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Domingo 26º del Tiempo Ordinario
Ciclo C

9 de octubre de 2022
 

Contra toda marginación    

    Doblemente marginado, por samaritano y por leproso, descubrió la presencia de un Dios-Padre-para-todos en el proyecto -en sus palabras y en sus acciones- de Jesús. El evangelio nos vuelve a sacudir en un momento en el que parecemos dormidos, insensibles ante el aumento constante del número de los marginados en nuestro mundo. Y nos empuja a defender la dignidad de las personas y a luchar contra toda marginación.

 




Un extranjero leproso

    La religión de Israel tenía un fuerte componente nacionalista: Yawéh, el Señor, era el Dios de Israel que había elegido a aquel pueblo pequeño como su pueblo en propiedad: «Vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios» es una fórmula de alianza que se encuentra repetidamente en el Antiguo Testamento (Os 2,25; Jer 7,23; Ez 11,20 y otros) y que se considera el principal fundamento la fe de Israel.
    Ciertamente que no se entendería ni la historia ni la fe de Israel si se pasara por alto la idea de la elección: Dios ha elegido a Israel para que sea su pueblo en medio de todos los pueblos de la Tierra. Pero muy pronto se olvidaron dos circunstancias que revelan el sentido profundo de esa elección. En primer lugar Dios puede elegir a Israel porque él es el dueño de toda la Tierra; y, en segundo lugar, la elección está sometida a una condición, el respeto a la alianza: «...si queréis obedecerme y guardar mi alianza, seréis mi propiedad entre todos los pueblos, porque es mía toda la Tierra» (Ex 19,5).
    El olvido de estas dos circunstancias convirtió la fe de Israel, sobre todo en los círculos fariseos y zelotas, en un nacionalismo exclusivista y fanático, por lo que, en la sociedad de Israel, el extranjero siempre fue un marginado, un excluido, a pesar de que episodios como el de la primera lectura recordaban permanentemente que lo importante no era la raza  o la nacionalidad sino el reconocer que «no hay dios en toda la tierra más que el de Israel», que el único Dios verdadero es el Dios de la vida y de la liberación y que su vida está a disposición de cualquier ser humano que quiera acogerla.
    Otra causa de marginación en Israel era un cierto número de enfermedades a las que se les daba un valor religioso negativo, entre ellas las enfermedades de la piel a las que se les daba el nombre  genérico de lepra.
    El evangelio, apoyándose en el comportamiento de un leproso samaritano, explica cómo se puede salir de la marginación.

 

Camino de Jerusalén

    La parte central del evangelio de Lucas (Lc 9,51-19,46) está  construida alrededor de un eje: el camino de Jesús hacia Jerusalén, camino que, como se ve por las palabras con las que Lucas inicia esta sección, tiene un carácter conflictivo: «Cuando iba llegando el tiempo de que se lo llevaran a lo alto, también él resolvió ponerse en camino para encararse con Jerusalén».
    Ese carácter polémico se confirma por una serie de episodios que van sucediéndose, según el relato de Lucas, en ese camino hacia Jerusalén y en los que la institución religiosa judía es sometida a una crítica verdaderamente severa: la parábola del buen samaritano (10,25-37), las controversias con los fariseos (11,37-53; 12,1-11), el lamento sobre Jerusalén (13,31-35), la parábola del hijo pródigo y el hijo observante (15,11-32), la del rico epulón y Lázaro (16,14-31) son algunos de los relatos que muestran el enfrentamiento de Jesús con la institución judía que culminará con su detención, condena y ejecución y, posteriormente a los ojos de la fe, con su resurrección.
    Las palabras con las que Lucas introduce el evangelio de hoy -«Yendo camino de Jerusalén»- indican que lo que se va a contar forma parte de ese conflicto que enfrenta a Jesús con la institución religiosa judía; y muestra una de las causas de ese conflicto: las normas religiosas impuestas por los fariseos son, en primer lugar, causa de marginación pues, con pretextos de tipo religioso, excluyen a algunas personas de la vida en sociedad y de la comunidad religiosa. En este caso el pretexto es la enfermedad: los que sufrían enfermedades en la piel eran impuros y debían vivir fuera de las ciudades y los pueblos y evitar el contacto con los sanos. Si se curaban, se  podían reincorporar a la vida social y comunitaria, después de que su curación fuera reconocida por los sacerdotes.

 

«¿Dónde están los otros?»

