Domingo 26º del tiempo Ordinario

Ciclo A

27 de septiembre de 2026




Obras son amores


    De un tiempo acá, han surgido movimientos, líderes sociales o individuos aislados a los que no dejan de proclamar con sus palabras o sus lemas su pertenencia a una fe y a una civilización cristianas, que no dejan de pregonar su compromiso en defensa de las raíces cristianas de su cultura, de su modo de vida. Pero tanta proclama y tanto pregón dejan siempre una pregunta en el aire: ¿cómo se defienden los valores cristianos? Porque si todo se reduce a intentar evitar que personas de otras creencias vengan a vivir entre nosotros puede que tanta proclama y tanto pregón no tengan nada de cristianos. Porque esos valores se defienden con la acción, con la vida: en definitiva, poniéndolos en práctica, como enseña el evangelio de este domingo. Ya lo dice el refranero español: «Obras son amores y no buenas razones»

 

Texto y breve comentario de cada lectura
Primera lectura Salmo responsorial Segunda lectura Evangelio
Ezequiel 18,25-28 Salmo 24,4-9 Filipenses 2,1-11 Mateo 21,28-32



 
Sumos sacerdotes y senadores


    En tiempos de Jesús, eran los miembros de la clase dirigente: los primeros, en lo religioso;  y en lo económico, los segundos.
    Los senadores representaban a las familias de la aristocracia de Palestina, por lo general grandes terratenientes con muchos intereses que defender; los sumos sacerdotes ocupaban el escalón más alto de la jerarquía religiosa y dirigían todo el funcionamiento del templo de Jerusalén, del que obtenían pingües beneficios. Los dos grupos, senadores y sumos sacerdotes, constituían el partido saduceo, y junto con los letrados, que pertenecían en su mayoría al partido fariseo, formaban el Gran Consejo, el gobierno autónomo judío. Eran de ideología conservadora —¡tenían mucho que conservar!— tanto en lo político como en lo religioso, se entendían bien con los invasores del Imperio Romano y no deseaban cambiar nada de una situación en la que gozaban de tantos privilegios. Y aunque, en realidad, no representaban a nadie, puesto que eran los romanos quienes les permitían seguir ocupando sus cargos —incluso los religiosos— y manteniendo la propiedad de sus tierras, se consideraban los más genuinos representantes del pueblo de Israel, del pueblo elegido de Dios. 

 

Recaudadores y prostitutas

    Marginados de aquella sociedad.
    Los recaudadores eran los que cobraban los impuestos para los romanos. Tenían mala fama por dos razones: la primera porque colaboraban con el imperio invasor; la segunda porque con frecuencia cobraban más de lo que estaba establecido y se quedaban con la diferencia. Nadie quería tratos con ellos y todos los despreciaban. Las prostitutas, como en todos sitios, eran consideradas lo más bajo de la sociedad por poner en venta su cuerpo y por amar bajo precio, probablemente porque era el único salario que podían llevar a casa. Ellos y ellas, aunque fueran judíos de raza, no eran considerados miembros del pueblo de Dios y, desde el punto de vista religioso, eran tratados como los renegados o los paganos.
     Los sumos sacerdotes y los senadores colaboraban con los romanos, pero su colaboración se desarrollaba a alto nivel. Y, por supuesto, no se prostituían; pero eran culpables de la infidelidad de la esposa del Señor, Israel (los profetas habían comparado muchas veces la relación de Dios con su pueblo como un matrimonio; véanse, p. ej., Is 49,14-26; 54,1-10; 62, 1-5; Jr 2,1-3.8; Ez 16; Os 2,1-24), y habían convertido la religión en un negocio (Mt 21,12-17). Los recaudadores robaban, pero seguro que mucho menos que los salarios que los terratenientes dejaban de pagar a sus jornaleros; las prostitutas vendían su ternura —su amor— por algunas monedas, pero seguro que muchas menos que las que los sacerdotes obtenían ofreciendo a cambio el perdón —el amor— de Dios (eso decían ellos). En las prostitutas y recaudadores, se vertía todo el desprecio del pueblo; los sumos sacerdotes y senadores, en cambio, eran la gente de orden, gente respetada. 

 

Un duro enfrentamiento

    Jesús está ya en Jerusalén. Lo primero que ha hecho, después de su entrada triunfal en la ciudad de David (Mt 21,1-11), ha sido irse al templo; pero no para participar en ninguna ceremonia religiosa, sino para poner en evidencia el tinglado que se habían montado los dirigentes, que habían convertido el templo en un mercado y habían conseguido hacer de la religión un rentable negocio. Jesús denunció públicamente a los sumos sacerdotes y a los letrados por haber convertido el templo en una cueva de bandidos: los bandidos, estaba claro, eran ellos, los dirigentes, los letrados y, sobre todo, los sumos sacerdotes, que obtenían saneados beneficios explotando la fe infantil —infantilizada— de aquel pueblo al que ellos no dejaban crecer (21,12-17).
    A continuación dice el evangelio que Jesús maldijo e hizo que se secara una higuera (21,18-22); era un gesto profético, anuncio de lo que le estaba a punto de suceder a la religión judía y a todas las religiones que, como ella, no daban el fruto apetecido por Dios, ocultando su esterilidad en una frondosidad engañosa: bajo la abundancia de hojas no se encontraba fruto alguno; tras la solemnidad de las ceremonias religiosas y las celebraciones multitudinarias no había ningún fruto del amor que debía responder al amor de Dios..
    El enfrentamiento directo se produce cuando los dueños de la tierra —senadores— y los principales beneficiarios del negocio religioso —sumos sacerdotes— exigen a Jesús que muestre la autoridad que le faculta para actuar de esa manera y que informe de quién procede esa autoridad. Jesús se niega a contestarles si ellos antes no explican por qué rechazaron a Juan Bautista y no le hicieron caso cuando predicó la necesidad de arrepentirse de la vida injusta que llevaban (21,23-27). Y a continuación, dirigiéndose a ellos, presenta la parábola que leemos en el evangelio de hoy.
    En esa parábola, Jesús describe la situación del pueblo de Israel sirviéndose del ejemplo del comportamiento de dos hermanos que simbolizan dos modos de responder a la voluntad de Dios.
    El primero, que tiene un pronto rebelde, dice que no cuando su padre lo manda a su viña, pero, de hecho, lo obedece y va a trabajar. El segundo es el que nunca dice que no, pero siempre actúa en contra de la voluntad de su padre; este último representa a los dirigentes religiosos de Israel.
     Estamos, pues, en la recta final del conflicto que enfrenta a Jesús con los dirigentes religiosos de Israel y cuyo desenlace ya conocemos: los dirigentes detuvieron a Jesús y lo entregaron a los romanos para que le dieran muerte.

