Domingo 1º de adviento
  3 de diciembre de 2017
 

Compromiso presente, horizonte de esperanza



     Adviento es una palabra que significa venida; nos preparamos para la venida de Jesús. Pero ¿de qué venida se trata? ¿Su nacimiento, un acontecimiento del pasado? ¿Su segunda venida, en el futuro? La palabra de Dios de este domingo nos dice que entre un pasado -la múltiple experiencia del amor de Dios- y un futuro -la esperanza de que ese amor sea definitivo y se manifieste plenamente su eficacia- queda para el presente un compromiso que nace de aquella experiencia renovada día a día y que trata de anticipar la esperanza.

 



Tu nombre «nuestro liberador»


     En la experiencia de Israel, en el hecho que en su conciencia colectiva lo constituye como pueblo de Dios, en todos los momentos importantes de su pasado siempre está presente -es el principio de todo- el amor de Dios que interviene en la historia en favor de aquel pedacito de humanidad.
     La primera lectura evoca la primera acción salvadora de Dios, que liberó a los esclavizados en Egipto; por esta intervención, que constituye a Israel como pueblo elegido, Dios se dio a conocer. Desde entonces la fe de Israel se funda en esa experiencia de amor y liberación y ve en Dios un Padre y un Liberador. Por eso, cuando Israel se siente derrotado, cuando todos los horizontes parecen cerrados, siempre queda la esperanza de la acción de Dios, al que se siente como Padre: él hizo nacer al pueblo cuando sólo era un puñado de esclavos y jamás podrá olvidarse de él, porque es inmensa y eterna su misericordia (Sal 135/6).
     Esta primera lectura -igual que el salmo- es una oración de súplica motivada en una meditación histórica: las acciones de Dios realizadas a lo largo de la historia en favor de su pueblo son el fundamento en el que se apoya el orante para pedir a Dios que intervenga de nuevo en un momento en que el pueblo pasa por una gran dificultad. Estamos, muy probablemente en la época posterior al destierro; en aquel momento se padece la terrible sensación de derrota y desesperanza que supone el encontrarse con una nación totalmente destruida. Por otro lado, las opiniones sobre qué es lo que había que hacer estaban encontradas: mientras algunos defendían la necesidad de reedificar el templo y restaurar la monarquía, el profeta considera más urgente el reconocimiento de la propia ruina moral y, a partir de ella, restablecer la justicia -«...nuestra justicia era un paño manchado... Nadie invocaba tu nombre...»- y reconstruir las buenas relaciones con Dios, que sale «al encuentro del que practica gozosamente la justicia».
     El mensaje del profeta se podría resumir así: “Nos habíamos confiado demasiado creyendo que por ser el pueblo de Dios ya estábamos salvados, pero nos olvidamos de poner en práctica sus exigencias; dejamos de practicar la justicia y nos sobrevino el desastre. Pongámonos de nuevo en las manos de Dios: reconozcamos primero que con nuestro comportamiento lo hemos expulsado de nuestro lado, hagámosle un sitio entre nosotros practicando la justicia y muy pronto se podrán ver los efectos de su presencia; como sucede con la lluvia benéfica que baja del cielo y devuelve la vida a los campos, volverán al pueblo la libertad que el Señor nos consiguió y la prosperidad que prometió.”


Más allá de la justicia

     La esperanza cristiana hunde también sus cimientos en un hecho pasado: la entrega de Jesús. De los frutos de esa entrega, nos descubre la carta de Pablo, ya son partícipes los miembros de la comunidad de Corinto. Ellos han sido ya beneficiarios del amor de Dios, que se les ha mostrado favorable puesto que, por medio del Mesías Jesús, los «ha hecho ricos de todo, de todos los dones de palabra y conocimiento», dando vida a un nueva humanidad y confirmándose así que la palabra de Pablo, su testimonio sobre el mensaje del crucificado, es digno de fe.
     Y, como la fe de Israel, se proyecta y se abre hacia el futuro. Pero hay una diferencia fundamental en esa esperanza: el objetivo de Israel mira casi exclusivamente a un futuro cercano, centrado en el pueblo y, en el mejor de los casos, poniéndose como meta la victoria en la batalla contra la injusticia y la opresión y en la liberación política  del pueblo. Ese es el objetivo primero, el más inmediato de la Historia de la Salvación, de la historia de las relaciones de Dios con la humanidad: el establecimiento de la justicia en el mundo; pero ahí no se acaba esa historia.
     Porque esa justicia está ya realizada en la comunidad de los seguidores de Jesús -aun cuando siga habiendo incoherencias e infidelidades que se deben superar y de las que Pablo hablará más adelante en esta carta a los Corintios- la vista se eleva para mirar a un horizonte más lejano: el encuentro definitivo con el Señor Jesús.
     El evangelio de hoy habla de la entrega de Jesús, del don de su propia vida en favor de la vida plena -y por tanto libre- de toda la humanidad y de la esperanza en un reencuentro, que será ya definitivo, con él. Pero también nos habla, con más intensidad, si cabe, de lo que hay que hacer mientras tanto, durante el tiempo que ha de trascurrir entre esos dos acontecimientos.


