios; el primero porque nadie lo fue antes que él; el primero porque nadie lo fue como él; el primero porque después de él muchos hemos sido invitados a serlo y a incorporarnos en la humanidad nueva que comienza con él. Por eso al recordar su nacimiento, celebramos el nuestro. En realidad no es Jesús, somos nosotros, son  otros hombres nuevos quienes están o estamos a punto de nacer.



No será el Señor quien abandone

     Leemos en la primera lectura, en el libro de Samuel que, cuando «David se estableció en su casa, y el Señor le dio paz con sus enemigos de alrededor», el rey sintió que no era justo que él viviera en casa de cedro, mientras que el Arca de la Alianza, signo de la presencia de Dios en medio de su pueblo, estaba en una tienda de campaña. Sin consultar con nadie, el profeta Natán se mostró de acuerdo con la iniciativa real; pero después recibió y trasmitió a David un mensaje de Dios en el que se le decía que no era él quien debía construir un templo para el Señor, sino que lo haría un descendiente suyo, pues su dinastía se mantendría siempre en el trono: «Tu casa y tu reino durarán siempre en mi presencia; tu trono permanecerá por siempre».
     Dos cosas quedan claras tras leer este pasaje. Primero, que Dios no va a fallar a su elegido; si la relación entre Dios y su pueblo se rompe, no será por culpa de Dios. Y en segundo lugar: la presencia de Dios entre los hombres no depende de que éstos lo recluyan en un templo, no está condicionada a ningún lugar sagrado: el Señor -Israel ya ha podido comprobarlo en diversas ocasiones- se hace presente mediante sus obras, siempre en favor de su pueblo, dándole la vida, la libertad y la paz: «Daré un puesto a mi pueblo, Israel: para que viva en él sin sobresaltos sin que vuelvan a humillarlo los malvados... te daré paz con todos tus enemigos».
     Esta promesa de Dios pasó a formar parte del núcleo de la fe y de la esperanza de Israel, aunque otros profetas posteriores matizaron su significado; en particular el profeta Isaías confiaba que la promesa se cumpliría, aunque dependiendo de una importante condición, la fe, la fidelidad de los israelitas: «Si no creéis, no subsistiréis» (Is 7,9b).


Dios cumple su palabra

     Si analizamos la historia con criterios humanos, la promesa no se cumplió. Israel pasó por épocas -siglos enteros-, en los que ni siquiera fue una nación soberana. Cuando nació Jesús, el que llevaba el título de rey de Israel, Herodes, ni era de la dinastía de David ni era garantía de soberanía para Israel pues, en realidad, era una marioneta del Imperio, un rey vasallo de Roma.
     Pero fue en ese momento en el que Dios quiso desvelar «un secreto callado por incontables siglos» (segunda lectura), un modo de cumplir su promesa que nadie se podía esperar: su presencia en medio de la humanidad -de toda la humanidad y no sólo en medio de Israel- quedaría asegurada para siempre por medio de un hombre que no sólo será oficialmente de la estirpe de David sino que será descendiente directo de Dios «lo llamarán Hijo del Altísimo y el Señor Dios le dará el trono de David, su antepasado; reinará para siempre en la casa de Jacob y su reinado no tendrá fin ... al que va a nacer lo llamarán "Consagrado", "Hijo de Dios"...». Dios va a seguir presente y va a seguir actuando en favor de la humanidad pues el que va a nacer llevará el nombre de Jesús, que significa "salvador".


Dos anuncios

     El evangelio de Lucas comienza con dos anuncios: el del nacimiento de Juan Bautista (1,5-25) y el del nacimiento de Jesús (1,26-38, el evangelio de hoy). Al empezar así, el evangelista descubre su propósito: él quiere presentar todo lo que va a contar en su libro como el cumplimiento de las promesas de Dios. Su libro no es una historia cualquiera, es «historia de salvación» (a propósito de esta palabra salvación, debemos tener bien claro que cuando los evangelios la usan no se refieren casi nunca a la salvación eterna, a la otra vida, de modo exclusivo; la salvación es la liberación de todos los peligros y de todas las situaciones negativas que el hombre padece, desde las más materiales a las más espirituales y que, finalmente, culminará en la liberación definitiva de la muerte).
     Pero, ya desde el principio, Lucas quiere dejar claro que esa salvación que Dios ofrece no se va a realizar sin colaboración humana, y que para alcanzarla no valen ni la posición social, ni los títulos ni las apariencias: será necesario escuchar su palabra, fiarse de ella y actuar en consecuencia.
     Con este propósito inicia su evangelio contraponiendo dos modos distintos de recibir la palabra de Dios: el de Zacarías, padre de Juan Bautista, y el de María, la madre de Jesús.
 

