Jueves Santo

Segunda Lectura: 1ª Corintos 11,23-26

 

Texto

     23Porque lo mismo que yo recibí y que venía del Señor os lo transmití a vosotros: que el Señor Jesús, la noche en que iban a entregarlo, cogió un pan, 24dio gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced lo mismo en memoria mía». 25Después de cenar, hizo igual con la copa, diciendo: «Esta copa es la nueva alianza sellada con mi sangre; cada vez que bebáis, haced lo mismo en memoria mía». 26Y de hecho, cada vez que coméis de ese pan y bebéis de esa copa, proclamáis la muerte del Señor, hasta que él vuelva.

Notas

   Relato de la institución de la Eucaristía. Pablo recoge aquí este relato, casi igual que alguno de los sinópticos, para explicar a los corintios el verdadero sentido de la eucaristía y corregir algunas situaciones aberrantes que se daban en la comunidad de Corinto y que describe inmediatamente antes (11,17-22).
   La situación, en efecto, era esta: las reuniones eucarísticas eran ocasión de división entre los creyentes, división que se manifestaba en que cada cual comía los alimentos que llevaba, sin compartirlos con los demás, de modo que mientras que unos pasaban hambre, otros se hartaban y se emborrachaban.
   Esta situación no sólo es intolerable, sino que es un contrasentido: la eucaristía se instituyó como anticipo de la entrega de Jesús, entrega que reveló y fue la consecuencia de su fidelidad a su compromiso con el proyecto de Dios: hacer de este mundo un mundo de hermanos. Al celebrar la eucaristía, no sólo nos fundimos con la persona de Jesús, que se hace alimento de nuestra vida; asumimos su proyecto y nos hacemos solidarios con su entrega y su compromiso y compartimos el mismo alimento y la misma vida con quienes ya han empezado a ser nuestros hermanos. Por eso un comportamiento, -o un modo de vida-, que quiebre la fraternidad, al tiempo que celebramos la eucaristía constituye una responsabilidad de la que habrá que dar cuenta (11,27).

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