    Jesús, al tocar a un leproso (Lc 5,12-16), ya había dejado claro que para él la enfermedad no era un castigo divino y que ningún hombre era impuro a los ojos de Dios; ahora da un paso más y trata de descubrir una de las causas que permiten que ese tipo de marginación se mantenga y cuál es el camino para acabar con ella: la marginación se mantiene, además de porque interesa a algunos, porque los que la sufren la aceptan; porque las víctimas de la marginación aceptan el dominio de quienes los marginan.
    Jesús había sido ya rechazado por las instituciones religiosas judías; a pesar de ello, diez leprosos se acercan a él en busca de salud. Lo hacen gritando, lo que nos indica que aceptaban la situación de exclusión a la que se veían sometidos. En aparente acuerdo con lo que ordenaba la Ley, Jesús los manda al templo, a presentarse ante los sacerdotes para que dieran fe de su curación; pero esta orden es claramente una prueba, pues Jesús no espera que lleguen a presentarse en el templo, como revelan sus palabras cuando vuelve uno sólo a dar las gracias por la curación: «¿No han quedado limpios los diez? Los otros nueve, ¿dónde están?». Jesús se queja porque sabe que los nueve que han seguido el camino hacia el templo siguen pensando que para reincorporarse a la sociedad necesitan la autorización de los sacerdotes, es decir, dan por bueno el hecho de la marginación al aceptar la autoridad de los marginadores.
    Uno de aquellos leprosos era samaritano. Éste, al olvidarse de los sacerdotes y volver a dar las gracias, reconoce la acción de Dios en Jesús -«¿No ha habido quien vuelva a dar gloria a Dios, excepto este extranjero?»- y descubre el camino para vencer toda la marginación: la fe en Jesús, que es lo que realmente lo ha salvado: «Levántate, vete, tu fe te ha salvado». Aquel hombre quedó a salvo no sólo de la enfermedad -sanaron también los otros nueve-, sino de la esclavitud a unas instituciones que, en los momentos en los que una persona tiene más necesidad de solidaridad, la expulsan de la convivencia ciudadana y de la misma comunidad de creyentes. Su fe, su adhesión al proyecto de Jesús, le abre a él y a todos los marginados unas perspectivas totalmente nuevas: en el mundo de hermanos -el Reino de Dios- que Jesús anuncia desaparecerá, con la hermandad, todo tipo de marginación.

 

¿Es liberadora nuestra “caridad”?

    Tener en cuenta el contenido de este relato resulta decisivo para que nuestra solidaridad con los necesitados responda plenamente al proyecto de Jesús de Nazaret.
    Como hemos visto, los diez leprosos quedan curados de su enfermedad; todos se benefician de la fuerza vitalizadora de Jesús. Pero sólo en uno de ellos, el que no va a someterse al escrutinio de los sacerdotes, ve Jesús realizado plenamente el objetivo de su misión. Es el que descubre en la salud recobrada que en Jesús está presente y actúa el Dios de la Iiberación; es el que rechaza, de hecho, el sometimiento a una ley excluyente, a una ley injusta.
    Las personas y las organizaciones cristianas que tienen como objetivo y tarea la ayuda y la asistencia a las personas y a los pueblos más desfavorecidos no pueden perder de vista que Jesús, además de la solidaridad en lo material, nos ofrece un proyecto de liberación integral. Por eso estas personas y organizaciones que, sin duda, realizan una encomiable tarea, deben tomar conciencia de que todo no acaba con la ayuda material sino que la solidaridad debe continuar para crear conciencia de la propia dignidad de personas -y, para nosotros los creyentes, de hijos de Dios- en quienes reciben su ayuda. Y, como consecuencia, deben se actores de cambio en busca de una sociedad justa y hermanada, sin marginación, sin exclusiones.
    Sólo así nuestra solidaridad será amor cristiano.

 

¿Identidad cristiana?

    Destaca también el evangelio en este relato que habiendo sido diez los que recibieron el mismo beneficio, sólo uno de ellos, doblemente marginado, como leproso y como extranjero, sea el que reconoce el origen de su salud y sabe agradecerla. El extranjero -un samaritano, extranjero y hereje- estaba mejor dispuesto para descubrir el amor de Dios que le llegaba a través de Jesús; es posible que los otros nueve pensaran, sin acordarse del episodio de Naamán el Sirio, que a ellos, por ser israelitas, les correspondía, digamos que de modo natural, recibir la salud, la salvación de Dios.

    Todavía son muchos los que creen que la salvación depende del hecho totalmente casual de haber nacido a este o al otro lado de una montaña, de un río, de un mar... de una frontera artificial. Todavía son muchos los que creen que la dignidad les corresponde por el hecho de ser españoles o franceses, europeos o americanos, vascos o andaluces, catalanes o castellanos. Y lo que es peor todavía: crece en nuestras sociedades la identificación con determinadas creencias, con el propio nombre “cristiano”, dando a la identidad que de ahí nce un sentido absolutamente excluyente: piensan y afirman sin complejos que mi cristianismo -o mi catolicismo- me constituyen en una posición superior frente a otras creencias, o a otras  sociedades. Está claro que, a la luz del evangelio, esa identidad no es cristiana, pues no responde a los valores propios de la Buena Noticia de Jesús de Nazaret.
    Y, más grave todavía, todavía -quizá hoy más que nunca- se cierran las puertas a quienes sin dinero se acercan a nosotros. Y muchos -cientos, miles- mueren a las puertas -o frente a nuestras costas- de esa salvación que les muestran los medios globalizados de comunicación pero de la que no se les permite participar. Porque el bienestar, el desarrollo, el disfrute de los muchos recursos que produce el Globo Terrestre no están todavía -ni parece que vayan a estarlo durante mucho tiempo- globalizados.

    Parece que hemos olvidado que, para Jesús, la persona está por encima de leyes (incluso  la ley de Moisés (Mc 2,27), de razas, de género, de creencias: lo que a Dios le preocupa es el bien de las personas, sean cuales sean las circunstancias que las rodean. Y participar de esa preocupación es absolutamente imprescindible para configurar cualquier identidad que quiera llamarse “cristiana”.


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