
Raíces cristianas
Las raíces del cristianismo no se pueden encontrar más que en la persona de Jesús de Nazaret y en su mensaje, la Buena Noticia”, el evangelio.
Nacerán de unas “raíces cristianas” aquellas ideas, acciones o actitudes que estén de acuerdo y no contradigan lo que los evangelios nos proponen.
En múltiples ocasiones se han tratado de legitimar medidas racistas o islamófobas —la última en Jumilla, para justificar la prohibición de celebrar, en espacios municipales, determinadas festividades de la comunidad islámica de ese municipio— con el argumento —¿la escusa?— de defender las raíces cristianas de la sociedad española.
Independientemente de lo que nos digan historiadores y antropólogos sobre nuestras raíces, me gustaría valorar esa argumentación haciendo un breve análisis del concepto “raíces cristianas”.
Las raíces del cristianismo —para un creyente, para quien se considera cristiano, ¡para quien dice defender lo cristiano!—, no se pueden encontrar más que en la persona de Jesús de Nazaret y en su mensaje, la "Buena Noticia”, el evangelio. Dicho de otro modo: nacerán de unas “raíces cristianas” aquellas ideas, acciones o actitudes que estén de acuerdo y no contradigan lo que los evangelios nos proponen.
Sin querer ser exhaustivos, veamos que puede y qué no puede brotar de esas raíces (esto sería, por supuesto, aplicable, no solo a los hechos del presente, sino a muchos otros que, a lo largo de la historia, se han justificado aludiendo a una, si no falsa, al menos equivocada fe cristiana).
El valor máximo: el hombre, la persona
Por encima incluso de la Ley de Moisés (los diez mandamientos) está, según Jesús de Nazaret, el bien del ser humano. Lo podemos ver en un episodio que cuenta el evangelio de Marcos (2,27-28) en el que Jesús, respondiendo a los fariseos que le pedían cuentas porque sus discípulos realizaban tareas prohibidas en sábado (la ley que prohibía cualquier actividad que pudiera considerarse un trabajo, ley que, para muchos rabinos, era la ley más importante de todas), afirma taxativamente que el bien de la persona está por encima del sábado: Y añadió: El sábado existió por el hombre y no el hombre por el sábado.
Primer brote de la raíz cristiana: el valor máximo siempre será el ser humano; y, por eso, las normas o leyes que se inspiren en el mensaje de Jesús de Nazaret siempre deberán buscar el bien de la persona, el bien del ser humano.
Las leyes o normas que no respetan este principio no brotan de raíces cristianas ni las defienden.
Todas iguales
Una derivada de este principio básico del cristianismo es que todas las personas somos iguales en dignidad. Esta idea la expresa con toda claridad el apóstol Pablo cuando dice que, para el cristiano no hay más judío ni griego; esclavo ni libre, varón o mujer... (Gal 3,28) y aquí no hay más griego ni judío, circunciso ni incircunciso, extranjero, bárbaro, esclavo ni libre... (Col 3,11).
Otro brote de raíz cristiana: cuando un cristiano se relaciona con otra persona, no le importa ni su nacionalidad (judío ni griego... extranjero, bárbaro), ni su situación social (esclavo ni libre), ni su sexo (varón o mujer), ni su religión (circunciso ni incircunciso); al contrario, respeta radicalmente su dignidad y, por tanto, sus derechos.
Por eso, ni el racismo, ni el nacionalismo excluyente, ni el machismo, ni el fundamentalismo o fanatismo religioso son frutos que pueden proceder de unas verdaderas raíces cristianas.
Fui migrante y me acogisteis
En el relato del juicio de las naciones (frecuentemente llamado “juicio final”), Jesús se identifica con los seres humanos que soportan alguna situación de vulnerabilidad y, así podemos leer: ...tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui extranjero y me acogisteis,... (La palabra griega que traducimos por “extranjero” es xenos).
Un brote más de raíz cristiana: la exigencia de acogida del migrante; la condena de la xenofobia.
(A veces, algunas personas se dirigen a quienes defienden la acogida a los migrantes diciéndoles que los acojan en sus propias casas: pues sí. Se trata de un consejo que todo aquel que defiende la raíces cristianas de su tierra o su cultura debería ponerlo en práctica dando acogida de algún modo a quien viene en busca de vida). Lo que sí resulta evidente es que la xenofobia jamás procederá de una raíz cristiana.
¿Quién es mi prójimo?
A esta pregunta responde Jesús con la parábola de El Buen Samaritano (Lc 10, 25-37). En ella Jesús, para explicar cómo se ama al prójimo, cómo debe comportarse una persona con otra que está necesitada de ayuda, pone como ejemplo a un samaritano: extranjero y, además, hereje (así estaban considerados los samaritanos en Judea).
Del herido, la parábola no da más que un dato: que bajaba de Jerusalén a Jericó, lo que permite considerarlo judío (los judíos no se llevaban nada bien con los samaritanos). Pero al samaritano eso no le importa, se acerca a él y lo socorre.
No puede faltar este fruto..., si hay raíces cristianas: el amor al prójimo. Y mi prójimo no es el que está cerca de mí. Sino aquel que me necesita y al que yo me aproximo, del que yo me hago prójimo: por encima de razas y fronteras, por encima de diferencias religiosas.
En esta parábola hay también otra enseñanza fundamental: lo que importa no son las palabras, sino los hechos, no es lo que se confiesa con la boca, sino lo que practica.
Conclusión
¿Son cristianas las raíces de quienes promueven medidas que van en contra de estos principios básicos de la ética cristiana? ¿Nacen de las raíces del mensaje de Jesús?
Yo creo que nada tienen que ver con el nazareno que dio su vida defendiendo que todos los seres humanos, que todas las personas podemos vivir como hermanas.
Las raíces de la ideología que defiende el rechazo del inmigrante son mucho menos profundas; lo más acertado sería buscarlas en negros personajes y ciertos movimientos europeos de la primera mitad del siglo pasado.
