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Domingo 20º del Tiempo Ordinario
Ciclo C

14 de agosto de 2022
 

Paz... ¿pero qué paz?

    ¡Qué fácilmente nos engañan y nos dan otra cosa (pasividad, indiferencia... y hasta muerte) con el nombre de «paz»! Jesús rechaza esa falsa paz, basada en la mentira y en la injusticia, así como la unidad fundada en el silencio cobarde o en el sometimiento y la complicidad; por eso declara la guerra a la falsa paz; por eso subordina el compromiso con el mundo nuevo que él propone a cualquier tipo de “unidad”. Por supuesto que esta guerra no contradice su compromiso de amor: nace de él.

 




Paz, paz, y no hay paz


    La palabra de Dios, si se escucha y se comprende en toda su autenticidad, no puede producir indiferencia: o se acepta apasionadamente, o provoca el más violento rechazo. Los profetas, los voceros de Dios, han expe­rimentado esta realidad al encontrarse atrapados entre la fidelidad a Dios y las presiones de los que su palabra pone en evidencia. Valgan como ejemplo estas palabras de Jeremías: «Me sedu­jiste, Señor, y me dejé seducir; me forzaste y me violaste. Yo era el hazmerreír todo el día, todos se burlaban de mí. Siempre que hablo tengo que gritar "Violencia", proclamando "Des­trucción". La palabra de Dios se volvió para mi oprobio y desprecio todo el día. Me dije: No me acordaré de él, no hablaré más en su nombre; pero ella era en mis entrañas fuego ardiente, encerrado en los huesos; intentaba contenerlo y no podía» (Jr 20,79). No fue sólo burlas lo que sufrió el profeta: en la primera lectura de hoy podemos leer uno de los graves conflictos en los que estuvo a punto de perder la vida porque a algunos de los poderosos que escuchaban su mensaje les resultaba incómodo, peligroso para sus intereses, comprometedor para la conservación de sus privilegios; aunque ellos se escudaban, como siempre, tras el bien del pueblo: «Y los príncipes dijeron al rey: Muera ese hombre, porque está desmoralizando a los soldados que quedan en la ciudad, y a todo el pueblo, con semejantes discursos. Este hombre no busca el bien del pueblo, sino su desgracia».

    La razón de estos conflictos reside en que la palabra de Dios tiende siempre a iluminar los lados oscuros de nuestra realidad, y los que viven cubriéndose por la tiniebla intentarán siempre apagar esa luz (véase Jn 1,5). Por eso, para evitarse problemas, siempre ha habido quienes, queriendo vivir a costa de la palabra de Dios -profetas profesionales- (Jer 37,19-20; ver también Am 7,14), la han dulcificado: limándole las aristas, convirtiéndola en apoyo del sistema establecido o en un mensaje de salvación para la otra vida sin nada que decir sobre la vida presente. A éstos son a los que denuncia el profeta Jeremías, porque engañan al pueblo ocultándole que está enfermo y haciendo así impo­sible su curación: «Porque, pequeños y grandes, todos procu­ran aprovecharse; profetas y sacerdotes practican el engaño. Pretenden curar a la ligera la fractura de mi pueblo diciendo: paz, paz, ¡y no hay paz!» (Jr 6,13-14). Porque no hay verdadera paz cuando no hay justicia.

Paz no, sino división

    Jesús -ya anunció el anciano Simeón a María, su madre, que sería una «bandera discutida» (Lc 2,34)- sabe que es necesario que la palabra de Dios provoque -o más bien destape, descubra- los conflictos propios de un mundo en el que domina la injusticia, la miseria y la muerte. Él sabe que la humanidad está dividida: en pobres hambrientos que lloran y en ricos hartos que ríen, y sabe que, ante esta situación, hay falsos profetas que tratan de no crearse conflictos, de quedar bien con todos, especialmente con los que tienen poder para hacerles favores o daño, y profetas ver­daderos que por decir la verdad, denunciar la injusticia y proponer un sistema justo son marginados, insultados y proscritos (Lc 6,20-26; véase el 
comentario al domingo 6º del T.O.); Jesús sabe que «anunciar la buena noticia a los pobres» y «la libertad a los presos», devolver «la vista a los ciegos», tratar de «poner en libertad a los oprimidos» y proclamar sólo «el año favorable del Señor» y no el día de su venganza (Lc 4,18-19; véase el comentario al domingo 3º del T.O.) le traerá problemas con los ricos, los carceleros, los responsables de la ceguera del pueblo, los opresores y los que hacen del rencor y de la venganza el motor de sus vidas; y de la misma manera sabe que tiene que entrar en conflicto y enfrentarse con la institución religiosa, desvelar la mentira de quienes dicen que hablan en nombre de Dios y lo que hacen en realidad es explotar al pueblo (Lc 5,12-16; 9,51; 19,45), y anunciar que dicha institución ha llegado ya a su fin (Lc 5,33-39), y proclamar que el bien del Hombre, el bien de cada una de las personas y el del conjunto de todas ellas, es un criterio de mayor rango que la ley religiosa (Lc 6,1-5), declarando así que la fe, esto es, la adhesión personal y libre al proyecto de Dios es lo que de verdad importa y no la raza, la nación o la religión (Lc 6,2-10).