«...en lo referente al día aquel o a la hora... »

     Marcos, el autor del evangelio de hoy, usa siempre la expresión «el día aquel» para referirse al día del triunfo de Jesús, consecuencia de su muerte, a la que se refiere con la expresión «la hora». Sin embargo, en el evangelio de hoy no se trata de «la hora» de Jesús, sino de la de sus seguidores. También a ellos les llegará su hora, es decir, el momento culminante y definitivo de su entrega al servicio de la causa de la liberación y de la felicidad de los hombres. Ese momento podrá ser, como le sucedió a Jesús, consecuencia de la persecución y podrá ir acompañado de sufrimiento y de muerte; pero terminará del mismo modo que acabó la hora de Jesús: en un día de triunfo, de vida definitiva en plenitud. Ahora bien, «en lo referente al día aquel o a la hora, nadie entiende, ni siquiera los ángeles del cielo ni el Hijo; únicamente el Padre» (Mc 13,32), esto es, no hay que vivir preocupados por esa hora y ese día: de ese asunto entiende sólo el Padre, quien llegado el momento prestará a sus hijos la ayuda que sea menester.
     Pero, mientras tanto...


Cuidado con los somníferos
    
     Cuando Jesús pronuncia las palabras que leemos hoy en el evangelio, está a punto de marchar a un largo viaje. Va a dejar por un tiempo la Tierra -"el país"- que habita la humanidad. Poco le queda que hacer ya por aquí; poco, pero muy importante: va a demostrar dando su vida que su palabra no se pronunciaba en balde. Es su hora,  el momento de su entrega. Después dejará esta Tierra o, al menos, cambiará la manera de estar presente en ella. Por eso está dando las últimas instrucciones a los suyos.
     Quiere dejar su casa bien organizada. La casa de Jesús es su comunidad, el grupo de sus seguidores. Es allí donde debe hacerse realidad su proyecto. Por eso advierte a los suyos que no se dejen dominar por el sueño: el deseo de echarse a dormir, cansados, desilusionados o convencidos de que ya es suficiente el trabajo realizado, será una tentación que los acechará permanentemente. Incluso la preocupación por prepararse bien para cuando llegue la hora de encontrarse definitivamente con el Padre puede constituir un peligroso somnífero: "¡Andaos con cuidado, ahuyentad el sueño, que no sabéis cuando va a ser el momento!".

A cada uno su tarea

     En su casa no hay señores, sólo hay siervos.
    
Pero se trata de una clase de siervos muy especial: no son sus siervos; al contrario, él les ha transmitido su autoridad, aquella que supieron reconocer las gentes de Cafarnaún cuando, en su sinagoga, empezó a descubrir cuál era para este mundo el definitivo plan de Dios, autoridad que procedía del mismo Dios -su Espíritu-, fuerza de vida y liberación definitivas. No, no son sus siervos ni tienen ningún amo -ni siquiera Dios; Dios es ¡su Padre!- Son servidores por amor; han comprendido que el deseo de estar por encima de los demás, tan arraigado en el género humano, es culpable de muchos de los sufrimientos que hacen llorar a esta Tierra. Y porque se han dado cuenta de ello, han decidido sustituir su deseo de poder por la práctica del servicio. Es un servicio, por tanto, que no sólo no los hace esclavos a ellos, sino que contribuye decisivamente a la liberación de los demás. Es además un servicio diversificado: cada uno tiene su tarea según sus cualidades, según sus talentos, aunque tal diversidad no será nunca causa de diferencias ni pretexto para exigir privilegios u honores.
     Un servicio que exige una especial vigilancia: la del portero. Nadie que quiera entrar en esa casa deberá encontrar la puerta cerrada. Venga de donde venga, a nadie se le pedirán “papeles”, pasaporte o certificado de bautismo: bastará con que acepte al Padre que nos hace a todos iguales y nos invita a vivir como hermanos; para dejar a cualquiera franca la entrada será suficiente con que asuma de buen grado el servicio como estilo de vida.
     Porque no se trata de una casa para encerrarse o aislarse. Debe abrir sus ventanas para que todos puedan ver en qué consiste ese nuevo modo de vivir y de convivir; y sus puertas deben estar abiertas para acoger a todo el que quiera entrar.
     Pero ese modo de vida va a molestar a muchos, en especial a quienes siguen aferrados a sus privilegios, es decir, a sus injusticias.
     Con éstos ha entrado en conflicto Jesús, quien, como consecuencia de su enfrentamiento con ellos, está a punto de culminar su camino colgado en una cruz. Pero ese aparente final -que los lectores de Marcos ya conocen- no supone un desastre, no es un fracaso: es la culminación de su propio servicio y, por ello, la extrema manifestación de su amor.


