Domingo 4º del Tiempo Ordinario - Ciclo A

Evangelio: Mateo 5, 1-12

 

Texto

    5 1 Al ver Jesús las multitudes subió al monte, se sentó y se le acercaron sus discípulos. 2 Él tomó la palabra y se puso a enseñarles así:
3 Dichosos los que eligen ser pobres,
    porque ésos tienen a Dios por rey.
4 Dichosos los que sufren,
    porque ésos van a recibir el consuelo.
5 Dichosos los sometidos,
    porque ésos van a heredar la tierra.
6 Dichosos los que tienen hambre y sed de esa justicia,
    porque ésos van a ser saciados.
7 Dichosos los que prestan ayuda,
    porque ésos van a recibir ayuda.
8 Dichosos los limpios de corazón,
    porque ésos van a ver a Dios.
9 Dichosos los que trabajan por la paz,
    porque a ésos los va a llamar Dios hijos suyos.
10 Dichosos los que viven perseguidos por su fidelidad,
    porque ésos tienen a Dios por rey.
11 Dichosos vosotros cuando os insulten, os persigan y os calumnien de cualquier modo por causa mía. 12Estad alegres y contentos, que grande es la recompensa que Dios os da; porque lo mismo persiguieron a los profetas que os han precedido.

Notas

    Programa del Reino, resumen del mensaje de Jesús; la nueva ley -que no es ley- y que sustituye a la antigua: el proyecto de una nueva humanidad justa y solidaria, construida desde abajo: anuncio y promesa de un mundo feliz, especialmente para los que no son dichosos en el mundo este.

    Las bienaventuranzas resumen el proyecto de Jesús en ocho promesas que podemos agrupar en tres grupos.
    La primera ("Dichosos los que eligen ser pobres,) y la última ("Dichosos los que viven perseguidos por su fidelidad"), se refieren a la decisión fundamental que deben tomar los seguidores de Jesús: la pobreza. No se trata de una opción ascética; la pobreza no es una virtud sino la condición necesaria para entrar a formar parte del Reino de Dios: un mundo de justicia y, por tanto, sin pobreza. Esta opción por un mundo sin pobres será causa de conflictos y persecuciones en las que se habrá de probar la firmeza de la primera decisión.
    Las bienaventuranzas segunda tercera y cuarta indican las consecuencias que tendrá la implantación del reinado de Dios, explican qué será lo que cambiará si Dios reina sobre los hombres: los que sufren (porque son pobres, porque están marginados, porque les falta el cariño de otros hombres...) van a recibir el consuelo al saber que no son huérfanos, sino que tienen un Padre que los quiere y que muchos otros hijos de ese Padre son sus hermanos; su sufrimiento desaparecerá porque, sin llegar a ser ricos, se alejarán de la miseria, y el amor de los hermanos los integrará en un círculo de solidaridad y amor en el que serán dichosos.
    Los mansos, los sometidos, (otros traducen los no-violentos).
    Esta bienaventuranza reproduce casi literalmente el Sal 36(37),10-11 -“Aguarda un momento: ya no está el malvado; fíjate en su sitio: ya no está ahí; mientras los sufridos poseerán la tierra y disfrutarán de paz abundante.”-  en donde los mansos, los sufridos son los pobres que, por la codicia de los malvados, han perdido su independencia económica, su tierra y su libertad.
    A estos Jesús les promete no ya un terreno, una parcela de tierra como su propiedad particular, sino la Tierra, propiedad común de todos. Es la nueva tierra prometida que empezará siendo un grupo en el que nadie es el amo, y nadie actúa como señor ni como padre, pues todos tratan de vivir como hermanos; un grupo en el que nadie se apropia de lo ajeno sino, muy al contrario, todos comparten lo propio considerándolo como común; al incorporarse a ese grupo se sentirán liberados y, también ellos, serán dichosos.
    Los que se dan cuenta de que los bocados que da el hambre no son consecuencia solamente de la falta de pan, sino que tienen su origen en la falta de justicia, sentirán la alegría de ser gobernados por el único rey verdaderamente justo; y, saciadas sus hambre y su sed de pan y de justicia, serán dichosos.
    Las tres restantes señalan los valores que han de ser las columnas sobre las que se sostenga el mundo nuevo en el que Dios reine: la solidaridad, la honradez a carta cabal y el compromiso con la paz: la felicidad de éstos nacerá al experimentar que Dios les ayuda, al sentirlo presente entre ellos y al verlo reflejado en ellos mismos que, pues, como hijos suyos que son, reproducirán los rasgos más característicos de su Padre. Y serán felices. Estos son los valores de los hombres nuevos; en ellos la felicidad no es ya ausencia de desgracias, sino plenitud de amor de un Padre que es Dios y de sus hijos que viven como hermanos.

We use cookies

Usamos cookies en nuestro sitio web. Algunas de ellas son esenciales para el funcionamiento del sitio, mientras que otras nos ayudan a mejorar el sitio web y también la experiencia del usuario (cookies de rastreo). Puedes decidir por ti mismo si quieres permitir el uso de las cookies. Ten en cuenta que si las rechazas, puede que no puedas usar todas las funcionalidades del sitio web.