    Todo esto lo pondrá en práctica, juntándose con descreídos (Lc 5,29-31), dejándose acariciar por una prostituta delante de un grupo de beatos y poniéndola de ejemplo para ellos (7,36-50), pre­sentando como modelo de oración la de un colaborador de los opresores romanos que había tomado conciencia de su crimen (Lc 18,9-14) y diciéndole a todo un pueblo que se sentía orgulloso de ser el pueblo elegido de Dios, que estaba a punto de dejar de ser la viña de Dios (20,9-19); y, por supuesto, sabía que, por ese enfrentamiento, se atraería el odio de los letrados y de los sumos sacerdotes. Pero no le importó, como tampoco se echó para atrás a la hora de llamarle «don nadie» al mismí­simo rey Herodes (Lc 13,31-33) o de declarar que no sólo no había que pagar los impuestos a los romanos, sino que había que romper con todo lo que representaba el poder del César (Lc 20,20-26).
    Estos son algunos ejemplos de la guerra de Jesús: guerra contra la pobreza, la injusticia y la explotación del hombre por el hombre, contra la hipocresía, la manipulación de Dios y la opresión de los débiles; pero en esta guerra no se derramará más sangre que la suya -«tengo que ser sumergido por las aguas...»-  y la de algunos de sus seguidores, desde Este­ban a Óscar Romero y a Ignacio Ellacuría y sus compañeros, testigos apasio­nados de la justicia y el amor.

Prender la tierra

    Este amor apasionado por la justicia y la fraternidad es el fruto del Espíritu que Jesús ofrece a la humanidad, éste es el fuego que él quiere que prenda definitivamente en nuestra tierra. No es el fuego destructor de un incendio; y, por supuesto, no es el fuego mortífero de un conflicto armado, sino la llama vivificadora del Espíritu que al hacernos hijos de un mismo Padre nos hace a todos hermanos. Por encima de razas y del color de la piel, por encima incluso de las tradiciones religiosas. No puede haber nada más conflictivo en este mundo nuestro en el que gobierna el interés económico, en el que todo se subordina al beneficio, que considerar hermana a toda persona, por el solo hecho de ser humana.
    En este momento se libra en Europa una guerra infame. Infame por los que la buscaron, por los que no hicieron nada por evitarla porque en ella vieron una oportunidad para acrecentar o afianzar su poder; infame por los que están obteniendo pingües beneficios de ella con el negocio más sucio de todos los que existen: el tráfico -legal o ilegal, en cualquier caso su fin es provocar la muerte- de armas; infame sobre todo por el sufrimiento que se está causando a millones de personas inocentes.

    No es este el espacio para hacer una valoración de la culpabilidad de unos y de otros (y, por descontado, que en esos unos y otros no están los pueblos, ni el de Ucrania ni al menos una parte del de Rusia) pero sí para alzar la voz y afirmar que esa no es la guerra que necesita la humanidad.
    La carrera armamentística con la que nos amenazan no va a resolver ningún problema de seguridad para nadie. Es la guerra contra el hambre y la miseria, contra la discriminación y la exclusión social, contra el racismo y el clasismo, contra cualquier tipo de violación de la dignidad de la personas y de los derechos de los seres humanos lo que nos proporcionará una auténtica seguridad en la vida.
    Y nos siguen hablando de paz cuando no hay paz; y nos siguen diciendo que la paz se prepara preparando sus guerras; y hacen girar la economía del mundo entero alrededor de la producción y el comercio de los instrumentos de guerra, de los instrumentos de muerte, detrayendo cada vez más recursos de todo aquello que sirve para la vida humana, para el bienestar de las personas.
    Es lógico e inevitable que, en estas circunstancias, el compromiso cristiano entre en conflicto con este orden de mentira que llama paz a una situación en la que no sólo se desprecia a la persona y se viola permanentemente su dignidad sino que, si se dejara de preparar la guerra, el sistema entero quebraría.

    Por eso, los cristianos del siglo XXI nos debemos preguntar si y hasta qué punto estamos dispuestos a complicarnos la vida para ser fieles a la palabra de Dios que escuchamos y anunciamos. También a nosotros se nos puede aplicar la frase del con la que termina la segunda lectura: «Aún no hemos llegado a la sangre en nuestra lucha contra el pecado».

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