Una religión no, una familia

     La comparación de los dos relatos nos permite descubrir todo el contenido de estos pasajes.

     Allí, en el anuncio del nacimiento de Juan Bautista (Lc 1,5-25), el destinatario del anuncio es un sacerdote, observante de las prácticas religiosas, varón, casado, anciano, rico, instruido; aquí, en el anuncio del nacimiento de Jesús, el mensajero de Dios se dirige a una mujer sencilla, pobre, sin estudios, de cuya práctica religiosa nada se dice, novia formal de un trabajador. Allí la relación con Dios se basa en la sumisión y su presencia suscita temor y sobresalto; aquí consiste en un amor (gracia y favor) tan grande que, aunque desconcierta al principio, será causa de alegría. Allí Dios responde a la oración del sacerdote y se limita a hacer posible que aquellos ancianos engendren un hijo, que será sólo hijo de hombre; aquí la iniciativa es del mismo Dios y el que va a ser engendrado será y cuando nazca lo llamarán... Hijo de Dios". Allí será el padre el que le dará nombre; aquí esa función, sorprendentemente, corresponderá a la madre. La misión del hijo de Zacarías y de Isabel será poner fin a lo viejo y provisional y preparar la llegada de lo nuevo, "reconciliar a los padres con los hijos... preparando así al Señor un pueblo bien dispuesto";
1 el Hijo de Dios y de María representa lo definitivo, la novedad y el futuro, pues "reinará para siempre... y su reinado no tendrá fin".

     Allí se anuncia el final de una época, de una manera de entender las relaciones entre el hombre y Dios; aquí, el comienzo de una nueva y más íntima relación. Juan Bautista será el último de los profetas de la antigua religión judía; Jesús, el Hombre nuevo con quien comienza una nueva humanidad. Por eso allí todo sucede en lugar sagrado, en el templo; aquí, sin embargo, Dios entra en la casa de una mujer de pueblo, espacio considerado profano... porque lo que va a resultar de la misión del que va a nacer no es otra religión, sino una familia.
 

La sierva del Señor

     Hay un contraste más, entre ambos relatos. La primera reacción del anciano sacerdote es de desconfianza: «¿Qué garantía me das de eso? Porque yo soy ya viejo y mi mujer de edad avanzada». La respuesta de María, después de pedir alguna aclaración que revela que actúa con libertad -«¿Cómo sucederá esto, si no vivo con un hombre?»- es de plena aceptación de la voluntad de Dios: «Aquí está la sierva del señor; cúmplase en mí lo que has dicho».
     Los profetas, cuando repasan la historia del pueblo de Israel, cuando hacen recuento de los muchos desastres que tuvo que sufrir a lo largo de su existencia, señalan que esa historia de calamidades ha tenido una causa fundamental: el pueblo se había alejado de su Dios. Sin embargo el Señor no se olvidará jamás de su pueblo por dos razones: la primera porque Él es fiel y mantiene su palabra a pesar de las infidelidades de los hombres; y en segundo lugar porque en el pueblo ha quedado un pequeño resto que ha mantenido siempre su fidelidad a Dios y que será «semilla santa» (Is 6,13). A este resto, al Israel fiel también le llaman los profetas siervo del Señor y afirman que de este resto nacerá la salvación: «Dejaré en ti un pueblo pobre y humilde, un resto de Israel que se acogerá al Señor...No temas, Sión no te acobardes; el Señor tu Dios... goza y se alegra contigo, renovando su amor» (Sof 3,13.16.17).
     Ese pueblo «pobre y humilde» está representado, en el evangelio de Lucas, por María, pobre, humilde y fiel (en los profetas la oposición fidelidad/infidelidad equivale con frecuencia a la antítesis riqueza/pobreza). Sin embargo, en el relato del anuncio a Zacarías, el pueblo queda al margen de todo, fuera del santuario, «aguardando a Zacarías, extrañado de que tardase tanto en el santuario»;  y aunque la gente intuye que el anciano sacerdote ha tenido una experiencia extraordinaria, éste se ve imposibilitado de contarles la visión que ha tenido pues, «él les hacía gestos, pero permanecía mudo».
 