«Solidarios de su Hijo»

     Con estas palabras resume Pablo en la carta a los Corintios la actitud que debe caracterizar a los seguidores de Jesús: solidarios con el Hijo, para poder llegar a ser hijos y hermanos. Esa frase puede también considerarse una magnífica traducción de la exigencia de Jesús a los suyos: «¡Andaos con cuidado, ahuyentad el sueño... manteneos despiertos... »
     Uno de los momentos más difíciles que vivió Jesús fue el que conocemos como «la oración del huerto». Jesús tomaba entonces clara conciencia de su fracaso, al menos en cuanto a los resultados inmediatos de su misión: el rechazo por parte de Israel, su pueblo, estaba a punto de consumarse; su vida en este mundo tocaba ya a su fin y, aunque la muerte no le asustara, la violencia que iba a sufrir no era un trago agradable; pero, sobre todo, Jesús sufre porque su muerte representa que Israel rechaza, una vez más, el amor de Dios. En esas circunstancias Jesús se dirige al Padre y, con dolor, pero firme en la fidelidad, acepta plenamente llegar hasta el final en su compromiso de amor con la humanidad: «¡Abba! ¡Padre!, todo es posible para ti; aparta de mi este trago; pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú» (Mc 14,36).
     Poco antes Jesús había elegido a tres de sus discípulos, Pedro, Santiago y Juan, se había alejado un poco con los tres y les había pedido un gesto de solidaridad que, en ese momento, él necesitaba más que nunca: «Me muero de tristeza. Quedaos aquí y manteneos despiertos». Solidaridad con Jesús en el momento de su muerte, solidaridad con las causas de la muerte de Jesús; eso es lo que significa esa expresión que podría considerarse como la formulación que hace Marcos del mandamiento nuevo (Jn 13,34): amad conmigo a la humanidad hasta la entrega de la propia vida.
     Entenderemos claramente el significado del evangelio de hoy si lo leemos a la luz de las palabras de Jesús a aquellos tres discípulos: el día o la hora de la muerte de cada uno de nosotros y lo que va a suceder después, no es cosa que deba ocupar nuestra atención; sabemos que ese asunto está en las manos de nuestro Padre y son, las suyas, manos más seguras que las nuestras. El Padre quiere que, despreocupados de nuestra salvación eterna, gastemos nuestra vida por la salvación de este mundo, haciendo de él un mundo de hermanos, pues para abrir la puerta a esa salvación llegó Jesús hasta el don de su propia vida.

Adviento

     Comienza hoy el Adviento. La palabra adviento significa «venida». Nos preparamos para la venida del Señor, y esto en un doble sentido: un sentido más inmediato (nos preparamos para la Navidad, para la fiesta en la que recordamos el nacimiento de Jesús de Nazaret), y otro sentido con una perspectiva más lejana (nos preparamos para otra venida que, cuando se produzca, significará nuestro encuentro definitivo con Jesús Mesías).
     De hecho, el Adviento lo vivimos casi siempre como preparación a la Navidad. La Nochebuena festejaremos con alegría el nacimiento del Hijo de Dios, nos sentiremos conmovidos al contemplar la figura de un recién nacido que no tiene más cuna que un pesebre, nos emocionará saber que fueron unos pobres marginados, los pastores, los que primero conocieron la noticia del nacimiento de aquel niño y nos llenará de esperanza saber que el mensaje que aquéllos recibieron de parte de Dios anunciaba para esta tierra la tan escasa paz.
     Pero no podemos olvidar que la Navidad está tan llena de sentido porque aquel cuyo nacimiento celebramos dedicó su vida a luchar para que los hombres aprendiéramos a vivir como hermanos y, en su hora, entregó esa vida para demostrar que en este mundo es posible el amor hasta la muerte y que sólo mediante un amor de esa calidad es posible un mundo en el que cada recién nacido tenga, al nacer, una cuna y, durante toda su vida, la paz que es el fruto de un mundo, de un orden justo.
     Y no podemos olvidar que aquel que con su entrega se reveló como el Hijo de Dios vive, desde el día aquel, esperando de nosotros -ahora, en el presente- una entrega como la suya.

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