 

Una religiosidad hipócrita

    El de la Antigua Alianza era ya un proyecto agotado y fracasado. Y no porque el plan trazado por el Dios liberador de Israel no tuviera sentido, sino porque los dirigentes religiosos lo habían vaciado de contenido.
    Los dirigentes habían convertido su religiosidad —y la religiosidad del pueblo de Israel— en una gran mentira: siempre decían sí a Dios, pero nunca hacían lo que Dios quería; siempre estaban hablando de la obediencia a la Ley, pero manipulaban la Ley de Dios para hacer prevalecer sus intereses y sus privilegios: «¡Hipócritas! Qué bien profetizó de vosotros Isaías cuando dijo: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí; el culto que me dan es inútil, pues la doctrina que enseñan son preceptos humanos.» (Mt 15,7-9).
    Este comportamiento de los dirigentes judíos no debe, en absoluto, sorprender a nadie: los que están situados en la parte alta de la sociedad, no suelen sentir necesidad de cambiar. No les interesa. Por eso no dejan de manipular los sentimientos religiosos de las personas para dominarlas y, así, salvaguardar sus privilegios. Y por eso, como nos enseña Pablo (segunda lectura), Jesús quiso pasar por este mundo «como uno de tantos..., como un simple hombre...»; y por eso, los que respondieron a su llamada eran pobres o, como Zaqueo, se hicieron pobres (Lc 19,1-11). 

 

Gente de mal vivir

    Cobradores de impuestos —que, en su mayoría,  eran unos ladrones— y prostitutas, los dos grupos de personas más despreciados por la gente religiosa de Israel: ya hemos dicho que no los consideraban ni siquiera miembros del pueblo de Dios. Los fariseos, sobre todo, los acusaban de ser los más pecadores de todos los hombres y por eso, los culpables de que el reino de Dios no se hiciera presente en la tierra. La verdad, según las palabras de Jesús, era exactamente la contraria: prostitutas y recaudadores estaban más cerca de Dios que los dirigentes religiosos y políticos de Israel; habían descubierto en Jesús la posibilidad de una vida distinta y querían sinceramente cambiar su manera de vivir; al contrario, los dirigentes estaban dispuestos a matar a Jesús para que nada cambiara.
    En la parábola, prostitutas y recaudadores están representados por el hijo que niega con la boca pero, al final, respeta los deseos de su padre y se va a trabajar en la viña, que representa el reinado de Dios. Ellos, al escuchar el mensaje de Jesús, descubren que han perdido, o que les han arrebatado, su dignidad; y, al acoger la invitación a cambiar de vida y a recobrar la dignidad perdida, pronto se disponen a modificar su conducta y a iniciar una vida nueva. Por eso escucharon a Juan; por eso muchos de ellos siguen a Jesús. Por eso están mucho más cerca de ese mundo nuevo, mundo de hermanos, que los evangelios llaman «Reino de Dios». 

 

Y nosotros ¿Cómo respondemos?

    El evangelio, no lo debemos olvidar, no se escribió para criticar a los judíos; las críticas que contiene quieren evitar que los seguidores de Jesús repitamos los errores de aquel sistema religioso. Hoy debemos examinarnos para ver si la fe que confesamos, anunciamos y vivimos es algo más que una religión en la que las grandes concentraciones de masas y las palabras grandilocuentes sustituyen a la práctica del amor y la fraternidad, una religiosidad en la que las ceremonias solemnes y las espectaculares manifestaciones religiosas reemplazan al compromiso por la liberación y a la tarea de construir un mundo de personas libres y hermanas.
    La fe cristiana se nos ha presentado desde hace muchos siglos como un conjunto de creencias que nos garantizan conocer y poner los medios necesarios para alcanzar la salvación después de nuestro paso por este mundo. Como consecuencia de este modo de pensar, se ha afianzado la convicción de que esa fe se expresa principalmente en la práctica religiosa; pero no es así, sino que debe concretarse en un modo de vida configurado por una convicción fundamental: que Dios quiere ser Padre de todos, que todos somos hermanos y que es misión nuestra realizar en nuestra vida la fraternidad y empujar a nuestro mundo hacia este ideal. Eso es trabajar en la viña.
    La viña es la humanidad; los frutos que se buscan, la justicia, la libertad, la solidaridad y el amor, valores que convierten este mundo en el reinado de Dios. Producirlos es la tarea que Dios nos encomienda.
    ¿Responderemos que sí? ¿Solo con la boca o también con nuestros hechos?
    No lo olvidemos; también en asuntos de fe, también en nuestra relación con Dios... obras son amores.