El primer Hijo

     Dios va a dar pleno cumplimiento a su promesa; pero, al hacerlo, quiere cambiar sus relaciones con la humanidad. Herido por sus muchas infidelidades, pero lleno de amor por ella, le va a dar un hijo en el que no habrá nada de ese mundo que se ha hecho viejo como consecuencia de su falta de amor. Será, como todos los hombres, un nacido de mujer (Gal 4,4); pero nada lo unirá con la historia de traiciones y de mentiras en que los hombres convirtieron la convivencia entre ellos y sus relaciones con Dios: el que va a nacer será fruto de la acción del Espíritu, la fuerza creadora de Dios; y se hará carne en una porción de la humanidad que jamás ha sido infiel al amor de Dios: una virgen. En este sentido, Jesús es un hombre totalmente nuevo, como lo fue el primer hombre, creado directamente por Dios, un hombre sin tradiciones, sin raíces (según la cultura israelí, era el padre quien insertaba a los hijos en las costumbres y tradiciones culturales y religiosas del pueblo); el que nace es Hijo de Dios -«lo llamarán Hijo del Altísimo»- y, por tanto, no está condicionado por la larga tradición de injusticias y opresiones que empiezan ya a configurar el modo de ser de los hombres desde el mismo momento de su nacimiento; este es el significado teológico de la virginidad de María y de que, según Lucas, sea ella la que deba imponer el nombre a su hijo cuando éste nazca. Ese Hijo nos revelará quién es su Padre y nos enseñará a hablar con El.
 
 
Otros muchos hijos

     Él será el primero, pero no el último. Con él nace una nueva humanidad a la que se incorporarán todos los que acojan la fuerza de amor y de vida que a través de él se irá ofreciendo, todos los que acepten a Dios como Padre, no como amo, todos los que quieran ser hermanos y no señores de los hijos de Dios.
     Por eso al recordar el nacimiento del primer Hijo de Dios, debemos renovar el nuestro. Somos nosotros los que estamos a punto de nacer o de renacer; y es para nuestro nacimiento para lo que nos estamos preparando en el Adviento. Y para reafirmar nuestro compromiso con esta siempre nueva manera de relacionarnos con Dios no como fieles, ni como siervos, sino como hijos, miembros de su familia.
     Pero aún quedan en nuestro mundo muchos restos del mundo viejo, restos de una manera de entender las relaciones con Dios que llenan al hombre de zozobra y de miedo. Esa es la religión que acabó, que debió acabar con Juan Bautista; si aún persiste, es porque la nueva humanidad no ha terminado de ser creada: debe seguir naciendo.
     Y ahora debemos ser nosotros ese pedazo de humanidad en el que aún es posible que dé fruto el amor de Dios: la Iglesia, -la comunidad cristiana de quien María es figura-, ha de ser esa casa de Nazaret en la que se escucha confiadamente la palabra de Dios, debe ser esa porción de humanidad que, fecundada por el Amor, da siempre frutos de vida, de justicia, de libertad, de amor y de alegría. Estamos a punto de asistir no a la repetición del parto que tuvo lugar hace casi dos mil años; no es María la que va a dar a luz; es de nuestra fidelidad, de nuestro «hágase en mí según tu palabra», de donde pueden llegar a nacer otros muchos hombres nuevos.



 


 

1.        En el anuncio de Juan resuena el final del libro de Malaquías: «Y yo les enviaré al profeta Elías antes de que llegue el día del Señor, grande y terrible: reconciliará a padres con hijos, a hijos con padres, y así no vendré yo a exterminar la tierra.». El evangelista, además de eliminar todo lo que denota amenaza, omite lo que se refiere a la reconciliación de los hijos con los padres: lo antiguo ha quedado obsoleto; en adelante sólo tendrá valor lo que está por llagar, lo que Juan tendrá la misión de preparar.

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